Capítulo 21
Elliott habría querido morderse la lengua. El rostro de Argen, que lo observaba con frialdad, era tan hermoso como una escultura tallada en hielo, y justo por eso daba aún más miedo.
“No puedo perdonarme haberme quedado dormido antes que usted… Le ruego que me disculpe de verdad, mi señor. ¿Pasó la noche bien~?”
“¿Crees que pude dormir? Mi sirviente de alcoba se durmió primero. Y eso después de haber jurado solemnemente que no lo haría.”
“¡Lo siento muchísimo!”
Elliott se apresuró a ponerse de rodillas. Inclinó la cabeza como muestra de sincera disculpa y apretó los puños sobre sus muslos. La postura lo hacía parecer un niño pidiendo perdón, lo que solía ser una técnica infalible para incomodar al interlocutor. ¿Funcionaría también con ese desgraciado?
“…Está bien. Te observaré por un tiempo.”
¡Funcionó!
Aunque su tono fue brusco, Argen acabó concediéndole una tregua disfrazada de perdón, y se dio la vuelta. Elliott se mantuvo en esa postura solemne hasta que el eco de los pasos desapareció por el pasillo.
En cuanto reinó el silencio, se levantó y sacudió las rodillas.
Como sospechaba… tiene un lado más blando de lo que aparenta.
Al menos no tendría que renunciar de inmediato. Marcharse de golpe también levantaría sospechas. Además, había algo pendiente que debía resolver: escribir la carta de amor de Louren destinada al duque.
“Ay, madre… “suspiró.
El yo de hoy debía limpiar el desastre que había dejado el yo de ayer.
***
“¡No, no…! ¡Esto tampoco sirve!”
Elliott, al borde de la desesperación, arrugaba hojas y las arrojaba al suelo como un loco. Estaba experimentando en carne propia el verdadero tormento de la creación. Mientras tanto, Camembert, su gato negro, corría feliz detrás de los papeles arrugados, encantado con el fracaso de Elliott.
“Ojalá fuera tan fácil como con las cartas de Genewin…”
Medio lloriqueando, recogió algunos ejemplos de las cartas que había escrito en nombre de aquel noble:
«A mi adorable dulce de azúcar:
Hoy, en la hora del té, sirvieron unas galletas deliciosas. Redondas, con mermelada en el centro y preparadas con mucha mantequilla. Sí, esa mantequilla que tanto le gusta a alguien que yo sé. Al verlas, enseguida pensé en mi dulce de azúcar. La próxima vez que vaya a verte, te llevaré algunas. Aunque, para serte sincero, creo que tus besos son mucho más dulces que esas galletas.
Esperando con ansias nuestro próximo té,
Tu enamorado, Genewin»
Aquella carta iba dirigida a Helen "sí, la misma doncella Helen de la casa del duque Teron". Elliott sabía bien que a Helen le fascinaban las cosas dulces; ella misma le había compartido dulces en más de una ocasión.
Aun así, escribir cursilerías sobre “dulces de azúcar” y “besos” le resultaba vergonzosísimo. Incluso estando solo con Camembert, Elliott debía detenerse cada tanto, abanicar el rostro acalorado y respirar hondo para poder continuar. Lo sorprendente era cómo Genewin era capaz de pronunciar semejantes cosas en voz alta sin pestañear.
Y no era la única carta:
«A la única joya de este mundo, Violet:
Al escribir tu nombre en el encabezado, mi corazón tembló de tal modo que jamás podrías imaginarlo. Violet, me siento agradecido de que me hayas permitido pronunciar ese noble nombre. Me reprochaste por ser frívolo, pero si con esa ligereza consigo ocultar al cobarde que soy por dentro, entonces te seguiré lanzando bromas y sonrisas una y otra vez. Así que, por favor, mírame. ¿O acaso piensas volver a reprenderme la próxima vez?
De este cobarde entre tantos cobardes, para ti.»
Esa iba destinada a Violet Flint, la hija mayor del vizconde Flint. También había otras dirigidas a la hija de un baronet y a la heredera de un comerciante.
En realidad, componer esas cartas no era tan complicado: bastaba con tomar las anécdotas y rasgos de cada destinataria que Genewin le había contado y vestirlos con frases dulzonas. Como además todas ellas tenían sentimientos por él, el resto era cuestión de lanzarse con desparpajo, como si llevase una armadura contra la vergüenza.
Pero con Argen Teron… aquel aterrador general, un lunático de la guerra tan extremo que la palabra “problemático” se le quedaba corta…
“¿Cómo demonios se empieza una carta así? Si Louren se atreve a llamarlo ´dulce´ o ´joya preciosa´, firma su sentencia de muerte en el acto…”
“¡Miau! “ maulló Camembert.
“Ya lo sé, Camembert… ¿Por qué no la escribes tú en mi lugar?”
“Miau.”
El ágil gato negro lo ignoró, entretenido con una de las bolas de papel.
Elliott soltó su enésimo suspiro y comenzó a recoger los papeles desperdigados. El día ya se había ido en eso; al fin caía la tarde. Y esa misma noche debía cumplir con su labor de ayuda de alcoba del duque después de todo el alboroto del día anterior. Tenía que concentrarse.
“La carta para el duque… mejor la escribo mañana.”
El yo de mañana se encargaría del desastre que el yo de hoy no podía resolver. Con ese autoengaño optimista, Elliott llenó los platos de comida y agua de Camembert.
Ya era hora de ir a trabajar.
“Alto.”
Cuando estaba a punto de servir el té, una voz afilada como una cuchilla lo atravesó. Elliot se estremeció y volvió a dejar la tetera en su sitio.
“Me saltaré el té.”
Por donde se lo mirara, era una frase cargada de sospecha: ‘Eres demasiado raro como para que me atreva a beber lo que sirvas.’ Sin embargo, Elliot ni siquiera pudo protestar.
Sí, sí. Dice que no quiere, pues claro que no quiere.
Elliot compuso una expresión obediente y sumisa, y fue a sentarse tranquilamente en la silla junto a la cama.
Argen, con el ceño afilado, estaba recostado contra el cabecero de la cama, y esa noche llevaba un pijama de rayas azules. A estas alturas, Elliot ya se estaba acostumbrando a verlo con aquel pijama tipo camisón con gorro, como si fuera un niño de cinco años. Y eso era un problema. Acostumbrarse significaba volverlo familiar. ¿Cómo podía resultarle familiar este loco? Elliot Imseong-sik Brown, has perdido la cabeza.
“¿Qué miras?”
“Es que el pijama le queda tan~ bien, mi señor duque. Creo que definitivamente es de tono frío.”
“¿Tono frío? ¿Qué significa eso?”
“Ah, que los colores azules le favorecen mucho, eso quería decir.”
Elliot sonrió y levantó el pulgar. Argen lo fulminó con la mirada y, de golpe, se dio la vuelta hacia el otro lado de la cama para luego recostarse.
“Lee un libro.”
“Sí, sí.”
Elliot abrió un libro.
“Entonces empezaré de donde nos quedamos la última vez.”
“Espera.”
Argen lo interrumpió. Luego se incorporó y apoyó la espalda en el cabecero, observándolo con desconfianza y un dejo de malicia.
“Ahora sí, lee.”
Dios, qué fastidio, es un pesado…
Parecía tener la intención de permanecer sentado para luchar contra el sueño, aunque no había motivo para hacer semejante cosa.
¿Tú eras el del insomnio? Dijiste que llevabas más de una semana sin dormir bien.
Por culpa de esa paranoia suya, estaba dispuesto incluso a usar su insomnio como arma. Era tan exagerado que daban ganas de llorar.
“Claro, claro, lo leeré, mi señor duque~.”
Elliot, pese a lo que pensaba, mostró una sonrisa amable de empleado ejemplar y empezó a leer.
Cinco minutos después, Argen ya se había quedado dormido sentado. Todo un récord.
Elliot salió del cuarto en silencio.
A la noche siguiente, Elliot volvió a encontrarse con un Argen todavía más desconfiado que el día anterior. Vestía un pijama celeste claro y estaba sentado en el sofá de la habitación.
“¿Quiere que le lea desde aquí en el sofá?” preguntó Elliot con cautela, levantando el libro.
“No. Hoy no leerás nada.”
Dijo Argen con un gesto con la barbilla, mirándolo con dureza.
“Cierra la boca y siéntate ahí. Esta noche quiero que me duermas sin decir una sola palabra.”
“……¿Cómo dice?”
“La boca.”
“Pero…”
“La boca.”
“…….”
De verdad es un caso perdido.
Elliot mantuvo la sonrisa cortés y se sentó frente a Argen. Por lo que podía deducir, el duque pensaba que su voz tenía algún tipo de magia para inducir el sueño.
Elliot abrió los ojos exageradamente y se señaló el pecho con una mano: ‘¿Entonces qué se supone que haga?’
“Búscate alguna distracción.”
Este maldito sinvergüenza…
Aun así, Elliot, fiel al profesionalismo de todo trabajador del servicio al cliente, parpadeó amablemente y señaló la puerta con el pulgar, como preguntando: ‘¿Puedo ir un momento a mi habitación?’
“Hazlo.”
Elliot se levantó, inclinó el cuerpo en un ángulo de 90 grados y salió disparado del cuarto.
“Vaya, qué bien nos entendemos sin hablar…”
Parecía que se comunicaban mejor así que con palabras.
En fin, ya que le habían dicho que se buscara un pasatiempo, Elliot planeaba aprovechar el tiempo de aquella noche de la manera más útil posible. Aunque la petición absurda de Argen lo irritaba un poco, no estaba de mal humor.
Era como aquel día en secundaria en que el examen terminaba antes de lo previsto. O como cuando en la tienda de conveniencia el siguiente turno llegaba antes de tiempo y le decía que podía irse ya.
El aire vacío del pasillo, con ese toque de futilidad, lo envolvía de forma agradable. Elliot, algo animado, corrió a su habitación a pasitos rápidos.
En poco tiempo acarició la frente de Camembert "con cuidado para no ser arañado", le dio un bocadito de pescado seco, y salió con una gran cesta en brazos.
“¿Y eso qué es?”
Nada más regresar y sentarse en el sofá, todavía agitado por la carrera, Argen preguntó con desconfianza.
“Ah, esto es…”
“Explícalo, pero con la boca cerrada.”
Este cabrón con cero modales…
Capitulo 22
Elliot estuvo a punto de soltar una maldición como un estornudo, pero con una paciencia sobrehumana apretó los dientes y mostró el interior de la cesta.
Dentro había un montón de paja limpia, que había conseguido de Bill, el mozo de las caballerizas. Bill, de apenas catorce años y sin un solo pelo en la barba, sentía una especial simpatía por Elliot. A veces decía que algún día se convertiría en cochero y conduciría un carruaje privado solo para él.
Elliot pensaba aprovechar ese tiempo libre "si es que podía llamarse “tiempo libre” a las horas en que su jefe lo mantenía bajo vigilancia" para trenzar la paja y hacer una soga. Con esa cuerda planeaba forrar todas las columnas de la habitación.
La idea se le había ocurrido porque Camembert no dejaba de arañar el sofá, así que necesitaba darle algo alternativo para rascar.
Sin embargo, la reacción de Argen fue extraña.
“Eres mi ayudante de descanso, así que no deberías andar haciendo trabajos menores como ese. ¿Quién te lo ordenó?”
Su voz estaba teñida de fastidio.
Elliot se quedó perplejo.
¿De qué demonios hablas? Desde que soy tu ayudante nocturno no he hecho otra cosa más que tareas menores…
Pero como Argen parecía dispuesto a castigar a cualquiera que lo hubiera mandado trenzar cuerdas, Elliot negó con la cabeza con todas sus fuerzas.
“…Entonces, ¿para qué demonios estás haciendo una cuerda?”
Elliot dudó un momento y luego juntó las manos en punta sobre su cabeza, formando unas orejas de gato. “Es para el gato” era lo que quería decir.
Argen, sin embargo, lo miró con el ceño fruncido, como si no hubiera entendido nada.
Elliot lo intentó de nuevo. Cerró los puños, los llevó a sus mejillas y los movió hacia adelante y atrás imitando un “miau miau” con las patas. “Un gato, ¿entiendes? Un gato, señor insoportable”.
El ceño de Argen se frunció todavía más.
“…Basta ya. Qué vergüenza, un hombre adulto haciendo esas tonterías.”
¡Pero si me pediste que lo explicara!
Elliot, molesto, bajó las manos y empezó a trenzar la paja sin más explicaciones. Argen, aunque parecía a punto de replicar, terminó guardando silencio y se cruzó de brazos.
Bajo aquella mirada punzante, Elliot se entregó con entusiasmo al trabajo.
Tres hebras: una, dos; una, dos…
Para disimular la incomodidad, se concentró en dar forma a la cuerda. Pero conforme pasaba el tiempo, ya ni siquiera le incomodaba. Desde la secundaria estaba acostumbrado a trabajos manuales repetitivos; las manos se le movían solas, con una eficacia cada vez mayor. Cuanto más ágil era, más firme y tupida se volvía la cuerda.
Cuando llevaba un poco más de un metro tejido, levantó la cabeza para estirar el cuello entumecido.
“¿Pero qué…?”
Elliot dejó la cuerda con cara de incredulidad.
Argen estaba reclinado de lado en el sofá, profundamente dormido.
“Si al final puedes dormir sin que te lea nada…”
***
“Definitivamente no parece que tengas ningún hechizo encima.”
La noche siguiente, Argen lo admitió con toda calma.
¡Por fin!
Elliot asintió con toda la fuerza de alguien que por primera vez mostraba absoluta sinceridad hacia Argen.
“¡Se lo dije! Yo soy un ciudadano común y corriente, tan limpio que ni sacudiéndome me van a encontrar polvo.”
“No es por drogas ni magia… simplemente naciste siendo alguien terriblemente aburrido.”
“¿Eh…?”
“Tan aburrido que me da sueño aunque no hagas absolutamente nada.”
“……”
“Así que dejaré de desconfiar y te confiaré mi sueño.”
¿Se supone que debía alegrarse por eso, no?
Mientras Elliot dudaba con cara amarga, Argen ajustó el cinturón de la túnica que llevaba apenas encima.
“Sígueme.”
Cogió un candelabro pequeño y salió primero del cuarto. Elliot pensó que si lo seguía podía terminar asesinado en secreto y enterrado en el jardín, pero tampoco podía desobedecer las órdenes de su jefe, así que se limitó a andar tras él, con los nervios a flor de piel.
Argen avanzaba sin titubear por los oscuros pasillos. La luz redondeada de la vela iluminaba su camino.
Temiendo perder aquella luz, Elliot se pegó con rapidez a su espalda. Notó cómo Argen lo miraba de reojo por encima del hombro, pero fingió no darse cuenta y se arrimó aún más a ese brazo duro y musculoso.
Por un instante "apenas un parpadeo" se le cruzó por la cabeza: ¿qué demonios? ¿Cómo puede tener los brazos tan firmes? Y, de puro nervio, tragó saliva con un ruido tan escandaloso que hasta él mismo se sobresaltó. Sorprendentemente, Argen no lo reprendió.
Después de andar un buen rato por los recovecos de la enorme mansión, llegaron ante una puerta gigantesca. Elliot reconoció perfectamente el lugar: era un sitio que él visitaba todos los días.
“¿…La cocina?”
Argen abrió una de las perrillas de la puerta. La cocina, a oscuras, irradiaba un aire casi fúnebre. Los cuchillos alineados sobre la encimera reflejaban la luna con un brillo azulado y amenazante. El rodillo de amasar que descansaba al lado parecía más bien un garrote perfecto.
“Entra.”
Lo peor de todo era el rostro de Argen, iluminado desde abajo por la llama, que le marcaba unas sombras escalofriantes.
…Ah, no quiero entrar.
Pero claro, Elliot no tenía opción. Obedientemente se metió a la cocina.
Argen lo siguió y cerró la puerta, y lo primero que hizo fue avivar las brasas de la chimenea. Movió la leña con naturalidad y, de alguna forma incomprensible, al frotar la punta de sus dedos para generar viento logró que el fuego prendiera con fuerza. Elliot aprovechó para encender más velas con la suya y repartirlas por el lugar.
Una vez iluminada la cocina, Argen se sentó en un banquito junto a la puerta.
“Debajo del paño en esa canasta encontrarás frutas. Toma una y haz una tarta.”
“……¿Perdón?”
“No me hagas repetirlo.”
“Lo lamento, pero no sé hacer repostería. Una tarta está fuera de mi alcance, lo siento mucho, señor duque.”
“No importa. Hazla. Esta noche necesito una tarta de frutas para poder dormir.”
Este imbécil…
Elliot apretó con fuerza las manos juntas y respiró hondo. En vez de soltarle una grosería, inclinó la cabeza y fue hacia la canasta.
Levantó el paño y, en efecto, vio montones de frutas de distintos tipos. Dudó un momento y miró hacia Arhen.
“Hay manzanas, limones y duraznos. ¿Con cuál prefiere su tarta~?”
“Con cualquiera.”
“Jajaja, pero es usted quien la va a comer, no puedo elegir al azar. Entre manzana, limón y durazno, ¿cuál le gusta más?”
Argen lo miró con una ceja arqueada y pronunció, sílaba por sílaba:
“Cual- quie-ra.”
“……”
Madre, apiádate de mí desde el cielo.
Padre, compárteme aunque sea un poco de tu descaro para abandonar a tu familia.
Y tú, autora de esta novela, ¿acaso no sabes que responder ‘lo que sea’ cuando te preguntan qué quieres comer en una cita es el camino más rápido a quedarte solo? ¡Y se supone que esto es un BL! Vale, no estoy en una cita con este imbécil, pero aun así…
Refunfuñando en un rap mental, Elliot terminó eligiendo la fruta que a él mismo se le antojaba. Cogió varios duraznos. Si al duque no le gustaba, seguro lo haría repetir con otra, porque esa era la especialidad de los insufribles: nunca quedar conformes. Así que decidió no hacerse mala sangre.
Dejó cuatro duraznos sobre la encimera. Argen lo miró con sus típicos ojos gélidos, pero Elliot ya estaba tan acostumbrado a ese hielo que ni cosquillas le hacía. Al final, el duque solo asintió con la cabeza.
“……Sí, señor duque. Procedo.”
Elliot se giró hacia la encimera, con movimientos chirriantes.
Tarta… para hornear una tarta… ¿qué pasos hay que seguir…?
En cocina oriental era bastante decente. El ramen le quedaba de campeonato. Su padre solía decir que Elliot tenía la sazón de su madre, que también cocinaba muy bien. Esas palabras lo habían motivado a practicar recetas de internet en su vida anterior. Pero repostería… era otro mundo. Hacía falta un montón de utensilios, ingredientes rarísimos y, sobre todo, dinero. Jamás se lo había planteado.
Y aquí, encima, ni siquiera había internet para consultar. Probablemente había que mezclar harina, echar azúcar a lo loco, y… em… hmm…
“Hmmm…”
“Deja de hacer ruidos raros. Si buscas en la alacena, el chef debe de haber dejado un libro con recetas.”
¿Dije eso en voz alta?
Un error de novato que casi nunca cometía. Elliot encogió el cuello y corrió hacia la alacena. Tras abrir y cerrar varias puertas, por fin encontró el recetario del cocinero.
Allí estaban escritas, con dibujos y notas detalladas, un montón de preparaciones. Por suerte, había una receta de tarta de manzana: con sustituir la manzana por durazno bastaría.
El único problema era que el cocinero tenía una letra desastrosa, casi ilegible.
Elliot entornó los ojos y comenzó a descifrar desde el primer paso.
“Harina… agregar un poco de… ra…ral”
“…Será sal.”
Capítulo 23
“¡Ah! Es verdad. Muchas gracias.”
Elliot dejó el libro de recetas y empezó a revolotear de un lado a otro buscando la harina. Hasta que Argen, incapaz de seguir viéndolo, se levantó de la silla, Elliot ya se había esforzado en abrir cada alacena y cada cajón, sudando la gota gorda.
“Aquí está.”
Argen regresó cargando un saco de harina como si fuese una simple bolsa.
“Oh, lamento haberle hecho moverse~.”
Elliot se disculpó automáticamente como si fuera una máquina de respuestas automáticas.
“Ahora voy a buscar la sal…”
“La sal está aquí.”
Argen tomó uno de los frascos de condimentos alineados justo frente a Elliot.
“Ah… muchas gracias~.”
Elliot volcó la harina en un gran cuenco. No midió nada; de hecho, ni siquiera sabía hacerlo. Añadió la sal y empezó a mezclar con algo parecido a una cuchara de madera, cuando Argen le preguntó con frialdad.
“¿Por qué elegiste el durazno?”
“Porque es caro.”
“¿…Ese es el motivo?”
Ante el tono despectivo de Argen, Elliot lo miró ladeando la cabeza, como si fuera él quien no entendiera.
“En este tipo de situaciones lo normal es elegir lo más caro, ¿no cree? Al fin y al cabo es para usted, mi señor.”
“…Supongo que tienes razón.”
La expresión de Argen, que había tratado a Elliot como un materialista, se volvió súbitamente solemne. Elliot, ajeno a lo que pensaba, volvió al libro de recetas e intentó leer el siguiente paso.
“Cortar… montil en trozos pequeños… montila… ¿qué demonios dice aquí?”
Argen suspiró y le arrebató el libro.
