Capítulo 1
“¡Señor Brown! ¡Señor Brown! No me diga que otra vez intentó colgarse o que se tragó veneno, ¿verdad?”
Los golpes fuertes contra la puerta y la voz grave de una mujer destrozaron sin piedad el dulce sueño matutino.
¿Quién diablos? ¿Quién hace tanto ruido a esta hora de la mañana…?
Im Seong-sik levantó con esfuerzo los párpados hinchados que apenas se abrían. A través del vidrio resquebrajado, entraban como cuchilladas los rayos del sol.
En la cortina gastada podía distinguir un enorme estampado que recordaba a un escarabajo, repetido en un patrón regular. Medio adormilado, comenzó a contarlos: uno, dos, tres… y de pronto, Im Seong-sik "no, Elliot Brown" se incorporó de golpe en la cama.
“¡Señora Kelly! ¡Ya me levanté! ¡No estoy muerto!”
El hombre, delgado y pálido, se vistió a la carrera y abrió la puerta con torpeza.
Allí lo esperaba una mujer de mediana edad, de mirada afilada y los brazos cruzados.
“¡Por fin!” exclamó la señora Kelly, bufando con desdén.
“Hace apenas una semana intentó suicidarse, así que suponía que no moriría tan pronto. Pero hasta que pague el alquiler, seguiré viniendo a comprobarlo, señor Brown.”
“Sí, sí. Hasta que pague el alquiler no me voy a morir, se lo prometo.”
“Dicen que esta semana ni siquiera ha aceptado encargos, ¿no es así? Si de verdad quiere matarse, primero pague lo que debe, desocupe la habitación y después hágalo.”
Mientras hablaba, la señora Kelly asomaba la cabeza dentro de la casa, escudriñando cada rincón como un perro rastreador, buscando alguna señal de suicidio. Elliot se hizo a un lado para que revisara a gusto.
“Si no piensa morir, entonces retome su trabajo de escritor a sueldo. El dinero no sale de la punta de la pluma, señor Brown. Sale del bolsillo de la gente.”
“Jajaja, claro, claro, señora. Perdón por las molestias~.”
La respuesta cantarina y amable de Elliot hizo que la mujer lo mirara como si hubiera visto un fantasma antes de darse media vuelta.
“Desde que volvió de la muerte, se comporta muy raro”, murmuró alejándose.
Cuando se fue, Elliot volvió a dejarse caer en la cama. Palpó la mesa de noche hasta encontrar sus finos lentes y se los puso. Ahora veía con claridad los estampados de la cortina.
“Debo… debo trabajar… Pero, ¿cómo demonios voy a hacerlo…?”
Con un sollozo de desesperanza, un gato negro saltó de repente junto a él. Elliot sintió la cola del animal rozarle la mejilla como un latigazo y recordó lo que había ocurrido una semana atrás.
Elliot "o mejor dicho, Im Seong-sik" había sido un joven de 24 años con nacionalidad surcoreana, sin estudios, sin dinero y con solo su cuerpo como capital.
Había trabajado de todo: en un parque de diversiones, en un cine, en una tienda de ropa, en una cafetería; luego como operador en un call center, ayudante en un centro infantil, recepcionista en un salón de bodas…
Dondequiera que entrara, terminaba siendo “empleado del mes”, siempre el favorito de los jefes. Ese era Im Seong-sik.
Últimamente trabajaba como mesero en un restaurante familiar. Al terminar, hacía turno de noche en una tienda de conveniencia, y cuando necesitaba más dinero, se metía en un almacén de madrugada o en una fábrica.
No había ocurrido nada especial el día de su “muerte”.
Recuerda que aquel jueves, a las cuatro de la madrugada, se acostó pensando: “Si duermo ahora, todavía podré descansar cuatro horas…”.
Y al abrir los ojos, se encontraba en el extraño mundo de una novela, en el cuerpo de un hombre llamado Elliot Brown.
Sí. Una novela.
El mundo literario de “Domaré al Gran Duque Enmascarado”, un BL que había sido el placer culposo de Im Seong-sik.
Todo comenzó con el webtoon, al principio lo había abierto por el dibujo, sorprendiéndose al descubrir que era BL, pero aun así lo devoró en un solo día. Después siguió la novela original, mucho más oscura y cruel que el cómic, leyéndola poco a poco a medida que los capítulos gratuitos quedaban disponibles.
El final era devastador, casi todos los personajes morían a manos del Gran Duque enmascarado. Y Elliot Brown, el hombre en cuyo cuerpo ahora estaba, era el primero en morir.
El verdadero dueño de este cuerpo era escritor "o más bien, un negro literario. Al investigar la caótica mesa llena de papeles, Seong-sik entendió que Elliot Brown no era otro que El Black, el escritor caído en desgracia de la novela.
Un hombre que en su momento había sido un genio, graduado con honores en la Academia, autor de “La flor que brotó en la punta de la espada”, una obra que retrataba con crudeza la guerra y el amor. Un éxito que debía llevarle fama, fortuna y hasta un título nobiliario…
Hasta que se cruzó con Argen Theron, el Gran Duque del Norte.
El héroe enmascarado, sobrino del emperador, amado por todos, quien con una sola burla pública redujo a cenizas la reputación de El Black.
A partir de ahí, sus libros fueron quemados en plazas, su nombre se volvió sinónimo de escoria y su vida se hundió en alcohol y desesperación, hasta los intentos de suicidio.
Bajo el seudónimo de Elliot Brown, sobrevivía escribiendo a encargo, pero había dejado de crear sus propias obras.
Hasta que, después de cuatro años, recibió un encargo inesperado: escribir en nombre de Louren Fedette, el protagonista de la novela, cartas de amor dirigidas al mismísimo Argen Theron.
Y fue entonces cuando…
“¡Miauuuu! ¡Raaaooow!”
Un maullido airado lo devolvió al presente. El gato negro lo miraba con sus ojos dorados, golpeando el suelo con la cola.
“¿Qué pasa, Camembert? ¿Tienes hambre? Perdón, señor Camembert, en seguida le sirvo la comida.”
Bromeando como si aún estuviera en uno de sus antiguos trabajos, Elliot le dio al gato el último trozo de pescado que quedaba en la casa.
“En este mundo ni siquiera hay comida para gatos… voy a tener que comprarte aparte.”
En su vida anterior había vivido solo, apenas podía cuidarse a sí mismo. Ahora, con un nuevo cuerpo y un gato que parecía un hijo caprichoso, la preocupación era doble.
Camembert, el único ser que parecía notar que el alma en ese cuerpo había cambiado, lo miraba con abierta hostilidad.
Pero no le quedaba más remedio que alimentarlo.
Elliot se sentó frente a la mesa, ahora mucho más ordenada que hace una semana, y sacó los papeles de sus encargos.
Tenía que escribir la autobiografía de un rico comerciante y, además, las cartas de un noble mujeriego con varias amantes.
Bien, empecemos por lo fácil. La carta de amor.
“Espera… yo nunca he tenido pareja.”
Entonces será mejor la autobiografía. Cambió de idea rápidamente, justo cuando…
Toc, toc, toc… toc-toc… toc… toc-toc.
Alguien llamaba a su puerta con un ritmo peculiar.
Capítulo 2
Al abrir la puerta, Elliot casi quedó cegado. Frente a él estaba un hombre de cabellos color agua, un rostro tan hermoso que, en sus 24 años como Im Seong-sik y su semana como Elliot Brown, jamás había visto a alguien así de puro y deslumbrante.
¿Es… un hombre? ¿De verdad es un hombre?
Elliot tragó saliva. Toda su firme convicción sobre su orientación sexual, que había resistido incluso al contacto con BL, empezaba a tambalearse sin remedio.
“¿Usted es Elliot Brown?”
“¿Eh? Ah, sí, sí. Lo… lo soy.”
“Entonces no me equivoqué de lugar.”
El joven, semejante a una encarnación de un hada, sonrió con alivio, cerrando un poco los ojos.
¡Cof!, Elliot se llevó una mano al pecho, donde su corazón latía desbocado. Por un instante creyó ver pequeñas partículas de luz explotando detrás de aquel ser…
Un momento.
Elliot entornó los ojos y lo examinó con más atención.
El cabello azul claro caía liso hasta los hombros y brillaba con un lustre sedoso. Sus ojos, que destellaban como oro bajo ciertos ángulos, eclipsaban incluso el resplandor del broche de ámbar en su pecho.
Su rostro, pálido como porcelana, estaba esculpido con facciones finas y simétricas, capaces de expresar con sutileza cada emoción; tanto que evocaban una sensación de santidad.
Elliot conocía a alguien así. Mejor dicho, a un personaje así.
Louren Fedette.
El protagonista de “Domaré al Gran Duque Enmascarado”.
Ni el dibujo sublime del webtoon, ni las descripciones floridas de la novela original hacían justicia al hombre que ahora tenía delante.
“¿Lo… Louren Fedette?”
Al oír su nombre, el hada sonrió aún más resplandeciente.
“Así que me reconoce.”
“Ah, sí, claro… Es que es muy famoso…”
“Y pensar que aún tienes algo de cordura, a pesar de haber bebido hasta casi morir.”
¿Perdón? Señor hada, ¿sería tan amable de repetir eso?
***
Louren Fedette era el hijo menor de la Casa Condal Fedette, criado desde niño entre mimos y adoración. Dicen que de pequeño parecía un ángel al que Dios mismo había insuflado aliento, provocando admiración y lágrimas en todos los que lo veían.
Para hacerse una idea, el Imperio de Lantar pagó una fortuna por los derechos de su imagen desde los 1 hasta los 7 años. Los artistas de la corte lo convirtieron en pinturas, poemas, murales, esculturas y tapices.
No era solo su belleza, sino sobre todo sus ojos dorados, idénticos a los de Lante, la deidad principal del Imperio. Ese detalle le confería un aura sagrada.
Así, la mayoría de las obras inspiradas en él acabaron en templos y palacios, de modo que cada vez que los fieles buscaban a su dios, lo que veían era el rostro de Louren .
Hasta el día de hoy, ya adulto, seguía siendo tratado como “la escultura de un dios”. La capital, Bejon, era considerada “la ciudad bendecida por la divinidad” simplemente porque él residía allí.
Había plebeyos que, al verlo pasar, caían de rodillas para llorar y rezar. Así de venerado era Louren , dentro de la historia y dentro del propio Imperio.
Y ahora, ese mismo Louren estaba de pie en la diminuta y desvencijada casa de Elliot.
“Tuve noticias tuyas por el joven Tulion. No el vizconde heredero, sino el segundo hijo… ya sabes, el que piensa con lo que tiene debajo del cinturón, no con lo que tiene en la cabeza.”
“¿D-debajo del… cinturón…?”
“Me dijeron que tú eras El Black. ¿El de La espada que brotó en la punta de la flor? ¿O era La flor que brotó en la punta del amor? En fin, ese.”
Elliot asintió despacio, tratando de no parecer demasiado incómodo.
“Perdón. El título es tan cutre, y la novela está tan pasada de moda, que ni valía la pena recordarla.”
Con un gesto delicado, Louren se tocó la frente con la punta de los dedos, como si le pesara haber sido tan cruel. Pero sus palabras eran tan punzantes que hasta un alma recién llegada (Im Seong-sik, 24 años, Corea del Sur) se sintió dolida en lo más hondo.
“De todos modos, me han dicho que, al menos, tienes cierta habilidad con la pluma. Que aceptas encargos para escribir cartas de amor. ¿Es cierto?”
El veneno de esas palabras, escupidas por labios tan finos y rosados, le provocó a Elliot un ligero mareo. Se dejó caer contra la mesa, y entonces Louren volvió a sonreír.
“Por lo que veo, apenas sobrevives royendo corteza de árbol. Acepta mi encargo. Te pagaré bien.”
“Bueno, yo…”
“Pero debes garantizar absoluta discreción. Si revelas que vine a contratarte, yo mismo me encargaré de matarte.”
“Eh… Louren , digo, señor cliente…”
“Ni siquiera Tulion puede saberlo. Si se lo dices a ese perro en celo, toda mujer en Bejon lo sabrá al día siguiente.”
“¡Señor cliente!”
Elliot apretó los puños y se enderezó de golpe. Sorprendido por aquel arrebato de un simple escritorzuelo, las pestañas doradas de Louren temblaron levemente, como las alas de un hada.
Concéntrate, Elliot Im Seong-sik Brown.
Abrió bien los ojos y preguntó con firmeza:
“Ese encargo… ¿acaso no será escribir en su nombre una carta de amor dirigida al Gran Duque Argen Theron? ¿Acaso el cliente no pasa noches en vela, frustrado por haber quedado en segundo lugar, debajo del hombre más popular del Imperio?”
Pero lo que salió de su boca fue la versión automática y excesivamente cortés de un trabajador coreano de servicio al cliente.
Louren , estupefacto, abrió mucho los ojos.
“¿C-cómo lo supiste…?”
“¿Acaso lo que desea es conquistar al Duque Theron, convertirlo en su esclavo y hacerlo suyo, cuerpo y alma~?”
“Sí… exacto.”
Respondió sin pensar, para luego sobresaltarse al ver al gato negro sobre la cama. “¿Acaso eres un adivino…?” murmuró en voz baja.
“Pero, pese a su rostro angelical, se crió rodeado de mimos, y por eso tiene la costumbre de hablar con demasiada libertad~.”
“Eso fue un insulto, ¿verdad?”
“Y aunque lo educaron para expresarse con delicadeza, al final lo único que sale de su boca son insultos dulces, lo que sin duda le genera estrés al propio cliente.”
Alargando las palabras, Elliot dibujó unas cejas compasivas. El gesto suavizó un poco el rostro de Louren .
“E-es verdad. Yo me esforzaba, pero mi familia y mis tutores siempre me decían ‘Hablar bonito no significa hablar bien’. Entonces, ¿qué diablos significa hablar bien, si no es hablar bonito?”
“Exacto. Debe de haber sido muy frustrante para usted. Le pido disculpas.”
“¿Disculpas? ¿Por qué se disculpa usted…?”
“Porque al intentar escribir directamente al Duque, seguro que se bloqueó, preocupado por su tono. ¿Es así?”
La combinación de cortesía, empatía y sonrisa de Elliot golpeó justo en el blanco. Louren relajó los hombros y se apartó el cabello, asintiendo.
“Sí, tiene razón. Se dice que el Duque detesta la grosería. Incluso sin querer, podría provocarle ira. Mucho menos podría enfrentarme a él en persona. Por eso necesito su pluma.”
Louren sonrió con una gracia cegadora, como si otorgara un favor divino.
“Así que, escriba una carta de amor para Argen Theron.”
Elliot correspondió con una sonrisa fingidamente amable. Tras sus lentes, sus ojos oscuros se curvaron de manera artificial.
“Lo lamento mucho, señor cliente.”
Respiró hondo y, como si escupiera una espina de pescado atorada en la garganta, se inclinó en un ángulo de noventa grados.
“Rechazo su encargo.”
***
El resumen de “Domaré al Gran Duque Enmascarado” es más o menos así.
Louren Fedette, aburrido de una vida sin carencias, hojeaba con desgano una revista de chismes cuando vio el ranking de “los hombres más populares del Imperio”. Argen Theron ocupaba el primer lugar. Louren , el segundo.
El artículo decía:
[Si formáramos una fila con todos los que desean besar los pies de Louren Fedette, daríamos la vuelta al continente.
Pero si preguntamos qué hombre vale la pena poseer, incluso a costa del tiempo y la pasión de la vida, la respuesta sería, sin duda, Argen Theron, el enmascarado.]
Louren sintió enojo y rivalidad. Y pensó en algo divertido:
¿Qué pasaría si Argen Theron fuera quien malgastara su vida y su pasión por mí?
¿Qué pasaría si ese hombre, al que todos desean, se arrodillara a mis pies y me suplicara amor como un mendigo?
Capítulo 3
Louren puso en marcha su plan de inmediato. Para ello se valió del secreto comercial que un joven noble mujeriego había soltado sin querer, borracho, en una fiesta.
Buscó entonces a un escritor de antaño, deshonrado y desaparecido de la escena hacía tiempo, y le pidió que escribiera cartas de amor en su lugar. No cualquier carta: unas dignas del “fragmento de dios”, artísticas y poéticas.
Elliot Brown, al aceptar el encargo, logró componer frases hermosas y sólidas que fingían un amor doliente. Y esas cartas, al caer en manos del Gran Duque Theron "célebre por su ferocidad en el campo de batalla y su fama de gran lector", surtieron efecto inmediato.
Al leerlas, Argen sintió interés y empezó a multiplicar sus encuentros con Louren . Este, desesperado, redujo al mínimo sus palabras y se empeñó en actuar como una flor tímida y pura. Argen, por supuesto, cayó rendido: ah, el fragmento divino era realmente frágil y delicado.
Por esa misma época, Elliot comenzó a cambiar el tono de las cartas. A partir de las anécdotas que Louren le relataba de sus encuentros con el duque, escribía como si se sintiera herido por las torpezas de Argen. Le reprochaba la crueldad involuntaria que afloraba en él, esa frialdad de cuchilla oculta tras la máscara, y decía estremecerse de miedo ante sus ojos glaciares.
Elliot lo hacía todo con suma astucia: disfrazaba las críticas como ternura, preocupación o desvelo, filtrándolas lentamente en cada carta.
También se permitía pequeñas peticiones. Un lirio de los valles. Ir juntos a ver la nueva ópera. Leer aquel libro maldito y desaparecido hacía años.
Argen, refunfuñando, cumplía con todo. Se esforzaba por ocultar la brutalidad de su naturaleza. Incluso llegó a quitarse la máscara delante de Louren .
Louren , fascinado con ese Argen dócil como un perro amaestrado, permitía que Elliot exigiera lo que quisiera en su nombre.
Pero las peticiones empezaron a tomar un cariz extraño, casi enfermizo. En la última carta, Argen recibió una súplica insólita: “Devuelva por autoridad del Gran Duque el título de barón a El Black”.
Llegados a ese punto, Argen, bastante razonablemente, elaboró una hipótesis: en realidad, Louren estaba enamorado de ese escritor caído en desgracia, El Black, y todo su acercamiento no era sino una maniobra en favor de él. De otro modo, ¿por qué mencionarlo en cada carta? ¿Por qué intentar transformarlo y manipularlo de esa manera?
La sospecha encendió en Argen un fuego imparable.
Louren , que en persona apenas abría la boca y se limitaba a mirar con ojos lánguidos, era el mismo que por carta hablaba como un torrente, que unas veces lanzaba comentarios provocadores y otras relataba amor y miedo con fingida inocencia. Aquel “fragmento de dios”, adorado por todos, ahora pretendía dominar también a Argen.
Hasta que, una madrugada, consumido por los celos, Argen fue a golpear la puerta de la humilde casa de El Black. Y allí, creyendo que aquel escritor le había robado el amor de Louren , lo asesinó.
Iba a prender fuego a la vivienda cuando descubrió la verdad: El Black no era otro que Elliot Brown, el amargado escritorzuelo que había estado falsificando las cartas. Entonces sintió una traición aún mayor.
De inmediato, fue a por Louren , le cortó la lengua y ambas manos, y se lo llevó a su mansión. El conde Fedettete, por supuesto, se opuso con fiereza. La respuesta de Argen fue disfrazarse con el blasón de la familia Fedettete y asesinar al mismísimo emperador.
El príncipe heredero, convertido de pronto en nuevo emperador, ordenó entonces la aniquilación completa de los Fedettete.
Así, Louren , ahora proscrito y mutilado, quedó condenado a no poder escribir ni hablar jamás. Pasó el resto de su vida convertido en “el fragmento de Theron”, prisionero eterno a su lado.
"Ugh, qué estrés. Ugh, qué historia más asfixiante.”
Temblando en su escritorio, Elliot se estremeció. Para él, en aquella novela nadie estaba en su sano juicio. Que rechazara la petición de Louren era lo más natural del mundo. El bello joven se había enfadado, lo había amenazado incluso, pero no podía ser de otra manera: el inicio de la tragedia era precisamente descubrir que aquellas cartas tan sinceras habían sido escritas por un tercero.
Y para colmo, Elliot "a diferencia del Elliot original de la novela" no tenía el talento literario para impresionar a un duque exigente y cruel. Le gustaba leer novelas y webtoons, sí, pero jamás había escrito una línea propia.
Al fin y al cabo, la única habilidad de Im Seongsik, en su vida anterior, había sido atender con sonrisa amable a los clientes más insufribles.
"Hubiera sido mejor reencarnar en un sirviente. ¿Yo, escritor? Vaya chiste…”
Puso cara de llanto al ver la pila de problemas que lo aguardaban.
Un momento… ¿sirviente?
Se levantó de golpe, despeinándose de tanto revolver sus cabellos sobre la mesa. Aquel movimiento asustó a Camembert, que maulló con un “¡Miau!” agudo y ofendido.
"Perdón, perdón. Pero, Camembert, creo que encontré la forma de ganar tu comida.”
El gato lo miró con fastidio, como diciéndole que bajara el volumen, y volvió a apoyar la barbilla en sus patas.
Elliot sacó una hoja de papel y escribió deprisa. La dejó secar y, con cuidado de no arrugarla, salió de casa. Su expresión estaba mucho más ligera que antes.
Total, ni quiero ni puedo vivir como en el original. ¿Qué sentido tiene empeñarme en ser escritor? Si vuelvo a hacer lo que sé "los trabajos de servicio", bastará para sobrevivir. Al fin y al cabo, fui “Empleado del Mes” en cada sitio donde trabajé.