“No eres capaz ni de leer correctamente.”
“¡Sí sé leer! Usted mismo me escuchó leer en voz alta. ¡Lo que pasa es que esta letra es un garabato…!”
“Corta la mantequilla en dados pequeños.”
“Ah…”
“Lamontila era ‘mantequilla’.”
“¿Man… mantequilla dónde está?”
Elliot pronunció exagerando y se disponía a registrar todos los cajones otra vez, pero Argen, con el libro bajo el brazo, lo observaba con una mezcla de fastidio y resignación. A ese paso, ni con la salida del sol tendrían la masa lista.
Argen caminó decidido, abrió un par de despensas y fue sacando los ingredientes. Elliot lo miró boquiabierto.
“¿Cómo sabe dónde está todo?”
“El cocinero siempre me acompañaba hasta el campo de batalla. Un cocinero militar debe ser capaz de mantener un orden, sin importar dónde estemos. Al final, las cocinas siempre siguen un patrón.”
Ese mismo cocinero era quien solía darle a Elliot bocadillos a escondidas. Desde que se había mudado a esta mansión, lo hacía aún más seguido, con la excusa de engordar al muchacho tan delgado.
Así que era un cocinero de guerra…
A Elliot casi le brotaron lágrimas al recordarlo, pero Argen dejó caer los ingredientes sobre la mesa con un golpe seco.
“Deja de divagar. Empieza cortando la mantequilla.”
Elliot obedeció y troceó la mantequilla. Otra vez, sin medir nada; la receta solo decía “cantidad suficiente”. De ahí en adelante, Argen leía las instrucciones y Elliot hacía lo que podía: picar, mezclar, sofreír, amasar.
Cuando llegó la hora de estirar la masa, Elliot dejó caer el rodillo por accidente. Argen le lanzó una mirada de desaprobación, se lo arrebató y empezó a amasar él mismo. Pero en su turno, aplicó tanta fuerza que partió el rodillo en dos, echando a perder parte de la masa con astillas. Luego la extendió tan fina que terminó casi transparente.
“Esto va a salir mal. Se lo aseguro.”
Murmuró Elliot mirando con desaliento el horno. Argen no lo contradijo.
Cuando al fin sacaron la tarta, el resultado era aún más desastroso de lo esperado. La masa estaba chamuscada, rota y quebradiza; el relleno de durazno hervía en grumos pegajosos de un marrón poco apetecible.
“De verdad… ha sido un fracaso.”
Dijo Argen, impactado. Entonces Elliot bajó la cabeza y empezó a emitir sonidos raros.
“…Pfff, jeje.”
“¿Qué ocurre?”
“No… no es nada, jaja… jupff….”
Hasta que no aguantó más: estalló en carcajadas, se quitó las gafas y se cubrió los ojos con el dorso de la mano, llenándose de harina las cejas sin darse cuenta.
“…Esto me resulta ofensivo.”
“Lo… lo siento, jaja… jajaja.”
“Te he dicho que pares.”
“Sí, sí, señor… ugh… jaja…”
El olor dulzón del durazno mezclado con el humo del horno llenaba la cocina, y en medio de aquella penumbra con humo flotaba la risa limpia y desesperada de Elliot. Lo que nadie veía era que Argen, mordiendo el interior de su boca, también contenía una sonrisa.
***
Elliot abrió las ventanas y comenzó a limpiar. Argen, sentado con porte elegante sobre la encimera, lo observaba. A su lado, la desastrosa tarta de durazno.
“¿Quiere que prepare otra?”
“No. Aunque la hicieras de nuevo, no quedaría mucho mejor.”
“Entonces… ¿qué haremos con ella?”
“La comeremos.”
Argen tomó un pedazo"más bien un mazacote"de la tarta. El relleno viscoso cayó al suelo, pero él no se inmutó. Solo la mano de Elliot, que sostenía un trapo, tembló nerviosa.
“Elegiste bien el durazno. Si fueras un espía del Emperador, habrías escogido manzana.”
“¿Perdón?”
¿Así que todavía era una prueba…? Elliot se imaginó lo que habría pasado si hubiera elegido manzana, y se estremeció, Argen, que partía un rodillo con un simple gesto, ¿qué le habría hecho?
“La verdad es que solo mi círculo más íntimo y el Emperador saben que soy alérgico a la manzana.”
“Vaya, menos mal que no la escogí. Podría haber sido grave.”
Argen sonrió con un dejo de burla y mordió el pastel de durazno.
“No me importa si lo hubieras hecho. En realidad, no soy alérgico a la manzana.”
“¿Eh? ¿Entonces…?”
“A lo que sí reacciono es al durazno.”
“¿Qué…?”
Argen masticaba lentamente, como si degustara.
Su padre había tenido una fuerte alergia a la manzana, y el Emperador supuso que él también la heredaría. Argen lo sabía y, desde niño, había fingido rechazar la fruta: escupía o hacía como que vomitaba en secreto. Engañaba a todos, incluido al Emperador.
“Así gané un método más para atrapar traidores"”
¡Paf! ¡Paf!
Una débil presión golpeó su espalda. Para él fue apenas un cosquilleo, pero Elliot, pálido de horror, lo aporreaba con ambas manos.
“¡Pero si está comiendo algo a lo que es alérgico! ¡Escúpalo ya!”
“…¿Eso fue tu máximo esfuerzo?”
“¡No, no, vomite! ¡Rápido!”
Elliot intentó meterle los dedos en la boca para que lo expulsara, pero Argen lo detuvo con facilidad.
“Desde que alcancé el rango de Maestro Espadachín, mi cuerpo se volvió inmune. Ya no tengo alergias.”
La mano de Elliot se quedó suspendida en el aire. ¿Así que ser Maestro de Espada incluye inmunidad absoluta? Qué conveniente.
“De todas formas, escupalo.”
Sin pensar que estaba arrebatándole algo al mismísimo Duque Teron, Elliot tomó la tarta.
“¿Y entonces yo qué como?”
“…Un momento.”
Elliot, con un resoplido, fue hasta un canasto y sacó dos manzanas. Le tendió una.
“Tome, coma esto.”
“Para mí, manzana o durazno son lo mismo.”
“Sí, pero ésta sí puede disfrutarla. Me dijo que nunca la probó de niño, ¿no? Aquí no hay nadie más, puede comer tranquilo.”
Argen titubeó ante sus palabras. Elliot, eterno “Empleado del Mes” en todas partes, se frotó la nariz con el dedo con orgullo, esperando que aquella consideración conmoviera al duque y, por fin, dejara de sospechar de él.
“¿Y por qué debería confiar en esa manzana?”
¡Qué hombre tan insufrible! pensó Elliot, pero sonrió.
“Si le preocupa, yo la probaré primero, mi señor~.”
No era la primera vez que debía servir de catador para detectar veneno. Elliot mordió la manzana y se la ofreció, pero Argen tomó la otra intacta.
Crunch.
El sonido al morder la fruta resonó fresco en la cocina.
Elliot también probó la suya. La piel brillaba roja y tersa, la pulpa era jugosa, dulce como la miel. Nunca había probado una manzana tan deliciosa.
Durante un rato, solo el ruido de las mordidas llenó la cocina. El cielo empezaba a clarear tras la ventana abierta, por donde entraba la brisa fría del amanecer. Aquella madrugada, el aire olía a manzana.
Capítulo 24
Aquella mañana, Elliot consiguió escribir una carta para enviarle a Argen.
«Al magnánimo Gran Duque Argen Teron:
Le escribo para disculparme por aquella visita y retirada tan repentina que, con su gran generosidad, usted supo comprender. Soy alguien muy vergonzoso y, cuando lo vi en persona, me mostré un poco arisco. Mi familia me dice que debería corregirlo, pero a veces siento que cambiar un temperamento innato es algo imposible. Como el apellido de una familia con el qué uno nace, o como una alergia. No intento justificarme. Me disculpo por aquella descortesía. ¿Sería descarado de mi parte pedirle su perdón? Aun así, me atrevo a esperar, aunque sea solo esta vez, de la clemencia de Su Excelencia. Si no tiene ánimo de mostrarme compasión, entonces seguiré enviándole cartas de disculpa sin cesar. Si no desea recibir más de mis cartas, ¡tendrá que perdonarme pronto! Es broma. Pero, de verdad, estaré esperando su perdón.
Un fragmento de Louren Fedette.»
El contenido de la carta, escrita intentando imitar lo más posible el tono de Louren, no era más que una disculpa y la insinuación de que seguiría mandando cartas. En la obra original, El Black cautivaba el corazón del duque con un brillante talento literario, pero Elliot no tenía esa capacidad, ni tampoco quería lucirse de esa manera. Su propósito era escribir de forma lo suficientemente cortés como para no ser asesinado, pero sonando “a lo Louren”, y siempre yendo al grano. Esas eran las dos reglas que Elliot se impuso para su “trabajo de escribir cartas de amor en nombre de Louren Fedette dirigidas a Argen Teron”.
Nunca tuvo intención de que fueran cartas de amor reales ni de que surgiera algún sentimiento romántico. En realidad, en la obra original todo se destruía si Argen no terminaba enamorándose de Louren.
«¡Desde el principio ni siquiera tenía que evitar a los personajes!»
Ya en su vida pasada, Im Seongsik había sido considerado a menudo un “bonachón” por quienes lo rodeaban. Le decían que no podía vivir así, que bastante tenía con cuidar su propio plato como para andar sirviendo a otros, que el mundo no era tan blando como él lo veía… Una mezcla de reproches y preocupaciones. Pero entonces, igual que ahora, hasta un bonachón tenía sus propios cálculos. Tanto las cartas de amor de Genewin como las de Louren valían la pena escribirlas, así que lo hacía. Elliot se defendía en silencio ante el vacío.
«¡No es que quiera morir, saben!»
Repasó la carta que acababa de terminar. Hasta la madrugada de ese mismo día, lo que Elliot había experimentado de Argen era el retrato de un maldito desconfiado en estado terminal, un auténtico cretino sin modales. Un hombre habituado a herir y matar, y que, lejos de volverse insensible, sabía muy bien lo aterrador que eso era y cómo aprovecharlo. Era excesivamente suspicaz y prevenido. Pero, sorprendentemente, tenía lados blandos. Obedecía al mayordomo y se ponía pijamas de conjunto con almohada cervical, se quedaba dormido apenas bajaba la guardia, tenía atenciones con Elliot cuando tiritaba de frío, o comía manzanas como un niño…
Elliot podía empezar a comprender, un poco, por qué Louren acababa enamorándose de él en la historia. Aunque… ¿había un pasaje donde Louren se enamorara de Argen?
Inclinó la cabeza, dudoso, pero sus pensamientos se dispersaron en cuanto Camembert empezó a clavarle las uñas en la pierna.
“¡Ay! ¡Camembert! ¡Un momento! ¡Ay, ay!”
Elliot subió de un salto a la silla, en cuclillas, y apresuradamente ordenó el escritorio. Dobló con cuidado el papel y lo guardó en un sobre con movimientos ágiles, propios de alguien acostumbrado a trabajos repetitivos. Sacó también las cartas de amor de Genewin que guardaba en el cajón y corrió hacia la puerta.
“¡Camembert! ¡Me voy un momento!”
Los ojos brillantes del gato, que parecían haber detectado una presa en movimiento, le dieron miedo, así que Elliot cerró la puerta y salió corriendo por el pasillo. Ahora tenía que encargar sus primeras cartas al café.
***
Las primeras cartas de Elliot fueron revisadas en el café por los remitentes originales, selladas con los emblemas de cada casa y luego enviadas por el propio dueño del lugar.
Genewin le envió el mensaje: «¿Ves? Lo haces bien, escritor». Louren, en cambio, se quejó de que «no suena lo bastante aristocrático ni romántico», pero terminó aceptando el argumento de Elliot de que, si sonaba enamorado desde el principio, levantaría sospechas. Con desdén, concluyó que en adelante se las arreglara solo.
“¿Así que esto es un trabajo de oficina a medio tiempo…?”
Desde joven, Elliot había trabajado en empleos temporales y, acomplejado por su baja educación (apenas había terminado la secundaria), siempre buscaba trabajos de esfuerzo físico. Había soportado comentarios hirientes sobre su nivel de estudios tanto de jefes como de compañeros. Eso lo había llevado a desarrollar sentimientos encontrados: por un lado envidiaba a los universitarios o empleados de oficina, y por otro se encogía de hombros presumiendo de que el “verdadero trabajo” era el que hacía gente como él. Sin embargo, tras pasarse días con la cabeza enterrada entre papeles y tinta, tuvo que admitirlo:
«No porque sea un trabajo de escritorio significa que es fácil.»
Elliot bebió un sorbo de café. Se encontraba en la sala VIP del Café Sirena, esperando a que el dueño regresara con los montones de respuestas que los enamorados de Genewin habían enviado.
Argen, por su parte, no había contestado. Elliot tampoco lo había esperado; de hecho, le habría dado más miedo recibir algo. O eso quería creer, aunque en realidad había pasado los últimos días caminando sobre hielo delgado.
En cuanto Argen recibió la carta de Louren, se la había lanzado a Elliot: como ferviente devoto de Louren Fedette, se la entregaba para que la guardara como una reliquia.
“¿La ha leído?”
“Le faltaba nobleza”, fue la escueta respuesta.
«¿Y qué demonios significa eso de nobleza, aristócratas idiotas?»
Elliot se atragantó de rabia con el café frío. Recordó sus noches en vela, sorbiendo café instantáneo mientras trabajaba sin parar. Fue entonces cuando se abrió la cortina y entraron el dueño del café, Well, y Genewin Tulion.
“Hola, escritor.”
Genewin se sentó junto a él, pasándole un brazo por el hombro con naturalidad. Well puso sobre la mesa un fajo de cartas, algunas hojas y útiles de escritura.
“Aquí están las respuestas. Puede copiarlas.”
“Ah, gracias, señor ~*
Elliot bajó la taza de té y se inclinó con cortesía, pero Well agitó las manos sobresaltado.
“Por favor, hábleme con confianza, escritor.”
“¿Eh? ¿Escritor, yo?…”
Cuando Elliot se mostró incómodo, Well bajó la voz.
“Genewin me lo contó. Usted es quien escribió Flor de la punta de la Espada.”
“Well está obsesionado con Flor de la Espada “ añadió Genewin.
“¿Flor de la punta de la espada?”
“Así que sigue fingiendo_.
“Claro, es un pasado vergonzoso “ comentó Genewin con despreocupación, mientras Well lo fulminaba con la mirada.
“¡Vergonzoso! ¡Si Flor de la Espada es una obra maestra! En fin… lo entiendo. Si quiere fingir que no, llevaré este secreto a la tumba.”
¿“Flor de la Espada”? ¿Acaso se referían a aquella novela que escribió El Black? ¿Cómo era el título? ¿Una flor que brotaba de la espada? Sí, algo así. En todo caso, Louren tenía razón: el título estaba mal planteado, porque no había dejado ninguna impresión.
“Para mí, usted siempre será un héroe.”
Well se golpeó el pecho con el puño y luego juntó el pulgar y el índice, formando un gesto extraño.
“¿Por qué me está haciendo un corazón con los dedos…?”
“¿Corazón? No, ¡es el gesto representativo del protagonista, de la flor brotando de su espada!”
“Ah… ugh…”
La expresión de Elliot se heló.
«¿Qué demonios escribió el dueño original de este cuerpo…?»
Pero Well interpretó aquella cara como confirmación solemne, asintiendo con gravedad.
“Lo entiendo. Quiere ocultar su identidad a toda costa. Le he faltado al respeto. Disculpe. Trabaje tranquilo.”
Aun así, le lanzó de nuevo ese gesto (que no era otra cosa que un corazón con los dedos) y se marchó. Elliot apenas pudo responder con una sonrisa torcida al amoroso entusiasmo de un hombre canoso de mediana edad.
Tan pronto como Well salió, Genewin, que llevaba rato aguantando la risa, se echó a reír y lo sacudió por los hombros.
“Escritor, tienes muchos admiradores.”
*No me fastidie.”
Genewin soltó una carcajada, tomó una de las cartas del montón y la desplegó.
“Al más cobarde de todos. De parte de la señorita Violet. ¿Recuerdas? La hija de ese temible marqués Flint.”
“Démela, la copiaré.”
Elliot intentó arrebatarle la carta, pero Genewin se apartó juguetón y leyó en voz alta:
“ ‘Al más cobarde de todos. Existen dos tipos de personas en este mundo: los que guardan una joya preciosa en la bóveda subterránea y los que la cuelgan en un collar para presumirla por doquier. Yo creo que tú eres un cobarde, pero de los segundos. Entonces, ¿cuál de las dos cosas es mentira? No me contestes. No quiero intercambiar cartas contigo. Una joya preciosa debe ser cuidada como tal. Violet Flint.’ ”
El rostro de Elliot se puso lívido.
“¿Acaso escribí mal la carta…?”
Capítulo 25
“No, no. Lo escribiste muy bien.”
“Pero decía que no le mandara más cartas…”
“No entiendes el corazón de una mujer, escritor.”
Genewin se rió por lo bajo, dobló la carta y con la punta del papel le dio un golpecito en la nariz a Elliot.
“Eso es una forma indirecta de pedir joyas. En especial la señorita Violet es del tipo un poco orgullosa. En la próxima carta habrá que adjuntar un collar de piedras preciosas.”
Genewin tarareaba feliz mientras hojeaba la siguiente carta. Elliot tomó la carta de Violet que Genewin había dejado sobre la mesa. Sus ojos serios recorrieron con cuidado el papel.
“La próxima carta es de nuestro querido y dulce señor comerciante"”
“No, no es eso. Lo que ella quiere no es un collar.”
“¿Eh?”
Elliot le mostró nuevamente la carta a Genewin.
“Aquí, se está llamando cobarde a sí misma, pero al mismo tiempo dice que mis palabras y acciones parecen frívolas y jactanciosas. Lo que señala es la distancia entre lo que escribí en la carta y lo que ella percibe del cliente.”
Elliot continuó con voz seria.
“Lo que el cliente debe decir aquí es una sola cosa, que la señorita lo ha visto correctamente. Que sí, él es frívolo, un fanfarrón…”
“¿Qué?”
“Pero también es cierto que es un cobarde. Porque frente a ella le entra miedo.”
“Wow…”
Elliot miró fijamente a Genewin con ojos claros.
“Quizá eso es lo que quiere oír la señorita. Que para el cliente ella es alguien especial.”
“Escritor, me estás empezando a hacer dudar… ¿seguro que nunca has tenido novia?”
Genewin, sorprendido, le dio un codazo en las costillas a Elliot. Este se estremeció, se corrió un asiento más allá y se le encendieron las mejillas.
“Esto no es un asunto de amoríos, cliente, es un asunto del corazón humano.”
Genewin se echó a reír ante la seriedad imperturbable de Elliot.
“Está bien. No enviaré el collar. Responde como dijiste. Estaba equivocado.”
Era alguien sorprendentemente rápido en admitir y corregir sus errores. Elliot simplemente asintió, atrajo hacia sí el papel y la pluma, y empezó a transcribir la respuesta. Mientras tanto, Genewin lo observaba sonriente.
“Escritor, pareces otra persona.”
“¿Perdón?”
La pluma de Elliot se detuvo.
“Te ves bien. Me gusta más así. Antes eras algo sombrío, ¿sabes? Como si fueras a causar un problema en cualquier momento. No eras el mejor compañero de trabajo.”
¡Santo cielo!
Elliot suspiró con alivio y lo fulminó con la mirada.
“Por más que me adule, no va a sacar nada de mí, cliente.”
“Creo que me siento más cómodo contigo ahora. Y eso también me gusta.”
Mejor no responder… Elliot se limitó a concentrarse otra vez en copiar la carta. Genewin, intentando ayudar, casi volcó el tintero, pero aun así lograron terminar pronto.
El verdadero problema vino después.
Al salir del café, alguien se detuvo al otro lado de la calle al verlos.
“¿Elliot Brown?”
Un hombre alto, sospechoso a todas luces, con una capa negra que le cubría hasta la cabeza, se acercó con zancadas a Elliot.
“¿Eh? ¿Me habla a mí? ¿Nos conocem"?”
Elliot, con la mano en el pecho, preguntó amablemente. Y en ese instante.
“¡Ugh!”
Un codo duro le apretó la garganta y lo estampó contra la pared.
“¡Escritor!” gritó Genewin, asustado.
No me llames, ¡ven a ayudarme!
Elliot pataleaba y se ahogaba. Al verlo forcejear, la presión del brazo contra su cuello aflojó apenas un poco.
“¿Me seguiste?”
Una voz grave y áspera lanzó la pregunta como un gruñido.
¿Por qué esta situación me resulta tan familiar…?
Los ojos de Elliot se enrojecieron.
Dios, Buda… no, ¡Señor Lanthe, ayúdame!
Se encontraban en un callejón al final de la lujosa calle Pentus. Al girar esa esquina se llegaba a la famosa Calle de la Magia Alternativa, llamada abreviadamente Calle Dama. En el libro original se explicaba que los nobles jamás se acercaban allí a plena luz del día. Quienes rondaban ese lugar eran estafadores, tahúres y ladronzuelos.
Este enmascarado no podía ser otra cosa que uno de esos tipos. El aspecto con la capa negra y el rostro oculto lo delataba, era de lo más bajo.
“¡Oye!”
Genewin, incapaz de soportar ver a Elliot ahogándose, agarró el hombro del encapuchado. Pero este apenas se sacudió y se libró sin esfuerzo.
Herido en su orgullo, Genewin sacó un puñal adornado con piedras preciosas. El encapuchado soltó una risa burlona al ver el arma tan ostentosa.
“¡Suelta al débil y ven a por mí, cobarde!”
Genewin gritó. Elliot, medio moribundo, también asintió.
Sí, suelta al débil, por favor…
Por suerte, el encapuchado aflojó el brazo y liberó a Elliot. Pero en apenas un segundo"sin exagerar, un solo segundo"golpeó con los dedos un punto en el cuello de Genewin, y este cayó desplomado.
Elliot, todavía tosiendo, quedó atónito por lo rápido y absurdo del desenlace.
“Patético.”
El encapuchado levantó a Elliot de cabeza y se lo echó al hombro como un saco.
“Vamos a hablar.”
“¡Ghhk!”
¡¿Hablar dices, maldito?!
***
El encapuchado lo llevó hasta un sucio callejón de la Calle Dama. Elliot, mareado de ir cabeza abajo, no podía ni respirar bien. Finalmente el hombre lo dejó en el suelo.
“Ugh…”
“No tengo tiempo para dudas. ¿Cómo me seguiste?”
Diciendo eso, se quitó la capucha. Una cascada de cabello platinado cayó sobre una frente perfecta.
“¡¿Eh?!”
Al ver ese rostro deslumbrante, Elliot dio un salto.
“D-du-duque…”
“Mejor no me llames así.”
El encapuchado, Argen, mostró la espada larga que llevaba al cinto bajo el manto.
Ah, tú también aquí… Tanto verte ya hasta mes resulta familiar, espada larga. Elliot sonrió con amargura.
“¿Acaso estás loco? Si es así, me ahorrarás problemas.”
Argen desenvainó con facilidad
“¡N-no! ¡Estoy cuerdo! ¡Completamente cuerdo!”
Elliot agitó la cabeza y las manos frenéticamente. Argen chasqueó la lengua.
¿Acabas de hacer ‘tch’? Elliot lo fulminó con la mirada, aunque enseguida volvió a parpadear sumiso.
“Habla. Nadie excepto Luther sabe que yo entro en la Calle Dama. ¿De verdad ignorabas las consecuencias de traicionar mi confianza?”
“Por favor, cálmese, du… digo, señor, jefe.”
“…¿Jefe?”
“Yo no sabía que usted era el duque… digo, el jefe. Pensé que era un loco que agrede gente por la calle. ¡Se lo juro!”
“¿Un loco agresor al azar…?”
“¡Sí, sí! Pensé: ‘Estoy perdido, me topé con un psicópata suelto, ¿cómo puede andar libre alguien así? ¿No hay policía en este país? ¡Que alguien atrape a este desgraciado!’. Eso pensé. Si hubiera sabido que era usted, jamás se me habría ocurrido.”
“…”
“Con la capucha negra cubriéndole el rostro tenía la pinta exacta de un psicópata. Pensé: ‘Así que hasta esta escoria de alcantarilla puede vivir… y yo voy a morir aquí. Señor Lanthe, castigue a este…’”
“Basta.”
Argen suspiró, peinándose hacia atrás. El gesto fue tan cinematográfico que Elliot se quedó un instante sin aliento, como hipnotizado por la escena.
Aprovechando el momento, Argen cambió de tema con rapidez.
“Entonces, ¿qué hacías en la Calle Dama? Un hombre cuerdo como tú no tendría por qué estar aquí.”
Pero esta vez Elliot sí tenía qué responder.
“Yo… no vine a la Calle Dama.”
“No mientas.”
“Es la verdad. Señor, ¿recuerda el café al final de la Calle Pentus? Soy cliente habitual allí, me encanta su café. Si no me cree, puede preguntarle al dueño de la cafetería Sirena.”
“…¿Así que simplemente volvías del café y nos cruzamos de casualidad?”
“Sí, exactamente, señor.”
“¿Y por qué estabas con Genewin Tulion? Te llamaba ‘escritor’.”
Los ojos de Argen brillaron peligrosamente. La mente de Elliot también.
“Pues… resulta que el señor Genewin es mi fan, bueno… mi devoto, por así decirlo.”
“…¿Devoto?”
Capítulo 26
“Le había comentado antes que escribí una novela romántica a medias, ¿cierto, jefe? Pues bien, el señor Genewyn la leyó y le gustó tanto que me pidió un autógrafo. En palabras simples, se podría decir que es algo parecido a lo que ocurre entre mi y el señor Louren~.”
El ceño fruncido que teñía el rostro de Argen desapareció en un instante. Miró a Elliot con expresión algo desconcertada.
“Entonces, ¿por qué no dijiste desde el principio que solo habías ido a la cafetería por eso?”
“……”
Por un segundo, Elliot estuvo a punto de soltarle un puñetazo a Argen"pero se contuvo al recordar que, de hacerlo, probablemente moriría en el acto.
¿Y cuándo me diste tiempo para explicarlo, maldito imbécil?
Claro que no podía decir algo así, de modo que Elliot se limitó a murmurar:
“Pensé que… no me iba a creer.”
“¿Qué?”
“Ahora mismo volvió a sospechar de mí como si fuera un espía. Igual que antes, y antes de eso… siempre, siempre lo mismo.”
Argen parecía ya francamente sorprendido. Elliot bajó la cabeza, poniéndole el broche final a su actuación de “pobre y desdichado empleado part–time”.
“No importa. Al fin y al cabo soy solo un simple empleado. Es normal que desconfíe de mí…”
Elliot levantó la cabeza y sonrió con un aire resignado.
Era la técnica llamada “sonreír valientemente con esfuerzo”.
Un recurso infalible con los jefes: nueve de cada diez veces funcionaba. Normalmente calaba mejor en jefes mayores o con hijos, pero también solía ablandar a los que aparentaban ser fríos y distantes.
Como era de esperarse, Argen frunció aún más el entrecejo. En medio de su frente se marcó un pliegue tan profundo y definido que recordaba a las capas geológicas del Gran Cañón. Un espectáculo casi sublime. Elliot se esforzó por no soltar un “wow” y siguió con su sonrisa apagada.
“Elliot Brown.”
“Sí…”
Respondió Elliot con voz lánguida.
“Lo siento.”
“Síí… ¿eh?”
“No me disculpo por todas las veces que sospeché de ti antes. Necesito dudar de todo para sobrevivir.”
Argen dio un paso hacia él. Una sombra inmensa cubrió el cuerpo entero de Elliot. El hombre le tomó suavemente del brazo y lo incorporó con un leve tirón.
“Pero hoy…”
Su mirada se posó en el cuello enrojecido de Elliot. Poco a poco fue subiendo hasta detenerse en sus gafas torcidas y en los dos ojos turbados que se escondían tras ellas. Elliot sintió como si diminutas gotas invisibles le golpearan la piel por todas partes.
“Hoy estoy seguro de que me equivoqué. Afuera estaba demasiado alterado.”
Argen, con un gesto fluido y elegante, se llevó una mano al pecho y se inclinó levemente en una reverencia formal.
“Elliot Brown, lo siento. No olvides ni perdones lo que hice hoy. Yo tampoco lo haré.”
Era, en toda regla, un acto y unas palabras dignas de un noble. Fue la primera disculpa verdadera que Elliot había recibido en esta vida… y en la anterior también.
Al darse cuenta de ello, Elliot de pronto se llevó la mano al pecho.
“Se… señor, ¿por qué de repente…?”
“¿Qué pasa? ¿Te duele algo?”
“No es eso. Es solo que… al escucharle decir eso, me siento raro.”
Jamás había sentido algo así. ¿Recibir una disculpa era así? El corazón le latía desbocado, se sentía ligero, emocionado, y al mismo tiempo tenía una punzada de dolor. Un cosquilleo extraño, una presión ardiente en el pecho. Quizá Argen tenía razón. Tal vez de verdad estaba perdiendo la cabeza.
“¿Te has lastimado?”
Argen se apresuró a volver a cubrirse con la capucha. Sujetó a Elliot por los hombros, pasó un brazo por detrás de sus rodillas y lo alzó en brazos como si fuera una princesa. Acto seguido, salió corriendo por el callejón a una velocidad vertiginosa.
“¿¡Qué… qué, qué está haciendo!?”
Elliot se encogió, sobresaltado. Desde debajo de la capucha, Argen respondió con voz baja:
“Una compensación por mi error.”
Y con una rapidez inhumana, empezó a atravesar los callejones.
Elliot, instintivamente, hundió la frente en el pecho firme y ancho de Argen. El viento silbaba cortante a su alrededor, mezclado con el golpeteo incesante de las botas contra el suelo. Pero Elliot solo escuchaba el pulso firme y acelerado que retumbaba bajo la piel de Argen, a través de su propia frente.
Era más lento que el suyo, pero más profundo y constante. Elliot se sintió extraño por estar escuchándolo tan de cerca y, avergonzado, se aferró con fuerza a la capa del hombre.
“No te pongas nervioso. No voy a dejar que caigas.”
La voz grave de Argen, apenas audible entre el viento, llegó a sus oídos. Luego murmuró:
“Aunque, con lo débil que eres, puede que te sueltes solo…”
Dicho esto, lo apretó aún más contra su pecho y aceleró todavía más.
“¡N-no, no puedo…! ¡No respiro!”
El corazón de Elliot aleteaba como un pájaro atrapado.
Da miedo. Mucho miedo.
Gracias a eso, aquellas sensaciones confusas de antes se disiparon en un instante, barridas por el terror.
***
El lugar al que Argen lo llevó fue una tienda vieja en la Calle Mayor. No tenía ni letrero ni mostrador, y en el interior una anciana de cabellos blancos los recibió con desgano.
“¿Ya viniste?”
Hablaba como si lo conociera de toda la vida. Argen tampoco corrigió sus modales, lo que hacía pensar que era un cliente habitual. El hombre depositó a Elliot frente a ella.
“Revísalo. Dice que se siente raro. Además, se lastimó el cuello.”
“Pero si se ve sano.”
Entonces Argen se descubrió la empuñadura de la espada y la levantó apenas con el pulgar, tal como había hecho antes con Elliot.
El joven casi se desmaya del susto.
¡¿Qué haces, imbécil, amenazando a la abuela?!
“No se preocupe, señora. De verdad estoy bien. Jefe… a usted también. Estoy bien.”
“La boca.”
Ante la reprimenda de Argen, Elliot cerró la boca al instante. Y lo peor era que ni siquiera había dicho gran cosa: solo había pronunciado una palabra, “boca”, y él reaccionó como un perrito adiestrado. Patético.
Elliot se envalentonó y volvió a hablar:
“No es la primera vez que me hago un rasguño. ¡De verdad estoy bien, jefe~!”
Giró la cabeza para mostrar que las marcas rojas en el cuello ya se estaban difuminando. Pero lejos de tranquilizarse, el rostro de Argen se ensombreció aún más.
“No, no estás bien.”
“Que sí estoy.”
“No, no lo estás.”
“¡Que sí!”
“Que no.”
“¡Parece un juego de niños!” murmuró la anciana.
El intercambio interminable empezaba a irritar a Elliot. Por primera vez alzó la voz.
“¡Estoy perfectamente! ¡Le digo que estoy bien! ¡Es mi cuerpo, yo sabré si"!”
“No, no lo estás.”
Argen lo interrumpió una vez más, con los ojos serios, sin rastro de broma.
“He visto a muchos soldados decir lo mismo. ¿Sabes qué tenían en común?”
“¿…Que eran buena gente?”
La respuesta hizo que la anciana soltara una risa rara.
“Pff, ¡buena gente dice!”
“Todos eran mis subordinados.” Argen lo empujó suavemente a una silla de madera.
“Y todos, sin excepción, me dijeron que estaban bien. Yo lo creí… y los perdí a todos.”
“Yo no soy un solda"”
“Pero eres mi subordinado. Y sé que, frente a mí, no te queda otra que decir que estás bien.”
Argen miró a la anciana. Ella suspiró, masculló algo incomprensible y sacó un pequeño objeto de un cajón. Era una canica roja brillante.
“¿Cómo te llamas?” preguntó secamente.
“¿Yo? Elliot Bro"¡ugh!”
Antes de que terminara, la anciana le metió la bolita en la boca de golpe. Con una mano huesuda le golpeó la garganta y la canica bajó de un trago.
“¡Cof, cof! ¿Qué… qué fue eso?!”
“¿No podías dárselo de manera más normal?” Argen la reprendió con la mirada.
“Mientras lo trague, sirve. Esto es mano de santo.” respondió la anciana, encogiéndose de hombros.
“¿Q-qué era eso…?”
Elliot se sobaba el cuello con inquietud. El rostro de Argen se tiñó de incomodidad.
¿Y esa cara? ¿Qué demonios era lo que me dio?
Un mal presentimiento empezó a crecerle en el estómago.
“¿Eh?”
Capítulo 27
La mano de Elliot, que tanteaba su cuello, se volvió más rápida. Presionó con fuerza con los cinco dedos, lo palpó, incluso lo masajeó. Carraspeó y giró la cabeza de un lado a otro.
¡El cuello ya no dolía!
Elliot corrió hacia el espejo colgado en la pared de enfrente. En el espejo se reflejaba un hombre con un cuello limpio y blanco.
“Se-señor, ¿cómo… cómo se curó esto?”
Ya antes se le había sanado la lengua quemada tras tomar unas hierbas. Pero ni siquiera entonces había ocurrido de una forma tan repentina y perfecta, sin ninguna señal previa.
“¿Es magia?”
La magia, en ese mundo, era un lujo reservado solo a la clase alta. Por eso Elliot, que antes de poseer este cuerpo había sido un escritor fantasma alcohólico y después un simple sirviente, nunca la había experimentado realmente.
¿Magia? ¿Eso no se supone que solo se usa en Hogwarts?
Sus ojos, que ni siquiera habían visto trucos de ilusionismo, comenzaron a brillar como los de un niño. Mientras Argen dudaba en responder, la anciana se le adelantó.
“Magia, claro. Y de las caras, una sola cuesta una casa entera. Con una sola de esas perlas que acabas de tragar, cualquier herida externa desaparece por completo.
“¿Unu-unu-una casa entera? “ Elliot abrió la boca de par en par y miró a Argen. Este ya había recuperado la compostura de siempre, aunque parecía algo incómodo.
“Solo estoy pagando por el error que cometí” respondió Argen con rigidez. Sin embargo, cuando bajó la capucha hasta la frente, Elliot comprendió que estaba avergonzado.
Así que este hombre también se incomoda…
Elliot no supo por qué, pero ese hecho le agradó.
“El pago será como siempre, ¿verdad?” preguntó la anciana mientras sacaba algo parecido a una gran pipa de agua. Era una botella de vidrio enorme, de formas curvas, con una larga manguera que terminaba en una boquilla parecida a la de una flauta.
Mientras Elliot miraba confundido, Argen se sentó frente a ella y tomó la boquilla. De inmediato una luz azul envolvió su cuerpo y comenzó a fluir hacia la manguera, hasta ser absorbida por la botella.
“¿Eso también es un artefacto mágico? ¿Qué clase de magia es?” preguntó Elliot, atónito ante el espectáculo.
“Está extrayendo su aura. Con llenar un tercio de esa botella basta para cubrir el precio” explicó la anciana sin apartar la vista.
“¿A-aura? ¿Eso no es peligroso?”
La anciana soltó otra carcajada ronca.
“Solo es energía vital. Se cansará un poco, pero nada más. Y, de hecho, él mismo lo desea. En todo este distrito no hay comerciante más honrada que yo, créeme. Al final, él sale ganando.”
Argen permanecía inmóvil, los ojos cerrados. Normalmente ya habría reprendido a Elliot por sus preguntas inútiles, o regañado a la anciana por sus bromas, pero ahora no.
Su rostro estaba oculto bajo la capucha, aunque Elliot intuyó que estaba concentrado. No debía resultarle difícil extraer su aura, pues era un maestro de la espada, sino que seguramente era complicado liberar tanta de golpe.
Entonces Elliot comprendió por qué Argen acudía a aquel barrio mágico, no por negocios ilegales de magia o aura, sino porque quería agotarse vendiendo su propia energía. Solo para sentirse cansado.
El corazón de Elliot se encogió con un dolor sordo. Su innata empatía se activó una vez más, podía imaginar todo lo que aquel hombre recto y severo había sufrido antes de recurrir a algo así.
“Disculpe… abuela, yo… “ Elliot sacó una pequeña bolsa de monedas, con el pago que había recibido de Genewin. Era todo lo que tenía encima.
“¿Qué puedo comprar con esto?”
La anciana sopesó la bolsa con la mano entornando los ojos. Después chasqueó los dedos, y apareció un pañuelo blanco de seda bordado con flores azules.
“¿Eso es todo?”
“Y da gracias, que te lo dejo barato” respondió ella, guardando la bolsa en la manga y arrojándole el pañuelo.
Elliot lo guardó con desgana en el bolsillo interior de su chaqueta, y entonces la anciana murmuró.
“No intentes resistirte a tu destino.”
“¿Perdón?”
“Lo que quieres desafiar es al destino. El más grande de todos los que hayas encontrado. No desperdicies tus fuerzas.”
“Yo… no pienso luchar contra…” Elliot se quedó helado y miró a la anciana.
¿Será que hablaba del argumento original de esta historia? ¿Sabía que yo venía de otro mundo y quería cambiar el final? Cuando iba a hablar, la mujer añadió.
“Emparejarse con un noble tan rígido y poco comunicativo solo traerá sufrimiento.”
“Ah… ¿se refería a ese tipo de destino…?”
Elliot tragó saliva y se guardó sus sospechas. Mejor no decir nada raro.
Argen terminó de llenar la cantidad justa de aura y se apartó. Discutió un poco con la anciana, que quería que diera más, y Elliot, mientras tanto, acariciaba el costoso pañuelo de treinta monedas que guardaba en el bolsillo.
“Destino…” susurró, sintiendo arder sus orejas. No entendía por qué esa palabra le calaba tanto.
La anciana guardó la pipa mágica y sacó una pequeña botella con líquido, removiéndolo con una cuchara de plata.
“Aquí tienes. Siempre me pruebas el veneno y me ofendes…” refunfuñó, entregándosela a Argen, quien la guardó sin decir nada.
“Volveré en otra ocasión” dijo él, marchándose primero. Elliot lo siguió a toda prisa, despidiéndose con torpeza.
“Adiós, abuela. Que le vaya bien… aunque mejor yo no debería volver. ¡Buena suerte con las ventas!”
La anciana negó con la cabeza al verlo salir.
“Bah… por fuera parece entero, pero por dentro… ¿podrá ese muchacho cambiar su destino?”
***
Quizá por haberse recuperado con la medicina, Argen no cargó más con Elliot, sino que caminaba con paso largo y elegante, obligando al otro a correr tras él como un pajarillo tras una grulla.
“Jadeo… Se-señor, ¿podría ir un poquito más despacio?” preguntó Elliot con cautela, corriendo tras él.
Argen no se detuvo.
“Estás demasiado débil. Haz lo que puedas por alcanzarme hasta llegar a la calle Pentus.”
“¿Eh? ¡Señor! ¡Lo siento, pero desde tan lejos no le escucho!” mintió Elliot, aunque en realidad había oído todo.
Desde adelante llegó un chasquido de lengua, pero Argen no se detuvo.
“Maldita sea…”
Elliot no tuvo más remedio que correr sin descanso hasta la calle Pentus.
Allí tomaron un carruaje. Elliot se dejó caer, exhausto, mientras Argen se quitaba la capucha y lo observaba desde el asiento de enfrente.
“Patético. Hasta un potrillo recién nacido tendría más resistencia que tú.”
“Pero… los caballos son fuertes por naturaleza…”
“¿Entonces insinúas que es normal que seas aún más débil? Tu mentalidad derrotista es lo peor que he oído. Me sorprende que aún puedas decepcionarme más.” “¡Basta ya!”
Elliot disimuló con una sonrisa forzada, enderezando la espalda.
“Esa sonrisa… tampoco me gusta.”
Sí, claro, como siempre…
Elliot reprimió sus ganas de replicar con sarcasmo.
El hombre que antes había admitido su error, se había disculpado e incluso lo había cargado con ternura ya no estaba allí.
Este era el verdadero Argen, un jefe insufrible, insensible, un auténtico tirano.
“Destino, mis narices.”
El pensamiento dejó en Elliot un regusto amargo, pero en el fondo lo intuía, ni siquiera en aquel mundo paralelo existía un destino escrito para él.
Capítulo 28
Mientras Elliot estaba con la mente amarga, Argen sacó un pequeño frasco de poción y bebió un sorbo. Era una poción de un verde esmeralda claro, recibida de una anciana en el barrio mágico. Antes de que Elliot pudiera preguntar qué era aquello, el color del cabello y las pestañas de Argen se tornaron rápidamente negros como la tinta. Los ojos de Elliot casi se le salieron de las órbitas.
“Pe… pe… ¡pe, pero el pelo… el pelo…!”
“Deja de hacer tanto escándalo.”
Dijo Argen mientras guardaba el frasco y se quitaba la larga capa negra. Debajo llevaba un traje de montar gris claro, propio de un noble.
“¡Hhhh…!”