El cuerpo en el que había reencarnado era débil y delgado, sí, pero no parecía estar enfermo. Su estado se debía a una vida de alcohol, tabaco, sedentarismo y noches sin dormir.
Pero los trabajos de servicio exigían resistencia. Para sobrevivir, primero tendría que rehabilitar este cuerpo.
¿Cómo había ocurrido semejante fenómeno fantástico de la transmigración? ¿Dónde estaba el verdadero Elliot Brown? ¿Qué habría sido de Im Seongsik en Corea? Llevaba una semana preguntándoselo, mordiéndose las uñas.
La conclusión siempre era la misma: haz lo que puedas hacer ahora.
¿Podía resolver él mismo un asunto que ocurría en el plano del alma?
No.
¿Podía volver a Corea con solo preocuparse?
No.
¿Podía deducir una respuesta dándole vueltas a la cabeza?
Tampoco.
Lo único que podía hacer era asegurarse comida, pagar el alquiler y cuidar de Camembert.
Por eso, ahora estaba aquí con un currículum en la mano.
"Experiencia en múltiples oficios. Haré cualquier cosa que me manden.”
Le tendió el papel a la señora Kelly, que lo miró con cara de pasmo. Y para rematar, le lanzó su mejor arma: la “sonrisa encantadora de Empleado del Mes”.
“Contrate un sirviente nuevo, señora. ¡Barato, barato!”
***
Ningún casera estaría feliz de tener como inquilino a un escritorzuelo borracho, fumador, deprimido y con frecuentes intentos de suicidio. Así era como Kelly, dueña de algunos modestos edificios de la calle Rustique, veía a Elliot Brown: un quebradero de cabeza.
El “currículum” que le entregó Elliot no era más que un sustituto improvisado de esas cartas de recomendación que suelen traer los criados al cambiar de casa. Kelly sabía bien qué clase de sinvergüenza era él, así que aquellas experiencias laborales escritas eran evidentemente falsas.
Pero a ella no le importaba. Con tal de que pagara el alquiler, todo lo demás sobraba.
Así recordó de pronto que un inquilino suyo tenía un pariente lejano que buscaba asistente, y se lo mencionó de pasada a Elliot.
Hasta ahí, Elliot creyó que la suerte al fin estaba de su lado.
Lo que no sabía era que el puesto consistía en ser ayudante de jardinero en la mansión del mismísimo Gran Duque Theron.
"¿Qué experiencia tienes?”
El jardinero, un hombre enorme y fornido, lo interrogaba con unas tijeras de podar gigantes en la mano, y manos tan grandes como tapas de olla.
Quiero irme a casa… No, espera, calma…
Elliot contuvo su instinto de fuga al descubrir en qué mansión estaba, y trató de mantener la compostura.
Primero arruino disimuladamente la entrevista, y luego huyo.
Con una sonrisa cortés, le tendió el currículum.
"Aquí está todo escrito. Aunque, lamentablemente, no tengo experiencia en jardinería…”
"No sé leer. Así que dímelo tú mismo.”
"Ah… claro. Verá, trabajé en parques, teatros, casas de té, posadas, tiendas y hasta como cuidador de niños. Durante seis años me dediqué a atender clientes y resolver sus problemas…”
Elliot respondió con amabilidad automática, incapaz de contestar de otra forma.
"¿Y por qué tantos trabajos? No aguantas en ninguno.”
El jardinero frunció sus cejas espesas, y Elliot esbozó una sonrisa amarga sin darse cuenta.
Él, que siempre había sido el empleado ejemplar en todas partes… ¿por qué nunca lograba quedarse mucho tiempo en un solo trabajo?
Capítulo 4
No había ninguna razón complicada o profunda detrás.
"Al trabajo siempre venían los cobradores de deudas " explicó.
Aunque, para ser exactos, eran los cobradores de las deudas de su padre.
"Hmm…”
El jardinero frunció el ceño con un aire grave. Por lo visto, también en este mundo había mucha gente acosada por las deudas.
"Pero ya las he pagado todas.”
Después de todo, había venido a parar a otro mundo, así que las deudas desaparecieron como si nada. El hecho de que aquellas cargas se hubieran borrado fue, de hecho, el mayor consuelo que Elliot sintió al reencarnarse.
Con una sonrisa amable y un tanto incómoda, como disculpándose por haber preocupado al jardinero con sus asuntos personales, añadió:
"Además, el trato con clientes me resultaba bastante adecuado. Especialmente, tenía experiencia ayudando a quienes expresaban quejas o incomodidades.”
El jardinero guardó silencio, observándolo con su mirada hosca y penetrante.
"Supongo que mi perfil es muy distinto de lo que usted buscaba. Ni siquiera esperaba que la señora Kelly me recomendara para un trabajo de jardinero. Lo lamento, no tengo ninguna experiencia en ese campo…”
"Contratado.”
"Bien, entonces yo… ¿eh?”
"He dicho que estás contratado.”
El jardinero añadió con brusquedad:
"Empiezas mañana.”
Un sudor frío le recorrió la espalda a Elliot.
¡Esto no debía pasar!
"Pero yo… yo nunca he hecho trabajo de jardín. Además, mi cuerpo no está en muy buenas condiciones…”
"Eso no importa.”
El jardinero dejó escapar una sonrisa con un matiz casi siniestro.
"Dijiste que eras bueno tratando con clientes problemáticos… eso me va a ser muy útil.”
Debí haberme callado eso…
Elliot contuvo las ganas de llorar, arrugando lentamente su currículum a sus espaldas.
***
Desde el primer día de trabajo, comprendió perfectamente por qué Benny, el jardinero, lo había contratado al escuchar su experiencia con atención al cliente.
Pensaba que solo se trataba de cuidar plantas y mantener el jardín, pero resultó que mucha gente acudía a Benny para pedirle cosas.
"Señor Benny, ¿me daría unas hierbas para cocinar? La albahaca que me dio la otra vez tenía un aroma muy fuerte. ¿No tendrá alguna más suave?”
"Benny, hay demasiados insectos entrando en la mansión. Creo que es por las plantas del jardín, ¿podría revisarlo?”
"Benny, los rosales junto a la puerta principal volvieron a romperse. Los carruajes y caballos siguen golpeando esa zona, por favor arréglelo.”
"Tío Benny, el mayordomo pide flores para un florero del salón, ¿puede darnos algunas?”
Benny, Benny, Benny… cada vez que lo llamaban, su rostro ya de por sí severo se volvía aún más aterrador.
"Ya entiendes más o menos cuál será tu trabajo " dijo, entregándole un frondoso ramo de lirios recién cortados. " Llévaselo al señor Henderson, y de ahora en adelante, que te pidan todo a ti. Estoy harto de tratar con esa gente.
Por lo que murmuraba después, parecía claro que se había hecho jardinero porque amaba las flores, pero se veía obligado a encargarse de demasiadas cosas que no tenían que ver con ellas.
Elliot tomó el hermoso ramo.
"De acuerdo, señor Benny. Llevaré las flores y el mensaje.”
"Deja de hablar raro y meloso. Llámame solo Benny.”
"Sí, sí… Be… Benny.”
Tras trabarse un segundo, Elliot respondió como pudo y se marchó animado.
Según le habían dicho, Henderson era el mayordomo de la casa, y bastaba con preguntar a cualquiera dentro de la mansión para que le indicaran dónde encontrarlo.
Así que Elliot detuvo a una joven doncella con pecas en la nariz. Cuando lo miró, se puso tan roja que apenas pudo tartamudear:
"E… el señor mayordomo… está en la sala de recepción.”
Con solo escuchar su nombre parecía haberse puesto nerviosa, lo que llevó a Elliot a suponer que Henderson debía de ser un superior bastante temido. Como colega trabajador, le ofreció una sonrisa de ánimo y calidez.
Poco después, entre las sirvientas corrió el rumor de que “el nuevo ayudante de Benny, además de guapo e inteligente, desprendía un aire romántico y el aroma de lirios frescos”. Elliot, claro, no tenía ni idea.
Rumores aparte, se encaminó hacia la sala de recepción. Como era su primer día y la mansión era enorme, tuvo que preguntar varias veces hasta llegar. Cuando por fin alcanzó la sala, estaba exhausto por su pésima condición física. Tocó la puerta con un golpe moderado.
"Buenos días, señor Henderson. Soy Elliot Brown, ayudante del jardinero Benny.”
No recibió respuesta.
"¿Señor Henderson, está aquí? Traigo unas flores para el florero de la sala~”
"…Entra.”
Una voz baja y apenas audible le permitió comprender, y Elliot abrió la puerta con cuidado.
El dulce aroma de flores impregnaba la habitación. Solo había un hombre en la sala, recostado en un sillón con un libro cubriéndole el rostro. Vestía un traje negro impecable.
"Señor Henderson, traje lirios para…”
"Déjalos donde quieras.”
La voz murmuraba bajo el libro.
"¿Dónde prefiere que los ponga…?”
"Estoy durmiendo. No me hables.”
¿Y cómo se supone que me da órdenes si está dormido?
Elliot quería replicar, pero recordó su experiencia en atención al cliente. Así que sonrió.
Definitivamente, Henderson era el típico superior autoritario. Elliot ya se había topado con muchos así en su vida anterior.
"Claro, claro, señor Henderson. Disculpe. Haré silencio para que descanse tranquilo.”
En atención al cliente, la palabra “desahogo” no existía.
Con una reverencia, se dirigió al enorme florero junto a la ventana. Estaba repleto de lirios cuyo aroma era tan intenso que casi asfixiaba.
¿De verdad alguien puede dormir aquí?
Sacó las flores marchitas y colocó los nuevos lirios, intentando acomodarlos de forma más bonita. Entonces la voz volvió a escucharse:
"Molestas. Vete.”
"¿He hecho ruido? Discúlpeme…”
"Dije que no me hables.”
Elliot sonrió por dentro con ironía amarga.
Qué pedazo de cliente insufrible…
Apretando los dientes, terminó de ajustar el florero y lo corrió un poco hacia adentro, cerró las cortinas para bloquear la luz y se llevó el ramo anterior. Luego, con pasos de puntillas, se dirigió hacia la puerta. Todo un ejemplo de subordinado ejemplar… salvo porque, detrás del ramo, sus dedos estaban alzando en secreto el dedo medio, ese “fuck you invisible” que solía dedicar a los clientes tóxicos en su época de call center.
"Oye.”
"¡Sí, sí! ¿Me llamaba, señor Henderson~?”
Elliot bajó rápidamente los dedos y se giró.
"Qué manera tan rara de hablar para un hombre… en fin, deja esos lirios y márchate.”
Elliot pensó en preguntar la razón, pero sabía que solo recibiría un “calla” por respuesta. Así que dejó el ramo en una mesita cercana.
"Entonces me retiro. Que descanse bien. Atentamente, su servidor Im… Elliot Brown.”
Al pronunciar su nombre, notó que había estado a punto de decir “Soy Im…”, como en su vida pasada en el call center, a punto de cerrar la frase con un “lo queremos, cliente querido”.
Lleno de vergüenza, salió con la mayor discreción, cerrando la puerta tan suavemente que ni el cerrojo sonó.
Ya solo, Henderson respiró hondo. El aroma intenso de los lirios marchitos se mezclaba con la frescura de los nuevos, llenando la sala. Retiró el libro de su rostro, revelando un semblante de belleza extraordinaria.
Si Elliot hubiera prestado un poco más de atención, habría notado que el cabello desordenado bajo el libro brillaba como platino a la luz del sol. Habría visto el cuello largo y elegante, masculino y fiero, o las manos grandes y ásperas que sostenían el libro.
Era un hombre de nobleza evidente: Henderson, o más bien, Argen Theron. Sus ojos, de un gris azulado como hielo eterno, recorrieron lentamente la sala hasta detenerse en la ventana.
En medio de aquella estancia inundada de luz, solo el rincón frente al sofá permanecía en sombra, protegido por las cortinas corridas. Era como si lo hubiesen apartado del mundo exterior. Una separación acogedora, tranquila.
"El nuevo ayudante del jardinero, Elliot Brown…”
Argen murmuró en voz baja. Dejó el libro en la mesa y volvió a reclinarse en el sillón. Esta vez, sin necesidad de cubrirse el rostro, la penumbra lo mantenía a salvo del sol.
Empezó a contar mentalmente, como solía hacer cuando intentaba dormir. Al llegar cerca de trescientos, por fin logró caer en un ligero sueño. Todo gracias a aquel pequeño gesto de consideración de Elliot Brown.
Capítulo 5
Argen Theron era el Gran Duque del Norte.
Ese título estaba grabado a fuego en la memoria de Elliot, y recordaba haber visto incluso un comentario en la versión original: “Claro, el seme siempre es el Gran Duque del Norte.”
Pero entonces, ¿qué demonios hacía ese hombre aquí, en la capital bañada de sol y con brisas suaves, rondando como una amenaza latente?
“Pues porque Su Majestad el Emperador aprecia a nuestro señor el Gran Duque, claro está.”
La respuesta vino de Benny, que masticaba pan seco bajo la sombra de un enorme haya.
“¿Qué más da que tenga casa? Apenas pisa su propio feudo diez días al año. Ahora que la tregua parece que durará más tiempo, es un alivio. Imagínate, siendo el único sobrino de sangre y siempre viviendo en el frente de batalla… cuánto habrá querido el Emperador verlo de vez en cuando.”
Benny solía ser parco en palabras, pero al mencionar a Theron, su lengua se soltaba. Se notaba el orgullo que sentía por servir al héroe del Imperio.
“Lo que yo digo es que, si es el Gran Duque del Norte, ¿no debería estar en el norte?”
“Por supuesto que las tierras de los Theron están allá arriba. Pero esas siempre se han administrado bien solas. El Gran Duque sirve donde más lo necesita Su Majestad.”
“Ya veo…”
Elliot asintió como si aceptara la explicación, aunque por dentro hervía de descontento.
Porque él conocía la verdad: en la obra original, la relación entre el Emperador y el Gran Duque era pésima.
En realidad, Argen odiaba la guerra. Y con razón: siendo apenas un niño, el Emperador lo había enviado a los frentes más crueles. Logró sobrevivir milagrosamente a su primera batalla, y a partir de entonces, su propio tío comenzó a mandarle asesinos para deshacerse de él. Llevaba más de diez años viviendo con el filo de la muerte siempre a la espalda.
Era difícil no sentir compasión por el Gran Duque. Pero Elliot también recordaba que, al final, Argen era el único que sobrevivía. El Emperador moría a sus manos.
“Si yo fuera Su Majestad, lo tendría siempre en el palacio imperial, rodeado de lujos y cuidados.”
Benny soltó la frase a voz en cuello. Elliot solo sonrió en silencio, asintiendo.
Sabía que el Gran Duque era amado por el pueblo, pero verlo en carne propia era diferente. La devoción de Benny lo dejaba sin palabras.
Agradeció, al menos, que estuvieran solos en aquel jardín. El Emperador, tan retorcido, sin duda tenía oídos infiltrados en la mansión del Gran Duque. Si alguien escuchaba a Benny hablar así, podía desaparecer sin dejar rastro… y Elliot también, solo por oírlo.
Hoy mismo renuncio.
Se metió de golpe el último trozo de pan en la boca y se convenció.
Aunque daba miedo, al final quizá no sería para tanto. ¿Qué probabilidades había de encontrarse con el Gran Duque en persona en una mansión tan enorme? Su trabajo como ayudante de jardinero era solo cavar tierra y regar plantas. Fácil, sencillo, seguro…
Pero esa ilusión se rompió pronto.
No solo por el fervor fanático de Benny, sino por la naturaleza del trabajo mismo. No era solo cavar o regar: había que relacionarse constantemente con los sirvientes, con el mayordomo, con toda la servidumbre. Y tarde o temprano, llegaría un recado directo para el mismísimo Gran Duque.
Y Elliot sabía bien cómo terminaba eso en la novela: el Gran Duque atravesaba el corazón de El Black con su espada.
“Si eres dueño del corazón de Louren , yo me quedaré con el tuyo.”
Elliot se frotó el pecho instintivamente.
Claro que él no pensaba escribir cartas de amor en nombre de nadie, así que no había motivo para que lo malinterpretaran. Pero aun así…
Alzó la vista hacia la imponente y majestuosa mansión. Desde el primer momento, había decidido mantenerse lo más lejos posible del Gran Duque. Y sin embargo, allí estaba: en su propio jardín trasero.
¿Era inevitable que los personajes de una historia acabaran siempre entrelazados, por mucho que intentaran evitarlo? Solo de pensarlo, Elliot sentía que iba a desmayarse.
Fue entonces cuando una voz, que hasta ese momento no había escuchado absorto en sus pensamientos, le perforó el oído:
“…por eso pensé en ti. Entonces, ¿me ayudarás?”
“¿Eh?”
Se había perdido la primera parte de la conversación. Benny, con su rostro tosco y grande, se rascaba la nuca incómodo.
Elliot lo miró perplejo, y el gesto de Benny se contrajo en una mueca casi feroz.
“Si no quieres, olvídalo.”
Se levantó bruscamente, sacudiéndose las migas de pan de la ropa. Sus orejas y su cuello estaban rojos como brasas.
Quizá pensaba que Elliot lo había ignorado. O tal vez el favor que pedía era algo que le daba demasiada vergüenza.
Aunque parecía duro por fuera, Benny en realidad tenía un corazón sensible y fácilmente herido. Elliot lo había notado desde el primer momento. Esa cara arrugada no era de enfado, sino de incomodidad.
“Hasta las hormigas tienen que comer…”
Gruñó con voz alta, como para disimular, mientras sacudía un pañuelo hacia el tronco del árbol. Cayeron de él varias migas: el mismo pañuelo que había envuelto el pan que Elliot acababa de comer.
Im Seong-sik "el Elliot original, con toda su experiencia de subordinado en mil trabajos y en el ejército" no podía permitir algo así. Un superior mayor que él, que incluso le había compartido su almuerzo, y él respondiendo con un desaire. Imperdonable.
“¡Benny! Claro que lo ayudaré. Pero… ¿podría decirme otra vez qué era exactamente lo que necesitaba?”
Adoptó el tono más amable posible, para no herirlo más.
Benny se sobresaltó.
“¿De verdad… escribirías la carta por mí?”
¿Carta? ¿En serio? ¿Aquí y ahora?
***
Benny, algo avergonzado, terminó por explicarse.
Tenía una hija, la única familia que le quedaba. Había criado a la muchacha solo, con todo el amor que le quedaba después de perder pronto a su esposa.
El año pasado ella se había casado, marchándose a un pequeño pueblo en el Este, a una semana de viaje en carruaje.
Las cartas que le enviaba eran su única alegría. Como no sabía leer, Benny pedía siempre a un vecino de confianza que le leyera en voz alta las noticias. Por suerte, las cartas de su hija siempre estaban llenas de pequeñas alegrías cotidianas.
Pero unas semanas atrás, después de recibir una carta en la que anunciaba con ilusión que estaba embarazada, el contacto se interrumpió.
Benny había querido escribirle, pero ya no tenía a nadie que lo ayudara con la lectura ni la escritura: el vecino se había marchado a trabajar lejos.
“Me dijeron que tú habías trabajado escribiendo cartas para otros. ¿Sabes leer y escribir, cierto?”
“Sí, pero… no tengo un gran talento para la escritura…”
Elliot se rascó la nuca, incómodo.
“No hace falta talento "replicó Benny, apretándole el hombro". Solo escribe que quiero saber si está bien, que me diga si puedo ir a verla.”
Su rostro, tan rudo como el de un bandido, estaba marcado por una súplica sincera. Hasta las manos gruesas con que sujetaba a Elliot temblaban levemente.
Elliot comprendió en ese instante por qué lo habían contratado como asistente: porque Benny no tenía a nadie más. Para él, bastaba con que alguien supiera leer y escribir para abrirle el corazón de inmediato.
Recordó entonces que aquella mañana muchos lo habían saludado sin más, pero Benny no había cruzado una sola palabra cercana con nadie.
¿Cuánto habrá sufrido en silencio estas semanas, reprochándose su carácter reservado?
“¿Estás… llorando?”
Benny retrocedió, sorprendido. Elliot se sonó la nariz.
“¿Yo? ¡No! Claro que no…”
Pero sus ojos y la punta de su nariz estaban enrojecidos, brillando de humedad.
Esa era, en realidad, la razón por la que en su vida pasada siempre terminaba como Empleado del Mes: su empatía. Siempre atento, siempre dispuesto a sonreír y escuchar, sabía ponerse en el lugar del otro como nadie.
Incluso los clientes más difíciles se ablandaban ante él. Con los compañeros también: cuando alguien lloraba por un cliente grosero o por un regaño del jefe, ahí estaba él, consolando con naturalidad.
Era un talento innato. Y por eso mismo, no había manera de que ahora se negara.
Solo esta carta. La escribo y después me voy.
Se dijo, limpiándose la nariz.
Aquel mismo día, Elliot escribió la breve carta para la hija de Benny: un mensaje sencillo, lleno de preocupación y cariño, preguntando si estaba bien y si podía visitarla.
Benny observaba en silencio cómo las letras iban llenando el papel, hasta que bajó la cabeza emocionado.
“Gracias… De verdad, gracias.”
Y con esa gratitud, Elliot supo que su “fecha de renuncia” acababa de posponerse.
Se quedaría, al menos, hasta que llegara la respuesta. Solo un mes más.
Lo que aún no sabía era el vendaval que aquella respuesta traería consigo.
Capítulo 6
“Elliot, llévale esto a Camembert.”
La doncella pecosa y simpática, Mary, le entregó un pequeño sobre a Elliot y luego salió corriendo.