Ahora, hagamos una breve pausa y regresemos a cuando Elliot aún era Im Seongsik.
En el restaurante familiar donde trabajaba de medio tiempo, había una compañera llamada Suji que era fan de los idols. Im Seongsik sentía un poquito "muy poquito" de interés por ella. Sin embargo, Suji solía decir cosas enigmáticas como que no le interesaban los “hombres reales”, y en cambio presumía sus photocards con fervor.
En esas tArgentas, los idols salían con el cabello rojo, luego azul, luego amarillo. Vestían como príncipes, luego con chaquetas de cuero negro, luego de uniforme escolar.
En aquel tiempo, él no la comprendía del todo.
´¿Pero no siguen siendo hombres reales?´
Y sobre todo pensaba:
´¿En serio gastas dinero solo por verlos con otra ropa?”´
Cuando le preguntó eso, Suji respondió algo sobre la “crueldad pura de la pregunta de un civil”, o algo así…
En fin, lo que importaba era que ahora Elliot entendía a Suji perfectamente. Porque Argen, vestido con traje de montar, era sencillamente deslumbrante.
Sobre la camisa blanca llevaba un chaleco acolchado gris claro. Su cintura estrecha y firme se ajustaba con pantalones grises más oscuros, y las botas negras de cuero que le llegaban a la pantorrilla se ceñían con elegancia.
El cabello teñido de negro acentuaba sus facciones, dándole un aire melancólico, y en contraste con sus ojos glaciares transmitía la impresión de un ser que trascendía lo humano.
Elliot casi babeaba.
Suji, ahora te entiendo. Yo también quiero tener una photocard de esto.
Mientras doblaba la capa, Argen notó la expresión sospechosa de Elliot y con desconfianza recorrió con la mirada el interior de la carreta.
“¿Y esa cara tan lasciva? ¿Será que no debía confiar en ti?”
“¿Eh…? ¿Yo? ¿Yo hice una cara lasciva? ¡No, no, para nada!”
“…”
La ceja de Argen se crispó, parecía molesto. Elliot, nervioso, cambió de tema.
“Entonces… ¿esa poción cambiaba el color del cabello? Ya me parecía extraño…”
“No tiene un gran motivo.”
“Claro, seguro que es porque la gente te molesta, ¿verdad?”
“… ¿Cómo lo supiste?”
Lo había leído en la obra original, pero no podía decirlo. Elliot sonrió con toda la benevolencia que pudo reunir.
“Lo presentí… lo sentí por intuición.”
Argen lo observó, sin palabras. Sus pupilas temblaron apenas perceptiblemente, aunque Elliot no se dio cuenta.
“No se lo diré a nadie.”
Elliot cerró teatralmente la boca y añadió. “Me quedaré con la boca cerrada.”
Argen soltó una breve y clara risa.
“Eso. Boca cerrada.”
Y volvió la cabeza hacia la ventana de la carreta. Elliot lo miraba embobado, la nariz afilada, el flequillo negro cayendo sobre la frente, las pestañas oscuras, los ojos gris plateado que brillaban con la luz… Cada rasgo se le grababa en el pecho. Era la primera vez que lo veía sonreír de verdad.
¿De verdad… Argen Teron acaba de sonreírme así, con tanta sinceridad?
“Otra vez me miras con ojos lascivos. Sabes que eso te hace más sospechoso, ¿verdad?”
Argen se tocó los labios.
Pero Elliot no pudo contestar. Estaba petrificado, intentando comprender lo que había visto. Argen, sonriendo. Sonriendo. A él.
“Elliot Brown.”
“…”
“Oye.”
“…”
“¿Te pasa algo?”
Argen vaciló. Elliot también lo sabía, estaba raro. Quería responder, pero la escena de la sonrisa se repetía como una ilusión.
“Mi señor… ¿podría…?
“¿Qué?”
“Podría sonreír otra vez? Solo una vez más…”
El rostro de Argen se ensombreció en el acto, pero Elliot no se arrepintió. Se sentía como alguien hipnotizado por el canto de una sirena… solo que en este caso por el rostro del hombre frente a él.
“Veo que no estás enfermo, si dices semejantes tonterías.”
La voz de Argen fue fría.
“No te sobrepases.”
La carreta ya había llegado a la entrada de la mansión Teron, aunque aún quedaba camino hasta la residencia.
El cochero, en cambio, estaba nervioso. Nunca había llevado a un gran señor como el duque Teron tan cerca de su mansión. Al ver cómo las puertas se abrían solas, se asustó y su nerviosismo contagió a los caballos. Quienes resoplaron y se agitaron, haciendo que la carreta se sacudiera bruscamente.
“¡Eh, quietos! ¡Lo siento mucho, señores!” gritó angustiado el cochero.
Los nobles solían ignorar a los plebeyos, así que no se extrañó por no recibir respuesta. Pero dentro de la carreta había ocurrido algo inesperado debido al sacudón.
“¿Qué… qué se supone que es esto?”
Argen miraba hacia abajo. Elliot tenía la cabeza enterrada entre sus piernas. La voz de Argen fue lenta y gélida, como si quisiera devorarlo.
“¡Lo siento!”
Elliot se incorporó de golpe, con el rostro ardiendo. Se ajustó las gafas torcidas e intentó no pensar en lo que acababa de rozar su mejilla izquierda.
Dios mío… era… era demasiado…
Para evitar mirar hacia abajo, alzó la vista al techo de la carreta.
“Al menos ya sé que no eres espía. El emperador jamás enviaría a alguien tan torpe.”
“Q-qué alivio…”
Elliot se corrigió enseguida.
“¡No, no! Me refiero a que es un alivio que haya confirmado que yo no soy espía…”
“¿Y por qué sigues desviando la mirada hacia abajo?”
“¡Perdón!2
Elliot volvió a mirar al techo, aunque el calor en su mejilla persistía, igual que la memoria vívida de lo que había sentido. Pasó la lengua por dentro de la boca, acariciando ese lado como si quisiera convencerse de que había sido real.
“¿Es que esconde un arma en el interior del muslo? Con lo desconfiado que es, podría ser…”
Elliot lo negó frenéticamente en su mente.
“No, claro que no. Nadie escondería un arma en el muslo interior.”
“¿Eh? Eso lo dijiste en voz alta.”
“¡No, fue en mi cabeza…!”
“Lo dijiste en voz alta.”
“¡P-perdón, lo siento mucho!”
Elliot cerró los ojos y gritó. Era un error provocado por el shock.
Argen no respondió. La carreta volvió a sumirse en silencio.
Y al día siguiente, Argen recibió una carta extraña de Louren.
***
Carta:
“Al grandioso duque Argen Teron:
Gran señor, el más magnífico de todo Lantar. Como no respondió a mi carta anterior, tomo de nuevo la pluma. Cada día agradezco la enorme gracia que concede a este Imperio.
Hoy escuché que con su sola presencia usted ya representa un gran poder militar. ¡Tal como corresponde a un duque tan grande y robusto! Imagino que su imponente espalda al blandir esa larga y gruesa espada debe de ser majestuosa. Usted es un tesoro colosal de esta nación.
Le envío mi gratitud tan grande como su propia existencia. Espero con ansias su respuesta.
Atentamente, Louren Fedette, un hombre común y corriente como los demás.”
Capítulo 29
“¿Qué demonios pasa con esta carta?”
El rostro de Argen se torció al leerla.
“¿Sucede algo, señor?” preguntó Henderson, que estaba clasificando las cartas revisadas.
Argen le pasó la carta.
“Léela.”
El mayordomo la leyó rápidamente y murmuró con incomodidad.
“Vaya… Tiene muchas referencias a lo “grande”. Además, es demasiado simple.”
“¿Acaso la gente cree que “el Fragmento de Dios” es un ignorante como este?”
Argen arrojó la carta con fastidio. Algo en ella le daba mala espina, aunque no dijera nada en concreto. Sentía que ya había tenido una sensación parecida hace poco.
“Su Excelencia alcanzó ese rango gracias al “Ojo de Lanthe”, el ojo dorado que solo él posee en todo el continente. No puede juzgarse a una persona así por una simple carta.” dijo Henderson, devoto, en tono de reproche.
Argen soltó una risa seca.
“¿Y qué importancia tiene el color de los ojos? Si fuera por eso, ¿también deberían venerar a alguien con ojos marrones?”
“Los ojos marrones son comunes, señor. Tenga cuidado, hasta usted podría recibir pedradas por decir tal cosa.”
El mayordomo rió, pero Argen lo miró con Genewina extrañeza.
“No son comunes. Yo nunca los he visto.”
“¿A quién se refiere?”
“Pues, obviamente…”
Argen se detuvo en seco.
“¿Sería que me engañó el reflejo de sus gafas?”
Henderson, sorprendido, levantó sus propias lentes. Sus ojos también eran marrón deslucidos.
¿Podría ser…? Henderson apretó los labios con fuerza.
“¡Este viejo servirá con más devoción que nunca, mi señor!”
Y así, lo único que creció fue la lealtad del pobre mayordomo.
Esa noche se celebraba la fiesta de cumpleaños del conde Bellatros, padre del ayudante Luther. Aunque normalmente Argen no solía asistir a ese tipo de reuniones, en esta ocasión debía presentarse por deferencia a su asistente.
Como se trataba de un banquete de nobles, que se prolongaría hasta altas horas de la madrugada, Argen había advertido que regresaría muy tarde. En otras palabras, ¡Elliot tenía el día libre!
Llegada la hora de la cena, tomó una canasta de huevos cocidos y un poco de sal y se dirigió con entusiasmo al jardín, donde planeaba comer junto a Benny y Rachel. Sin embargo, bajo el enorme roble en un rincón del jardín, había alguien más además de ellos. Era un hombre corpulento, de ojos alargados y expresión estrecha, que estaba sacando casi un banquete entero de su cesta. Sopa, empanada de carne, patatas asadas, pan con mermelada, galletas de centeno… los platos aparecían uno tras otro. Benny y Rachel exclamaban con cada nueva delicia, aunque no parecían sorprendidos; más bien, acostumbrados a los generosos almuerzos de aquel hombre.
“¡Oh, Elliot! Ven rápido” lo llamó Rachel en cuanto lo vio. Benny también lo saludó con efusividad.
“Así que tú eres Elliot. Encantado. Soy Darlin, el nuevo ayudante de Benny.”
“Ah, hola…”
“Ya lo sé, ya lo sé, mi nombre suena femenino. Cuando nací era tan pequeño que mi madre pensó que era una niña y me llamó Darlin. Pero créeme, tengo algo bien grande entre las piernas. “ rió sonoramente.
“¡Darlin! Estamos comiendo, basta con esas cosas. “ Lo reprendió Rachel, abrazando su vientre redondeado con una sonrisa. Benny también rió a carcajadas mientras sacaba unos sándwiches de su propia bolsa. Se veían como viejos camaradas, compartiendo la mesa con naturalidad.
Solo Elliot se quedó plantado, desconcertado.
¿Acababa de oír bien? ¿Y por qué los demás se reían?
Con gesto incómodo, se sentó junto a Benny, evitando el lugar cercano a Dallin. Mientras desplegaba sus huevos cocidos y sal, Dallin exclamó.
“¡Guau, Elliot! ¿Eso es tu cena?”
“Ah… pensaba compartir los huevos con los sándwiches de Benny. Siempre hemos cenado así.”
“¡Vaya cara dura! ¿Unos cuantos huevos a cambio de un sándwich? Eres todo un negociante nato, Elliot.”
Aunque el comentario iba acompañado de risas, Elliot no pudo evitar pensar que Darlin no lo veía con buenos ojos. Benny lo notó también, y salió en defensa de su amigo.
“Elliot y yo siempre lo hemos hecho así. Además, casi no come nada. Es un muchacho frugal y sencillo.”
“Está bien, está bien. Yo, el glotón y derrochador, me callo” contestó Darlin antes de engullir un trozo de empanada de carne en apenas dos bocados.
Durante la comida, Darlin habló sin descanso; reveló tanto de sí mismo que Elliot acabó conociendo incluso el carácter y las aficiones de sus hermanos. Aun así, se mostró atento, servía comida a Rachel sin cesar, asegurando que una embarazada debía alimentarse bien, y entregó a Benny una bolsa de frutas frescas con la recomendación de cuidar su salud. Incluso a Elliot le insistió en que comiera más, empujándole un pedazo de empanada a la boca.
‘¿Entonces fue solo mi imaginación?’ pensó Elliot ‘Quizás me volví desconfiado por pasar demasiado tiempo con ese paranoico de Argen.”
Arrepentido de haber sospechado, Elliot le ofreció un huevo cocido a modo de disculpa. Darlin lo devoró de un solo bocado.
Cuando la cena terminó, los hombres decidieron beber juntos. Benny, al llevar a Rachel de vuelta a su habitación, dejó a los dos solos un momento. Entonces, mientras mordisqueaba un racimo de uvas con piel y todo, Dallin lanzó la pregunta como si acabara de recordarla.
“Elliot, ¿es cierto que trabajas al servicio del gran duque?”
“¿Eh? Ah… sí, soy su ayuda de cámara nocturna.”
“¿Y cómo es en la cama, el gran duque?”
“Últimamente… duerme bastante bien.”
“No, no me refiero a eso.”
Con una sonrisa maliciosa, Darlin escupió las semillas de uva sobre el césped, algunas cayendo muy cerca de Elliot.
“Pregunto cómo se siente recibir lo del gran duque.”
La mandíbula de Elliot se abrió sola.
¿Acababa de…? ¿Qué demonios acababa de decir este imbécil?
“No te ofendas, hombre. Solo me intriga. Dicen que el gran duque no puede vivir sin ti… ¡qué envidia!” comentó Darlin, encogiéndose de hombros mientras caían migas de pan de su boca.
Atónito, Elliot apenas parpadeó. Darlin, entretanto, recogió sus cosas y levantó la enorme cesta.
“Vamos por un trago, Elliot.“ propuso con una sonrisa descarada.
¿Beber?
Elliot, devolviéndole la sonrisa con gesto sereno, pensó.
‘Perfecto. Estás muerto.’
***
En efecto, planeaba liquidarlo.
Pero el que terminó “muerto” fue Elliot.
Se había confundido con otra época. En su vida anterior, en la fábrica, en fiestas de empresa o en su pequeño cuarto de soltero, bebía con frecuencia. Era resistente al alcohol y no tenía malos hábitos cuando estaba borracho. Pero la resaca no dependía del alma, sino del cuerpo. Y el cuerpo que ahora habitaba había sido alcohólico. Lo había olvidado. Al recibir de nuevo el alcohol, sus nervios se rindieron de inmediato.
Peor aún, Dallin no dejó de servirle licor fuerte sin descanso. Elliot estaba tan mareado que ni aunque su padre regresara de entre los muertos lo habría reconocido. El mundo giraba y se desmoronaba a su alrededor.
“Elliot, ¿de verdad podrás subir solo a tu cuarto?” preguntó Benny, preocupado.
“Venga ya, ¿qué dices?” rió Dallin, dándole unas palmadas brutales en la espalda. “Si lo tratas como a un niño, se ofenderá.”
“Au, auuugh… “ balbuceó Elliot con la lengua enredada, pero Darlin fingió no escucharlo. Más bien, apretó su hombro como una garra de oso.
“Anda, descansa bien, Elliot. Ya beberemos otra día.”
Y se marchó llevándose a Benny y Rachel hacia el alojamiento de los sirvientes.
Solo, en un rincón del jardín, Elliot se abrazó el hombro adolorido y masculló.
“Maldito… hipócrita de mierda… si esto fuera Corea… ya estarías… en el suelo…” Y con un hipo se tambaleó rumbo a la mansión.
Casi se desplomaba ahí mismo, pero debía llegar a su habitación para dormir la borrachera.
***
Mientras tanto, Argen regresaba tarde en la noche, tras la fiesta de cumpleaños del padre de Luther. Henderson y la señora Megan lo recibieron en la entrada.
“¿Y el señor ayudante…?” preguntó Megan, asomándose detrás de él.
“Es el cumpleaños de su, que descanse en casa. Llévenme al baño.”
“Sí, alteza.”
Con la máscara aún puesta, Argen entró al baño asistido por los dos sirvientes. El aroma intenso de perfume y vino todavía le impregnaba el olfato. Vestido aún con traje de fiesta, se sumergió en la bañera de agua caliente.
Solo entonces se quitó la máscara.
Y reveló un rostro tan deslumbrante que, de haberlo visto, Elliot habría soltado una maldición sin poder contenerse.
Capítulo 30
Argen presionó con fuerza el puente de su nariz, aprisionado aún bajo la máscara. Estaba cansado. Exhausto.
Dejó escapar un profundo suspiro y arrojó la máscara sin cuidado alguno. Luego, disfrutó en silencio del baño durante un largo rato.
Bajo el agua caliente, perfumada con aceites para el sueño profundo, su cuerpo desnudo se reflejaba distorsionado. En su torso y sus piernas no había un solo lugar libre de cicatrices. Eran tantas que ya ni recordaba dónde se había hecho cada una.
Por lo grotesco de su aspecto, rara vez se desnudaba frente a otros. Era, en parte, una forma de consideración, cada cicatriz que lo cubría era un recordatorio de noches de insomnio, y temía que también pudieran lanzar su propia maldición sobre quien las viera.
Las noches en que debía permanecer despierto, sin saber cuándo llegaría la muerte. El instante en que atrapó, gracias al instinto, a su subordinado más cercano sacando a escondidas un cuchillo. Los enemigos a quienes, con los ojos bien abiertos, extinguió la luz de la vida. Los compañeros cuyos párpados él mismo tuvo que cerrar.
Guerra, sangre, gritos, el hedor de la matanza… y los insectos que se agolpaban sobre ese olor.
Aquello llevaba catorce años enredándose en su mente, dejando cicatrices imborrables en su espíritu. Con cada año, Argen sentía que su interior se desmoronaba un poco más.
Cualquier otra persona, en una bañera tan lujosa, cerraría los ojos y no dejaría que tales pensamientos se repitieran en su cabeza. Pero él estaba roto. Un hombre que ya debería haber muerto y que, sin embargo, seguía con vida, carcomiendo los nervios del emperador.
Cuando la madrugada se acercaba, los pensamientos ociosos comenzaban a engordar. Argen salió del agua. Gotas resbalaron por sus músculos calientes. Se secó, vistió el camisón azul oscuro que le había preparado la señora Megan y se colocó un gorro de dormir. Alrededor del cuello se acomodó también la faja de judías rojas que Henderson había dejado para favorecer el sueño.
Con una mano, limpió a medias el espejo empañado por el vapor. El efecto de la poción que alteraba el color de su cabello se desvanecía, y los mechones negros comenzaban a recobrar su tono platino. Pero el cabello no era lo importante. El reflejo frente a él resultaba francamente ridículo. Recordó la primera vez que su delicado asistente nocturno lo había visto en pijama, aquella mueca extraña ahora tenía sentido.
Y aun así no tenía elección. Dormir era más importante que verse elegante. Aunque, últimamente…
“Elliot Brown.”
Más que cualquier ropa cómoda o almohada mullida, su asistente era la medicina más eficaz.
Argen miró por la ventana. El cielo seguía negro como un muro; faltaba mucho para el amanecer. Si lo llamaba ahora, seguro que podría dormir profundamente. Caviló mientras se ponía la bata y salía del baño. Pero al final decidió no molestarlo.
No había una razón de peso. Si Elliot se había acostado temprano pensando que era día de descanso, despertarlo en esas horas… Claro que como gran duque y empleador, tenía todo el derecho de hacerlo. Sin embargo, algo en él se resistía.
“Al menos ese enclenque debería dormir bien.”
Murmuró sin saber a quién, y asintió solo. Algún día, pensó, le haría entrenar el cuerpo. Si le regalaba músculos fornidos, Elliot seguramente se lo agradecería.
Imaginó a su asistente jadeando, incapaz de seguir el ritmo en el campo de entrenamiento, y se le levantó el ánimo. Con una ligera sonrisa, abrió la puerta hacia su dormitorio.
Pero dentro había alguien.
Argen cerró la puerta en silencio y penetró en la oscuridad. Todas las luces, que Henderson o la señora Megan solían dejar encendidas, estaban apagadas. La ventana estaba abierta de par en par.
Sin hacer ruido, se acercó a la cama, cuyo edredón estaba abultado. Subía y bajaba con regularidad, el intruso, insolente, dormía allí.
Un fuerte olor a alcohol llenaba la habitación.
Pensó que sería algún sirviente borracho que, en su confusión, había entrado al lugar equivocado. Aun así, mantuvo la tensión mientras levantaba las sábanas. Siempre podía tratarse de un asesino oculto.
‘Lo despediré de inmediato.’
Con ese pensamiento, bajó un poco la manta y reveló un rostro pálido tenuemente iluminado por la oscuridad. Se inclinó para observar mejor, justo cuando la luna, liberada de las nubes, inundó la habitación.
“Mmmnya…”
En ese instante, la fuerza abandonó la mano de Argen.
No era un borracho cualquiera, sino alguien a quien conocía demasiado bien. O quizá también un borracho cualquiera, pero de otra clase.
“Elliot Brown. ¿Esto es una broma?”
Gruñó, sin esperar respuesta.
“Mmm… ¿Eh?”
Contra todo pronóstico, Elliot abrió a medias los ojos, mirándolo directamente. Sus párpados pesados se movieron con dificultad, como bisagras oxidadas.
“Gran duuque…”
“¿Elliot Brown, recuperaste el sentido?”
“Siií… Pero… ¿cómo llegué… aquí?”
“Esa es mi pregunta. ¿Cómo entraste?”
“Yo… yo me arrastré.”
La respuesta era absurda. El dormitorio estaba en el tercer piso. ¿Había gateado hasta allí? ¡Ni aunque estuviera tan borracho! ¿Tan escasa era su resistencia física que…?
No. Espera.
Argen respiró hondo, ordenando sus ideas, y replicó con frialdad.
“Eso no es lo importante. ¿Por qué estás durmiendo aquí?”
Hablar con un borracho lo estaba arrastrando al mismo estado. Así que endureció la voz. Normalmente, Elliot se acobardaba al escucharlo así. Esta vez también, seguro…
“Mmm… Tenía que hacer dormir al gran duque…”
¿No debería estar asustado?
“Venga aquí… Le cantaré una nana…”
¿Por qué… sonaba tan adorable?
“Estás loco.”
Argen frunció el ceño.
“Si quiere dormir… aquí, aquí… acuéstese…”
Elliot dio unas palmaditas flojas a su lado, los ojos casi cerrándose. La curiosidad pudo más. Argen se tendió a su lado solo para ver hasta dónde llegaría.
El aliento impregnado de alcohol de Elliot sonaba lento y profundo. Era la primera vez que dormía tan cerca de alguien. Su mejilla derecha se erizó, y la frotó con la palma.
Entonces"
De pronto, Elliot atrapó sus manos.
“Camembert… ¿Por qué tus manos están tan ásperas…?”
“Suéltame.”
“Es que siempre te hago sufrir… Por eso tus manos están así…”
“Más te vale soltarme ahora, Elliot Brown.”
Podía librarse fácilmente, pero no lo hizo.
“Tan gruñón…”
Elliot sopló, dejó caer su mano y, sin previo aviso, comenzó a acurrucarse en su pecho. Argen se quedó rígido.
“Oye.”
“…”
“Elliot Brown.”
“No te enojes, Camembert… Yo te quiero mucho.”
Elliot deslizó un brazo bajo el suyo y lo rodeó de la cintura. Argen permaneció inmóvil, como si hubiera olvidado cómo respirar. La lengua pegada al paladar, sin poder pronunciar palabra.
“Yo te haré feliz, Camembert…”
“…”
“Yo te salvaré… Vivamos juntos…”
El abrazo era demasiado fuerte. Si no, ¿por qué sentía el pecho oprimido, por qué le costaba tanto respirar? Jamás había experimentado algo así, un calor extraño, un cosquilleo en el estómago. Y, aun así, no era desagradable.
“Elliot… Brown.”
Lo apartó con lentitud. Sus mejillas estaban sonrojadas, brillantes como una manzana pulida. Su respiración olía a licor fuerte, pero debajo, su aroma habitual era más intenso. cuero suave y papel recién impreso.
‘Era escritor… ¿será por eso que huele así?’
Argen tragó saliva sin darse cuenta, inclinando su rostro hacia el de él.
“Mmm… Buenas noches, mi pequeñín~”
Elliot empezó a cantar. La peor canción posible.
Ya pensaba que cantaba mal, pero borracho era un desastre. Una nana irregular, entrecortada, con notas chirriantes que le taladraban el oído.
“En el patio y la colina… los pajaritos y las ovejiiitas… todos duuermen yaaa~”
“Elliot Brown, tu canto es espantoso.”
“La luna va a la cárceeel~ la cárcel es tenebrooosa~ tan-tan-ta-ta-taaan~”
Olvidaba la letra, inventaba palabras… era patético. Argen lo escuchaba con una sonrisa torcida.
Según la fama que tenía, Elliot ya debería haber perdido la lengua o los brazos.
Y, sin embargo…
“Yo te salvaré… Vivamos juntos…”
Quizá porque lo había visto cuidar con tanto cariño a su gato, esta vez, sorprendentemente, no le resultaba tan desagradable.
“Te perdonaré una vez más.”
Ya lo había hecho antes varias veces. Argen murmuró aquello y, cerrando los ojos, se dejó arrullar por la presencia cercana de Elliot.
Capítulo 31
Elliot se despertó atormentado por una sed insoportable. Como si hubiera entrado en un estado de vigilia súbita, el sueño se le esfumó de golpe y, tras parpadear varias veces, comprendió que había vuelto en sí.
Mi cuerpo se embriaga rápido y se recupera igual de rápido, pensó, memorizando aquel dato sobre sí mismo mientras se incorporaba.
Pero algo no encajaba. A su lado, reposaba un resplandeciente lingote de oro.
“¿Qué clase de suerte es esta? ¿Será un sueño?” murmuró, frotándose los ojos hinchados.
La luz comenzó a atenuarse poco a poco, como cuando uno se despierta en mitad de la noche y la vista tarda en acostumbrarse al neón del baño. Entonces comprendió que no era oro lo que brillaba, sino una persona.
Argen Teron.
Su hermoso rostro, bañado por la luz de la mañana, resplandecía tanto que Elliot lo había confundido con un lingote dorado.
“¿Cómo puede ser esto posible?”
Se dio un pellizco en el párpado hinchado, dolió. Era real.
“¿Por qué… por qué está el duque aquí?”
Miró a su alrededor: se encontraba en la habitación de Argen.
¿Pero cómo había acabado ahí?
De pronto le vino a la mente lo que Darlin le había dicho: “¿Cómo es Su Excelencia en la cama?”
Conteniendo la respiración, Elliot levantó con cautela las sábanas para mirar debajo.
“Uf…” suspiró aliviado. Tenía toda la ropa puesta. Justo cuando exhalaba con alivio, una voz baja sonó a su lado.
“Ya quisieras.”
Argen, recién despertado, lo observaba con desdén.
“No eres de mi gusto.”
Instintivamente, Elliot se cubrió el pecho con la sábana, con la mirada afilada.
“Usted tampoco, Su Excelencia. Usted no es, ni de lejos, mi tipo.
“¿Ah, no? Para alguien a quien no soy su tipo, parece que aprecias bastante mi cara.”
Argen se giró hacia él, recostándose con la cabeza apoyada en una mano, y le lanzó una mirada profunda.
¿Q-qué es esto? Esa mirada tan descarada, tan… sugestiva…
Dentro de Elliot, el viejo moralista que llevaba dentro despertó indignado, señalando con un dedo acusador.
“Mira, ahora mismo tus orejas están rojas…”
Las palabras de Argen se apagaron al notar que, en efecto, las orejas de Elliot estaban encendidas. Elliot las cubrió de inmediato con ambas manos.
“¡Es por el calor! Además, esto es demasiado indecoroso, escandaloso, y también…”
Elliot tartamudeaba, buscando excusas. Argen, tras un instante de sorpresa por el color de sus orejas, recuperó la calma.
”¿También qué?”preguntó en voz baja.
“Y… y embarazoso, vergonzoso…
“¿Algo más?”
“Y… y…” Los ojos de Elliot se movían de un lado a otro, desesperados por hallar otra excusa.
Argen, divertido, sonrió levemente antes de incorporarse.
“Empiezo a entender por qué Genewin Tulion te tiene siempre cerca.”
Dejó caer esa frase y salió primero de la habitación.
“¿Genewin… qué? “ Elliot frunció el ceño.
Un mal presentimiento lo invadió. ¿Acaso ese hombre seguía pensando que él era el amante de Genewin?
Sintió la urgente necesidad de corregir aquel malentendido de inmediato.
Elliot salió de la cama, se revisó la ropa "apenas desarreglada, sin rastro de nada “indecoroso”" y abrió la puerta.
Suponía que Argen no habría ido muy lejos todavía.
Pero apenas salió, se topó con Darin, quien sonreía socarrón con la barbilla hundida en dos pliegues. Tras recorrer con la vista el aspecto desordenado de Elliot, silbó en tono burlón.
“Vaya, Elliot, parece que pasaste una buena noche. ¿Tengo que agradecerme por ello?”
“Darin, no es lo que piensas…”
“Tranquilo, ya lo sé todo. Pero ten cuidado, Elliot, dicen que los asistentes de alcoba del duque duran poco.”
“No, no es así…”
“Haz tu mayor esfuerzo para que Su Excelencia no se canse de ti.” Darin guiñó un ojo, dándole unas palmadas tan fuertes en el hombro que a Elliot casi se le desencajó.
Ese maldito… lo hace a propósito, seguro.
Sobándose el hombro adolorido, Elliot decidió regresar a su habitación en el segundo piso. De pronto, aclarar las cosas con Argen le pareció inútil.
Él sabía mejor que nadie que un asistente de alcoba no estaba para eso y que Argen jamás abusaría de un sirviente. Pero también sabía que, efectivamente, esos asistentes eran reemplazados con frecuencia.
“Claro… yo no soy más que un sirviente. Ni siquiera soy de su tipo…” suspiró mientras bajaba las escaleras.
***
Ese mismo día, un rumor extraño recorrió la mansión Teron, que el respetado duque y el querido Elliot Brown mantenían una relación.
Mary, una joven de dieciocho años que guardaba en secreto su primer amor por Elliot, rompió en lágrimas sobre la cesta de la colada al escucharlo. Después de enjugarse los ojos enrojecidos con agua fría, reunió el valor y llamó a la puerta de Elliot.
“Mary, ¿qué ocurre?”
Ay… ¿cómo puede ser tan amable? pensó ella, conmovida.
Elliot tenía el rostro ligeramente hinchado, lo que lo hacía aún más adorable. Decía haber bebido la noche anterior con Darlin, pero no olía a alcohol, solo desprendía un fresco aroma a jabón, como recién bañado.
La camisa blanca que llevaba puesta, ni almidonada ni de tela cara, le quedaba sorprendentemente bien, resaltando su porte intelectual.
Pero el rumor decía que esa misma mañana había salido de la habitación del duque medio desnudo.
La esperanza renació en el corazón de Mary, tal vez todo era un simple chisme. Quizá no había pasado nada.
Se adelantó con ilusión.
“Elliot, ¿Es verdad que estás saliendo con Su Excelencia?”
“¿Eh? ¿Qué… qué dices?” frunció el ceño, desconcertado.
Animada por su reacción, Mary le contó los rumores, que los asistentes de alcoba eran sacrificios para satisfacer la brutal lujuria del duque, que Elliot acabaría desechado tras compartir su cama, y que había que cuidarse de no ser el siguiente.
Tras escuchar semejantes barbaridades, Elliot preguntó con voz gélida.
“¿Quién le dijo eso?”
Mary lo miró con los ojos abiertos de par en par, sorprendida por aquel tono desconocido.
“D-darlin…”
“Lo sabía.” Elliot exhaló lentamente para calmarse, y luego le regaló a Mary una sonrisa tranquilizadora.
“Gracias por contármelo. Ahora debo ir a buscar la fuente de esos disparates.”
“S-sí…”
“Si te asusté, lo lamento. Es que me indignó escucharlo. Quédate y juega con Camembert si quieres.”
Tras despedirse amablemente, Elliot se alejó por el pasillo. Mary, aunque al principio sintió cierta distancia, pronto volvió a enternecerse con él. Al menos no me ha rechazado… pensó, entrando en la habitación con renovado ánimo para jugar con el gato.
***
Darlin, mientras tanto, estaba solo en el jardín, sentado bajo un manzano y mordisqueando una manzana aún verde. La acidez le hacía fruncir el rostro, pero seguía masticando sin parar.
“Darlin, tenemos que hablar.”
Elliot apareció ante él con las manos en la cintura, hinchando el pecho para imponerse. Era pequeño y delgado, así que debía ganar terreno con actitud.
Darlin lo miró sonriendo con desdén.
“Uy, qué miedo. ¿Qué ocurre, Elliot?”
Maldito engreído. Elliot apretó los puños sobre su cintura.
“Dicen que fuiste tú quien esparció esos rumores. ¿Por qué lo haces?”
Elliot lo encaró, y Darlin lanzó el corazón de la manzana al césped con tal fuerza que silbó en el aire. Elliot dio un respingo, mientras Dalin seguía sonriendo.
“¿Rumores? Yo solo conté lo que vi.”
“No hay nada entre el duque y yo. Es una falta de respeto hacia él. Si Su Excelencia se entera, podrías meterte en serios problemas.”
“Vaya, ¿te preocupas por mí? Mary tenía razón, eres tan amable y considerado. Tal vez por eso el duque cayó rendido… ¿También eres tan atento en la cama?”
“Te dije que midas tus palabras.”
La voz de Elliot descendió varios tonos. Darlin percibió la ira Genewina en sus ojos y levantó las manos en señal de rendición.
“Está bien, está bien, lo siento.”
“No vuelvas a decir nada parecido. Promételo, Darlin.”
“Sí, sí, lo prometo.”
Extendió su meñique. Elliot lo miró con desconfianza antes de enganchar el suyo a regañadientes. Darlin, para su sorpresa, no intentó torcérselo ni lastimarlo; simplemente selló la promesa. Elliot le lanzó una última mirada de advertencia y se dio media vuelta con brusquedad.
Lo que Elliot ignoraba era que, desde el carruaje rumbo al palacio imperial, Argen había presenciado aquel gesto de enlazar meñiques.
Con su oído agudo, alcanzó a captar un fragmento de la conversación y preguntó a Luther, sentado enfrente.
“¿Quién demonios es ese tal “Darling” al que Elliot Brown llama así con tanto cariño?”
Capítulo 32
Argen estaba de pie en medio de la sala de audiencias, como una estatua. Frente a él, sentado en el fastuoso trono imperial, se encontraba el emperador Ilyus Lantar, inmutable como siempre: el cabello dorado casi plateado, la figura esbelta, aquella mirada altiva con la que lo observaba como si lo despreciara. Y ese rostro… exactamente igual al de Aid Lantar, el difunto príncipe heredero, hermano gemelo del emperador y padre de Argen.
De hecho, si Argen no tomara el brebaje que teñía su cabello, cualquiera sospecharía que era hijo ilegítimo del emperador, pues su parecido era demasiado evidente. Nunca se lo había confesado a Elliot, pero esa era la verdadera razón por la que se teñía temporalmente el pelo.
Su parecido con el emperador.
Los rumores que corrían entre los nobles sobre su costumbre de ocultar el rostro tras una máscara no estaban del todo equivocados. Además, Argen gozaba de más popularidad y fama que el propio príncipe heredero, hijo de Ilyus. A diferencia del emperador y de su delgado hijo, él poseía un porte robusto y proporcionado, irradiando la auténtica presencia de un monarca.
Si su padre no hubiese muerto de manera tan trágica, ahora mismo el nombre del emperador sería Aid Lantar, y Argen sería el legítimo sucesor al trono. Ilyus lo sabía perfectamente, y por eso no perdía ocasión de blandir contra él la guadaña de la amenaza.
“Has mejorado de aspecto” dijo el emperador con desagrado.
“Gracias a usted.”
“Insolente.”
Argen permaneció inmóvil, sin variar el gesto.
A su alrededor rondaba un enorme perro negro que gruñía con fiereza. Era el sabueso del emperador, que dejaba caer de sus fauces saliva mezclada con sangre.
“Kun acaba de probar carne humana, así que está algo excitado.”
El emperador golpeó dos veces el suelo con su lujoso cetro. El perro, obediente, corrió a colocarse a sus pies.
“Kun, ese de ahí sigue vivo. Tú solo debes comer lo que yo te dé.”
Con suavidad calculada, alzó el cetro y lo dejó caer de golpe contra el suelo.
“¡Kyaang!”
Argen cerró con fuerza los ojos. El emperador sabía que sus sentidos eran mucho más agudos que los de cualquier otro y, cada vez que lo citaba, solía cometer estas crueldades. La víctima variaba, sirvientes, doncellas, prisioneros, animales… hoy le había tocado al perro.
“No intentes arrebatarme mi presa, Kun.”
El hedor a sangre se esparció mientras el animal gimoteaba de dolor. El emperador, con una sonrisa seductora, bajó la mirada hacia Argen.
“Argen, ¿te resulta doloroso?”
“Sí. Me resulta doloroso.”
El enmascarado respondió con la naturalidad de la costumbre. El emperador rió satisfecho.
“Así está bien. Que al menos te duela, ya que yo también sufro cada día con tu sola existencia.”
Diciendo esto, se levantó del trono y limpió en el lomo ensangrentado del perro la sangre que manchaba la punta del cetro.
“Cenemos juntos esta noche. Hasta entonces, quédate aquí esperando a que termine mis asuntos de Estado, sobrino.”
“…Sí.”
El emperador salió de la sala. Eran las once de la mañana. Y la cena imperial, como pronto, comenzaba a las siete de la tarde. Una pequeña maldad más del emperador.
Argen se sentó en un sofá al lado. Observó con indiferencia al perro tembloroso y sangrante, y chasqueó la lengua antes de volver a ponerse en pie.
Sacó de su pecho una pequeña perla, el mismo medicamento que Elliot había tomado una vez, una píldora curativa mágica tan cara como una casa entera. La había comprado de repuesto pensando en Elliot, sin imaginar que terminaría usándola así.
El perro, aún entrenado, gruñía pese a la agonía. Argen no le dio importancia, se acercó, le sujetó la mandíbula y le introdujo la píldora por la garganta.
Al instante, la hemorragia cesó, la carne desgarrada se cerró y de sus patas brotaron nuevas uñas. El animal tosió y después, confuso, lamió sus patas recuperadas.
“Has tomado el remedio que estaba destinado a Elliot Brown. Así que procura sobrevivir.”
“Grrr…”
El perro no entendía sus palabras. Apenas se sintió mejor, volvió a mostrar los dientes. Pero en cuanto Argen liberó una pizca de su energía asesina, el animal bajó la cabeza, sumiso.
“Tanto tu amo como tú… son unos necios sin remedio.”
Con una sonrisa irónica, comprobó la hora.
Ocho horas como mínimo. Tenía pensado pasar el tiempo meditando. Su insomnio crónico le había enseñado a sobrellevar esas largas horas de soledad, de modo que la pequeña crueldad del emperador no era más que una nimiedad.
“Al contrario, me beneficia. Últimamente ni siquiera he podido meditar.”
Todo gracias a Elliot Brown. Desde que lo acompañaba, apenas apoyaba la cabeza en la almohada y caía en un sueño profundo, sin oportunidad de meditar.
Cerró los ojos y comenzó a contar mentalmente para vaciar la mente.
Uno, dos, darling, tres, cuatro, darling, cinco…
‘Promételo, darling.”
Darling.
¿A quién llamaba Elliot Brown con ese apelativo?
Argen abrió los ojos.
Había fracasado en su meditación, pero el tiempo se le pasaría rápido si lo llenaba de tales pensamientos.
***
Esa misma noche, Elliot abrió con cautela la puerta del dormitorio de Argen. Le preocupaba que hubiera oído los absurdos rumores que circulaban en el palacio y que estuviera molesto.
El rostro de Argen era tan imperturbable como siempre, pero no llevaba pijama sino uniforme de gala. El negro abrigo con botones dorados y charreteras estaba cubierto de condecoraciones.
Qué imponente…
Elliot, deslumbrado de nuevo por la belleza resplandeciente de Argen, pensó que desearía tener una “photocard” de esa imagen, mientras se acercaba con prudencia.
“Buenas noches, mi señor. ¿Ha tenido un buen día?”
“No, no lo tuve.”
“…Ya veo, no lo tuvo.”
Por favor, ¿podrías responder como una persona normal? ¿Quién pregunta de verdad interesado en tu día?
Para contenerse, Elliot mordió suavemente la parte interna de su boca. Luego, con una expresión humilde, juntó las manos.
“En fin, debería descansar ya, mi señor. ¿Conoce el dicho “dormir es la mejor medicina”? Yo me encargaré de que hoy también duerma profundamente. Cámbiese de ropa y acuéstese, ¿sí?”
Se arremangó y señaló la cama con entusiasmo.
Pero Argen, inmóvil en la silla, lo miró fijamente.
“Elliot Brown. ¿Siempre tratas con tanta familiaridad a cualquiera?”
Su voz sonó peligrosa. Elliot comprendió al instante.
Ah, así que ya oyó el rumor.
Para alguien de baja cuna como él, que además no era del gusto de nadie, se había esparcido el chisme de que tenía una relación con su señor. No era raro que aquello le resultara ofensivo.
En su vida anterior, en la oficina, había visto repetidas veces cómo compañeras eran emparejadas a la fuerza con colegas o jefes varones, recibiendo confesiones incómodas. Todas lo detestaban y acudían a él para desahogarse o pedirle que fingiera ser su novio.
Por eso sabía perfectamente lo molestos que eran estos rumores. Y, conociendo el carácter insufrible de Argen, era obvio que no lo pasaría por alto.
Elliot contuvo un suspiro y habló con seriedad.
“Me esforzaba en comportarme con esmero como sirviente, pero supongo que a los ojos de los demás pareció excesiva familiaridad. Tendré más cuidado de ahora en adelante. Lo lamento.”
Al pedir disculpas, siempre debía mantener una expresión de culpabilidad, un tono serio, y ser breve y claro en señalar la causa y prometer la solución. Eran técnicas que había perfeccionado durante años al disculparse con sus superiores.
“¿“Como sirviente”? Vaya excusa más ridícula.”
“Lo siento.”