Cuando corrió hacia las otras doncellas, de aquel lado estallaron exclamaciones entre burlas y risitas: “Oooh~”, “Mary~”.
Elliot fingió no darse por enterado, sonrió y abrió el sobre. Dentro había tiras de pescado seco.
“Gracias, Mary. A Camembert le encantará.”
Elliot agitó el sobre en dirección a Mary, que se ocultaba entre las doncellas.
Las pecas de Mary se volvieron a cubrir con un rubor intenso. Sus compañeras, entre risitas maliciosas, intentaron empujarla hacia Elliot, pero como era pequeña de cuerpo se escabulló rápidamente antes de que pudieran atraparla.
Elliot enrolló el sobre lo más plano posible y lo guardó en el bolsillo interior de su abrigo. Los bolsillos exteriores ya estaban llenos de caramelos, pañuelos, cigarrillos y un par de guantes nuevos, de modo que no tenía otro lugar para guardar aquel obsequio.
Apenas había cumplido un mes desde que empezó a trabajar allí, y Elliot ya se había convertido, oficialmente, en el segundo hombre más popular en la mansión del Gran Duque Theron, justo después del propio Gran Duque. Como el Gran Duque estaba fuera del alcance de los sirvientes, podía decirse que, en realidad, Elliot era el hombre más popular de todos.
Un joven de cabello castaño oscuro y rizado, desordenado, de rostro pálido y delicado. Tras sus gafas finas y elegantes se escondían unos ojos marrón oscuro, cálidos y risueños, capaces de desarmar a cualquiera. Sí, esos ojos. Cada vez que se curvaban en una sonrisa, hombres y mujeres, jóvenes y mayores, sentían que algo dentro de ellos cedía sin remedio.
Desde su segundo día de trabajo, las doncellas comenzaron a acercársele para conversar. Lo que al inicio eran mensajes para Benny, pronto se transformó en charlas triviales, hasta que, últimamente, algunas le llevaban pequeños regalos y los dejaban casi a escondidas en sus manos.
Elliot pensaba que aquellas muestras eran simples gestos de agradecimiento porque sabía escuchar bien, pero todos los demás en la mansión ya habían comprendido lo que en realidad estaba ocurriendo: un pequeño revuelo de afectos en torno a él.
“Entonces, ¿con quién vas a sentar cabeza?”
Benny, con quien se había vuelto mucho más cercano después de ayudarle a redactar la carta a su hija, le habló en tono gruñón. Elliot ya sabía que ese era el estilo de broma de Benny.
“No sé… tal vez con quien me preparó un sándwich para el almuerzo de hoy.”
Elliot sonrió, y Benny abrió los ojos como platos antes de estallar en carcajadas como si hubiera escuchado la cosa más graciosa del mundo. Resultaba que Benny había preparado, otra vez, un sándwich para comer junto con Elliot.
Su rostro rudo se encendió de rojo con la risa.
“¡Sí que elegí bien a mi ayudante!” Dijo Benny, dándole una palmada tan fuerte en la espalda que el cuerpo frágil de Elliot se tambaleó hacia adelante, aunque Benny no hizo más que soltar otra carcajada.
Elliot, masajeándose la espalda adolorida, rió con él. En un principio, había pensado en dejar el trabajo en cuanto llegara la respuesta de la hija de Benny, pero lo cierto era que las condiciones en la mansión del Gran Duque eran inmejorables.
Todos los días tenía ante sus ojos un paisaje digno de las pinturas clásicas que solo había visto en la escuela. Su jefe era alguien mucho más amable de lo que habría imaginado en tiempos de exámenes. Las tareas pesadas recaían en Benny, mientras que a él solo le tocaban encargos ligeros o transmitir recados de un sirviente a otro.
Los compañeros eran extraordinariamente cordiales. Antes también había recibido atenciones de mujeres, pero las doncellas aquí eran más jóvenes, dulces y amables.
Incluso el mayor problema, el propio Gran Duque Theron, no había aparecido en todo ese mes. Y el severo mayordomo Henderson, con quien apenas tuvo un encuentro el primer día, tampoco volvió a cruzarse en su camino.
¿Y si simplemente… se quedaba aquí?
Justo cuando Elliot empezaba a resignarse con gusto a aquella vida fácil, ocurrió algo inesperado.
“Señor Benny. Esta dama lo está buscando. ¿La conoce?”
El paje Dave entró al jardín acompañado de una mujer de aspecto desaliñado y alta de estatura. Llevaba una pequeña maleta en una mano y, en la otra, un papel arrugado.
“…¿Rachel?” Benny abrió los ojos de par en par, incrédulo.
“¡Padre!” Rachel corrió a sus brazos llorando.
“¿Qué haces aquí? ¿Y por qué estás así? ¡Pareces una mendiga! ¿Qué te pasó…?”
“Vi esta carta y te busqué. Si no hubiera sido por ella, probablemente habría muerto en la calle.”
Entre sollozos, Rachel le entregó el papel. Era la carta que Elliot había escrito un mes atrás.
Con lágrimas de alivio y tristeza mezcladas, ella giró la cabeza hacia Elliot.
“¿Fue usted? ¿Usted escribió esa carta?”
La pregunta de Rachel atrajo de inmediato la mirada de Benny y de Dave hacia él. ¿Qué, otra vez yo?
Un sudor frío recorrió la espalda de Elliot. Su cómoda vida acababa de encender luces rojas de advertencia. Algo estaba empezando a ir mal.
***
El tranquilo jardín estaba ahora abarrotado de gente. Todos se pasaban la carta de mano en mano como si fuera un libro raro. Aunque solo tenía un mes de antigüedad, estaba tan manoseada que parecía una reliquia. Elliot, incómodo, no hacía más que mirar hacia el cielo como si nada.
Rachel parecía haber sufrido bastante en las últimas semanas. Benny, tras pedir permiso a la jefa de doncellas, la llevó a los aposentos del personal. Incluso mientras se marchaba, Rachel seguía agradeciéndole a Elliot, diciendo que su posdata le había dado fuerzas para atreverse a llegar hasta allí.
Esas palabras despertaron aún más la curiosidad de los demás. Dave, el primero en armarse de valor, le pidió ver la carta. Rachel, sin problema, se la entregó.
La carta, que ella decía haber sido su único consuelo, decía así:
***
A Rachel Weiss Garrett, hija de Benny Weiss
Rachel, soy tu padre.
Ya sabes que no sé escribir, así que le pedí a mi nuevo ayudante que lo hiciera por mí. Como tengo un asistente, quizás pueda descansar un poco. Si me necesitas, mándame llamar. Respóndeme breve.
Benny Weiss.
Posdata. Hola, Rachel. Soy el ayudante que escribe esta carta. Benny me insistió en que fuera corto y al grano, pero me atrevo a añadir unas palabras.
Hoy fue mi primer día, y Benny me compartió un pan en el almuerzo. Me sorprendió lo mucho que lo disfrutaba, pues estaba seco e insípido. Entonces me dijo que era el mismo pan que te gustaba desde niña.
Cuando habla de ti, su expresión se suaviza sin que él mismo lo note. Seguro que cada vez que comía aquel pan, pensaba en ti con ese mismo gesto.
¿Por qué te digo esto? Porque quiero que sepas que tu padre realmente te extraña. Cada día espera tus cartas, aunque no lo demuestre.
No sé mucho de él, ni de ti, pero hay algo de lo que estoy seguro: tu padre, por muy rudo que sea, te ama. Pase lo que pase, él seguirá amándote.
Si estás sufriendo, puedes regresar. Aquí tendrás un padre que te recibirá.
Posdata 2. Envía la respuesta a la dirección de la mansión del Gran Duque Theron. Al fin y al cabo, yo tendré que leerla para él. Perdona lo largo del mensaje.”
“Elliot, ¿cómo supiste que la hija de Benny estaba en apuros?” Preguntó Dave, maravillado.
“Solo lo supuse. Si alguien que enviaba cartas con regularidad deja de hacerlo de repente, o le pasó algo, o decidió no contar lo que estaba viviendo. Pensé que quizá atravesaba algo doloroso y no podía escribirlo. Y en esas circunstancias, unas palabras de apoyo no sobran…”
Dave asintió, impresionado.
“Elliot siempre nos escucha tan bien.” Comentó una doncella, y las demás empezaron a asentir:
“Sí, no es como otros hombres.”
“Hablar con Elliot tranquiliza.”
“Entiendo a la hija de Benny. A veces uno solo necesita que alguien lo empuje un poquito para animarse.”
Elliot, incómodo, se rascó la nuca.
“No fue nada extraordinario. Solo pensé… que yo mismo habría querido escuchar esas palabras.”
Pero las doncellas ya no le prestaban atención. Corrieron a contarle a la señora Megan, emocionadas con la carta.
Dave le dedicó a Elliot una sonrisa maliciosa, de esas que significaban: “Bien hecho, mujeriego. Te aplaudo.” Luego se fue a trabajar, dejándolo solo, incómodo en medio del jardín.
Mientras tanto, los elogios hacia la carta se extendían como pólvora por toda la mansión. Pasaron de las doncellas a la jefa, de ahí a los pocos pajes y criadas, y hasta a uno de los amantes de aquellas criadas.
“¿Elliot… Brown, dijiste?”
Ese amante no era otro que el segundo hijo del marqués Tulion: DenewinTulion.
“Así que, después de desaparecer y no dar señales tras mi encargo, ¿andaba seduciendo a la hija de un jardinero?”
Denewin sonrió con frialdad mientras la doncella de la casa Theron, que le había contado la historia, reposaba en sus brazos. Le dio un ligero beso antes de susurrar:
“Dime, mi pajarillo cantor… ¿dónde puedo encontrar a ese Elliot Brown?”
Capítulo 7
Aquel día la lluvia caía con furia. La tormenta repentina dejó a los sirvientes fuera de sí.
Las carrozas que estaban aparcadas afuera fueron cubiertas con lonas gruesas y resistentes, toda la colada fue retirada a toda prisa dentro de la mansión, y el entrenamiento de la tarde en el campo de práctica se suspendió temporalmente.
El jardín estaba en algo mejor estado. Benny, sonriendo de oreja a oreja, sacó varias macetas del invernadero y las colocó bajo la lluvia.
Dentro del invernadero, Elliot y Benny se secaban el cuerpo mojado mientras miraban hacia afuera, oscuro y brumoso.
"¿Cómo está su hija?”
"Se ha debilitado mucho. Además lleva un niño en el vientre. Le dije que descansara en casa.”
El rostro de Benny, al hablar de Rachel, estaba lleno de preocupación. La hija de Benny, Rachel, había pasado por momentos difíciles en las últimas semanas. Su marido, comerciante, había zarpado hacia un continente vecino y desaparecido en el mar. La familia de él culpó a Rachel de esa desgracia y, de un día para otro, la echaron de casa.
El embarazo era un secreto que solo compartía con su marido; si lo hubiera revelado, probablemente no la habrían echado. Pero Rachel ya no sentía el más mínimo afecto hacia ellos. No quería regresar a esa casa. Y aunque pensó en contárselo a su padre, temía hacerlo sufrir.
Por eso estuvo alojándose en una posada, cuando se topó con el cartero que llevaba una carta destinada a la casa de su esposo. El posadero le entregó la carta allí mismo, y así Rachel supo lo que nunca debía haber sabido.
"Si no hubiera sido por usted, mi Rachel habría tenido que dar a luz en la calle. De verdad, no sé cómo agradecerle otra vez.”
El rostro áspero de Benny se humedeció de emoción. Elliot, incómodo por recibir por enésima vez esa gratitud, agitó las manos nerviosamente.
"Le digo que no fue nada. Aunque yo no hubiera escrito ese posdata, su carta habría bastado para que su hija regresara.”
"Sí, pero escribir cartas sí que es lo suyo.”
"Ay, ya basta con eso… ¿Eh?”
Pero esa última frase no la había dicho Benny. Elliot levantó la vista y se encontró con un hombre alto que acababa de entrar al invernadero.
Tenía un cabello rojo ardiente, engominado hacia atrás, y vestía un frac negro como salido de una película antigua. En sus ojos, también rojos, bailaba una chispa de diversión. Tras sacudir su paraguas mojado, se peinó de manera impecable un costado de su cabello.
En su impecable corbata de encaje blanco se formaban pliegues elegantes, y en el chaleco, ajustado a la cintura, cada botón estaba adornado con gemas diminutas que destellaban al mínimo movimiento. En una palabra: un hombre increíblemente apuesto y llamativo.
¿Pero qué es esa pinta de protagonista? ¿Será el archiduque Theron? No, imposible, ese siempre lleva una máscara.
Mientras Elliot se quedaba boquiabierto, Benny se apresuró a quitarse el sombrero e inclinarse profundamente, como un plebeyo frente a un noble.
Ver a aquel hombre tosco, casi de aspecto bandido, hacer una reverencia de 90 grados le provocó a Elliot cierta incomodidad. Había crecido en una sociedad donde el servilismo excesivo le resultaba molesto.
El apuesto recién llegado soltó una carcajada al notar la mirada crítica de Elliot.
"Sigue tan tieso como siempre, mi querido escritor.”
Pero pronto su rostro perdió toda sonrisa.
"Ahora bien… " sus ojos rojos brillaron con fiereza "¿No tenemos algo de qué hablar, Elliot Brown?
"¿…Eh?”
Aquello era la antesala de una buena bronca. Benny, sin embargo, quedó maravillado de que Elliot conociera a un noble de tan alta alcurnia, y tras saludarlo se retiró, no sin antes guiñar un ojo de complicidad.
¡No lo conozco! ¡De verdad que no!
Elliot gritaba por dentro, pero el pelirrojo parecía satisfecho de haber quedado a solas.
"Ni una carta más, ignoras todos mis mensajes, voy a tu casa y no estás… Jamás me he esforzado tanto por ninguna mujer como lo he hecho por ti, escritor.”
¿Cartas? ¿Mujer?
Entonces Elliot comprendió quién era aquel hombre. DenewinTulion. El libertino empedernido, un auténtico Casanova que no hacía distinción de clase social para llevar mujeres a la cama. Un personaje secundario en la obra original.
Era cliente habitual de Elliot "o más bien del Elliot original", para quien escribía cartas en su nombre, y el mismo que, borracho, reveló a Louren la existencia de ese “escritor fantasma de cartas de amor”.
Pero Elliot había rechazado todos esos encargos al conseguir su nuevo empleo.
"Lo lamento muchísimo, señor, pero dejé ese trabajo hace un mes.”
Y lo cierto es que Elliot se sentía injustamente acusado. Venía de un mundo donde había plazos de devolución y garantías limitadas. Si Denewin quería quejarse, debió hacerlo antes; aparecer un mes después para exigir servicios le parecía un abuso.
"¿De verdad creíste que un aviso unilateral bastaría?" replicó Denewin.
El problema era que Denewin era noble. Y en aquel mundo, la lógica estaba de su lado: un simple escribiente plebeyo no podía decidir dejar de servir a su patrón.
“Si el superior lo ordena, obedece.” Era una norma implícita e inquebrantable, tan común allí como en su vida pasada: padres, maestros, jefes, clientes… siempre imponían su voluntad.
Elliot sintió cómo la resignación se enroscaba en su pecho, una vez más.
"Y dime, ¿dejaste las cartas para trabajar como sirviente del archiduque Theron? ¿Acaso buscas venganza?”
La burla de Denewin hizo que Elliot palideciera.
"¿¡V-venganza!? ¡No, para nada!”
¡Qué barbaridad estaba diciendo! Obviamente Denewin no conocía el destino que, en la obra original, tuvo Elliot ‘o más bien, El Black’ al buscar revancha.
Denewin lo observó con interés, percibiendo en su expresión una oportunidad.
"Ah, cierto, cambiaste de nombre. De El Black a Elliot Brown. Supongo que el archiduque aún no sabe que un ratón se le ha metido en casa, ¿eh?
Era verdad. Aunque incluso si lo supiera, Elliot dudaba que el archiduque recordara al insignificante El Black, al que destruyó en el pasado solo porque Louren le prestaba atención.
Pero Elliot no podía dejar de preocuparse. Su supervivencia dependía de andar con pies de plomo.
"El archiduque está alojado aquí, ¿no? Por la tregua." La voz de Denewin tenía un tono juguetón, como un niño cruel que arranca alas a los insectos.
"Aunque sea el hijo descarriado, sigo siendo de la casa Tulion. Si pido audiencia, me recibirá. ¿No crees?”
Un cliente que amenaza… digno de la lista negra. Elliot, con una sonrisa forzada, se recompuso. Denewin creyó haber ganado terreno y entonces ofreció la zanahoria.
"¿Con el sueldo de sirviente puedes vivir bien? Estás tan flaco que cabes en un brazo. ¿No te vendría bien algo de dinero? dijo, rodeándolo con un brazo como un vulgar matón de barrio.
La verdad, Elliot podría hacerlo. Conocía el estilo de las cartas que Denewinencargaba, pues lo había leído en la novela. Además, Denewinsolía pagar generosamente. Claro que en la historia, El Black terminaba gastándolo todo en alcohol, corroído por la vergüenza.
"Hay cinco mujeres esperando tus próximas cartas. Todas me fastidian, preguntando cuándo volverás a escribir. Solo tienes que seguir como antes.”
Palabras tontas, pero dulces y románticas. La tentación susurraba como un diablo en su oído.
"Señor DenewinTulion." Elliot lo miró directo a los ojos. "¿Acaso le resulta tan difícil engañar a su hermano?”
"¿…Qué?”
El rostro de Denewin se endureció, sus pupilas rojas temblaron sin rumbo. Elliot conocía su punto débil. Lo había leído en la novela: un secreto mortal que nadie, salvo él mismo, debía saber.
"¿Ha vuelto la vigilancia y el maltrato del vizconde Tulion a hacerse insoportables? " preguntó Elliot con calma.
"T-tú… ¿cómo…?”
Denewin se apartó de golpe, como si Elliot fuera una tetera hirviendo. Sus ojos se movieron inquietos, buscando si había asesinos enviados por su hermano cerca.
Su hermano. Ese era el talón de Aquiles de Denewin.
Capítulo 8
Denewin Tulion era sobrino del marqués Tulion y, de niño, fue adoptado por él. Lo primero con lo que se encontró tras la adopción fue con un hermano mayor brutalmente violento.
Desde pequeño, Denewin sufrió golpizas, falsas acusaciones y todo tipo de intrigas urdidas por ese hermano. Con ocho años de diferencia entre ambos, no había forma de que el pequeño pudiera enfrentarse a él. El hermano siempre estaba un paso adelante.
Nadie sabía si aquel odio nacía del desprecio hacia el hijo adoptado o si era una manera de asegurar la posición de heredero. Lo único cierto es que, gracias a las artimañas viles y retorcidas del mayor, Denewin fue quedando cada vez más aislado en la mansión.
El marqués y su esposa lo veían como un niño obstinado, sombrío y extraño, incapaz de inspirar afecto. Los vasallos lo consideraban inferior al primogénito. Y entre los sirvientes corría el rumor de que “el segundo joven amo es un pervertido depravado”, un chisme sin sustento pero que bastaba para hundir aún más su reputación.
Por eso, Denewin decidió protegerse de la única manera posible: convertirse en alguien despreciable a propósito.
Un libertino torpe, obsesionado con las mujeres.
Un inútil ocioso y derrochador.
Aquel era el disfraz que le permitía sobrevivir.
***
“¿Desde cuándo lo supiste…? Era por mi hermano, ¿no? ¿Te mandó él? ¿Qué dijo? ¿Es solo una advertencia? ¿O…?”
El rostro de Denewin perdió todo color mientras sus ojos recorrían febrilmente cada rincón del invernadero. En sus labios amoratados se dibujaba el miedo.
“Señor cliente"”
“¿Le contaste todo? ¿Hablaste de mis encargos, de mi contrato contigo? ¡Dime que no lo dijiste todo!”
El hombre que, instantes antes, había sonreído con descaro y lo había chantajeado con arrogancia, ahora suplicaba como un niño acorralado.
“Un momento… Perdón, lo siento. Fue mi error. Pero no le digas nada, por favor. Esta vez sí que podría matarme. Perdóname, escritor.”
Su voz temblaba como el balido de una cabra. Y, sin embargo, Elliot no pudo reírse. Se quedó helado.
Ese joven alto y apuesto, tan seguro de sí mismo, parecía en ese instante un niño de cinco años incapaz de escapar de la sombra de la violencia.
“Seong-sik, perdóname. De verdad, esta vez sí que podría morir. Tu padre lo siente. Solo una vez más…”
La voz que Elliot había intentado olvidar toda su vida se superpuso al rostro de Denerwin. Su padre.
Un hombre que, en su torpeza, quiso hacer lo mejor posible.
El único familiar que había tenido.
Bondadoso y pobre, un fracaso constante.
Hay personas a las que la vida no les concede tregua. Personas devoradas de golpe por una desgracia como un alud. Cuando un ser así elegía huir ante un dolor insoportable, Elliot nunca había tenido el valor de detenerlo.
Porque las heridas de los demás le dolían como si fueran suyas.
Era inevitable que, al ver a Jenerwin, recordara a su padre.
Esa maldita empatía que él nunca pudo arrancarse de dentro.
***
“Resiste… No te dejes sacudir. No ahora.” Elliot se reprendió en silencio.
“Tu vida está en juego. ¿Y aún así quieres compadecerte de alguien más?”
“Lo siento, lo siento. Solo tenía miedo de que mi hermano me matara. Hazte el desentendido, solo esta vez, por favor…”
Las palabras de Denewin se atropellaban sin aliento.