Elliot se inclinó en un ángulo de 90 grados. Su actitud respetuosa hizo que Argen, con voz algo más suave, soltara un perdón sin alma.
“…No es para tanto. Al fin y al cabo, es un asunto privado.”
Era el momento de intensificar la autocrítica. Elliot dobló aún más la espalda.
“¡No, todo es culpa mía! ¡Qué atrevimiento el mío, preocupar a mi señor!”
Su disculpa fue tan dramática que parecía a punto de llorar.
Quizás por eso, Argen respondió con cierta incomodidad.
“No me has preocupado. Me da igual a quién veas. Solo lo preguntaba por curiosidad.”
Elliot levantó de golpe la cabeza.
¿En serio? ¿Ni siquiera le preocupa que lo involucren en un rumor así?
Sorprendido por aquella inesperada indulgencia, pronto comprendió la verdad. No era bondad ni perdón, simplemente, a Argen no le importaba. Tal como había dicho, no tenía el menor interés en él, y por eso tales habladurías carecían de importancia.
Y al pensar en ello, Elliot sintió de pronto un dolor punzante en el pecho.
¿Por qué me siento así…?
Su semblante se ensombreció. Al notarlo, Argen se puso de pie.
“Me cambiaré de ropa. Espera.”
“…Sí.”
Elliot asintió débilmente. Argen se detuvo un instante, como si quisiera decir algo, pero finalmente se dio la vuelta y entró en el vestidor.
Elliot comenzó a arreglar la cama, ignorando el ardor en su pecho. Sabía que esas emociones aparecían y desaparecían sin previo aviso. Nada importante, se dijo a sí mismo. Nada en absoluto.
Capítulo 33
Ese día en adelante, Elliot vivió como si le faltara un tornillo. Le daba dos veces al día las golosinas a Camembert "a Camembert le encantaba", se vestía con la ropa al revés o cometía errores como intentar comer sopa con un tenedor.
Incluso de noche, mientras cumplía con sus deberes de ayuda de cámara, apilaba tres almohadas o leía una y otra vez el mismo pasaje de un libro.
Su consciencia se sentía como cubierta por una tenue nube gris. Pero no era la primera vez que le ocurría, así que Elliot no le dio demasiada importancia.
Cuando era Im Seong-sik, aquello le pasaba con frecuencia. Sobre todo después de encontrarse con clientes problemáticos. No era que estuviera enfermo, ni que estuviera deprimido, ni que hubiese perdido las ganas de trabajar.
Era simplemente la sensación de dar un paso atrás respecto a sí mismo y observar el mundo desde lejos. Nada más. Y después de vivir así, medio a la deriva, por una o dos semanas, siempre recuperaba su sensibilidad habitual. Así que en realidad no era nada grave, aunque era la primera vez que lo experimentaba desde que se había convertido en Elliot.
Los demás sirvientes, que nunca lo habían visto tan descuidado, se preocuparon mucho por él. Incluso Henderson le dijo que, por un día, podía dejarle a él el trabajo de ayudante de cama.
Hasta Argen, aunque con el ceño fruncido, no llegó a criticarlo directamente ni a soltarle palabras desagradables.
Los únicos en la mansión que no se preocupaban por Elliot eran Darlin y Camembert. Claro, Camembert nunca lo había tenido en cuenta demasiado, pero Darlin parecía incluso más animada que de costumbre.
Cuando Elliot fue al jardín y, en lugar de pedir lirios, pidió rosas, Darlin se entusiasmó y lo recriminó.
“Elliot, ¿no estás cometiendo demasiados errores últimamente? Te pagan una fortuna, ¿y trabajas así?”
“Ah, ¿qué fue lo que dije?”
“Dijiste rosas. El Gran Duque las detesta. Aquí tienes, lirios. Si no fuera por mí, estarías en problemas.”
“S-sí… gracias.”
Elliot contestó con torpeza, abrazando el ramo de lirios. Y cuando, al entrar en la mansión, casi tropieza con una piedra, escuchó a Darlin reírse a carcajadas detrás de él. Sin embargo, Elliot no se molestó.
Su corazón estaba en calma. Excepto por el breve dolor que sintió días atrás cuando Argen le dijo “no me interesas”, se encontraba bien. Los errores eran simplemente cansancio, nada más. Al menos, eso era lo que Elliot quería creer.
‘Tú no estás bien.’
Si no se le hubiera venido a la mente la voz de Argen, Elliot habría seguido convencido de que estaba bien.
‘Lo que digo es que sé que frente a mí no puedes decir otra cosa que “estoy bien”.’
Pero Elliot tenía que estar bien. Porque si no lo estaba, ¿cuál era la razón? ¿Porque Argen había dicho que no le interesaba? ¿Porque había dicho que no era su tipo? ¿O porque, incluso después de atravesar el tiempo y el espacio y haber poseído un nuevo cuerpo, seguía siendo nada más que un don nadie, un empleado de servicio?
Tal vez era por las tres cosas a la vez.
‘¿Y entonces qué? ¿Qué vas a hacer?’
¿Qué cambiaría si reconocía que no estaba bien? Él solo tenía que seguir viviendo, aceptando lo que le había tocado. Como siempre.
Elliot, Im Seong-sik, siempre había vivido de esa forma.
“Concéntrate.”
Elliot se metió dentro del pantalón el dobladillo de la camisa que se le había salido.
Tenía que concentrarse. Ese era un mundo dentro de un libro. Él era Elliot Brown. Si no se concentraba, moriría a manos de Argen Teron. Aunque no estuviera bien, debía estarlo.
Mientras se repetía esas palabras como un autoengaño, Elliot entró en la habitación vacía de Argen, colocó los lirios y salió.
Y, apenas él salió al pasillo, alguien se coló en la habitación de Argen. Era una intrusión silenciosa a plena luz del día.
***
Primer método para concentrarse: cepillarse los dientes como loco.
Elliot se frotó los dientes con un cepillo hecho de hueso tallado. Aunque las encías le sangraban, no le importó. El dolor físico siempre era eficaz para despejarse. Después de cepillarse, no olvidó lavarse la cara con agua helada, casi como de hielo.
Segundo método: limpiar como loco.
Elliot se dedicó a limpiar minuciosamente su amplia habitación. Lo hizo tanto que Camembert llegó a resbalar varias veces en el suelo.
Tercer método: trabajar como loco.
Cuando terminó de limpiar, Elliot fue a la cafetería Sirena. Allí recibió las respuestas enviadas por los corresponsales de Genewin.
“Un momento, le falta una carta, escritor.”
El dueño, Well, se le acercó en voz baja. Con discreción, deslizó un sobre elegante en el bolsillo de Elliot.
¿No estaba exagerando un poco?
Elliot pensó que el dueño veía demasiadas películas, y luego recordó que en ese mundo las películas ni existían. ¿Ves, Elliot Im Seong-sik Brown? Concéntrate.
Se despidió de Well y salió. Afuera, temió cruzarse otra vez con Argen, vestido con su capa negra, pero la calle estaba vacía. Mientras apresuraba el paso para tomar una carreta, sacó el sobre que Well le había entregado.
Si ya recibí las cuatro respuestas de los contactos de Genewin, ¿quién más podría ser?
Al ver el sello y el remitente, Elliot quedó helado.
“A, a, a, Argen… Teron…
Elliot corrió hacia el alojamiento tan rápido como pudo. El sudor le corría a chorros, los músculos le gritaban de dolor, pero nada de eso importaba. Cerró la puerta, la aseguró y, con manos temblorosas, abrió el sobre.
Era la primera vez que veía la letra de Argen. Sorprendentemente, era delicada y hermosa, como si reflejara sus facciones.
A Louren Fedette:
“Gracias por tomarte la molestia de demostrarme tus limitaciones intelectuales por carta. Dedícate a tus estudios. Si no quieres que el pueblo del Imperio Lantar se entere de que el Fragmento de Dios es un idiota, claro.”
"Argen Teron
“…Wow, qué carácter.”
El contenido, por supuesto, no defraudaba: despectivo con cualquiera, de manera ecuánime. Pero, tras leer la carta, Elliot sintió que la tensión lo abandonaba de golpe.
Se dejó caer en el suelo, resbalando como si se desmoronara. El sudor empañaba sus gafas, que poco a poco se fueron aclarando.
¿Qué demonios esperaba de esa respuesta…?
En realidad, no era expectativa, sino miedo.
En la carta anterior, Elliot había vertido todo su desconcierto y hasta su intención de alterar la historia original. Ni siquiera pidió la aprobación de Louren "que solo le había dicho “envíalo como sea”". Y tenía miedo.
Miedo de que Argen se enfureciera y tratara de matar a Louren.
O, peor aún, de que encontrara la carta interesante y empezara a sentir curiosidad o simpatía por Louren.
Quizá esto último era lo que más lo asustaba. Temía que la realidad se acercara demasiado al desenlace original de la novela.
…Probablemente.
Elliot se quitó las gafas y se secó el sudor de los ojos. En ese momento, Camembert se le acercó. El gato negro olfateó con su pequeña nariz el extremo de la montura que Elliot sostenía en la mano.
“Vas a lastimarte la nariz.”
Elliot volvió a ponerse las gafas. Mientras se limpiaba la frente, recordó que la anciana le había vendido un pañuelo.
Pero al meter la mano en el bolsillo interior de su chaqueta, se detuvo. El pañuelo que sacó era el mismo que había comprado en el distrito de dama, con la intención de regalárselo a Argen. Blanco, con bordados de flores azules.
“¿Por qué demonios le compré esto a ese imbécil?”
Elliot frunció los labios. Levantó el pañuelo, decidido a secarse el sudor con él… pero no pudo. Era como si alguien más controlara su mano, se quedó inmóvil, contemplando el pañuelo nuevo, tan limpio y bonito.
No podía arrugarlo. No podía mancharlo de sudor. No podía simplemente tirarlo.
“…Mejor se lo dejo a Argen.”
Al final decidió endosárselo a él. Si pudiera, le entregaría junto con el pañuelo toda aquella confusión que sentía.
Volvió a leer la corta carta de Argen y se levantó tambaleante. Debía enviarle una primera respuesta: lo más desagradable posible, lo más torpe y despreciable que pudiera… pero sin llegar a provocar deseos de asesinar.
“Concéntrate.”
Elliot guardó otra vez el pañuelo en su bolsillo. Se prometió escribir esa carta en la noche, después de acostar a Argen.
***
Incluso mientras hervía el agua para el té de Argen, la mente de Elliot seguía fija en el pañuelo dentro de su bolsillo. ¿Cuándo entregárselo? ¿Cómo? Iba ensayando posibles escenarios mientras echaba las hojas de té en el agua.
El vapor amarillo dorado comenzó a elevarse como un espejismo, y Elliot se quedó hipnotizado mirando el color cuando"
“Hoy el té es distinto.”
Argen se acercó por detrás, vestido cómodamente con una camisa. Era capaz de reconocer la variedad del té solo por el aroma.
“¿Aún no se ha puesto el pijama, señor?”
“Enseguida lo haré.”
Argen se colocó junto a Elliot, inclinándose sobre la tetera, y aspiró el olor con los ojos cerrados.
“¿Y por qué estás preparando té de flor de manzano?”
“¿Té de flor de manzano?
Elliot revisó la caja de hojas. Claramente estaba escrito “manzanilla”. ¿Qué estaba pasando?
Mientras él se quedaba perplejo, Argen tomó una cucharilla de plata y removió el líquido varias veces. Y cuando la sacó"
“¡Ne-negro…!”
Capítulo 34
“Veneno, ya veo.”
Argen lo dijo cortante, como si escupiera un chicle duro que le había quedado en la boca, y luego dirigió la mirada a Elliot.
El rostro de Elliot estaba blanco como la cera. Sus ojos reflejaban miedo, desconcierto y una ingenuidad que aún no entendía lo que pasaba.
Seguro que otra vez va a sospechar de mí… pensó Elliot, con los labios temblando mientras lograba apenas articular palabra.
“Mi lord… yo… yo no fui…”
Pero la expresión de Argen se mantenía fría como el hielo. Su rostro era inescrutable. Elliot, desesperado, cayó de rodillas de inmediato. Agarró el pantalón de Argen y empezó a suplicarle.
“¡Mi lord, se lo juro, yo no fui! ¡De verdad, no fui yo! Usted dijo que ya iba a confiar en mí…”
“……”
“¡Apuesto toda mi fortuna! ¡Tengo más dinero del que parece, se lo juro! ¡Se lo doy todo si quiere, pero soy inocente!”
Argen lo miró en silencio por un momento y, de pronto, gritó hacia la puerta.
“¡¿No hay nadie?!”
…Vaya, qué decisión tan jodidamente rápida.
Elliot, ahora desesperado, se abrazó con fuerza a la pierna de Argen.
“¡Mi lord! ¡No sé nada, se lo juro! ¡Soy un simple sirviente!”
Al escuchar el griterío, los sirvientes entraron apresuradamente, encabezados por Henderson.
“¿Qué está…?”
Henderson levantó sus lentes para observar mejor la situación, pero Argen arrojó a sus pies la cucharilla de plata. El utensilio rodó por el suelo, ennegrecido.
“¡Ah!”
“¡Es veneno! ¡Alguien intenta asesinar a Su Excelencia!”
“¡Llamen a los caballeros!”
“¡Traigan al señor Luther!”
Los criados salieron corriendo a dar la alarma, y pronto el pasillo retumbó con voces anunciando que alguien había intentado envenenar al Gran Duque. Henderson, en cambio, se mantuvo sereno, recogió la cucharilla con su pañuelo y miró al joven que seguía aferrado a su señor.
“Con su permiso, excelencia, llevaremos a Elliot al sótano.”
“Bien.”
“¿A… al sótano?”
Elliot estuvo a punto de desmayarse. Pero los caballeros no le dieron opción, entraron y lo rodearon, sujetándolo por ambos lados para arrastrarlo hacia afuera.
“¿Lo ve, mi lord?” dijo Luther, que acababa de llegar con la respiración agitada. “Le dije que este muchacho era sospechoso!”
Lanzó una mirada feroz a Elliot, que era llevado a rastras. Argen, en cambio, habló con calma.
“Luther.”
“¡Sí, excelencia, dígame!”
“Elliot Brown no fue.”
“¿Cómo?”
Argen pasó un dedo sobre la tapa de la caja del té.
“Es té de flores de manzano. Alguien del lado del emperador lo preparó. Solo ellos saben de mi alergia a la manzana.”
“Entonces Elliot Brown es…”
“Dije que no fue él.”
“¡Pero, excelencia…!”
“El culpable es otro. Elliot será un cebo, así que no se atrevan a torturarlo inútilmente. ¿Entendido?”
“…Obedeceré”
Aunque la explicación era escasa, Luther inclinó la cabeza y se retiró.
La habitación quedó en silencio. Argen contempló los lirios frescos del jarrón y recordó la forma en que Elliot se había aferrado a él hacía unos momentos. Esa imagen, al mismo tiempo patética y provocadora, despertaba en él cierta compasión… y también un instinto cruel.
Lo había mandado al sótano, sí, pero no lo dejaría mucho tiempo allí. Ese lugar era demasiado terrible; un enclenque como Elliot no resistiría.
“Solo aguanta un día, Elliot Brown.”
Hasta que atrape al verdadero culpable.
La calma de Argen se transformó en un aura asesina que lentamente llenó la habitación.
***
Elliot, encerrado en la prisión subterránea, seguía aturdido. No tanto por estar en una celda… sino por cómo era aquella celda.
Cada celda medía unos 16 metros cuadrados, básicamente un pequeño estudio. Tenía cama, retrete y lavabo.
“¿Esto… es una cárcel?”
Le recordaba demasiado a su antiguo monoambiente en Corea, cuando aún era Im Seong-sik. La comparación lo dejó entre incrédulo y ofendido.
Estos condenados personajes de novela pseudo-medieval… están malditamente consentidos.
“Si tan solo estuviera camembert, yo aquí viviría sin quejarme.”
Dijo eso en voz alta a propósito, y de inmediato se sintió mejor. Se recostó en la cama dura, sin almohada ni manta.
2Tsk… hasta sin frazada da coraje.”
Resignado, se levantó, se quitó la chaqueta y empezó a usarla como manta. Antes escondia en un rincón los dulces, chocolates y cigarrillos que llevaba en los bolsillos, como si fueran bellotas.
Cuando volteó la prenda, algo cayó al suelo con un plop. Era un pañuelo, el que debía haberle entregado a Argen.
Elliot se quedó mirándolo, sin recogerlo. El trapo arrugado sobre el suelo sucio y ennegrecido le parecía el reflejo de su propio corazón, sin nombre aún, pero lleno de tristeza y desamparo.
Al final lo dejó ahí, y se tumbó de nuevo. Su mano pálida asomaba bajo la chaqueta improvisada.
Hoy quiero dormir sin pensar en nada…
Cerró los ojos.
“¡Elliot!”
De no ser porque alguien lo llamó en la oscuridad, se habría dormido así.
A través de las sombras apareció Darlin.
“¿Darlin? ¿Qué haces aquí…?”
El otro rió entre dientes, sujetándose de los barrotes.
“Elliot, ¿qué tal se siente estar ahí encerrado?”
“¿Eh…?”
“Dicen que intentaste envenenar al Gran Duque. Qué miedo. Nunca había visto a un intento de asesino en persona, así que vine a mirar.”
La penumbra no dejaba ver bien sus facciones, pero sus ojos brillaban con un fulgor extraño y perturbador.
“…Fuiste tú. Tú pusiste el veneno en el té del duque.”
Elliot lo dijo como si al fin encajaran las piezas.
“¡Oh, cielos!” Darlin fingió sorpresa, acercando el rostro a los barrotes. Su silueta se veía grotesca en esa pose, y Elliot se estremeció.
“¿Me estás acusando a mí? Y yo que estaba harto de oír que Elliot era tan buena persona… pero ya veo que eres como todos. ¿Verdad?”
Entonces Elliot comprendió que Darlin le guardaba un rencor verdadero desde hacía tiempo. Quizás desde antes de conocerse.
En vez de preguntar “¿por qué?”, Elliot lanzó otra advertencia.
“Si le digo al Gran Duque lo que hiciste, van a atraparte.”
“¿Seguro?” Darlin sonrió, lamiéndose los labios con una lengua gruesa y brillante de saliva. “ ¿Crees que alguien tan desconfiado como él te va a creer?”
“……”
“Y además, yo no soy tan descuidado.”
Dicho eso, levantó una mano hacia el techo y murmuró palabras extrañas. En su palma surgió una esfera de luz roja.
“¿Un… mago?”
Elliot se levantó de golpe, dejando caer la chaqueta. Darlin soltó una risita al ver su reacción.
“¿Sabes cómo castiga el Gran Duque a los asesinos?”
La esfera creció, envolviendo la mano y el brazo del hombre como un fuego líquido.
“Les corta las extremidades y les arranca los ojos. Solo deja la lengua para que confiesen en tres días. Promete liberarlos si hablan… y mientras tanto los cura con magia para que no mueran.”
Elliot sintió náuseas. En comparación, lo de Louren en la novela parecía un juego de niños.
“Pero aunque digan la verdad, da igual. Pasados los tres días… zas, la cabeza rueda. ¿Ya oíste que Su Excelencia corta cuellos como si fueran pudín?”
La esfera se hizo más grande, cubriendo medio cuerpo de Darlin, que parecía envuelto en una burbuja carmesí. La escena era tan absurda que parecía un dibujo animado.
“Bueno, Elliot, el tiempo se acaba. Antes de despedirnos, ¿no quieres preguntarme nada? Como por qué lo hice, o por qué oculté que era mago…”
“…Ha.”
Elliot soltó una risa breve, resignada, cargada de hastío. Eso irritó a Darlin, que golpeó el suelo con un pie.
“¡Exacto, Elliot! ¡Eso es lo que quería ver! Esa cara tuya… Por fin parece la de un humano…”
“¿Qué mierda estás diciendo…?”
Capítulo 35
“¿Eh? ¿Qué he dicho?”
La esfera roja que rodeaba a Darlín se estaba hinchando poco a poco, ya casi llegaba hasta sus piernas. Elliot lo observaba con calma mientras continuaba hablando.
“Yo soy humano. Siempre lo he sido. También lo es alguien que sonríe con amabilidad.”
“Vaya, vaya, Elliot, parece que estás enfadado.”
“No hace falta mostrar una naturaleza torcida y repulsiva como la tuya para ser ‘humano’.”
Elliot avanzó un paso, luego otro, acercándose a Darlín, que parecía a punto de ser devorado por completo por aquella esfera roja.
“¿No quieres saber por qué te hice esto?”
Elliot agarró con ambas manos los barrotes de hierro, exactamente en el mismo lugar donde antes lo había hecho Darlín.
“Lo siento, pero no me interesa en absoluto. Sea cual sea la razón, la causa está en ti.”
Elliot había trabajado durante años en el sector de servicios en Corea. Eso significaba que había tratado, con más frecuencia que la mayoría, con personas que descargaban su odio sin motivo, que lanzaban insultos o incluso violencia física.
No era porque él hubiera hecho algo mal. Y si en algún caso lo hizo, su responsabilidad era mínima. La verdad era que cada persona cargaba con sus propios problemas. Y a causa de ellos, descargaban su rabia contra inocentes, buscaban pleitos, o incluso atacaban con una hostilidad incomprensible.