Elliot suspiró profundamente. Vaya, todo un santo viviente. Ni el mismísimo Buda o Jesús en persona. Apretó los labios para no abofetearse por su debilidad y acabó diciendo:
“No es eso. Tranquilícese.”
Al final, solo pudo añadir:
“Le escribiré las cartas.”
No pienso usar tu debilidad en tu contra.
Ese era el mensaje implícito.
La verdad es que Elliot solo había mencionado al hermano para abrirse un resquicio de escape. Jamás se le pasó por la cabeza delatarlo.
Denewin cambió de actitud al instante. De nuevo simpático, hasta un poco pegajoso. Quiso quedarse en el invernadero, conversando más, incluso después de que la lluvia cesara. Aunque pretendía estar relajado, Elliot podía ver que aún sospechaba de él.
Con la sonrisa de empleado de servicio bien colocada, Elliot se empeñó en acompañarlo hasta la salida.
***
“Escritor, entonces, ¿por qué de pronto decidiste vengarte del Gran Duque Theron?”
“No he decidido nada de eso, señor cliente~”
“Ajá… secreto, ¿eh?”
Denewin arqueó las cejas con diversión.
“Pero si no eres espía de mi hermano, ¿cómo sabes cuál es mi verdadero yo?”
“Me enteré por casualidad.”
“¿Sabes lo sospechoso que suena eso?”
“Aun si lo parece, no puedo evitarlo. Pero le aseguro que no tengo ningún vínculo con su hermano.”
Elliot respondió sereno. Denewin lo observó fijamente a los ojos, luego apartó la mirada.
“Está bien. Supongo que esta vez te creeré.”
El joven giró juguetonamente el paraguas, cortando la hierba húmeda con la punta metálica. El césped y la tierra se levantaban a su paso, provocando que Elliot frunciera el ceño.
“¡El paraguas!”
“¿Hmm?”
“Le ruego… no lo use así, señor cliente.”
Otra vez emergió la obediencia del subordinado. Con una sonrisa forzada que le temblaba en los labios, Elliot pidió. Denewin soltó una carcajada sonora.
“Cierto, lo olvidaba. Ahora eres jardinero.”
“Soy el asistente del jardinero.”
“Eso mismo, asistente del jardinero.”
Mientras Elliot reprimía su enojo revisando el césped dañado, Denewinlo examinaba con interés.
El aspecto físico era casi igual al de antes: mismo rostro, mismo cuerpo, salvo que ahora su cabello estaba limpio y peinado, y ya no olía a alcohol.
Pero había una diferencia.
El Elliot Brown que conocía antes era un hombre roto, con los ojos cargados de rencor, autocompasión y locura. Ahora, en cambio… en sus ojos brillaba una tristeza firme y cálida.
¿Dejar el alcohol cambia tanto a una persona? Quizá deba moderarme también…
pensó Jenerwin, acomodando su paraguas.
“Extrañamente… me inspiras confianza.”
Le dio un codazo juguetón en la cintura. Elliot se apartó de inmediato, aún con la sonrisa pegada, pero la mirada fulminante. Denewin volvió a reír como si acabara de hacer un amigo nuevo.
***
Y alguien los observaba.
“El libertino de los Tulion.”
Desde la ventana del tercer piso, un hombre murmuró con voz baja.
Era Argen Theron.
Su asistente, Luther, tensó la espalda y respondió con respeto:
“¿Se refiere a DenewinTulion, mi lord?”
“¿Acaso no sabías que había entrado?”
El Gran Duque inclinó su rostro perfecto, de belleza casi irreal.
Luther bajó la cabeza con rigidez.
“Mis disculpas, señor. Tenía conocimiento de su visita, pero dijo que venía por un asunto personal con un sirviente… No me pareció prioritario.”
“¿Un sirviente?”
“Sí. Según dicen, tiene amistad con el asistente del jardinero.”
Los ojos de Argen se desplazaron hacia un punto en el jardín.
El hombre de la sonrisa amable junto a Denewin.
El asistente.
Entonces recordó la silueta que había visto proyectada en el sofá junto a los lirios.
Ese sirviente era él.
“Elliot Brown.”
Nombró al hombre en voz baja. Luther levantó la cabeza, sorprendido.
“Sí, así se llama. Elliot Brown.”
Argen no mostró más interés. Volvió a sentarse a su escritorio. Pero sus ojos hundidos, con profundas ojeras, revelaban fatiga y tensión.
La biblioteca donde se encontraban estaba abarrotada de libros del suelo al techo. Sobre la mesa se alzaban montones de volúmenes y documentos: informes militares, cartas, decretos.
El Gran Duque hojeaba un tratado sobre técnicas ecuestres cuando…
“¡Su Excelencia!”
El grito alarmado de Luther lo interrumpió.
Gotas de sangre caían sobre el papel blanco.
De inmediato, el asistente presionó con un pañuelo la nariz del Duque.
Después de tantos años en el campo de batalla, la familiaridad entre ambos hacía natural aquel contacto, aunque Argen frunciera el ceño con desagrado.
“¿Por tan poco arman tanto escándalo?” murmuró.
“¡Señor! Lleva más de una semana sin dormir. Ni el más fuerte de los guerreros puede resistir eso. Está peor que en plena guerra.”
“Ya he escuchado suficientes regaños de Henderson.”
Argen apretó con indiferencia el puente de su nariz. Pero el pañuelo blanco entre sus manos se teñía de un rojo inquietante.
Capítulo 9
“Su Excelencia… creo que debería al menos aceptar un somnífero…”
“Medicinas, no. Quién sabe qué artimañas podría urdir el Emperador.”
Argen cortó con voz afilada. Luther, que ya lo intuía, agachó la cabeza. El aire pesado de la sala se hizo aún más denso cuando el duque dejó a un lado el pañuelo ensangrentado.
“Te devolveré uno nuevo.”
“No es necesario, Excelencia.”
“Los documentos han quedado manchados.”
Argen frunció el ceño. En efecto, varias hojas estaban empapadas de sangre.
El insomnio era ya un viejo camarada de armas para él, pero eso no lo hacía menos molesto. Aunque aquella vez sí dormí profundamente…
De repente, sus manos, que pasaban las páginas manchadas, se detuvieron. Recordó aquel momento: envuelto en el aroma de lirios, los párpados cerrándose en una pequeña sombra de calma.
“Hasta aquí fue Elliot Brown.”
Aquel saludo absurdo, la voz amable del sirviente, volvió a resonar en sus oídos.
Impulsivamente, Argen habló.
“...Elliot Brown.”
“¿Perdón?”
“Lo quiero como ayuda de cámara en mis aposentos.”
“¿¡Eeh!?”
El chillido de Luther llenó la biblioteca.
***
“Señor Elliot, el señor Henderson desea verle en la biblioteca.”
Ese recado escueto de Dave bastó para que el corazón de Elliot se desbocara. Ya frente a la puerta, intentaba calmarse.
¿Debería dejar este empleo de una vez?
No bastaba con la carta a la hija de Benny que había causado un pequeño alboroto, ni con la visita intimidante de Denewin; ahora encima lo llamaba el peor de los jefes.
Sí, renuncio. Buscaré otro trabajo.
“Señor Henderson, buenos días. Soy Elliot Brown, ayudante del jardinero Benny. Me dijeron que me llamó.”
Pero aunque su decisión de dimitir ardía por dentro, su voz sonó suave, formal y obediente.
“Entra.”
¿“Entra”? ¿Así, sin más? Con una sola palabra y ya me está cabreando…
Rechinando los dientes, Elliot se enfundó su sonrisa de servicio y abrió la puerta.
“Me manda llamar…”
Y se quedó sin aire. El hombre junto a la ventana emanaba una luz, una majestuosidad, que lo dejó mudo.
“Por Dios…”
Señor Henderson, usted es jodidamente hermoso.
Si la luz pudiera tomar forma humana, sería así.
Ni Lauren Fedette ni Denewin Tulion, ambos de una belleza deslumbrante, podían compararse con esa perfección trascendente.
Si alguien le pidiera alabar aquella hermosura, Elliot no se atrevería ni a intentarlo; se limitaría a babear.
“Qué desagradable. Cierra la boca.”
Así habló el dios de la belleza.
Elliot obedeció al instante, aunque sus pupilas dilatadas no lograban volver a la normalidad.
Ese rostro podría arruinar un país, pervertir a cualquiera, destrozar almas. Maldita sea…
Entonces la razón asomó un poco: ¿Es este hombre realmente un mayordomo?
Como con Lauren, la lógica tardó en llegar. Ese rostro no podía pertenecer a un simple secundario. ¿Sería acaso Argen Theron? Pero el protagonista de la novela llevaba siempre máscara o yelmo.
El título era “Domaré al Duque Enmascarado”. Y estaba claro: el duque llevaba máscara porque le daba la gana. La gente murmuraba que era por maldiciones, fealdad o parecido excesivo al emperador anterior, pero la verdad era simple: odiaba las molestias.
Lauren Fedette, famoso desde niño por su rostro celestial, había sufrido lo mismo. Argen, de rostro igualmente sobrehumano, se escondía para evitar convertirse en ídolo religioso o estético.
En la historia, Lauren se había reído a carcajadas al oír la razón de la máscara, y el duque, cautivado, le prometió quitársela solo frente a él.
Con esos antecedentes, ¿cómo iba a ser este hombre el mismísimo duque? Además, el original era de cabello negro "la regla de oro de los protagonistas masculinos", mientras que este portaba un platino frío, perfectamente peinado como modelo de revista.
Pero… es demasiado guapo para no ser el protagonista.
Y no solo eso: era altísimo, de cuerpo impecable, con un aura distinguida, incluso desprendía un aroma caro.
Elliot no sabía cómo un hombre descubría su orientación, pero estaba seguro de que, si este le ordenaba “sé gay”, él asentiría sin dudar.
“El ayudante de jardinero, Elliot Brown.”
El ángel caído"o más bien demonio tentador"habló. Elliot tragó saliva. Aquellos ojos eran como las gemas más preciosas del mundo.
“Eh… je…”
Sonó como un idiota, pero el otro prosiguió:
“¿Hasta qué hora trabajas?”
“D-de… de siete de la mañana a tres de la tarde, señor Henderson.”
“Desde hoy, trabajarás dentro de la mansión hasta medianoche.”
“Sí, sí… ¿qué?”
Elliot abrió los ojos como platos. Fue como si le echaran agua helada encima.
“¿Medi… medianoche? ¿Se refiere a las doce de la noche?”
“Exacto.”
“Perdón, insisto: ¿no habla del mediodía?”
“De la medianoche.”
“O sea, ¿las 00:00…?”
“Sí.”
Elliot quedó petrificado.
¿Qué acaba de decir esta obra maestra de la creación? ¿Diecisiete horas diarias? ¿Seis días a la semana? ¿Más de cien horas semanales?
Se le olvidó respirar. Henderson frunció el ceño por el silencio prolongado.
“Si lo entendiste, retírate.”
Se dejó caer en el escritorio, masajeándose las sienes con gesto irritado. ¿Y qué mayordomo se sienta en el escritorio del amo? Pero Elliot, paralizado por la condena a 102 horas semanales, no podía reparar en eso.
Él ya había trabajado sin descanso en su vida pasada, pero ni siquiera entonces había superado ese límite.
Solo pudo decir una cosa.
“…Voy a renunciar.”
La renuncia repentina nunca es bien recibida. El rostro perfecto del hombre se torció de disgusto, y con eso Elliot ya se sintió culpable. Se obligó a mantener la espalda recta y las manos sobre el abdomen.
“Lamento mucho avisar de golpe, señor Henderson. Pero por asuntos personales me es imposible seguir"”
“¿Qué asuntos?”
¡No me cortes, imbécil, espera a que termine!
Apretó las manos con fuerza. Henderson podía ser guapo, pero era un grandísimo cabrón.
Elliot forzó otra sonrisa servicial.
“Son asuntos privados, así que me es difícil explicar"”
“Te pagaré el doble. Si las horas son demasiado, puedes dejar el jardín y entrar a las siete de la tarde. Si te incomoda ir y venir, quédate en la mansión, te cedo una habitación de huéspedes.”
“…”
“¿Todavía te queda algún ‘asunto personal’?”
Elliot jamás había visto algo así. Interrumpía, imponía, ofrecía condiciones de la forma más arrogante…
“¿Es una opción o… son todas las condiciones a la vez?”
“Todas.”
“Trabajaré con todas mis fuerzas.”
La respuesta salió sola.
“¡Muchas gracias!”
Lo que empezó como una renuncia terminó en un contrato mejorado: salario duplicado, alojamiento gratuito en un palacio y horario reducido. Elliot salió radiante de la biblioteca.
¡Camembert, nos mudamos!
Eufórico por su victoria inesperada, olvidó lo esencial: no había preguntado en qué consistía exactamente ese nuevo trabajo nocturno.
Capítulo 10
Lotería.
Con el poco equipaje que tenía y con Camembert, Elliot se mudó a su nueva habitación, y en cuanto la vio, pensó: era como haberse ganado la lotería. El cuarto era unas tres veces más grande que su antigua casa, y la decoración fastuosa, digna de un juego de diseño de interiores, con muebles lujosos, realmente parecía un premio mayor.
Al principio, Camembert se escondió tras las cortinas, incómodo ante aquel exceso de riqueza, pero pronto se acostumbró al aroma del dinero y terminó amasando panecillos sobre la enorme cama. Elliot, cuidando de no molestar a su gato, se acomodó en una esquina de la cama, que debía ser, como poco, una super large king size. La lámpara de seda emitía una luz tenue que bañaba el lugar con calidez.
Durante la mudanza no volvió a ver a Henderson. Fue la ama de llaves, la señora Megan, quien lo guió a su nuevo cuarto y le dio las primeras instrucciones. Según ella, Elliot comenzaría al día siguiente, a las siete de la tarde, una capacitación directa con Henderson sobre sus nuevas labores. También le explicó que contratarían a otra persona para el puesto de ayudante de jardinero, de modo que él podría dedicarse exclusivamente a su nuevo empleo.
El cambio repentino lo obligó a despedirse de Benny con lágrimas en los ojos. Aunque en realidad ya había pensado renunciar, era inevitable que esa separación doliera. Al final, para suavizar la partida, quedaron en seguir almorzando juntos todos los días.
En poco tiempo, Elliot había vivido mucho: reencarnarse, conocer a los personajes de la novela, conseguir empleo, cambiar de oficio de manera inesperada. La mayoría habían sido problemas, sí, pero también había ganado un gato y hecho un amigo.
"Camembert. "Elliot giró la cabeza hacia el gato, sentado en medio de la cama. El pelaje de Camembert, brillante gracias a un mes de buena alimentación, relucía bajo la luz. El felino lo ignoró por completo.
"Perdóname por haber tomado el cuerpo de tu dueño.”
Camembert ya no lo trataba con el mismo recelo del principio, aunque todavía lo miraba como a un ladrón. Y aunque Elliot no había pedido ser transportado a ese cuerpo, el gato no tenía cómo saberlo. Por eso, lo único que podía hacer era disculparse.
"Me pregunto qué habrá pasado contigo en la historia original. ¿Moriste cuando Elliot… no, cuando El Black murió?2
Al rozar suavemente con la punta de los dedos el trasero del gato, este se estremeció, pero no se apartó. Con eso, Elliot se sintió más que satisfecho. Sonrió con ternura.
"No dejaré que eso pase. Vivamos juntos.”
Aunque no lograra grandes hazañas, aunque solo fuera un día más: sobrevivir. Elliot lo juró. Y si algún día se topaba con el duque, se mantendría agachado. Y si era posible, evitaría tanto a Argen Theron como a Louren Fedette.
Al mirar a su gato, que cabeceaba somnoliento, un calor suave le invadió el pecho. Por primera vez en mucho tiempo, pensó que quizás podía con todo.
***
"¡No puedo!
El grito de Elliot resonó. Era grosero rechazar de inmediato a un anciano que acababa de conocer, pero había límites.
El hombre de cabello blanco y gafas pequeñas, que se encontraba frente a su puerta, se limitó a alzar la mirada con serenidad.
"Debe hacerlo.”
"Lo… lo siento, pero el señor Henderson no me dijo nada de esto. Na-na… ¿nana de… cama?”
"Sirviente de alcoba.”
"¡Sí, eso! Esa cosa rara. Si hubiera sabido que se trataba de eso, habría renunciado en el acto.”
"El término suena extraño, pero en esencia es preparar la habitación del duque. Crear el ambiente adecuado para que pueda dormir profundamente.”
¡Y sabe que suena mal! Elliot gritaba por dentro.
"¿Disculpe? ¿Crear ambiente para dormir? ¿Qué se supone que haga? ¿Leerle. hacer ASMR hasta que se duerma?”
"¿AS… qué? No sé qué significa eso.
El anciano rió con calma.
"De veras, los jóvenes de hoy inventan palabras imposibles. En mis tiempos, algo así era inconcebible.”
Elliot apenas lo escuchaba. En su cabeza no dejaba de resonar la maldita frase: sirviente de alcoba.
"Dígame algo… ¿cuántos años tiene el duque?”
En su interior había nacido una pequeña esperanza. ¿y si había regresado al pasado del duque? Quizás el niño Argen necesitaba a un adulto que lo cuidara hasta dormir. Si lo criaba bien desde pequeño, podría convertirlo en un protagonista amable de comedia romántica y no en el depravado de un drama oscuro.
"Pronto cumplirá veintisiete.”
"Ah… ya veo.”
Sepultado.
Era, como en la historia, un hombre adulto.
"Pero no piense mal" añadió el anciano, como consolándolo. "Su excelencia no lo llamó en ese sentido. Padece insomnio crónico, y últimamente ha empeorado. Usted solo lo ayudará a descansar.”
"Miau.”
Camembert, indiferente a la desesperación de Elliot, mostró interés en el visitante. El gato se restregó en sus piernas, y el anciano, sonriente, se quitó un guante para acariciarlo.
Elliot, al borde del llanto, hizo un último intento de protesta.
"Pero… de verdad, Henderson no me dijo nada. Sí, reconozco que no pregunté, pero… ¿sin aviso previo esto no debería ser inválido? ¿No hay algo así como la oficina de trabajo en este mundo?”
El anciano, mientras se volvía a poner el guante, respondió con calma:
"Con ´Henderson’… ¿qué quiere decir?”
"Ah, el mayordomo Henderson.”
"Sí. Ese Henderson.”
El anciano terminó de colocarse el guante y sonrió.
"Yo soy Henderson.”
…¿Eh?
***
“Dicen que hasta en la boca del tigre puedes sobrevivir si mantienes la calma. Pero ¿qué pasa si eres tú quien mete la cabeza en la boca del tigre, pensando que estaba calentita?”
Elliot, con el rostro vacío, aporreaba una almohada para esponjarla. El olor fresco del lavado le golpeó la nariz. Cuando la dejó perfecta y sin arrugas, se puso a estirar el enorme dosel rojo bordado con el emblema de la Casa Theron. Se aseguró de desenredar con los dedos los flecos dorados que colgaban de los bordes.
Luego reemplazó los lirios de los jarrones, colocó saquitos aromáticos para la relajación en cada rincón y apagó todas las lámparas, encendiendo velas cortas de cera perfumada que se apagarían solas al amanecer.
Gracias al “auténtico” Henderson, la capacitación había sido exhaustiva. Elliot sentía que hasta la boca le sabía a jabón de tanto esfuerzo.
Por último, preparó un té de lavanda para inducir el sueño. El olor intenso lo mareaba.
"¿De verdad alguien puede dormir con todo este aroma?" murmuró.
"Por eso te contraté.”
La voz grave lo atravesó como un cuchillo. Elliot, sobresaltado, dejó caer la bolsita de té.
Detrás de él estaba él.
El falso Henderson. El protagonista de la novela: Argen Theron.
"¿Qué haces?” preguntó el duque, señalando con la barbilla la zona del lecho.
Elliot, en estado de shock, se desplomó de rodillas.
"P-perdón.”
Recogió con las manos temblorosas las hojas de té del suelo, sintiendo los pies del hombre inmóviles delante de él. El corazón se le quería salir del pecho.
¿No debía entrar yo primero para preparar todo antes de que él llegara? ¿Por qué ya está aquí?
Al alzar la vista, vio la figura del duque: un hombre de rostro perfecto, con un camisón blanco largo hasta los tobillos, una túnica negra encima y, para su sorpresa, un gorro de dormir en punta, además de una bufanda rellena en el cuello, como una almohadilla de semillas calientes.
Elliot se quedó boquiabierto.
“Dios mío… está muy en serio con esto de dormir.”
Capítulo 11
La imagen que ofrecía Argen, entre un personaje de cómic y un pobre diablo al que le habían endosado un “producto filial”, hizo que Elliot tuviera que contener una carcajada. Bajó la cabeza y se apresuró a recoger las últimas hojas de té.
“Ejem… duque, ya está todo limpio, así que me retiro~.”
Evitando a toda costa cruzar miradas con Argen, Elliot hizo una reverencia profunda.
“Elliot Brown.”
La voz baja y gélida del duque lo detuvo en seco. El tono fue tan intimidante que, sin darse cuenta, Elliot borró la sonrisa y puso su mejor cara de “Gato con Botas”: la misma que usaba ante clientes difíciles en su antiguo trabajo, con el aire de “yo solo soy un pobre empleado… ¿quiere que llame al gerente?”.
“¿Acaso Henderson no te explicó bien?”
Con la misma expresión imperturbable, Argen se burlaba, cuando hacía apenas unas horas él mismo se había hecho pasar por Henderson.