Elliot ya había visto ese tipo de gente incontables veces. Darlín no era más que uno de ellos: una persona común, que sufría en su propia vida y lo arrastraba hacia los demás.
“No me importa si eres mago o lo que sea. No me arrastres a tus problemas. No pienso dejarme arrastrar.”
Darlín soltó una risa incrédula, pero Elliot ya no lo miraba a la cara, sino a sus pies, donde la esfera roja había cubierto por completo hasta las puntas de sus zapatos.
“Adiós, Darlín. Ojalá vivas de manera decente, por favor.”
Con esas palabras de Elliot, la esfera roja estalló con un pum. Y en el lugar no quedó nada. Darlín había desaparecido, como si se hubiera desvanecido en algún lugar.
“Haa……”
Elliot se dejó caer de cuclillas en el suelo. Cuando apoyó la rodilla en las frías piedras de la mazmorra subterránea, el hielo trepó por su pierna.
Estaba cansado.
Eso fue lo que pensó.
Era, sin duda, un día agotador.
***
Un poco antes, en el mismo momento en que Elliot pensaba en la habitación de un apartamento en Corea desde aquella mazmorra, alguien llamó a la puerta del dormitorio de Argen.
“¿Quién será?”
Cuando abrió la puerta, apareció Henderson. Y tras él, un grupo de criados y doncellas, casi diez en total, que se habían atrevido a irrumpir de noche en la habitación del gran duque.
Argen, que rara vez mostraba gestos, arqueó una ceja. En ese momento no llevaba máscara y su cabello era de un platino brillante, pero los sirvientes no mostraron sorpresa alguna. Trabajar en la residencia del duque Teron requería ese tipo de autocontrol.
“Excelencia, tengo algo que informar.”
Comenzó Henderson.
“Dave asegura haber visto algo extraño hoy al mediodía.”
Dave dio un paso adelante e hizo una reverencia. Argen, con un leve gesto de su barbilla, le indicó que hablara. Con voz temblorosa, Dave dijo:
“Excelencia… el culpable no es Elliot. Yo lo vi.”
“Entonces, ¿quién es?”
“¡Un… un fantasma!”
El comentario repentino hizo pensar a Argen: ¿Acaso este también se ha contagiado de Elliot Brown?
Pero el rostro de Dave estaba serio, y los demás sirvientes asentían con solemnidad.
“Esto… esto es lo que ocurrió…”
Según Dave, aquella tarde subía por la escalera hacia el tercer piso, donde estaba la habitación del duque. Al llegar al pasillo, vio a Elliot con un ramo de lirios marchitos en la mano, que desaparecía al doblar la esquina.
En ese instante, la puerta del dormitorio volvió a abrirse. Dave, sorprendido, se ocultó detrás de la pared. Pero la puerta se abrió sola y luego se cerró.
¿Era posible que el viento moviera el picaporte? ¿O Elliot la había dejado mal cerrada?
Mientras pensaba en ello, la puerta volvió a abrirse. Esta vez Dave vio claramente cómo el picaporte giraba. Pero nadie salió. Y después, la puerta se cerró sola, como si alguien invisible la hubiera manipulado.
“¡¿Si no fue un fantasma, entonces qué!? ¡Fue el fantasma quien puso el veneno!”
El rostro de Dave estaba lívido.
“Ya veo. Entonces, ciertamente, no pudo ser Elliot Brown.”
Para sorpresa de todos, Argen aceptó aquella extraña declaración. No porque creyera en fantasmas, sino porque sabía de la existencia de pociones que volvían invisible a quien las usaba. O quizá, pensó, se trataba de un verdadero hechicero.
“E-excelencia.”
De pronto, una mujer embarazada y alta que estaba al fondo dio un paso al frente e hizo una reverencia.
“Soy Rachel, hija del jardinero Benny. Tengo algo que contar.”
“¿Qué vistes?”
La mujer temblaba de miedo y nerviosismo.
“En realidad… no vi nada. Pero…”
Tras dudar un instante, se decidió a hablar.
“El nuevo ayudante de mi padre, un hombre llamado Darlín, me coqueteaba a menudo. Eso no importa, lo relevante es que en esas ocasiones siempre hablaba con celos hacia Elliot.”
Rachel explicó, con voz temblorosa pero clara, cuánto detestaba Darlín a Elliot, cómo lo insultaba y hasta lo maldecía. Recordaba también que, presumiendo, hacía aparecer rosas en sus manos, diciendo que sabía de magia.
“Por eso pensé… que quizá Darlín sea ese supuesto fantasma.”
“¿Darling? ¿Eso es un nombre?”
“¿Eh? Ah, no, Excelencia. No es Darling, sino Darlín.”
“Ah.”
Ese breve sonido salió de los labios de Argen. Rachel sintió que, de pronto, su rostro inexpresivo parecía un poco más tranquilo.
“Cierto. Tiene sentido. Motivo no le falta. Y aquello no era un truco, sino magia real.”
Diciendo esto, Argen se levantó.
“Retírense todos.”
Y añadió mientras salía de la habitación.
“Iré a buscar a Elliot Brown.”
Había pasado apenas una hora desde que lo había encerrado en la mazmorra.
Sin darse cuenta, Argen caminaba con pasos largos y apresurados. Su corazón estaba colmado de ansiedad, y en su mente aparecía Elliot, con lágrimas en los ojos, aferrándose a su pierna.
Además, saber que aquel “Darling” no era tal, sino un hombre llamado Darlín, solo hizo que deseara ver a Elliot con más urgencia.
Al entrar en la oscura mazmorra, donde no había ni una sola ventana, Argen se detuvo. Allí, en lugar de tinieblas, oscilaba una luz roja.
“¿No quieres saber por qué te hice esto?”
Era la voz airada de Elliot. Nunca antes lo había oído hablar con semejante emoción. Oculto en la sombra, Agjen lo observó.
Frente a Elliot estaba un joven obeso de cabellos castaños, erizados y desordenados.
Ese debe de ser Darlín.
Argen ya iba a empuñar su espada, cuando…
“Lo siento, pero no me interesa en absoluto. Sea cual sea la razón, la causa está en ti.”
Elliot hablaba con firmeza, lleno de enojo, pero también con un matiz de tristeza.
“No me importa si eres mago o lo que sea. No me arrastres a tus problemas. No pienso dejarme arrastrar.”
En ese instante, el corazón de Argen pareció desplomarse.
“Adiós, Darlín. Ojalá vivas de manera decente, por favor.”
Ese Elliot, tan firme, tan indignado… incluso digno de admiración.
¿Ese muchacho frágil diciendo algo así…?
Argen sintió orgullo.
Y entonces Darlín desapareció con la esfera roja, como si se hubiera desvanecido.
Argen sabía que debía atraparlo cuanto antes, pero lo relegó a un segundo plano. Aquella clase de hombre podía ser capturado en cualquier momento. Lo único que importaba ahora era Elliot Brown.
Avanzó lentamente hacia él, sin hacer ruido. Sentado de cuclillas en el suelo oscuro, Elliot alzó la cabeza con gesto feroz al escuchar pasos, creyendo que Darlín había regresado.
“Elliot Brown.”
“¿……G-gran duque?”
“Sal.”
“Yo no fui. No intenté envenenar a su excelencia, yo―”
“Lo sé. Por eso te digo que salgas.”
Argen arrancó la puerta de hierro de la celda sin usar la llave. Elliot la miró con desconcierto, y se puso de pie tambaleándose.
“Un momento.”
Se inclinó a recoger su chaqueta del suelo, y después empezó a meter en ella un montón de cosas arrinconadas en la celda. Dudó un instante ante un pañuelo sucio, pero terminó guardándolo también en el bolsillo.
“¿Y… adónde voy ahora?”
Su voz sonaba apagada, un poco insolente. Pero Argen sentía que así era como se mostraba el verdadero Elliot.
“A mi dormitorio.”
Quería observarlo en un lugar más iluminado.
Mientras Argen se adelantaba, escuchaba detrás los pasos arrastrados de Elliot. Eran tan leves que tuvo que contener el impulso de girarse constantemente para asegurarse de que aún lo seguía.
Capítulo 36
Argen hizo sentar primero a Elliot en el sofá. Luego, casi como si se lo lanzara, le puso encima una manta.
“Henderson dijo que te la diera.”
Elliot, sin decir palabra, dobló la manta y la dejó sobre sus rodillas. La punta de sus manos, normalmente ordenadas y firmes, temblaba con fuerza. Fingió acomodar la manta y escondió sus manos bajo ella.
De repente, Argen rompió el silencio con una frase seca.
“El culpable es alguien llamado Darlin.”
“¿Qué?”
Así que el duque también lo sabe.
Para ser sincero, Elliot pensaba que, al invitarlo a la habitación, lo iban a matar en secreto o llevarlo a una sala de torturas. Expulsó un suspiro de alivio. El temblor en sus manos empezó a calmarse poco a poco.
“Se dice que lo hizo por celos hacia ti, porque le gustaba Rachel, la hija del jardinero.”
“¿Rachel…?”
Elliot se puso de pie de golpe.
“¿Está bien Rachel?”
“…Por supuesto que está bien.”
“Menos mal.”
Si Darlin hubiese hecho daño a Rachel, Elliot se habría enfurecido mucho más que por lo que le pasó a él mismo. Aunque, claro, enfadarse no cambiaría nada. Se volvió a sentar, recogió la manta caída y la volvió a cubrir sobre sí mismo, masajeando sus dedos fríos.
Sintió la mirada de Argen clavada en sus manos, pero Elliot no dijo nada.
El silencio se instaló en la habitación. La presión de tener que decir algo lo abrumaba, pero Elliot apretó los labios y bloqueó cualquier conversación.
En ese momento, odiaba a Argen. Claro, en su interior siempre lo había insultado "que si imbécil, que si cabrón", pero aquello era más un reflejo automático de alguien que trabaja en servicios al cliente.
Hoy, en cambio, Argen lo había herido de verdad. Quizá era algo que venía acumulándose desde antes.
Que lo dejara claro desde el inicio, “No eres mi tipo”.
Que, siendo tan insensible, dijera que no le importaban los rumores, aún si eran con él.
Que no creyera en su inocencia y lo mandara directo a las mazmorras.
Que luego, a la hora, lo sacara de allí como si nada…
Todo, absolutamente todo, le dolía.
“¿Me odias?”
“No, señor. ¿Cómo podría atreverme a odiar a Su Excelencia?”
Sí, lo odio como la mierda.
Pero Elliot, con la cabeza un poco agachada, respondió de manera fría y formal.
“Si lo que quieres es que me disculpe o que te compense, lo haré. Pero me gustaría que entendiera que en esa situación no podía hacer otra cosa.”
En realidad, lo que decía Argen era razonable.
Si él hubiese tenido la culpa al cien por ciento, se habría disculpado sin dudarlo y quizá hasta habría prometido compensar a Elliot.
Pero esta vez no lo hizo, porque en verdad no era culpa suya.
El veneno estaba en la caja de té que Elliot usaba directamente. Él mismo estuvo a punto de morir envenenado. No podía proteger al sospechoso solo porque decía que era inocente.
Elliot también lo sabía. Por eso había dicho que no lo odiaba.
Sin embargo, como un desagüe roto que se va llenando de agua turbia y sucia poco a poco, en su corazón se acumulaba polvo, resentimiento y tristeza capa tras capa.
“Pronto atraparemos a Darlin. Haré que se le castigue como tú quieras. Si quieres que lo mate, lo mataré. Si quieres que le corten los miembros, así será.”
Argen habló con una voz plana, sin emociones, como si leyera un documento.
“Su Excelencia.”
Elliot levantó la cabeza y lo miró fijamente.
“No me interesa el castigo de Darlin. Creo que no es asunto mío. Usted fue quien estuvo en verdadero peligro, así que usted debe decidir.”
“Entonces”
“Sin embargo.”
Elliot, cosa rara en él, lo interrumpió.
“Tengo un favor que pedirle.”
“¿Qué es?”
“Hoy quiero descansar del trabajo.”
Argen se quedó sin palabras.
Así que sí pensaba explotarme hoy también… ni siquiera me ve como a una persona.
Elliot esbozó una sonrisa amarga. Pero el motivo del silencio de Argen era otro.
“…Por supuesto, pensaba dejarte descansar.”
“Gra… gracias.”
Elliot, que había empezado insultando en su mente, se sintió un poco incómodo, inclinó la cabeza en señal de respeto y se levantó. Antes de que Argen cambiara de idea, abrió con rapidez y decisión la puerta de la habitación.
Necesitaba descansar hoy. De lo contrario, sentía que de verdad se derrumbaría. A veces hay días así. No todo puede ser siempre perfecto.
“Un beso a Camembert, que me dé un manotazo, y luego dormir a pierna suelta…”
El murmullo apagado de Elliot resonó en el pasillo.
***
Al día siguiente, Elliot despertó de un sueño relativamente tranquilo. Dormir en aquella cama tan amplia y mullida hacía que lo de ayer pareciera un recuerdo lejano. A sus pies, Camembert dormía hecho un ovillo, tibio y adorable. El trabajo empezaba a las siete de la tarde, así que aún tenía todo el día libre.
“Pero… ¿por qué no quiero levantarme?”
Su voz salió ronca, apenas acababa de abrir los ojos. Parpadeó varias veces sin moverse.
¿Será… que de verdad me está dando eso llamado “burnout”?
Él, que trabajaba siete días a la semana, con dos empleos al día, durmiendo solo tres o cuatro horas y aun así de pie, incansable…
Aunque su hora de entrada ahora fuese de noche, no desperdiciaba las mañanas: leía para mejorar su redacción, practicaba escribir cartas de amor, a veces ayudaba a Benny.
Ayudarlo significaba hablar con la servidumbre de la mansión, llevar recados, hacer encargos. Así conoció al mozo de cuadra Bill y al chef de cocina.
Pero hoy… hoy no quería hacer nada. No tenía fuerzas para levantarse.
“¿Y si me paso el día entero durmiendo…?”
Fue su primera decisión en mucho tiempo.
Toc, toc. Se oyó un golpe en la puerta.
“Ah… ¿y ahora quién?”
No entendía por qué todo el mundo lo buscaba. Extendió la mano, cogió sus gafas de la mesita y se las puso.
“Sí, ya voy.”
Al abrir la puerta, se encontró con la última persona que quería ver.
“Elliot Brown.”
“¿Su Excelencia…?”
Ver la cara de su jefe antes de la hora de trabajo… vaya manera de empezar el día.
Los ojos de Argen estaban enrojecidos, su piel "siempre impecable incluso tras la guerra" se veía un poco áspera, y sus labios carecían de color.
“¿Acaso… está enfermo, señor?”
Elliot, sorprendido, examinó su rostro. Argen cubrió media cara con la mano y murmuró algo.
“…No…”
“¿Perdón? ¿Podría repetirlo?”
“…No pude dormir.”
Elliot miró el reloj de pared. Pasaban apenas de las diez de la mañana. Que Argen viniera a decirle que no podía dormir le parecía increíble.
¿No era este el hombre que podía vivir sin dormir una semana entera?
Hasta Argen parecía incómodo de estar allí. Sin mirarlo a la cara, y aun así con la elegancia aristocrática de siempre, ordenó.
“Si no pude dormir de noche, tendré que hacerlo de día. Hazme dormir.”
Joder… este cabrón no me deja ni tener burnout en paz.
***
Elliot no podía entender lo que estaba pasando. En ese momento caminaba junto a Argen por el mercado de Pentus.
“Señor, se supone que debía descansar.”
Dijo Elliot con un tono un poco rígido.
“Henderson tiró todas las infusiones. No sabemos cuál podía estar envenenada, así que dijo que había que comprarlas de nuevo.”
“¿Y el mayordomo Henderson le pidió a usted que fuera a comprarlas?”
“…Sí.”
“Qué curioso, un mayordomo dándole recados a su señor.”
“Siempre… ha sido así.”
“Ajá, claro.”
Sí, cómo no.
No había criado en la mansión que no supiera lo devoto que era Henderson hacia Argen. Que mintiera para sacarlo de la habitación era… extraño.
¿Pero por qué mentir?
Elliot se detuvo y lo miró fijamente. Con la máscara puesta y el pelo teñido de negro, Argen no parecía tan amenazante. Pero Elliot sabía muy bien cuán temible podía ser en realidad.
“¿Por qué me mira así?”
“Si va a deshacerse de mí, dígamelo antes.”
Para correr.
Miró alrededor. La calle principal de Pentus estaba llena de nobles vestidos como pavos reales, seguidos por doncellas y caballeros.
¿O me llevará a una callejuela desierta?
Mientras imaginaba su ruta hacia la muerte, Argen respondió con tono incrédulo.
“¿Y por qué piensas que quiero deshacerme de ti?”
“Pues… porque me está mintiendo.”
Al oír eso, Argen lo miró sorprendido.
“…¿Se notó?”
“Sí, mucho.”
Argen suspiró corto y, sin vergüenza, admitió.
“Si te lo pedía directamente, no ibas a salir. Es cierto que no dormí anoche.”
“Entonces, ¿cuál es el verdadero motivo para traerme aquí?”
Argen señaló con el mentón la tienda que tenían enfrente.
“¡Cof, cof!”
Elliot casi se atragantó del susto. Sus ojos se abrieron como platos.
Allí estaba el Café Sirena.
Capítulo 37
¿Acaso… se habrá dado cuenta de la verdadera identidad de la carta?
Esto no era otra cosa que un fraude tramado por Elliot y Louren, así que, en realidad, no habría excusas para librarse de cualquier castigo.
¿Qué será de mí ahora? ¿Me atravesará el corazón como en la obra original y moriré así?
Elliot, con la boca entreabierta y sin palabras, se quedó mirando la fachada del Café SIRENA, cuando Argen entró primero en el local.
Al no ver que Elliot lo seguía, Argen giró la cabeza y preguntó, con una voz más insegura que antes.
“¿Por qué no entras? ¿No dijiste que este era tu café favorito?”
“¿Eh? Cof, cof… ¿Qué?”
Ahora que lo pensaba, sí, quizá en aquel momento en que casi muere a manos de un Argen envuelto en una capa negra, le había dicho algo así.
“Ja, ja, sí, así es. ¡Es mi café favorito en todo el mundo! ¡El Café SIRENA!”
“¡Ah, mi café habitual! ¡Mi pequeño tesoro! El té aquí es delicioso.”
Elliot entró exagerando elogios con entusiasmo fingido. Poco le importaba si el rostro de Argen detrás de él se ensombrecía.
El dueño del café, Well, al ver entrar a Elliot tan animado, hizo una reverencia profunda y alcanzó a pronunciar “señ…”, pero al percibir la sutil pero desesperada señal de Elliot para que se callara, se mordió la lengua de inmediato.
Entonces Well notó a un hombre alto y apuesto, enmascarado, cerca de la entrada. En todo el Imperio Lantar, nadie podría dejar de reconocer a un atractivo hombre de cabello negro con máscara.
“¡Su Excelencia, el Gran Duque!”
Well, sobresaltado, se postró en el suelo. Argen aceptó la reverencia con la naturalidad de quien está acostumbrado.
“¿Tienes alguna sala?”
“S-sí, señor… tenemos una sala reservada para el señor Elliot. Por aquí.”
Con rapidez, Well se levantó y guió a ambos hacia el salón VIP.
Mientras lo seguían, Argen y Elliot mantenían una conversación en voz baja, en la que, por lo general, Argen lo acosaba con preguntas y Elliot respondía como podía.
“¿Hasta tienes una sala exclusiva? Vaya que vienes seguido.”
“E-es solo que el dueño es muy amable conmigo.”
“¿Amable? ¿Qué, acaso te ha confesado su amor?”
“¡No, no, nada de eso…! No quise decirlo en ese sentido, Su Excelencia~”
“¿Ah, no? Entonces termina lo que empezaste a decir.”
Argen lo dijo mientras fulminaba con la mirada la nuca de Well, que caminaba delante. Este, haciendo como que no escuchaba, avanzaba conteniendo lágrimas invisibles.
Finalmente, Well corrió las cortinas del salón VIP y sonrió con cortesía.
“Por aquí, Su Excelencia, Gran Duque. Y también usted, señor Elliot.”
Al ver esa sonrisa, Elliot sintió una extraña afinidad. Esa era la expresión típica del personal de servicio cuando enfrentaban a clientes molestos, una sonrisa de iluminación momentánea nacida de la paciencia.
Un momento… ¿eso significa que yo soy el cliente molesto?
El rostro de Elliot palideció, mientras Argen ya se acomodaba dentro de la sala.
“Elliot Brown, ¿qué haces? Siéntate.”
“Sí, sí…”
Elliot le regaló a Well una sonrisa disculposa antes de sentarse frente a Argen. Este miraba alternativamente a Elliot y al dueño con expresión cada vez más descontenta.
“Tráeme el menú.”
“A sus órdenes, Su Excelencia.”
Well se inclinó con rapidez y desapareció. Elliot lo siguió con la mirada, suspirando con pesar en silencio: ‘Lo siento mucho, Well…’
Sin darse cuenta de que esa mirada de compasión solo estaba echando más leña al fuego de la molestia de Argen.
***
Well regresó con una taza de té de limón y otra de café. Aunque seguramente pensaba que el café sería para Argen, este terminó en manos de Elliot.
Argen, en cambio, bebía el ácido y dulce té de limón, relajante para dormir, mientras examinaba la sala.