“¿Pe-perdón?”
“Lo último que debe hacer un ayuda de cámara nocturno.”
El rostro de Elliot palideció de golpe.
No será posible… ¿tengo que hacer “eso” de verdad?
Argen se despojó de la túnica negra y la arrojó sin cuidado sobre una silla.
“Es tu primera noche. Veamos tus habilidades.”
Dejó un libro sobre la mesilla, se metió bajo las sábanas y cerró los ojos con total serenidad. Una calma que contrastaba con el rostro desencajado de Elliot, arrodillado en el suelo junto a la cama.
“¿D-de verdad tengo… que hacerlo?”
“No pierdas el tiempo y empieza ya.”
Con un antifaz mullido cubriendo medio rostro, Argen parecía perfectamente dispuesto a dormir. Elliot, desesperado, contempló aquella nariz recta y escultórica, los labios rojos y carnosos, las mejillas níveas sin una sola imperfección.
No puede ser… esto es absurdo.
“Lo repetiré por última vez. Empieza.”
El protagonista, dueño de una belleza mitológica, estaba a punto de perder la paciencia. Con resignación amarga, Elliot abrió la boca y se obligó a vocalizar:
A, e, i, o, u…
Y luego, a duras penas, entonó:
“D-du… duerme ya~ mi señor duque~ duérmete, duérmete~ qué bien que se duerme…”
¿Esto… esto es lo que se supone que tengo que hacer?
***
Elliot repitió la misma canción tres veces más. Argen, como una estatua perfecta, permaneció inmóvil. Con el antifaz era imposible saber si dormía o no; ni siquiera su respiración se oía. Solo el ascenso y descenso regular de su pecho "muy visible bajo el fino tejido del pijama" demostraba que estaba vivo.
“Ejem… ¿está dormido ya, quizás?” murmuró Elliot.
“Duque Argen Theron… ¿duque?”
Silencio.
“…Oiga, duque.”
Entonces, al fin, los labios sellados bajo el antifaz se movieron:
“No he dormido todavía.”
Elliot se enderezó de golpe, fingiendo entusiasmo.
“¡Ah! Entonces… le cantaré otra de inmediato, su excelencia~.”
“Basta. Lo imaginaba. Tu canto es terrible. ¿Sabes tocar algún instrumento?”
“Lamento decirlo, duque. Los instrumentos… no son mi especialidad…”
Con expresión compungida, Elliot bajó las cejas. El duque soltó un suspiro largo.
Según la brutal formación de Henderson, el anterior ayuda de cámara sabía tocar el violín. Solía interpretar nanas hasta que, un día, cometió un error: una sola nota equivocada. A Argen le bastó aquello para despertarse y, furioso, le mandó cortar la mano antes de echarlo.
Sí. Le cortaron la mano.
Elliot tembló. Aquel hombre, disfrazado con un pijama adorable, escondía un corazón de villano de tragedia oscura.
Esforzándose al máximo en sonar amable y sumiso, Elliot propuso:
“Entonces… ¿qué le parecería esto, su excelencia? Los sonidos repetitivos ayudan a inducir el sueño.”
“Inténtalo.”
El duque accedió de mala gana, con voz áspera y ronca, cargada de fatiga. Debía de ser cierto: llevaba más de una semana sin dormir.
Elliot miró alrededor, tomó el libro de la mesilla y lo golpeó con los dedos en rápida sucesión:
tok-tok-tok-tok… tok-tok-tok-tok…
El chasquido de las uñas contra la tapa dura resonó en la habitación silenciosa.
tok-tok-tok… tok…
Argen levantó el antifaz.
“¿Te burlas de mí?”
“Perdón. No funcionó.”
La disculpa rápida era la mejor estrategia. Elliot colocó el libro en su sitio. El duque lo observó con incredulidad y reparó en que aún seguía arrodillado en el suelo.
“¿Y por qué sigues de rodillas?”
La verdad era simple: antes de reencarnar, Elliot había trabajado en un restaurante familiar, y la costumbre de “servicio total” se le había grabado hasta los huesos. Pero no podía decirlo, así que improvisó:
“Por respeto al héroe del imperio, el gran duque Argen Theron"”
“Siéntate en una silla, y si vas a hacer tonterías, mejor lee un libro. Al menos eso servirá.”
“¡Sí, por supuesto, duque~!”
Con una réplica casi cantada, Elliot obedeció. El duque suspiró hondo y guardó silencio. Desde la oscuridad bajo el antifaz escuchó a Elliot arrastrar la silla, abrir un libro y carraspear suavemente.
“Entonces, comenzaré a leer.”
Su voz, mucho más pausada y grave de lo habitual, resonó en la estancia:
“Ciertos miedos se convierten casi en deber.”
Era una voz tranquila, sin azúcares ni artificios, serena y reflexiva.
“El miedo, una vez grabado en el alma, penetra los resquicios más ocultos del ser, sellando huecos que ni uno mismo sabía que tenía.”
Mucho mejor así… pensó Argen. Tiene buena voz.
Y ese fue su último pensamiento antes de caer, al fin, en un sueño profundo.
“…Así son las guerras: están en todas partes de la vida.”
Al levantar la vista, Elliot comprobó que dormía de verdad. Lo llamó en voz baja, agitó la mano sobre su nariz, incluso susurró un tímido “oye”… Nada. Por fin, dejó el libro.
Tras casi cuarenta minutos de lectura, tenía la garganta seca y la cabeza pesada. Se levantó en silencio, cerró la puerta como un gato y se apoyó en la pared del pasillo.
Salí con vida.
No había sido tan terrorífico como imaginaba, incluso había tenido un punto ridículo, pero la tensión acumulada lo dejó con las piernas temblorosas. ¡Había compartido más de una hora con el hombre que en la novela acabaría matándolo!
Se encaminó tambaleante a su cuarto. El pasillo apenas estaba iluminado por unas velas. Solo quería llegar pronto a la seguridad de su habitación. El cansancio no era físico, sino mental.
Si ha cargado con este agotamiento más de una semana… no es raro que el duque esté tan irritable. pensó Elliot.
Entonces, una voz lo sobresaltó.
“Elliot.”
“¡Ay, qué susto!”
“Shhh.”
Al girar la esquina, una figura pequeña emergió de la penumbra. Era Helen, una de las pocas doncellas de la mansión. Con un grueso chal sobre el camisón, parecía escapada en secreto de su dormitorio.
“Helen? ¿Qué…?”
“Shhh. Toma esto.”
Sacó de su chal un papelito y se lo entregó.
“Lee y quémalo.”
Dicho esto, desapareció con la discreción de una espía.
Confuso, Elliot desplegó la nota a la luz de un candelabro.
[Mañana, 2 p.m. Café Sirena. Cumple tu promesa, escritor.]
No había firma, pero era obvio de quién provenía. Elliot guardó el papel arrugado en el bolsillo y soltó un suspiro.
Una promesa era una promesa, aunque hubiera sido fruto de la compasión momentánea. Seguramente escribir una carta en nombre de Denewin no alteraría demasiado el desenlace de la historia.
Eso se repitió a sí mismo.
Capítulo 12
Una mano, cubierta de callos y cicatrices pese a su aspecto delicado, retiró en silencio la venda de los ojos.
Entre las gruesas cortinas se filtraba un haz de luz blanca. Argen se quedó un momento mirando, atontado, el brillo de las motas de polvo flotando en aquel rayo, antes de girar el cuello un par de veces.
Normalmente, después de dormir una o dos horas de sueño ligero, su cuerpo amanecía más pesado que antes de acostarse. Pero hoy, como si fuera mentira, se sentía increíblemente ligero.
No tenía los ojos resecos, su mente estaba despejada, y lo más importante: aquel dolor de cabeza denso, turbio, como si tuviera niebla, había desaparecido por completo.
"He… dormido.”
Se quitó el gorro de dormir, que colgaba peligrosamente sobre su cabeza, y también el “pañuelo de frijoles rojos para buen sueño” "nombre que le había puesto Henderson" que llevaba enredado al cuello.
El reloj de la pared marcaba casi las dos de la tarde. Para la nobleza de ese país era la hora justa para abrir los ojos y empezar el día, pero para Argen aquello suponía el shock de sentir que ya había perdido la mitad de la jornada.
Estaba seguro de haberse acostado poco después de la medianoche. No recordaba haber estado despierto mucho rato después, así que debía de haberse dormido antes de la una.
"Doce horas…”
Había dormido más de doce horas. Sin despertarse ni una sola vez.
Argen giró la cabeza. Sobre la mesilla reposaba un libro, con un separador de cintilla sobresaliendo de entre las páginas. Probablemente lo había colocado allí el sirviente encargado de su cama la noche anterior.
Los ojos de Argen brillaron, afilados como cuando en el campo de batalla divisaba al comandante enemigo.
Elliot Brown. Había funcionado.
***
Dentro de una sala privada, al fondo de una cafetería, Elliot se estremeció de repente con un escalofrío.
"¿Qué pasa, escritor?”
"Nada… Solo… me dio frío de golpe."
“¿Por mi guapura?”
"Jajaja, sí, claro, señor cliente.”
Elliot sonrió con el alma ausente, y Genewin soltó una risita.
Este repasó por última vez la hoja con los nombres y direcciones de las mujeres que había conocido recientemente y se la entregó a Elliot. Cuatro nombres y cuatro direcciones, escritos con una caligrafía elegante.
"¿No eran cinco?”
"Una está a punto de casarse. Yo no me meto con casadas.”
"Oh… ¿algún tipo de ética?”
"¿Eh? No, es que es un lío.”
Elliot sintió unas ganas enormes de darle un coscorrón a esa cara sonriente, pero tocar a un cliente tan encumbrado era impensable. Así que reprimió sus impulsos violentos forzando una sonrisa exagerada.
"Ya sabes la regla, ¿no? Solo tienes que escribir lo que escribiría un tipo atolondrado por una mujer.”
Elliot asintió.
Era algo que en el texto original apenas se mencionaba, pero él lo recordaba, palabras dulces, tontas, instintivas, como una broma ligera de amor. El texto no debía ser muy largo "si parecía demasiado sincero, la mujer podía malinterpretarlo; pero tampoco tan corto como para sonar desganado, porque entonces corría el riesgo de perderla.
Eso, al menos, Elliot sí podía hacerlo, aunque jamás hubiera tenido una relación. Mientras no hiciera falta un despliegue de metáforas o confesiones apasionadas, no había problema.
Genewin le entregó finalmente una bolsa pesada de monedas de oro y un frasco de perfume.
"Pago de este mes. Y este es el perfume que uso últimamente. Rocíalo dentro de los sobres.”
Elliot, que jamás habría imaginado algo así, miró con cierta aprensión la astucia meticulosa de su cliente, pero aceptó el dinero y la fragancia.
"A partir de ahora, como hasta ahora, casi no tendremos que vernos. Puedes dejar las cartas aquí en la cafetería.”
Elliot no sabía exactamente lo que había ocurrido “hasta ahora”, pero ya intuía el sistema:
Escribía la carta y la dejaba en el café. El dueño la enviaba bajo el nombre de Genewin. Un empleado de correos, que trabajaba con ellos, apartaba todas las respuestas de las mujeres y las traía al café. Elliot acudía, las copiaba a mano, y el original lo recogía Genewin.
A veces este dejaba también notas sobre encuentros con las mujeres, para que Elliot pudiera referirse a ellas en las siguientes cartas. Y después, repetición tras repetición.
Así funcionaba su sistema de ghostwriting amoroso.
"Tengo una duda… " Elliot vaciló. "¿Por qué no escribe usted mismo? Si son cosas ligeras, podría hacerlo. Además, tiene una letra hermosa…”
Recordaba tanto la nota que había recibido la noche anterior como la caligrafía en la lista de direcciones. En efecto, resultaba extraño.
Genewin, sin embargo, solo soltó una carcajada como si hubiera escuchado un chiste excelente.
"¿Y crees que mi hermano me dejaría tranquilo sentado frente a un escritorio? Soy alguien que, si abro un libro, quema la biblioteca; y si escribo una carta, arruina el linaje de la familia de la destinataria.”
Lo decía con una sonrisa luminosa, sin sombra alguna.
"¿Incluso si solo fueran cartas de amor?”
"Incluso entonces. Cree que siempre podría haber algo oculto detrás.
Ese hermano suyo solo lo dejaba tranquilo mientras se propagaban rumores de que perdía el tiempo y el dinero con mujeres. Pero si alguna vez llevaba realmente a alguien a la mansión, enseguida entraba en pánico y la investigaba.
"Qué persona tan… engorrosa.
Elliot chasqueó la lengua, y Genewin lo miró un instante, sorprendido, antes de soltar una carcajada.
"Sí, exacto. Engorrosa.”
Tras hacer un gesto juguetón con la nariz, comenzó a echar sin razón todos los terrones de azúcar en forma de rosa en su taza de té. Luego se levantó y, como en una obra de teatro, apartó con un gran ademán la cortina de la entrada.
"Vámonos, mi escritor.”
"Preferiría que no me llamara así, señor cliente.”
"¿Ah, sí? Entonces deja tú también de llamarme cliente sin alma. Llámame Genewin.”
"Estoy bien así, señor cliente. Puede llamarme como guste.
Elliot sonrió.
Genewin se mordió los labios riendo de nuevo, cuando de pronto:
"¿Elliot Brown?”
Una voz masculina los interrumpió desde atrás.
“¿Por qué todo el mundo me reconoce tan fácilmente aquí?”, pensó Elliot, girándose con rigidez.
Para su sorpresa, se trataba de un rostro que conocía. No solo conocía, era imposible de olvidar: el segundo hombre más famoso de este mundo después de Argen Theron.
"…Un gusto saludarlo, señor cliente.”
Era Louren Fedette.
***
Louren lo llevó de nuevo al salón privado. Genewin, curioso, quiso seguirlos, pero los guardias personales de Louren lo detuvieron. Aunque el encuentro con Louren resultaba incómodo, ver la cara contrariada de Genewin fue un pequeño alivio.
"Eh… señor cliente"
"¿Así que de verdad perdió la cabeza con el alcoholismo?
Louren lo fulminaba con la mirada.
“Frío, demasiado frío”, pensó Elliot, frotándose el pecho.
"Rechazó de plano mi encargo, lloriqueando sobre su retiro, pero resulta que sigue trabajando con el joven Tulion…”
"Eso… se dio así, sin querer… Lo siento mucho, señor cliente.
Ante la disculpa llana de Elliot, Louren soltó un suspiro cansado y se recostó en la silla, cruzándose de brazos.
"¿Es cuestión de dinero?”
"¿Perdón?”
"Pregunto si el joven Tulion le ofreció más que yo. ¿Por eso sigue escribiéndole a ese idiota?
La manera directa y brutal de hablar de Louren nunca dejaba de descolocarlo. Elliot forzó una sonrisa amarga y negó.
"No, señor. Lo que ocurre es que el joven Genewin Tulion lleva más de un año trabajando conmigo de forma constante, es un cliente VIP. En cambio, usted es un cliente nuevo, y por desgracia no puedo ofrecerle los mismos beneficios"
"¿Qué demonios está diciendo?”
"De verdad, lo siento muchísimo, señor cliente.
Elliot se inclinó casi hasta golpear la frente contra la mesa. Si hacía falta, se arrodillaría o juntaría las manos suplicando. Para él eso no era nada.
En su vida anterior, en la tienda departamental, había llegado incluso a postrarse en el suelo frente a un cliente VIP por un simple error con la talla de una prenda.
“¡Arrodíllate, ahora mismo!”, le había ordenado su jefe. Y él lo hizo, de rodillas, frente pegada al suelo, pidiendo disculpas una y otra vez. Tenía solo veintiún años.
Aquel cliente había sido tan odioso que todos en la tienda lo recordaban con rabia, pero Elliot había aprendido entonces a desprenderse de su orgullo.
Un cuello torcido, rodillas clavadas en el suelo… al fin y al cabo eran solo partes del cuerpo. Si con un gesto así podía calmar al cliente y salvarse del problema, lo haría mil veces.
"Si lo desea, incluso puedo arrodillarme ahora mismo.”
Lo dijo con toda la seriedad del mundo. Louren bufó.
"Si piensas besarme los pies, olvídalo. Ya lo hicieron tres personas en el camino hasta aquí.”
"¿P… perdón?”
Impresionante. En este mundo pseudo medieval, teocrático, con aires de romance boy’s love, aquello era cotidiano para alguien como Louren , “fragmento de Dios”. Elliot nunca había llegado a besar los pies de un cliente.
"No importa. No lo detuve para pedirle que escribiera de nuevo por mí.”
“Entonces, ¿para qué me agarró con tanto dramatismo?”, pensó Elliot.
Capítulo 13
Louren descruzó los brazos y se inclinó hacia Elliot. En sus transparentes ojos dorados se reflejaba un afecto peculiar.
"Aquello que me dijiste la otra vez. Eso de que, por mi manera de hablar, yo mismo debía de ser el más frustrado.
Al abrir así la conversación, Louren parecía un actor de teatro recitando un monólogo triste.
"Supongo que conoces a mis padres, a mi hermana mayor y a mi hermano, ¿verdad?
"Sí, sí. "respondió Elliot con diligencia.
Desde pequeño, Louren había sido el tesoro más preciado de la familia Fedettete. Nacido tardíamente y con aquellos hermosos ojos que pertenecían al dios Lante, todos en su familia lo adoraban con devoción.
"Incluso mi familia, que tanto me quiere, siempre se esforzó por corregir mi manera de hablar.
Pues claro que sí. Si usted tiene una lengua que da miedo…, pensó Elliot para sus adentros, aunque no lo dijo en voz alta.
"Cada vez que abría la boca, ellos se culpaban a sí mismos y se entristecían mucho.
Por un instante, el rostro de Louren se tiñó de melancolía.
"Su tristeza se convertía en la mía. Durante un tiempo intenté no hablar, incluso llegué a pedirle personalmente a mi maestro de etiqueta que me castigara con golpes. Pero eso solo los hacía más infelices.
"……
"Soy una persona muy torcida. No importa mi angelical apariencia ni el entorno familiar lleno de amor. Yo, simplemente… soy alguien que tuerce y retuerce todo.
Entre sus largas pestañas, finas como un delicado dibujo, apareció la tristeza. ¡Estaba llorando!
Al verlo, Elliot sintió que aquellas palabras eran la confesión más sagrada que había escuchado jamás.
El fragmento divino levantó sus ojos dorados y miró fijamente a Elliot.
"Desde niño, siempre me he sentido sofocado. Puede sonar como un lamento de alguien privilegiado.
"No es así. No lo es, señor.
"Y lo que más me frustraba de todo… era yo mismo.
¿Por qué soy así? ¿Por qué no puedo estar satisfecho? ¿Por qué la vida no me divierte? ¿Por qué no encuentro sentido en vivir? ¿Cuál es el problema?
"Para aliviar esa opresión, era capaz de hacer cualquier cosa. Como enviarle una carta de amor al archiduque Theron, alguien con quien ni siquiera había hablado nunca.
Louren sonrió levemente.
"Pero cuando escuché lo que dijiste, por primera vez comprendí algo.
Elliot, que lo escuchaba conmovido y con el corazón encogido, lo miró confundido. Aquellos ojos dorados lo reflejaban tal cual era.
"Me di cuenta de que lo que realmente deseaba era que alguien entendiera lo sofocado que me sentía.
"……
"Tal vez he estado esperando eso toda mi vida.
"Señor…
"Por eso he tomado una decisión.
Con los ojos brillando, Louren golpeó la mesa con los puños cerrados.
"¡No con cartas, sino que yo mismo debo conquistar al archiduque Theron!
"¿……eh?
¿Y por qué llega a esa conclusión?
Con lo que acaba de decir, lo lógico sería que reconociera que ya no necesitaba desafiar al archiduque, pues alguien lo comprendía.
"Cuando me dijiste que no debía esconderme, que mostrara quién soy de verdad… ¿era eso lo que querías, verdad?
¿Yo dije eso?
Mientras Elliot se quedaba boquiabierto, Louren le agarró la mano con fuerza.
"El que ahora haya decidido seducir directamente al archiduque es todo gracias a ti.
La alarma resonó en la cabeza de Elliot. La sonrisa confiada y resplandeciente de Louren se le antojó como la de un emisario de la muerte.
"El archiduque puede que odie a la gente grosera, pero yo soy un fragmento divino. ¿Acaso podría hacerme algo?
Sí, podría.
Elliot recordó el final de la obra original: Louren Fedettete, mutilado, con la lengua y las manos cortadas, encerrado. Y aquello ocurrió incluso cuando el archiduque lo amaba locamente. Ahora, en esta situación, ¿qué no sería capaz de hacer?
Además, ya había precedentes: el sirviente anterior en la cama del archiduque había perdido la mano solo por equivocarse en una escala de violín.
Aunque el Argen que Elliot había tratado en estos dos días no parecía un hombre tan brutal, sí era alguien capaz de mostrarse despiadado si alguien cruzaba sus límites.
"Lo haré arrodillarse frente a mí y lamer la suela de mis zapatos.
Louren sonrió con malicia, pero su belleza deslumbraba aún más. Después de agradecerle otra vez a Elliot, se levantó y salió de la pequeña sala del café.
Al ver su espalda desaparecer, Elliot tuvo una certeza:
Louren pronto moriría a manos del archiduque.
Con ese carácter, da igual que sea fragmento divino o lo que sea, estaba condenado.
Un sudor frío le corrió por la espalda. Su metabolismo era tan rápido que apenas sentía ansiedad, empezaba a sudar.
Louren realmente intentaría seducir al archiduque. Y ese intento no sería visto como un halago, sino como burla, provocación e insolencia. El archiduque podría ignorarlo, y en ese caso, Elliot quedaría fuera del problema, a salvo.
Pero entonces Louren tendría un 70%… no, un 80%… seamos honestos, un 90% de probabilidad de perder alguna parte del cuerpo. Y ese otro 10% era de morir directamente.
"Me di cuenta de que lo que deseaba era que alguien entendiera lo sofocado que me sentía."
Aquellas palabras regresaron a la mente de Elliot y lo incomodaron. Su boca sabía amarga.
***
Será mejor dejarlo a su suerte.
Elliot respiró profundamente el aire nocturno que entraba por la ventana abierta. Sus pensamientos "sobre Louren , Argen y la trama original" se despejaron de golpe.
El viento de comienzos de primavera traía un fresco olor a hierba y tierra. El penetrante aroma a lirio, que impregnaba toda la habitación, comenzó a disiparse, y hasta su cuerpo se sintió más ligero.
Sí, por muy relajantes que fueran los lirios, sumados a los saquitos aromáticos, el aire en esa habitación estaba sobrecargado.
¿Cómo puede dormir alguien aquí dentro?
Elliot se inclinó un poco más por la ventana.
No sabía cuántas horas había dormido el archiduque la noche anterior, pero, a juzgar por la actitud inusualmente relajada de Henderson, parecía que había descansado bastante.
Dormir en un ambiente sofocante, cálido y cargado de aromas… al menos era un alivio que hubiera logrado conciliar el sueño.
"De hecho, cuanto más te dicen que duermas, menos sueño tienes…
Por haber trabajado sin descanso en innumerables empleos, Elliot siempre tenía sueño. Nunca había sufrido de insomnio, pero justamente por eso sabía lo terrible que era no poder dormir.
En su vida anterior, muchos compañeros de trabajo padecían insomnio. Algunos lo sufrían de verdad, otros simplemente no conciliaban el sueño hasta el amanecer. El insomnio era una enfermedad moderna muy común.
"Todo el aroma se escapará.
Una voz tan hermosa que daba escalofríos lo sobresaltó por detrás. Elliot giró de golpe y se inclinó reverentemente.
"¡Bienvenido~! ¡Un placer recibirlo, mi señor archiduque~!
"…Cierra la ventana.
"Sí, sí~
Elliot la cerró rápido y le sirvió una taza de té de lavanda.
"Es lavanda de la más alta calidad, cultivada en la región de Ferrien. Está caliente, tenga cuidado~.
"……
Argen bebió un sorbo con expresión recelosa. Mientras tanto, Elliot sonreía, evitando mirarlo directamente, fijando los ojos en un punto vacío en un ángulo de 45 grados, para no incomodarlo.
Hoy, el archiduque llevaba el mismo atuendo para dormir que ayer, salvo que en negro: un camisón largo y un gorro a juego. Incluso con lo que parecía una toalla gruesa de sauna alrededor del cuello, tenía porte de modelo. Su rostro brillaba como siempre, aunque Elliot lo mirara de reojo.
En su vida anterior, cuando trabajaba en cines y otros lugares, a veces veía celebridades en persona. Incluso en funciones especiales y saludos al público. Sin embargo, nunca les pidió autógrafos ni fotos; siempre se mantuvo profesional.
Pero ahora… tenía ganas de pedirle un autógrafo a Argen. Una voz interior lo empujaba: ¿Crees que volverás a ver un rostro así? ¡Pídele un autógrafo ya, aunque sea en la barriga o la espalda!
Claro que lo veré otra vez. Lo veré dos, tres, cuatro veces. Trabajo aquí…
Ese pensamiento lo tranquilizó un poco, aunque lo dejó con cierta melancolía. Al menos, evitó hacer el ridículo.
"Voy a seguir leyendo el libro de ayer.
Argen dejó la taza y se recostó en la cama. Elliot retiró la bandeja y se acomodó en la silla junto a la cama, mientras el archiduque se ponía el antifaz y ajustaba la almohada cervical.
"¿Desea que cante una canción de cuna? "preguntó Elliot con cautela.
El archiduque inclinó levemente la cabeza, negando.
No tendría que volver a cantar como la noche anterior. Qué alivio. Elliot abrió el libro y comenzó a leer en voz baja y pausada.
"“Claro que el miedo de un soldado en batalla no es igual al del comerciante que calcula cuentas…”
En la penumbra perfumada, con el aire renovado, la voz serena de Elliot fue envolviendo a Argen.
Tal vez ya me acostumbré un poco, pero no me dormiré tan rápido como ayer…
Snrrr".
"“…así fue como… Eh, mi señor archiduque?”
Snrrr".
"¿Está… dormido ya?
Elliot parpadeó. Apenas había leído un párrafo, ¡ni siquiera una página entera!
¿Y cómo era posible que ya sonara como un bebé dormido profundamente?
"¿De verdad este hombre tiene insomnio?
Lo dijo en voz baja, pero Argen no respondió. Natural: estaba profundamente dormido.
Y así, aquella noche, Elliot pudo salir temprano de trabajar.
Capítulo 14
“Algo me huele raro en Elliot Brown.”
Ante la voz afilada de Argen, Luther se tensó, bajó los hombros y enderezó la espalda.
“Creo que me está dando alguna droga.”
“¿Perdón?”
El rostro siempre sereno de Luther se tiñó en un instante de una luz cruel. Era la misma mirada con la que había segado la vida de incontables enemigos, asesinos y espías. Su voz descendió hasta hacerse grave.
“¿Habla de somníferos, mi señor?”
“Exacto. A diferencia del primer día, ayer me dormí demasiado rápido. Y hoy otra vez dormí nueve horas de sueño reparador. Si no es droga, no hay explicación.”
¿Será que, al final, el Emperador lo consiguió? Conociendo de primera mano aquella naturaleza enfermiza, Luther no pudo evitar estremecerse.
El Emperador temía y odiaba a Argen hasta lo patológico. En el campo de batalla, lo más duro para Luther no era enfrentar a los ejércitos enemigos, sino deshacerse de la plaga interminable de asesinos enviados contra ellos. Él y Argen habían librado siempre dos guerras al mismo tiempo.
“¿Y si fuese veneno?”
“Antes de dormir lo único que tomé fue la misma infusión de lavanda de siempre. Nada distinto, no había veneno.”
“Claro… si fuese una droga no la detectaría la cuchara de plata.”
Luther asintió.
“Entonces, investigaré a Elliot Brown.”
Argen meditó un instante y luego se recostó en su silla como un tigre satisfecho después de la caza.
“No. Esta noche yo mismo lo descubriré.”
Llevaba dos noches seguidas descansando bien; su estado físico era inmejorable. Ni siquiera en los últimos diez años había tenido el cuerpo tan ligero y despejado. Con el cansancio disipado, también su mente estaba más tranquila.
En otra época, al mínimo indicio de que alguien lo drogaba, ya habría arrastrado a Elliot hasta la mazmorra y lo habría hecho confesar.
Pero ahora "nadie más lo sabía" Argen se sentía inusualmente relajado. Una vida sin agotamiento, sin migrañas, sin zumbidos ni mareos. Si Elliot Brown se convertía en un problema, podría eliminarlo en el instante que quisiera.
“Esta noche promete. Veamos qué esconde mi calculada sirena bajo esa cola de pez.”
Argen curvó la boca en una sonrisa torcida.
En ese mismo instante, la “calculada sirena” estaba intentando hacerle cosquillas en la panza a Camembert, el gato, y recibiendo un manazo en la cara.
“¡Ay, ay! ¡Ya entendí, lo siento, no lo haré más! ¡Espera, Camembert!”
Ajeno por completo al futuro que le aguardaba.
***
La hasta entonces tranquila mansión de los Theron estaba, por primera vez, alborotada en pleno día. Los pasos de las doncellas resonaban veloces, sus voces subían una octava más, los criados y sirvientes se habían puesto la mejor ropa y en todas las áreas "cocina, jardines, pasillos" reinaba el ajetreo.
Elliot, que acababa de salir de su habitación, miraba confundido a su alrededor cuando Mary, una doncella que pasaba corriendo, se detuvo en seco.
“¿Tú también vas a recibirlo, Elliot?”
“¿Recibir…? ¿Al Gran Duque?”
“No, ¡que dentro de poco llega el Fragmento de Dios!”
¿¡Qué!?
El rostro de Elliot se puso blanco al instante. Mary malinterpretó su reacción y, emocionada, dio un pequeño brinco en el sitio.
“¡Es la primera vez que voy a ver al Fragmento de Dios en persona! ¡También es la tuya, ¿no? ¡Vamos rápido!”
Con las mejillas encendidas, Mary lo agarró del brazo y tiró de él. Elliot, aturdido, se dejó arrastrar.
¿El Fragmento de Dios? ¿Louren ? ¿Ese que ayer me soltó una bomba de confesión? ¿Ese viene hoy aquí?
Incrédulo, con la cabeza rebosante de preguntas, llegó con Mary hasta el vestíbulo principal. Las enormes puertas estaban abiertas de par en par, los sirvientes formados en perfecta línea a ambos lados. Al frente, aguardaba Argen.
El Gran Duque Theron, con máscara, cabello negro y todo.
“¿Qué…? ¿No es la misma descripción del original?”
¿Qué pasó con el color del cabello? ¿Y por qué vuelve a usar máscara?
Elliot entrecerró los ojos, perplejo, fijando la mirada en Argen. Mary le jaló la manga.
“¡Quédate en fila y baja la cabeza!”
Elliot dio un paso atrás, encogiendo el cuello.
¿Qué demonios está pasando aquí?
“El Gran Duque, Su Excelencia Argen Theron, recibe a Louren Fedette.”
El de cabello oscuro y rostro fiero junto a Argen "su ayudante, Luther" alzó la voz. Sus palabras iban tanto para anunciar como para dar la señal a los formados. La tensión y la expectación crecieron aún más. Elliot, en cambio, solo bajó la cabeza lo más posible.
Un momento después, resonó una voz elegante y serena, que Elliot había oído justo ayer.
“Es la primera vez que vengo en persona. Louren Fedette, para servirle, Gran Duque.”
Hizo su saludo con toda la cortesía.
“Sé que es una visita repentina, agradezco su hospitalidad.”
“El Fragmento de Dios resulta bastante caprichoso.”
La fría respuesta de Argen heló el aire. Los sirvientes se sobresaltaron, y hasta el rostro de Elliot se contrajo.
Ni el Emperador se atrevía a hablarle así a Louren , ¡y en su primer encuentro oficial! Pero claro… es el protagonista original…
“El héroe del Imperio es tan grosero como decían.”
Louren respondió con suavidad.
“Puedo permitírmelo.”
“Yo también, al fin y al cabo.”
“Un simple ídolo de los clérigos no puede compararse con un Gran Duque.”
“Se nota que no suele quedarse en el Imperio, como para pensar así.”
El silencio se cargó de chispas. Elliot tragó saliva, encogiéndose aún más, temiendo que alguna chispa le saltara encima.
“Soy de sangre imperial. ¿Acaso se burla de un miembro de la realeza?”
Eso era grave. Burlarse de la realeza equivalía a traición, el peor de los crímenes en el Imperio. El ambiente se heló aún más.
Pero Louren , confundido, ladeó la cabeza.
“Yo soy un Fragmento de Lanthe, reconocido por Su Majestad. ¿No acaba de menospreciarme usted? Entonces, ¿eso no sería burlarse del propio Emperador?”
Sonrió radiante.
“¿O me equivoco, Excelencia?”
Demasiado fuerte… Ambos tenían un aura demasiado fuerte…
Elliot tragó saliva con cuidado, temiendo hacer un ruido torpe que atrajera todas las miradas. Por un segundo creyó que Argen sacaría la espada.
Pero Argen, al final, decidió no perder tiempo en una riña absurda.
“Sea cual sea su propósito, vayamos al salón. Si no es nada importante, pagará por haberme hecho perder el tiempo.”
“Puede esperar grandes cosas.”
La sonrisa confiada de Louren selló aquella primera escaramuza verbal.
Argen tomó la delantera hacia el salón de recepción. Louren lo siguió, con Luther y Henderson a la retaguardia.
Los sirvientes se apartaron como las aguas del Mar Rojo, inclinándose hasta el suelo. Elliot, más bajo que todos, apenas respiraba.
No quería atraer la mirada del Gran Duque enmascarado, ni mucho menos llamar la atención de ese ídolo al que ayer había consolado.
Que pasen de largo, por favor… que pasen de largo…
Rezaba en silencio, encogido.
Pero entonces, de su bolsillo interior cayeron al suelo varios caramelos y un par de cigarrillos que le había dado un compañero días atrás.
“¡Ah!”
Elliot se sobresaltó.
De verdad, cuando uno se asusta… hace estupideces así.
Mary y otra doncella a su lado también soltaron un pequeño grito.
“¿Qué es eso?”
Justo en ese momento, Louren pasaba cerca y giró la cabeza hacia el sonido.
Elliot apretó los ojos y cerró la boca.
No es nada, solo sigue de largo…
Pero la pregunta de Louren no podía ser “nada” para los demás.
Los sirvientes alrededor levantaron la cabeza, cada uno preguntándose si acaso el Fragmento de Dios se dirigía a ellos.
Elliot, como un conejito que cree esconderse tapándose solo los ojos, seguía con la frente casi pegada al suelo. Y fue esa misma actitud la que atrajo la mirada de Louren .
“Usted, levante la cabeza un momento.”
“…”
“Le hablo a usted. El del cabello castaño. ¿Está sordo?”
“…”
Mary levantó un poco la cara y lo pinchó con el codo.
“¡Elliot! ¡El Fragmento de Dios te llama!”
Susurró.
“¿Elliot…? ¿Elliot Brown?”
¡Maldito protagonista! Tenía el oído demasiado fino. ¿No se suponía que en las novelas los protagonistas siempre se perdían justo las frases importantes?
Ojalá pudiera fingir que no era él.
Elliot, con lágrimas interiores, levantó la cabeza a medias.
Frente a él estaba un ángel. Cabello acuoso, perfectamente peinado, y un halo de luz dorada sobre la cabeza. Aunque lo había visto ayer, aquel rostro seguía siendo deslumbrante.
“Un gusto saludarlo, s-señor Fragmento de Dios.”
Hizo una reverencia como si lo viera por primera vez, esperando que entendiera el mensaje implícito: “no me reconozca, siga de largo”.
“¿Qué? ¿Por qué está usted aquí?”
Maldición.
Elliot sacó la sonrisa de manual del empleado de servicio. Y Louren , vaya a saber por qué, le devolvió la sonrisa.
En ese instante:
“¿Se conocen ustedes dos?”
La voz de Argen irrumpió de golpe.
Dios mío… que por favor solo sigan de largo…
Capítulo 15
En el salón de recepción, entre los tres hombres reinaba un silencio incómodo. O quizá solo a Elliot le resultaba incómodo.
“¿Por qué demonios estoy sentado aquí?”
Se quedó mirando fijamente la taza de té frente a él. Del líquido recién servido por Henderson emanaba un aroma familiar: era la misma infusión de lavanda que Argen bebía cada noche.
Con disimulo, Elliot levantó la vista hacia el asiento principal.
Argen estaba recostado contra el respaldo del sofá, y aun así no transmitía en lo más mínimo desgana ni descuido. Aunque su espléndido rostro quedaba oculto bajo la máscara, su porte era imponente: hombros rectos y anchos, una complexión sólida y poderosa, piernas largas que ocupaban el espacio con autoridad.
Incluso siendo otro hombre, Elliot pensó que daban ganas de llamarlo “jefe” y pegarse a él como un cachorro adulador.
Precisamente por eso no lograba entender a Louren .
“Vamos, cliente, mírelo bien. ¿Ve esas manos enormes? ¿Ese pecho ancho? Un solo golpe suyo podría mandarnos al otro barrio. Usted también es hombre, ¿no le intimida? ¿No siente un poquito de miedo ante este alfa total?”
Elliot lo repetía una y otra vez en su mente, intentando convencer a Louren .
Claro que Louren no podía oír nada de eso. Sereno, el “fragmento de dios” llevó la taza a los labios, bebió un sorbo con elegancia y se encogió de hombros.
"Tampoco yo esperaba encontrarme aquí con el señor Elliot Brown. ¿Sabes?, Elliot es uno de mis seguidores más fervientes. Por eso recordaba su nombre. ¿Verdad, Elliot?
"¿Eh…?
Louren sonrió con impecable nobleza. En ese instante, Elliot sintió la nuca erizarse como si una presencia intangible lo acorralara.
No era posible que Louren , sin formación marcial alguna, emanara sed de sangre; pero aun así, detrás de su rostro angelical parecía traslucirse la sombra de un demonio con un 40% de opacidad.
Él también, al poco de reconocerlo, debió de darse cuenta de que si Argen descubría la conexión entre ambos, la situación se volvería insostenible.
Porque si rascaban un poco en el origen de esa relación, Louren tampoco podría declararse inocente.
"Sí, sí, por supuesto. "Elliot sonrió con un entusiasmo sospechoso". Yo incluso sería capaz de besar los pies de Louren .
"Jajaja, otra vez con eso, Elliot. Ya te dije que dejes de hablar de lamer las suelas de mis zapatos.
“Yo no dije tanto…”
“Cállese y sonría.”
Mientras ambos fingían reír con total falsedad, Argen descruzó las piernas.
Desde detrás de la máscara, Elliot sintió cómo lo estudiaba con una mirada fría y calculadora. Con un simple golpecito de sus dedos en el brazo del sofá, atrajo toda la atención de la sala. Era un gesto mínimo, pero en él había tal peso de autoridad que imponía silencio.
"Así que, el fragmento de dios adorado por Lantar y mi sirviente más cercano se conocen.
"¿Sirviente más cercano? "Louren giró bruscamente el rostro hacia Elliot. Su expresión decía sin palabras: “¿Y esto desde cuándo?”
Elliot bajó los ojos de inmediato, como queriendo decir: “Yo tampoco pedí estar aquí…”
Argen prosiguió con voz gélida:
"Por supuesto, no espero que un ídolo con enjambres de seguidores sepa a qué se dedica cada uno de ellos para ganarse la vida.
"De verdad no lo sabía. Yo… suponía que Elliot estaría dedicado a otra cosa. Quizá encerrado en su casa, con aspecto famélico, ocupado en algún trabajo de erudito. O incluso sin hacer nada. "Louren improvisó, torpemente.
"Tiene sentido. "Argen recorrió a Elliot con la mirada de arriba abajo, murmurando.
Louren asintió con aire satisfecho.
Elliot, que solo estaba sentado ahí en silencio, sintió que las palabras le atravesaban como puñales. ¿En serio hasta Louren lo menospreciaba? Con Argen lo entendía, él al menos lo veía débil. ¡Pero que hasta Louren lo tratara como un enclenque!
Sus labios temblaron bajo la sonrisa forzada que mantenía. Por dentro, les lanzaba un doble corte de mangas a los protagonistas de la novela, repitiéndose como un mantra: “El cliente siempre tiene la razón… El cliente es el jefe…”
"En fin, al menos está claro que Elliot Brown no es un espía que el fragmento de dios me haya plantado.
¡¿Espía?!
Elliot casi se atragantó de puro espanto. No solo lo había sospechado en secreto: ¡Argen lo decía en voz alta, como si nada! Y lo peor era la amenaza implícita: si resultaba haber alguna relación oculta entre ellos, no dudaría en eliminarlo.
El rostro de Louren también palideció levemente. Sonrió con cierta rigidez, como si la sonrisa le costara esfuerzo.
"Sin duda, el héroe de Lantar, curtido desde niño en los campos de batalla, es distinto. Incluso en lo más trivial, lo primero que piensa es en la sospecha.
"En la guerra, lo trivial puede decidir la vida o la muerte. "replicó Argen con frialdad.
"Ah, en eso coincidimos. "Louren volvió a sonreír angelicalmente, desviando la vista hacia la ventana.
De pronto, abrió los ojos con fingida sorpresa.
"¡Oh, gran duque! ¿Lo ha visto? ¡Un pájaro negro acaba de pasar volando! "dijo con un deje de preocupación". ¿Y si el aleteo de ese pájaro decidiera nuestras vidas en este mismo instante? Qué miedo me da.
"¡Cof, cof, cof!
Elliot, que sorbía el té con manos temblorosas, se atragantó de tal forma que la escena se volvió ridícula.
El ambiente del salón, bañado en la cálida luz de la tarde, descendió de golpe a temperaturas glaciales, como si hubieran abierto la puerta a una ventisca de cincuenta grados bajo cero.
Louren , sin apartar su sonrisa sacrosanta, sostenía la mirada del gran duque. Argen lo encaraba en un mutismo de acero.
Y Elliot, pobre hombre, único civil entre aquellos titanes, se agitaba nervioso, mirando en todas direcciones, incapaz de soportar la tensión.
“Por mucho que sea una novela oscura, ¿esto desde cuándo es el inicio de un romance? Ni falta me hace haber leído miles de historias de amor: esto no es cómo florece el amor en ninguna parte.”
"El pájaro negro que voló quizá no, pero el hombre de cabello negro sentado frente a ti sí tiene poder para decidir tu vida y tu muerte. "murmuró Argen en tono de amenaza.
Louren no pestañeó. Elliot, en cambio, se sacudía como un árbol en plena tormenta.
"Dime entonces, fragmento de dios "continuó el gran duque", ¿a qué has venido aquí?
"Vaya, aún no he terminado mi taza de té y ya me pregunta el motivo de mi visita. Qué impaciente resultas, gran duque.
"Más te valdría olvidar todo lo que hayas oído de mí. No hay una sola verdad en ello.
"Pues no me interesa la verdad de vuestra gracia. Lo que me interesa en realidad es…
"¡Las suelas!
Elliot se levantó de golpe, gritando una palabra absurda que hizo que sobre las cabezas de ambos aparecieran signos de interrogación invisibles.
"¿Elliot Brown… te has vuelto loco? "preguntó Argen, realmente intrigado.
"¡E-es la hora… la hora de lamer las suelas! "balbuceó Elliot.
"…¿Qué?
Si Elliot hubiera dicho que se iba a desnudar y a hornear treinta tartas allí mismo, Louren no habría puesto una cara tan desconcertada. Lo miraba como si de repente hubiera dejado de ser humano.
¡Lo hago por salvarte, idiota!
Elliot trató de explicarse con desesperación:
"En tierras lejanas, a cierta hora, se reza al dios que se venera. Yo… yo también tengo un ritual. Y justo ahora es la hora de rendir devoción a quien más adoro: Louren Fedette. Así que, con permiso, voy a… a lamer sus benditas suelas.
Sin dar tiempo a reacciones, Elliot agarró del brazo a Louren y salió disparado fuera del salón.
Argen, que jamás había dejado escapar a un enemigo en el campo de batalla, se encontró sorprendentemente solo, habiendo perdido de vista a ambos. Parpadeó bajo la máscara.
"…¿“Doksil”? ¿Qué demonios es eso?
Fuera lo que fuese, quedaba claro que Elliot era, sin lugar a dudas, un fanático acérrimo de Louren Fedette.
***
"¿Qué significa esto? "Louren se soltó con brusquedad". ¿Aprovechaste para tocarme con cualquier excusa? Ya te advierto que odio que alguien ponga sus manos en mi cuerpo.
Pero Elliot estaba demasiado alterado para escuchar sus quejas.
"Cliente, con todo respeto… ¿qué pensaba decirle al gran duque?
"¿Qué más iba a decir? No me digas que olvidaste lo que hablamos ayer. De veras que el alcohol te destrozó la memoria.
Louren lo observó, pálido como la cera, y suspiró.
"Iba a decirle que lo único que me interesa es su corazón. Es decir, que planeo seducirlo.
"Señor… "murmuró Elliot, con los labios temblando tanto que parecían a punto de tornarse azules". Si sigue por ese camino… va a morir.
"¿Morir? ¿Quieres que me marche?
"No, quiero decir que va a morir de verdad. Abandonará este mundo, dejará de respirar.
Louren lo miró, fastidiado, con los brazos cruzados.
"Cierto que ahora mi relación con el gran duque no es la mejor.
“No es la mejor” dice… ¡es un completo desastre!
"Pero si le muestro mi sinceridad, seguro que acabará enamorándose de mí.
No es sinceridad lo que siente… pensó Elliot, con el alma encogida.
Capítulo 16
Elliot contuvo con dificultad sus ganas de criticar cada cosa y volvió a intentar persuadir a Louren .
"El gran duque siempre decapita a sus enemigos. Dígame, cliente, ¿alguna vez se ha imaginado lo difícil que es cortar un cuello humano? El cuello tiene huesos, y si no se posee una fuerza tremenda, no se corta fácilmente. Y encima, su cuello, cliente… tan fino, largo y delicado como el de un ciervo… cualquier espada lo atravesaría sin esfuerzo.
El rostro de Louren se fue volviendo extraño. Era como esas adulaciones vacías que solía escuchar de los diseñadores cuando le ajustaban los trajes de gala, pero esta vez, lo que se escondía tras las palabras era un contenido aterrador.
Al ver que Louren dudaba, Elliot redobló sus esfuerzos.
"Y aunque llegara a someter al gran duque, arrodillarlo y hacerlo su esclavo… verá, los jefes también tienen sus penurias. Yo siempre estuve del lado de los esclavos, pero muchas veces escuché a los señores decir lo duro que era manejar subordinados. Créame, no es nada fácil.
Las súplicas apasionadas de Elliot hicieron que Louren adoptara una expresión reflexiva.
"Ahora que lo pienso… claro, el gran duque es como un tigre o un lobo. Si descubre mis juegos, ni siquiera yo saldría ileso.
"Exacto. "Elliot asintió enérgicamente, con las cejas torcidas en un gesto de compasión y empatía.
"Además, si luego se obsesiona conmigo y no me deja en paz, sería un fastidio.
"Oh, sin duda, claro que sí.
"Pero debo admitir que es emocionante. Cuando me miró con esos ojos como si realmente fuera a matarme… hacía tiempo que mi corazón no latía así de fuerte.
"Sí, claro, que… ¿eh?
"Así que seguiré con lo que tenía planeado. "dijo Louren , y dio media vuelta con frescura.
El cabello celeste de Louren ondeó lentamente al moverse, tan nítido en su visión que resultaba ominoso. Por un instante, Elliot imaginó fugazmente la figura de Louren con la lengua y las manos amputadas, llorando.
"¡Cliente, por favor! "Elliot lo agarró de golpe, casi sin darse cuenta.”
"Mejor… escriba una carta.2
"¿Qué?”
"Una carta de amor. Haga eso, mejor.
Esto era como subirse voluntariamente a una cinta transportadora que lo llevaba directo a la guarida del tigre. Con rostro de quien estaba a punto de llorar, Elliot insistió:
"Una carta de amor… yo se la escribo.”
***
«Lo que tenga que decirle, se lo enviaré en una carta. Soy demasiado tímido para expresarlo en persona».
Eso fue lo que Louren le dejó a Argen antes de desaparecer como un vendaval. Un vendaval más cercano a un tifón, en realidad, pero en fin. Su visita terminó tan rápido como absurda.
Pero Argen no se quedó pensando en él: había alguien aún más desconcertante justo delante. Elliot, con cara de entierro, preparando el té.
Todo el imperio sabía que el gran duque usaba máscara en público, así que eso no llamaba la atención. Lo que sí debería haber notado era que el color de su cabello había cambiado, pero Elliot no comentó nada. Se limitaba a suspirar hondo y hacer su trabajo.
Cualquiera habría hecho preguntas. Todos los que se acercaban a Argen lo hacían. Nobles, soldados, incluso los sirvientes "salvo Henderson", aunque educados, siempre lo miraban con curiosidad y murmuraban entre ellos.
Argen era un maestro de la espada. Podía sentir esas miradas como agujas sobre su piel. Y aquello era lo suave: en el campo de batalla, bajo la carnicería de la guerra, había sido mucho peor…
"Hoy al mediodía bebió té de lavanda, así que esta vez le preparé manzanilla~ "anunció Elliot, entrando con una bandeja hasta la cama.
El vapor desprendía un aroma cálido y fragante. Argen levantó la taza en silencio. Elliot, muy correcto, aguardó a un lado. Y lo sorprendente era que esa espera no resultaba ni molesta ni pesada. Sus anteriores sirvientes solían observarlo con descaro o agachar la cabeza con nerviosismo.
¿A dónde está mirando?
Argen siguió la dirección de la mirada de Elliot, pero allí no había nada. Al llevar la taza a los labios, un pensamiento lo detuvo.
"Elliot Brown.”
"Sí, mi señor. ¿Me llamó?”
Elliot sonrió amablemente, pero Argen sintió como si hubiera un muro invisible entre ellos. Un sujeto curioso, sin duda.
"¿De verdad lamiste la suela del zapato?”
"¿Eh? ¡¿Qué?!”
Argen dejó la taza sobre la mesa y removió el té con una cucharilla.
"Pues… s-sí. Sí lo hice. Para eso salimos, ¿no? " rió nervioso Elliot.
"Ya veo.2
El gran duque colocó la cucharilla. El brillo del metal, limpio y húmedo, captó la luz con pureza.
"Pero dime, Elliot Brown… ¿no te arrodillaste el primer día y dijiste que me admirabas?”
"¿Yo…?”
"Estoy seguro.
Argen observó cada mínimo gesto: el temblor en la sonrisa forzada, las gotas de sudor naciendo en la sien, las pupilas dilatándose y contrayéndose, la respiración entrecortada inflando las aletas de la nariz, el movimiento reflejo de la garganta al tragar.
Todo eso lo veía, como siempre.
Elliot estaba demasiado tenso frente a él. Cuando lo confundió con Henderson, no reaccionaba así. Eso significaba que desde que supo que estaba frente a Argen Theron, la tensión no lo abandonaba.
Y esa tensión no era simple respeto o admiración: era miedo. Un miedo visceral, de quien siente que su vida corre peligro.
Elliot Brown… solo hay una explicación.
Había hecho, o planeaba hacer, algo por lo que merecía morir.
Argen llevó la taza a su nariz: el té estaba bien preparado, el aroma era excelente. Pero aun así…
"Elliot Brown, ¿serías capaz de lamer también mis pies?”
Argen sonrió mientras dejaba la taza. No pensaba beber ni una gota.
Voy a descubrir quién eres en realidad, maldito perro.
Lo que le dijo a Luther esa tarde no había sido en vano. La noche apenas comenzaba.
Mientras tanto, Elliot quedó horrorizado.
¿Este hombre está loco? No había peor cliente que este. ¿Que lamiera sus pies? ¿Acaso no sabía el eslogan de «los trabajadores también son hijos de alguien»?
¡Si publicaba eso en internet, le harían un linchamiento digital y lo obligarían a pedir perdón públicamente!
Tragándose esas quejas, Elliot dibujó una sonrisa perfecta, la misma que había usado años para engañar a jefes y clientes.
"Lo siento muchísimo, mi señor, pero… mi lengua, por motivos religiosos, solo se mueve por el Fragmento de Dios.”
"¿Motivos religiosos?”
"Sí, sí, exactamente.”
"Pero el Fragmento de Dios no es un dios, es solo un humano. ¿Cómo puede ser un motivo religioso?”
"Es que… cuando se ama, se convierte en religión. "rio Elliot, torpemente.
Argen también rio.
"Bastante romántico, Elliot Brown.”
Se levantó con la taza en la mano y se acercó a la ventana. Normalmente, tras beber, caía rendido en la cama, pero hoy no quería dormir aún.
Girando lentamente la taza, observó una pequeña maceta en el alféizar.
"El resto del té bébelo tú. Yo ya tuve suficiente.”
Elliot, con la garganta seca, se apresuró a servirse. Espió de reojo la espalda de Argen, recortada contra el paisaje.
¿Estaría pensando en Louren ? Después de todo, eran los protagonistas de una novela BL de cuatro tomos. Aunque su primer encuentro fue un desastre, quizá ahora evocaba sus ojos dorados con un suspiro.
«Al menos físicamente hacen buena pareja», pensó Elliot, llevándose la taza.
"Entonces, gracias por el té.”
El sabor dulce y amargo lo reconfortó, calentándole el cuerpo.
"¿Qué tal el sabor? " preguntó Argen.
"Muy bueno. Creo que dormiré como un tronco." respondió Elliot, levantando el pulgar.
El gran duque sonrió, y su rostro brilló tanto que Elliot se quedó en blanco.
Y entonces, Argen volcó su taza sobre la maceta.
La planta, que hasta hacía un momento se erguía verde y fresca, se marchitó en un instante.
Capítulo 17
“¿Eh……?”
Elliot soltó un sonido bobo mientras miraba la maceta que acababa de recibir un baño de agua hirviendo. Argen soltó una risita desdeñosa.
“¿Creíste que no me daría cuenta?”
“Ehh……. ¿Perdón?”
“No tiene toxicidad, pero basta con ver cómo la planta se marchita de golpe para reconocer un somnífero fuerte. ¿Qué droga es? ¿Somper? ¿Etera?”
“Qué…….”
“¿O acaso conseguiste Dormis? Esa hierba es bastante cara.”
Dormis ni qué nada. El que está mal de la cabeza eres tú.
Elliot salió de su estupor. Por lo visto, aquel duque lunático, capaz de cortar un cuerpo humano de un tajo como si nada, lo estaba acusando de criminal farmacéutico. Si no lograba defenderse, esa misma noche perdería una mano, un pie o vaya uno a saber qué parte del cuerpo.
“¡Un momento, duque!”
Elliot dejó la taza y se levantó de golpe, extendiendo ambas manos como si intentara calmar a una bestia salvaje.
Guau, guau, tranquilo, loco, guau…
“Para empezar, si le echa agua hirviendo recién hervida a cualquier planta, se marchitará así mismo, ¿no le parece?”
“……”
“Y yo jamás he puesto somnífero en su té, nunca. El señor Henderson me instruyó claramente que usted jamás lo bebe.”
“¿Jamás, dices? Ya lo veremos.”
Argen apretó la taza en su mano, y esta se deshizo en polvo con un crujido seco.
¿Pero qué demonios? No era arena, ¿cómo se pulveriza así en vez de romperse?
Elliot se atragantó con un grito ahogado al ver eso. Argen sacudió la mano y empezó a acercarse lentamente.
“El ser humano es débil. Pero no muere tan fácil. Hoy tú mismo lo comprobarás, Elliot Brown.”
Eso sonaba a tortura. Estaba advirtiéndole que acabaría deseando la muerte.
La mente de Elliot giraba a toda velocidad. Estaba claro: Argen ya había sacado sus conclusiones. Diera igual si él había puesto algo o no en el té, el duque estaba listo para torturarlo.
Cuando trabajaba en un call center en su vida pasada como Im Seong-sik, también había este tipo de clientes: los “dictadores de la lógica”, o los famosos answer-setters. Gente que tapaba los oídos y repetía en bucle sus quejas hasta obtener lo que querían: disculpas o compensación.
Con esa gente, lo único que funcionaba era presentarles una prueba irrefutable. Entonces callaban en seco. El problema era que un pobre operador rara vez tenía pruebas a mano, así que Im Seong-sik solía limitarse a pedir perdón una y otra vez.
¿Debía disculparse ahora también?
No. Si se disculpaba, sería como admitir que sí había puesto el somnífero, y entonces estaba muerto seguro.
Así que necesitaba pruebas. Algo que demoliera la lógica de Argen.
El sudor le corría a chorros. Elliot miró alrededor de la habitación como loco. ¿Pruebas, pruebas…?
Entonces lo vio: la tetera aún llena, con el vapor elevándose y la manzanilla recién preparada.
Sin pensarlo dos veces, Elliot la alzó y se llevó la boquilla directo a la boca. Empezó a tragar el té hirviendo a grandes bocados. Sintió que se le cocían las entrañas, pero siguió hasta beberlo todo. A un lado percibió cómo Argen se detenía sorprendido.
Cuando acabó, abrió la tapa y le mostró la tetera vacía.
“……Eso no prueba nada. Podrías haber untado somnífero solo en mi taza.”
Argen permanecía implacable.
Sin decir palabra, Elliot caminó hasta la ventana donde el duque había arrojado el té antes. Arrancó de golpe un puñado de hojas chamuscadas y se las metió en la boca.
El rostro altivo de Argen por fin se resquebrajó.
¡Bingo!
Con la confianza de haber recuperado terreno, Elliot habló con la boca llena:
“¿Ve, ve? ¡Toavía e’toy bien!”
Mierda, se me quemó la lengua.
“Pf…… espera un momento……”
Elliot sacó la lengua escaldada, soplándola para enfriarla. Argen frunció el ceño y apartó la vista.
El cuadro era demasiado sugestivo: los ojos enrojecidos de Elliot con lágrimas, el cabello húmedo pegado a la frente, los labios hinchados y esa lengua rosada asomando entre ellos.
Quizás sea un espía que planea usar su belleza como arma.
Pensamiento serio de Argen, el hombre más guapo del mundo.
Pero la realidad era menos glamorosa: Elliot, con sus gafas sucias y la lengua babeante, parecía de todo menos seductor. Por suerte Argen miraba hacia otro lado.
“D-duque…… En fin, como puede ver, acabo de beberme todo el té……”
“No entiendo lo que dices.”
“Que, me, lo, be-bí…….”
“Más despacio o más rápido, da igual. No entiendo nada.”
Argen suspiró y tomó asiento junto a la cama.
“Pero ya comprendí tu intención. Si realmente hubiera un somnífero fuerte, te dormirías en minutos. Así que pretendes demostrar tu inocencia manteniéndote despierto toda la noche.”
Efectivamente, los protagonistas entienden rápido.
Elliot asintió con alivio. Entonces Argen señaló la cama.
“¿Eh……?”
“Recuéstate.”
“¿Por qué……?”
La mirada gélida del duque fue suficiente para que Elliot tragara saliva. Mejor quedarse con la lengua que perderla de un tajo.
Saltó a la cama como un perrito obediente.
El colchón era blando, la manta ligera pero cálida. Argen le colocó un gorro de dormir y un extraño pañuelo de semillas calientes alrededor del cuello.
“Du-duque…… ¿esto……?”
“Si puedes permanecer despierto en el mejor entorno para dormir, reconoceré tu inocencia.”
Con eso, Argen tomó un libro y empezó a leer.
Elliot se removió incómodo. Aquella cama era demasiado acogedora, la almohada perfecta, la manta abrazadora. El gorro y el pañuelo cálido le recordaban vagamente a las manos de su madre.
Esto es trampa… cualquiera se dormiría aquí…
“Cálido…… tan acogedor……” murmuró medio dormido.
De inmediato, sintió la mirada punzante de Argen sobre él. Elliot intentó resistir, pero el sueño lo arrastraba.
Un sonido metálico cortó el aire: shring.
Elliot abrió los ojos de golpe y gritó:
“¡Eh, conducir con sueño es mortal, maneje con seguridad!”
Se incorporó como un resorte, el corazón latiendo a mil.
Argen estaba frente a él, con una espada medio desenvainada. El filo brillaba amenazante.
“¡N-no me dormí! ¡Lo juro! ¡No me corte nada!”
“Dormiste. Incluso balbuceaste en sueños.”
“¡No, estaba hablando con usted! ¡Le dije que estaba cómodo!”
“¿‘Tan acogedor, cozy’? ¿Eso era para mí?”
“¡Claro! Quería expresarle lo cómodo que estaba, nada más.”
Con la lengua temblando y una sonrisa forzada, Elliot parecía el empleado modelo más desesperado del mundo.
Argen lo observó largo rato antes de enfundar la espada. Luego, con calma, ordenó:
“Recuéstate.”
Elliot no se atrevió. Esa cama era una trampa mortal. Entonces reparó en que la ventana estaba entreabierta. Tal vez… una idea se le ocurrió.
“¡Duque! Espere un momento.”
Se arrodilló en la cama con la espalda recta, con esa cara de “me juego todo mi sueldo” que usaba antaño en las discusiones de la tienda.
“¿Qué le parece pasar la noche en el jardín? Si allí me duermo, entonces sí, puede matarme.”
Argen lo miró con frialdad, evaluándolo. Finalmente cerró el libro y se levantó.
“Muy bien. Vamos afuera.”
Capítulo 18
“¿Eh……?”
Elliot soltó un sonido bobo mientras miraba la maceta que acababa de recibir un baño de agua hirviendo. Argen soltó una risita desdeñosa.
“¿Creíste que no me daría cuenta?”
“Ehh……. ¿Perdón?”
“No tiene toxicidad, pero basta con ver cómo la planta se marchita de golpe para reconocer un somnífero fuerte. ¿Qué droga es? ¿Somper? ¿Etera?”
“Qué…….”
“¿O acaso conseguiste Dormis? Esa hierba es bastante cara.”
Dormis ni qué nada. El que está mal de la cabeza eres tú.
Elliot salió de su estupor. Por lo visto, aquel duque lunático, capaz de cortar un cuerpo humano de un tajo como si nada, lo estaba acusando de criminal farmacéutico. Si no lograba defenderse, esa misma noche perdería una mano, un pie o vaya uno a saber qué parte del cuerpo.
“¡Un momento, duque!”
Elliot dejó la taza y se levantó de golpe, extendiendo ambas manos como si intentara calmar a una bestia salvaje.
Guau, guau, tranquilo, loco, guau…
“Para empezar, si le echa agua hirviendo recién hervida a cualquier planta, se marchitará así mismo, ¿no le parece?”
“……”
“Y yo jamás he puesto somnífero en su té, nunca. El señor Henderson me instruyó claramente que usted jamás lo bebe.”
“¿Jamás, dices? Ya lo veremos.”
Argen apretó la taza en su mano, y esta se deshizo en polvo con un crujido seco.
¿Pero qué demonios? No era arena, ¿cómo se pulveriza así en vez de romperse?
Elliot se atragantó con un grito ahogado al ver eso. Argen sacudió la mano y empezó a acercarse lentamente.
“El ser humano es débil. Pero no muere tan fácil. Hoy tú mismo lo comprobarás, Elliot Brown.”
Eso sonaba a tortura. Estaba advirtiéndole que acabaría deseando la muerte.
La mente de Elliot giraba a toda velocidad. Estaba claro: Argen ya había sacado sus conclusiones. Diera igual si él había puesto algo o no en el té, el duque estaba listo para torturarlo.
Cuando trabajaba en un call center en su vida pasada como Im Seong-sik, también había este tipo de clientes: los “dictadores de la lógica”, o los famosos answer-setters. Gente que tapaba los oídos y repetía en bucle sus quejas hasta obtener lo que querían: disculpas o compensación.
Con esa gente, lo único que funcionaba era presentarles una prueba irrefutable. Entonces callaban en seco. El problema era que un pobre operador rara vez tenía pruebas a mano, así que Im Seong-sik solía limitarse a pedir perdón una y otra vez.
¿Debía disculparse ahora también?
No. Si se disculpaba, sería como admitir que sí había puesto el somnífero, y entonces estaba muerto seguro.
Así que necesitaba pruebas. Algo que demoliera la lógica de Argen.
El sudor le corría a chorros. Elliot miró alrededor de la habitación como loco. ¿Pruebas, pruebas…?
Entonces lo vio: la tetera aún llena, con el vapor elevándose y la manzanilla recién preparada.
Sin pensarlo dos veces, Elliot la alzó y se llevó la boquilla directo a la boca. Empezó a tragar el té hirviendo a grandes bocados. Sintió que se le cocían las entrañas, pero siguió hasta beberlo todo. A un lado percibió cómo Argen se detenía sorprendido.
Cuando acabó, abrió la tapa y le mostró la tetera vacía.
“……Eso no prueba nada. Podrías haber untado somnífero solo en mi taza.”
Argen permanecía implacable.
Sin decir palabra, Elliot caminó hasta la ventana donde el duque había arrojado el té antes. Arrancó de golpe un puñado de hojas chamuscadas y se las metió en la boca.
El rostro altivo de Argen por fin se resquebrajó.
¡Bingo!
Con la confianza de haber recuperado terreno, Elliot habló con la boca llena:
“¿Ve, ve? ¡Toavía e’toy bien!”
Mierda, se me quemó la lengua.
“Pf…… espera un momento……”
Elliot sacó la lengua escaldada, soplándola para enfriarla. Argen frunció el ceño y apartó la vista.
El cuadro era demasiado sugestivo: los ojos enrojecidos de Elliot con lágrimas, el cabello húmedo pegado a la frente, los labios hinchados y esa lengua rosada asomando entre ellos.
Quizás sea un espía que planea usar su belleza como arma.
Pensamiento serio de Argen, el hombre más guapo del mundo.
Pero la realidad era menos glamorosa: Elliot, con sus gafas sucias y la lengua babeante, parecía de todo menos seductor. Por suerte Argen miraba hacia otro lado.
“D-duque…… En fin, como puede ver, acabo de beberme todo el té……”
“No entiendo lo que dices.”
“Que, me, lo, be-bí…….”
“Más despacio o más rápido, da igual. No entiendo nada.”
Argen suspiró y tomó asiento junto a la cama.
“Pero ya comprendí tu intención. Si realmente hubiera un somnífero fuerte, te dormirías en minutos. Así que pretendes demostrar tu inocencia manteniéndote despierto toda la noche.”
Efectivamente, los protagonistas entienden rápido.
Elliot asintió con alivio. Entonces Argen señaló la cama.
“¿Eh……?”
“Recuéstate.”
“¿Por qué……?”
La mirada gélida del duque fue suficiente para que Elliot tragara saliva. Mejor quedarse con la lengua que perderla de un tajo.
Saltó a la cama como un perrito obediente.
El colchón era blando, la manta ligera pero cálida. Argen le colocó un gorro de dormir y un extraño pañuelo de semillas calientes alrededor del cuello.
“Du-duque…… ¿esto……?”
“Si puedes permanecer despierto en el mejor entorno para dormir, reconoceré tu inocencia.”
Con eso, Argen tomó un libro y empezó a leer.
Elliot se removió incómodo. Aquella cama era demasiado acogedora, la almohada perfecta, la manta abrazadora. El gorro y el pañuelo cálido le recordaban vagamente a las manos de su madre.
Esto es trampa… cualquiera se dormiría aquí…
“Cálido…… tan acogedor……” murmuró medio dormido.
De inmediato, sintió la mirada punzante de Argen sobre él. Elliot intentó resistir, pero el sueño lo arrastraba.
Un sonido metálico cortó el aire: shring.
Elliot abrió los ojos de golpe y gritó:
“¡Eh, conducir con sueño es mortal, maneje con seguridad!”
Se incorporó como un resorte, el corazón latiendo a mil.
Argen estaba frente a él, con una espada medio desenvainada. El filo brillaba amenazante.
“¡N-no me dormí! ¡Lo juro! ¡No me corte nada!”
“Dormiste. Incluso balbuceaste en sueños.”
“¡No, estaba hablando con usted! ¡Le dije que estaba cómodo!”
“¿‘Tan acogedor, cozy’? ¿Eso era para mí?”
“¡Claro! Quería expresarle lo cómodo que estaba, nada más.”
Con la lengua temblando y una sonrisa forzada, Elliot parecía el empleado modelo más desesperado del mundo.
Argen lo observó largo rato antes de enfundar la espada. Luego, con calma, ordenó:
“Recuéstate.”
Elliot no se atrevió. Esa cama era una trampa mortal. Entonces reparó en que la ventana estaba entreabierta. Tal vez… una idea se le ocurrió.
“¡Duque! Espere un momento.”
Se arrodilló en la cama con la espalda recta, con esa cara de “me juego todo mi sueldo” que usaba antaño en las discusiones de la tienda.
“¿Qué le parece pasar la noche en el jardín? Si allí me duermo, entonces sí, puede matarme.”
Argen lo miró con frialdad, evaluándolo. Finalmente cerró el libro y se levantó.
“Muy bien. Vamos afuera.”
Capítulo 19
Cuando Argen lo condujo a otro lugar, Elliot estaba convencido de que lo llevaba directo a un cadalso o a una cámara de tortura. Solo había temblado un poco de frío, y sin embargo el duque le había apretado las muñecas y los muslos con fuerza suficiente como para matarlo.
Mientras se sobaba la muñeca, que seguramente amanecería con un moretón enorme, Elliot tragaba las lágrimas. Y entonces… ¿un invernadero? ¿Lo había traído a un sitio cálido solo porque lo vio tiritando? Por un momento se conmovió: tal vez el duque no era un psicópata completo.
Argen lo miró con cierta extrañeza antes de internarse en el invernadero. Elliot lo siguió de inmediato, temiendo que si se quedaba atrás lo regañarían.
El interior estaba cálido, húmedo, rebosante de verdor. Flores y hierbas desconocidas para Elliot irradiaban vida con una intensidad abrumadora. Él ya había visitado ese lugar alguna vez siguiendo a Benny, y aquel olor familiar lo tranquilizó un poco.
Argen se sentó con naturalidad en un banco frente a una mesa de té, desde donde se veían palmeras importadas del reino de Hosraon y macizos de flores exóticas. Elliot arrastró una silla y se sentó en un rincón que no le estorbara la vista. El duque arqueó una ceja al notar la precaución, pero no dijo nada.
"Oye.
Argen señaló un punto del suelo. Elliot giró la cabeza y vio unas hierbas de forma retorcida, pegadas al suelo como si fueran nudos.
"Tráelas.
"……¿Perdón?
Ni explicación ni nada. Elliot masculló por dentro, pero se levantó. El chirrido de la silla al arrastrarse fue tan fuerte que se asustó de haber dejado ver su disgusto. Así que rápidamente puso cara de empleado servicial y fue hacia la planta.
Se agachó frente a las hierbas y miró hacia atrás, como preguntando si de verdad debía arrancarlas. El duque lo observaba desde arriba, el rostro cincelado por la luz de la luna y los faroles de la mansión.
Maldita sea, qué guapo es.
Elliot refunfuñó para sí. Un cliente insoportable, un cretino de proporciones históricas. ¿Y de qué sirve tanta cara bonita?
Y lo peor era que, sin quejarse mucho, ya estaba arrancando el pasto. Juntó tres matas, raíces incluidas, y se las presentó con reverencia.
Argen cortó las raíces, sacudió un poco de tierra y se lo devolvió.
"Cómetelo.
"……¿Perdón? Jeje, ¿podría repetir, duque?
"Come.
¿Y si era venenoso? Elliot tragó saliva. Al notar su vacilación, Argen añadió con indiferencia:
"Es una hierba excelente para la regeneración.
Y clavó la mirada en sus labios hinchados, aún lastimados por el té hirviendo que se había empujado antes. Elliot se tocó la boca.
"Ya estoy bien. Salvo la lengua algo quemada, hablo perfecto……
"Cómetelo.
“……”
Ha… este imbécil ni explica. Hasta un niño de cinco años sería más claro. Incluso un extranjero con mal idioma daría mejores detalles que tú.
La mano le temblaba entre la rabia y el miedo. Al principio bromeaba con que fuera venenoso, pero ahora estaba casi convencido. Miró su muñeca amoratada: el dolor llegaba hasta el hueso. Y él mismo lo había provocado. ¿Cómo confiar en que aquella planta no lo dañaría más?
Recordó de repente su vida pasada, trabajando en un restaurante familiar. Una vez se le cayó un cabello en un plato. El cliente, furioso, le gritó que se lo comiera él mismo. Im Seong-sik "su yo anterior" lo masticó delante de todos, y solo así lo dejaron en paz.
No era la primera vez que debía tragar algo que no quería. Pero aquello había sido solo un pelo. Ahora era una hierba que podía matarlo.
Ante su demora, Argen suspiró. Elliot, reflejo condicionado tras tantas veces escucharlo, se irguió y acercó la planta a la boca… cuando el duque lo sujetó de la muñeca. Elliot se encogió, pensando que volvería a apretarlo, pero solo tiró de él suavemente.
Entonces Argen se inclinó y arrancó con los dientes una ramita que sobresalía de la mano de Elliot.
Con el tallo entre los labios, lo masticó sin cambiar de expresión, mirándolo fijo.
Elliot sintió que el tiempo se detenía. Solo había comido un poco de pasto, pero lo hacía con tanta elegancia que parecía estar degustando un menú de lujo en un restaurante fino. Y, aunque nunca lo había pensado de un hombre, por un instante lo encontró… un poco sexy.
En sus ojos había algo más: un poder extraño, como diciendo “cree o no, haz lo que quieras”. Y precisamente por eso nacía la confianza.
Masticó despacio, tragó, y todavía no apartaba los ojos de él.
Elliot comprendió de golpe por qué los caballeros en la novela original sentían tanta devoción por Argen Theron. No era solo el poder ni la espada: era esa forma de inspirar fe con un simple acto.
……Aunque igual, seguro es pura cara bonita.
Elliot masculló con fastidio para no admitir que había sentido un mínimo de simpatía. Finalmente, cerró los ojos y se metió de golpe la hierba en la boca. Sabe a tierra y amarga como demonios.
Argen enderezó la postura y habló con calma:
"La reperti es más efectiva si se come cruda.
Luego señaló varias zonas del invernadero.
"Aquello es palan. Allá, jesenat. Ese otro es gatus. Todos buenos remedios, se pueden masticar o machacar para heridas.
"Sí, claro……
"Si lo necesitas, cómelos. Para eso están plantados.
"Ah… sí, gracias.
Argen chasqueó la lengua al verlo responder tan obediente, aunque con cara de fastidio.
Elliot estaba desconcertado. ¿Esto significa que me espera un montón de heridas? ¿Por qué me da permiso de comer plantas? ¿Y por qué resopla si le digo que gracias?
Aun así, parecía que funcionaba. Su lengua y garganta, antes ardientes, empezaron a cosquillear suavemente, y el dolor se aliviaba.
Mientras probaba sorprendido, Argen se levantó, fue a un árbol cercano y arrancó una pequeña fruta roja.
"Come.
Elliot ya ni preguntó y la mordió de inmediato. Esperaba medicina, pero resultó dulce y fresca. Abrió los ojos sorprendido.
¿Me la dio porque me vio hacer muecas por el amargor?
“Gracias, está deliciosa.”
Pero Argen lo miró como si intentara robarle su propiedad privada.
"No voy a darte más.
"……Ni siquiera pedí otra.
Qué ternura ni qué nada. Este hombre arruina hasta un gracias.
Argen volvió a su asiento, ignorando sus protestas. La fruta le dejó un regusto dulce que Elliot saboreó hasta el final. Entonces cayó un silencio incómodo. Bueno, incómodo solo para Elliot; Argen parecía indiferente, como siempre.
Afuera, la noche era densa, y la mansión se hundía en un silencio absoluto. Elliot se preguntaba cómo sobrevivir hasta el amanecer.
Entonces Argen habló de repente:
"Si todo lo que dices es verdad.
"¿Eh?
"Que no eres espía, que solo eres un simple sirviente y un ferviente seguidor de Louren Fedette… ¿cómo es que conoces a GenewinTulion?
Elliot casi se mordió la lengua.
¿¡Cómo demonios sabe que conozco a Genewin!?
Capítulo 20
Sin embargo, quedarse callado o titubear en ese momento era lo más sospechoso que podía hacer, así que decidió decir cualquier cosa que se le ocurriera y abrió la boca primero.
“Conocí al señor Genewin a través de una dama.”
No era mentira, la doncella Helen le había entregado una nota, y el asunto de escribir cartas de amor también estaba relacionado con mujeres.
“¿Una dama?”
“Sí, sí, ella fue quien me lo presentó. El señor Genewin no es de esas personas que discriminan a otros por su estatus, ¿verdad? Así que, de manera natural, terminamos haciéndonos cercanos.”
La expresión de Argen se volvió enigmática. Elliott, al no entender su significado y sentirse inseguro, se apresuró a continuar.
“El señor Genewin es tan amable, atento y sociable… un verdadero noble de esta época. Yo no soy más que un sirviente efímero que pasa a su lado.”
“…Ya veo.”
Argen asintió, como si hubiera comprendido.
“¿Es el amante de Genewin Tulion?”
“Sí, sí… ¿eh? ¡No!”
Elliott dio un salto en su sitio, pero Argen ya parecía haber llegado a una conclusión.
“Ciertamente, Genewin Tulion no tendría razones para ponerme un espía. Quizás su hermano, pero él no.”
“No, no, ¡por supuesto que no soy un espía, mi señor! ¡Y tampoco soy el amante del señor Genewin!”
“Mientras no seas un espía, poco me importa de quién seas amante.”
“No, lo que digo es que… tampoco soy espía… ni amante de nadie, ¿¡entiende!?”
Qué desesperante. Elliott, con la cara roja de vergüenza, sentía que quería arrancarse el pecho a puñetazos. Insistió una vez más.
“Yo solo soy Elliott Brown. El sirviente de alcoba de su excelencia.”
“Ya veo.”
Argen inclinó la cabeza sin mayor interés y se aclaró la garganta, frotándose los labios con la mano grande.
“Creo que acaba de sonreír, ¿no es así? ¿Me estaba tomando el pelo?”
Elliott creyó ver la comisura de sus labios levantarse entre los dedos. Abrió mucho los ojos, pero cuando Argen bajó la mano, su rostro estaba tan serio que parecía una estatua. Con gesto severo, dijo.
“Elliott Brown, no seas insolente.”
El tono imponía cierto miedo. Elliott fingió toser y apartó la mirada. ¿Qué diablos había hecho ahora para que lo llamaran insolente?
Bajo la mesa de té, disimuladamente le dedicó un gesto obsceno con el dedo y fingió interesarse en el invernadero. Ese lugar, diseñado por orden de Argen y cuidado con esmero por Benny, lucía espléndido incluso en la penumbra.
Entonces, entre tantas flores, vio una conocida, largas flores rojas agrupadas, una salvia escarlata.
“Ah, hora de la merienda “ murmuró Elliott.
Argen lo miró raro, y él se apresuró a explicar con una risita.
“Es que mi padre me la enseñó cuando era niño. Decía que si chupabas la colita, tenía néctar. Salbuvia… ¿verdad?”
“…Se llama Salvia.”
“Sí, sí, eso. Creo que también la llamábamos así.”
Esa era la única flor que Elliott conocía.
Cuando era pequeño, Im Seongsik salía con su padre los días libres a chupar el néctar de las flores de salvia. No solo eso, arrancaba dátiles verdes de los árboles junto al camino, los limpiaba en la manga y se los comía; montado a caballito en los hombros de su padre, devoraba moras de las ramas; hasta compartía falsas fresas que crecían junto a las rejas de algún edificio desconocido.
A todo eso lo llamaban “hora de la merienda”. En lugar de comprar dulces o caramelos como otros niños, Seongsik saciaba así su gusto por el azúcar. Su padre lo guiaba como si fueran tesoros escondidos en plena ciudad.
De niño, Seongsik prefería ir al supermercado o a la tienda, pero también le gustaba ver los ojos de su padre brillar con picardía y nostalgia. Así que cuando este le preguntaba: “¿Qué te parece si tenemos la hora de la merienda?”, él saltaba de emoción y se colgaba de su costado fuerte como un tronco.
Aunque con el tiempo se convirtiera en la peor de las personas, con ese hombre también existieron momentos felices. Odiar por completo a alguien era realmente difícil. Y cada vez que lo asaltaba la añoranza de su padre de esta manera, Elliott no lograba entenderse a sí mismo. ¿Era por aquella famosa “gran empatía” que sus antiguos compañeros tanto alababan? ¿O simplemente era un tonto sentimental?
Sus ojos, posados en la flor de salvia, se fueron oscureciendo poco a poco.
Argen lo observaba fijamente. De su interior comenzaba a emanar una peligrosa tensión.
Salvia.
Ese era el nombre de su madre.
El nombre de la antigua princesa heredera que murió al darlo a luz era bien conocido. Si Elliott fuera de verdad un espía con órdenes de seducción, podía haber mencionado esa flor para tocar torpemente su corazón. No sería la primera vez.
Así que Argen esperó. Esperó que Elliott alzara las cejas, dejará escapar unas lágrimas falsas e intentara consolar al huérfano que perdió a su madre al nacer.
Pero Elliott no dijo nada. No hizo bromas, ni fingió tristeza. Solo se quedó mirando la flor, un minuto, cinco, diez… como si hubiera olvidado que Argen estaba allí, como si ni siquiera supiera que él mismo estaba contemplándola.
El hombre que siempre hablaba con ese tono burlón y mantenía la sonrisa de bufón incluso en situaciones tensas, ahora callaba. Su silencio tenía algo de misterioso. Era como ver a otra persona distinta del que momentos antes negaba a gritos ser amante de Genewin.
Quizás esa era la misma expresión que ponía cuando le leía en la cama.
Sus inquietos ojos castaños se quedaban fijos en el papel, la sonrisa habitual desaparecía, y entre parpadeos, las pestañas caían serenas sobre el reflejo empañado de sus gafas. Pasaba las páginas, leía, comprobaba si su amo con el antifaz ya se había dormido.
Argen sintió una extraña calma. Giró la cabeza hacia la flor. El jardinero la había cuidado bien; las flores rojas destacaban aún en la oscuridad.
“Habrá que darle un bono al jardinero.”
Las recompensas y castigos debían ser claros. Intentó recordar su nombre, pero, claro, un simple sirviente no tenía lugar en su memoria.
“Elliott Brown, ¿cómo se llamaba el jardine…?”
No pudo terminar la frase. Elliott se había quedado dormido.
“…Te dije que si te dormías, te mataría.”
“…”
“Realmente no tienes remedio.”
Argen chasqueó la lengua suavemente. Se quitó la espada de la cintura y la dejó con la funda sobre la mesa de té. Luego se recostó contra el respaldo del banco.
“Bueno, parece que no te dieron somníferos, así que dejaré pasar esto solo por hoy.”
Lo dijo en voz lo bastante alta como para que el durmiente pudiera oírlo.
Probablemente le tocaría pasar la noche en vela, pero, curiosamente, no le resultaba algo desagradable.
***
“¡Eh, Elliott! ¡Elliott! ¡Despierta!”
Chup. Elliott se frotó la comisura de los labios, donde había quedado un hilo de saliva, y abrió los ojos medio nublados. Con gesto torpe se recolocó las gafas, que le habían resbalado hasta la nariz, y distinguió a Benny, que lo observaba con una pala larga apoyada en el hombro.
“¿Estuviste bebiendo anoche? ¿Qué haces durmiendo aquí?”
“Ah… ¿Eh? ¿Me quedé dormido?”
“Ve a la cocina y pide que te den aunque sea un poco de sopa. Si no quieren, menciona mi nombre.”
Antes de que Elliott pudiera reaccionar, Benny chasqueó la lengua con desaprobación y lo levantó a empellones, sacándolo del invernadero.
Mientras se alejaba tambaleante, Elliott todavía oía los rezongos de Benny, que ya estaba demasiado flaco como para encima no resistir el alcohol, que a ese paso quién sabía si sería capaz de cumplir bien como ayuda de cámara, que mejor se fuera a dormir de una vez…
Elliott recordó que, la noche anterior, al ver la salvia se había puesto melancólico pensando en su padre. Después de eso, al parecer, realmente se había quedado dormido.
¿Y el duque?
Un escalofrío le recorrió la espalda y se detuvo en seco. Todavía llevaba puestos el gorro puntiagudo y el cojín de cuello del duque. Se los quitó a toda prisa.
Si había dormido y aun así seguía con vida, quizá eso significaba que ya estaba libre de toda sospecha de espionaje.
Había superado una prueba. Pero, de todos modos, con el corazón desbocado, Elliott sentía que no viviría mucho a ese ritmo. Con un suspiro, se encaminó hacia el interior de la mansión. Aunque claro, si ahora decía que renunciaba, seguro que ese maldito duque…
“Veo que por fin has despertado”
“¡Ugh, joder…!”
Elliott se sobresaltó tanto que lanzó al suelo el gorro y el cojín que llevaba en la mano. En la entrada trasera de la mansión, apoyado contra la pared en una zona sombría, Argen lo observaba con los brazos cruzados. Miró sus pertenencias rodando por el suelo y dejó escapar una sonrisa torcida.
“¿´Joder´…?”
“Qu-qu quise decir… “
¡El único al que ni masticado se le quita lo pesado, Elliott Brown, hace su entrada triunfal!
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