“No tiene nada especial este café, ¿por qué te gusta tanto?” preguntó con una mirada penetrante. “¿Será por el dueño, acaso?”
De haber estado escuchando afuera, Well seguramente habría sentido un escalofrío en ese mismo instante. Elliot, decidido a salvarlo, negó con fuerza con la cabeza.
“¡No, no! Me gusta por las bebidas. Además, sirven azúcar en forma de rosas.”
“¿Azúcar en forma de rosas? ¿Ese tipo de lujo es lo que te atrae?”
El tono de Argen no era de reproche, sino de simple curiosidad.
Sin embargo, Elliot se sobresaltó y lo negó de inmediato.
“¡Para nada! No es eso… Solo que… es bonito, y lo mencioné sin pensar.”
De hecho, cuando era Im Seong-sik, Elliot nunca expresó deseos ni preferencias. Creció en un hogar monoparental, donde a falta de dinero ni dulces podían comprarle, y comía frutas recogidas en el camino. Así que más que represión, en su caso era casi ausencia total de gustos. No tenía preferencias de ropa, música, ni cine; comía de todo sin problema. Ante la pregunta “¿qué te gusta?”, siempre se quedaba sin respuesta, y cuando veía a otros apasionarse por algo "como su compañera de trabajo en el restaurante, Soo-ji, fanática de los idols" lo encontraba extraño y ajeno.
¿Lujos como azúcar en forma de rosa? Ni siquiera sabía responder a algo así. Y sentirse incapaz de tener un “gusto” lo avergonzaba un poco.
Incluso recordaba cómo Genewin lanzaba sin cuidado las azucaritas en el té; quizá, en este mundo, algo así era insignificante.
“Dicen que a Su Excelencia no le gustan las rosas, ¿no es cierto?” preguntó Elliot, tratando de cambiar de tema.
Apenas lo dijo, se dio cuenta de que era información que Darlin le había contado, y pensó ups, pero creyó que mientras Argen no lo supiera, estaba a salvo.
Sin embargo, al escucharlo, el rostro de Argen se volvió intensamente serio.
“¿Quién te dijo eso?”
“Eh… fue Dalin.”
Elliot contestó con cautela, desviando los ojos. ¿Otra vez me acabo de poner en la mira yo solito?
Estar con Argen era tan tenso que sentía como si su corazón saltara de agua fría a agua hirviendo una y otra vez. Imaginaba que, cuando muriera y lo abrieran, su corazón tendría la consistencia gomosa de un fideo instantáneo.
“Será mejor que encuentre pronto a ese tal Darlin” dijo Argen con voz oscura.
El sonido de la cucharilla rompiéndose en sus manos retumbó en la sala. Elliot, forzando una sonrisa de resignación (la misma de Well antes), bebió un sorbo de café.
Espero que no me haga pagar esa cucharilla…
***
En lo profundo de un bosque, apareció de pronto una esfera roja y brillante. Un instante después, explotó como una burbuja, escupiendo a un hombre que se llevó la mano a la cabeza, aturdido. Apenas enfocó la vista, se oyó una presencia detrás de él, y enseguida cayó de rodillas en reverencia.
“¿Ha tenido éxito?”
La voz, amable pero majestuosa, descendió desde lo alto. El hombre respondió sin levantar la cabeza:
“Sí. Parece que el Gran Duque pronto echará a su sirvienta de alcoba nocturno.”
“Bien, lo has hecho bien. Tendrás tu recompensa.”
El hombre levantó la mirada, sonriendo satisfecho. Su nombre era Dalin Merland, mago ilegal del distrito negro y espía del emperador.
“Pero dime, ¿quién te dio permiso de mirarme a los ojos?”
La voz tranquila del emperador Illius estaba cargada de desagrado. Dalin volvió a bajar la cabeza apresuradamente.
Illius era un hombre caprichoso: a veces, un monarca generoso y compasivo; otras, un carnicero cruel. Dalin no deseaba contrariarlo: su meta era vivir mucho y bien.
“Perdone, Majestad.”
“No entiendo por qué mi sobrino me hace sufrir tanto. Un sirviente de alcoba debería ser uno de los míos.”
“Pero parece que el Gran Duque aprecia bastante a ese muchacho.”
“¿Aprecia? ¿Él? Qué idea tan estúpida, propia de un vulgar mago ilegal.”
Illius chasqueó los dedos hacia atrás. Darlin, confundido, intentó girarse, pero en ese mismo instante una flecha pesada le atravesó la frente. Cayó muerto al instante.
El emperador frunció el ceño, molesto por las gotas de sangre que habían manchado su manga. Se quitó la prenda con desdén y la arrojó a un lado. De inmediato, un hombre con una capucha roja apareció entre los árboles y se arrodilló.
“Mis disculpas, Majestad.”
“Llévate eso de aquí. Huele igual que una bestia muerta.”
Illius, con gesto refinado, se acomodó su cabello casi plateado.
“En cuanto Argen busque un nuevo sirviente de alcoba, escoge a alguien competente de la Secta Escarlata y mándalo.”
“Pero, Majestad… acaba de llegar un informe.”
Illius lo miró gélidamente, como si fuese un insecto. El hombre se estremeció, aunque logró mantener la compostura.
“Dicen que el Gran Duque no lo echó. Una hora después volvió a sacarlo del sótano y lo llevó otra vez a sus aposentos.”
“¿Una hora?” Illius entrecerró los ojos. “Quizá debería haberle sacado más información antes de matarlo.”
Entonces su mirada se posó en un rosal rojo que florecía cerca. Sus labios delgados se curvaron en una sonrisa.
“¿Será posible que mi sobrino, por fin, tenga a alguien a quien aprecia? Me alegra tanto…”
Silbando, Illius se acercó a las rosas y aspiró profundamente su aroma fresco. Pronto aquellas flores estallarían en plenitud. Cuando llegara ese momento…
“Por fin podré enviar a mi querido Argen al mismísimo infierno.”
El emperador quebró el delicado tallo de una rosa. Incluso la herida en su mano parecía desprender perfume.
Capítulo 38
“Ese tipo seguramente es un espía del emperador.”
Al escuchar las palabras de Argen, Elliot se sobresaltó.
“Po-podría ser que… ¿solo Su Majestad y usted saben de su alergia a las rosas?”
“Eso suena extraño. Y no, no tengo alergia a las rosas.”
Sin embargo, Argen añadió con semblante grave una confesión explosiva.
“Pero mi padre murió al ser herido por una espina de rosa.”
“…Eh… ha.”
Elliot bajó la mirada, súbitamente solemne.
No tenía ni idea de qué decir.
¿Cómo podía alguien morir… por una espina de rosa?
¿Y cómo es que la vida de esta persona es tan trágica?
Como si hubiera leído los pensamientos de Elliot, Argen esbozó una tenue sonrisa.
“Dicen que al escoger rosas para regalárselas a mi madre, fue herido por una espina envenenada. Pero nunca llegué a conocerlo en persona, así que no pongas esa cara. No necesito tu compasión.”
“¿Y ese veneno lo habría puesto el emperador?” Preguntó Elliot de golpe. Él mismo esperaba que en su rostro se dibujara una expresión burlona como ‘qué pena, duque~’, pero estaba sorprendentemente serio y calmado.
“…Se sospecha de eso. No hay pruebas, sin embargo.” respondió Argen.
Elliot conocía a grandes rasgos la historia de Argen. La había leído en la obra original, así que era natural.
El padre de Argen, Aid Lantar, era uno de los pocos Maestros de la Espada del imperio y además el único príncipe heredero. Tenía una buena relación con la princesa heredera, Selvia Teron, y gozaban de gran prestigio dentro y fuera del palacio. Era evidente que, de heredar el trono, el Imperio Lantar se volvería aún más próspero.
Pero un día, Aid murió envenenado en circunstancias misteriosas. Tras su muerte, Selvia descubrió que estaba embarazada. Ella, prometiendo al príncipe Ilius que nunca permitiría que su hijo ocupara el trono, aceptó el título de duquesa y huyó del palacio.
Sin embargo, poco después de dar a luz, Selvia murió de fiebres puerperales. Ilius se convirtió en príncipe heredero y luego en emperador, sin prestar atención alguna al hijo que Selvia dejó atrás.
Cuando descubrió que ese niño tenía el mismo rostro que Aid ―y en consecuencia también parecido al suyo― y además poseía gran talento así que lo envió al campo de batalla para que muriera. Pero el niño sobrevivió. No solo regresaba con vida de cada guerra, sino más fuerte, más brillante, hasta convertirse en un héroe indispensable para el imperio.
Ese niño era Argen Teron, el hombre que ahora estaba sentado frente a Elliot.
Sí, Elliot ya conocía toda esa historia. Pero escucharlo directamente de labios de alguien que lo había vivido era un asunto completamente distinto.
¿Si uno pierde a sus padres sin siquiera conocerlos, no es triste?
¿De verdad no necesita compasión?
¿Acaso la compasión es para él algo vergonzoso, humillante, indigno?
“Su Excelencia no se compadece de sí mismo.”
“Porque no hay necesidad. En este mundo abundan los huérfanos. Yo tuve suerte, heredé un ducado y crecí como noble.”
“Sí, en el mundo hay muchos huérfanos. Yo mismo lo soy. Pero yo sí me compadezco de mí.”
“Como pensaba… Elliot Brown, eres demasiado débil. Me preocupa.”
Argen lo miró de arriba abajo con esa mirada de instructor que parecía a punto de imponerle un nuevo régimen de entrenamiento físico. Pero Elliot continuó.
“Mi madre murió temprano, mi padre me abandonó. A los quince años me quedé solo, viviendo perseguido por acreedores. No tuve amigos que entendieran mi situación. Si en esos momentos yo tampoco me hubiera compadecido de mí mismo, no habría podido soportarlo.”
Ante aquella confesión tranquila, el rostro de Argen se tensó por un instante.
“Yo no me compadeceré de usted, excelencia. Pero…”
Elliot dudó un poco antes de terminar la frase.
“Me gustaría que al menos usted se compadeciera de sí mismo una sola vez.”
“….”
“No demasiado, solo una vez.”
Argen bebió el resto de su té con el rostro endurecido. Como estaba frío, el dulzor le llenó la boca de manera abrumadora. Era un sabor que no probaba hacía mucho tiempo.
***
Elliot volvió a su habitación en la mansión y se sentó frente al escritorio. Como poseído, comenzó a escribir una carta.
“Al sagaz duque Argen Teron:
Si soy capaz de entender sus comentarios sarcásticos, ¿no significa que tengo suficiente inteligencia? Lo lamento, pero también soy un hijo de conde que ha estudiado hasta el hartazgo. Agradezco su preocupación, lo tomaré así.
Por cierto, hoy al pasear por el jardín vi un cuervo con un ala herida. ¿Será el mismo pájaro negro que encontré en su mansión aquella vez? El que batió las alas accidentalmente.
Me dio tanta pena que incluso lloré un poco. El pobre no se daba cuenta de que estaba herido y se agitaba intentando volar. En esos casos debería descansar y recuperarse.
¿Podría recomendarme un buen veterinario?
Atentamente,
Louren Fedette”
Elliot deseaba que Argen entendiera algo oculto en la historia del cuervo. Que, aunque fuera así, intentara sentir compasión.
Aún le guardaba resentimiento a Argen. Pero… al recordarlo llevándolo al café que le gustaba, preguntándole por sus preferencias, mientras era incapaz de compadecerse de sí mismo… le dolía el corazón.
Todo era culpa de esa maldita empatía.
Entonces Elliot garabateó en otra hoja, no en la del papel de carta:
[Argen tonto]
Le pareció un insulto algo infantil, así que añadió otro.
[Argen fastidioso imbécil]
Eso lo hizo sentir un poco mejor, pero luego pensó que sonaba demasiado fuerte, así que lo corrigió:
[Argen fastidioso señor imbécil]
Eso estaba mejor.
Asintió satisfecho, dobló la carta ya seca y dejó la pluma. ¿Recibiría respuesta esta vez? No sabía si quería que llegara o no, ni siquiera él entendía su propio corazón.
***
“¿Tiene alguna preocupación, excelencia?”
La voz de Luther interrumpió los pensamientos de Argen.
El duque, sentado en su despacho revisando documentos, lo miró sorprendido, como si una maceta le hubiera hablado. Luther, incómodo, creyó haber cometido un error, pero Argen contestó con un rostro sombrío:
“¿Acaso parezco preocupado?”
¿Cómo debía responder a eso?
Si decía que sí, Argen podría replicar: “¿Acaso insinúas que estoy agotado?” y lo aplastaría sin piedad.
Desconcertado, Luther buscaba una salida cuando Argen suspiró profundamente y dejó la pluma.
“La verdad es que sí.”
“¿Será por ese tal Darlin? Lo estamos buscando con empeño, así que―”
“No, no es eso.”
Argen frunció un poco el ceño y ladeó la cabeza. Hacía ese gesto cuando su sensibilidad estaba más aguda, así que Luther cerró la boca al instante.
“Luther, si ofendieras a alguien cercano a ti… ¿cómo lo arreglarías?”
“¿Perdón? ¿Qué dijo, excelencia?”
“…Te pregunté: si ofendieras a alguien con quien convives a menudo, ¿cómo lo compensarías?”
Luther jamás imaginó que se tratara de una experiencia personal del propio Argen; lo tomó como una especie de examen. Tras pensarlo, respondió:
“Le daría unos golpes.”
“¿Qué?”
“Lo golpearía unas cuantas veces, luego le estrecharía la mano como un hombre y lo invitaría a beber.”
“Luther.”
“¡Sí!”
“Sal.”
Si hacía eso, un enclenque como Elliot se desintegraría antes de que el puño siquiera lo alcanzara. Argen lo miró con desprecio y pidió que trajeran a Henderson. Alguien más educado y sensato debía dar una respuesta mejor.
“Yo, en su lugar, compondría un poema. No hay lenguaje más bello y conciso que la poesía.”
“Bien. Entonces tráeme un poema.”
“…¿Perdón?”
“Ve ahora mismo y escribe un bello poema. Es una orden.”
“E-excelencia, hoy tengo mucho trabajo―”
“No me hagas repetirlo.”
“…Sí, excelencia.”
Al menos había sacado una idea. Si él mismo recitaba ese poema con voz solemne, quizá Elliot se dormiría escuchándolo.
Argen se sintió satisfecho y llamó a otro sirviente.
De este modo fue reuniendo varias posibles formas de disculparse.
La señora Megan le sugirió regalar un objeto que agradara a la otra persona.
Una doncella pecosa opinó que bastaba con sonreírle con dulzura.
Otros aconsejaron cargar cosas pesadas por él, velar su sueño, o escribirle una carta.
Argen decidió intentarlo todo.
Mientras tanto, Elliot comía un tardío almuerzo en la cocina, sin sospechar nada del destino que le aguardaba.
Capítulo 39
Hoy, Argen estaba realmente, muy, extremadamente extraño.
Cuando Elliot entró en la habitación del duque para asistirlo antes de dormir, lo encontró con los ojos muy abiertos y las comisuras de los labios temblando.
"¡Wah! ¡Qué susto!”
Era una expresión que podría aparecer en una pesadilla. Incluso un rostro tan hermoso, con un gesto tan fantasmagórico, resultaba lúgubre y aterrador.
"¿Señor duque, qué… qué le ocurre? ¿Acaso necesita un exorcismo? Si es así, asienta una vez; si no, dos veces…”
"No.”
Argen volvió a su habitual inexpresividad, como si lo anterior no hubiese pasado. Aquella inexpresividad le resultaba incluso tranquilizadora.
Elliot suspiró aliviado y se acercó a la silla junto a la cama. O más bien, intentó sentarse… de no ser porque había una gran caja encima.
"¿Qué es esto, señor duque?”
"Es un regalo. Ábrelo.”
¿Un regalo, de repente?
Con cierta aprensión, Elliot levantó la tapa. Dentro había un gran plantón de árbol.
"¿Un árbol…?”
"Un manzano.”
"¿Un manzano? ¿Acaso quiere decirme que le prepare una tarta de manzana?”
Ante la pregunta de Elliot, Argen bufó con una sonrisa irónica. Entonces, sacó con solemnidad de su bolsillo interior una hoja de papel. Era un poema escrito por Henderson.
"Título: Aunque llegue el fin del mundo.”
"¿…?”
"Alguien dijo una vez: ‘Aunque mañana llegue el fin del mundo, hoy plantaré un manzano.’ Y yo digo: ‘Aunque mañana llegue el fin del mundo, hoy… serviré a un solo duque…’
"Entonces… ¿mañana es el fin del mundo para mí? ¿Quiere que cultive este manzano en un solo día, coseche una manzana y con ella le prepare un pastel…? Como en esos cuentos donde compras pan con cinco monedas y tienes que traer el cambio… ¿Eso quiere decir?”
Elliot sonreía de manera mecánica, casi al borde de las lágrimas. Era el gesto típico de alguien atormentado. Y aquella expresión hizo que Argen se sintiera aún más culpable.
"No es eso… Es culpa de Henderson. Solo recité un poema suyo.”
Argen arrugó el papel con rapidez y lo arrojó a un lado.
"¿El señor Henderson? ¿Por qué me manda de pronto un presagio de muerte junto con horas extra de trabajo…?”
"Ya basta. No le des importancia. ¿No es pesado el árbol? Te lo llevaré yo.”
Argen cortó de golpe la conversación y arrebató la caja de manos de Elliot.
Pero para Elliot, permitir que su señor cargara algo por él era casi un sacrilegio. Además, el plantón aún era pequeño, no pesaba tanto. Así que intentó recuperar la caja de inmediato.
"No se preocupe, señor duque, déjemelo a mí~”
"He dicho que lo llevaré.”
"De ninguna manera. ¿Cómo podría pedirle a usted que cargara esto? Entréguemelo, por favor~”
"He dicho que lo llevaré… ¡yo!”
Tras varios tirones, en un instante de fuerza, la tapa se abrió y algo pesado salió volando hasta caer de golpe sobre la cama de Argen.
Era el manzano destinado a sobrevivir incluso al fin del mundo.
***
"¿Y ese gato por qué te mira así? ¿No es tuyo?”
Argen estaba ahora en la habitación de Elliot.
Después del desastre que había dejado la tierra y el plantón destrozado sobre su cama, todo fue un caos. Argen declaró que dormiría en otro cuarto, y allí comenzó el problema.
Henderson y la señora Megan le recomendaron usar la “habitación de descanso del duque” sí, incluso eso existía. Pero Argen insistió, “Mi ayuda de cámara nocturno es Elliot, así que dormiré en su cuarto.”
Así que ahora este desgraciado también quiere quitarme mi cuarto.
Con una sonrisa resignada, Elliot asintió. Él podía dormir en el sofá, en el suelo o junto a la casita de Camembert, el gato.
Era la primera vez que Argen entraba en su habitación. La recorrió con mirada severa, como un estricto inspector, y luego dijo.
"Acogedora.”
Elliot, detrás de él, le dedicó un par de peinetas disimuladas.
Camembert, al principio, mostró curiosidad por el visitante, pero pronto percibió en Argen una presencia inquietante y se escondió en su casita, lanzando miradas acusadoras a Elliot.
El joven intentó disculparse con cejas arqueadas y manos en gesto de plegaria, pero el gato no cedió.
Al final, soportando la mirada fulminante del felino, Elliot volvió hacia Argen.
"Es hora de dormir, señor duque. Estos días no ha descansado bien, ¿verdad?”
"No. Esta vez serás tú quien se acueste.”
"¿Perdón? ¿Podría repetirlo?”
"Dicen que ayuda tener a alguien al lado cuando uno se siente mal.”
Era un consejo que había recibido de un sirviente para consolar a una persona deprimida, pero Elliot lo entendió de otra manera.
¿Ahora quiere que me acueste a su lado, como un padre meciéndolo?
¿Qué clase de nueva tortura es esta…?
Elliot sintió que le faltaba el aire.
Argen se acostó primero. Vestía un pijama a rayas celestes con gorro a juego, como si hubiera nacido para recostarse en la cama de Elliot. Con naturalidad y elegancia, se metió bajo las sábanas y lo miró con expresión de “¿Qué esperas?”.
Elliot, como llevado al matadero, se metió también en la cama. Era enorme, casi como un campo de fútbol, así que se acurrucó en el extremo más alejado.
Pero desde allí, Argen lo miraba con los ojos entrecerrados.
"¿Qué haces? ¿Acaso me rechazas?”
Sí. Lo rechazo.
Pero, con gesto resignado, Elliot se agitó como pez fuera del agua para acercarse un poco más.
"¿Así está bien~?”
"Más.”
Moviéndose torpemente, se arrastró más.
"¿Y ahora~?”
"¿Me estás tomando el pelo?”
Elliot se agitó con más energía hasta quedar a solo un palmo de distancia. Ahora estaban frente a frente, acostados.
"Ahora duerme. Yo te vigilaré.”
Argen lo dijo satisfecho.
Pero el rostro de Elliot se puso pálido.
¿Qué clase de fetiche es este…?
Desvió la mirada hacia el techo, incapaz de soportar los ojos grises que lo atravesaban.
Incluso con los párpados cerrados, sentía aquella mirada como agujas en la piel.
"Señor duque…”
"¿Sí?”
"Me pica la mejilla…”
"Ya veo.”
De pronto, Elliot sintió algo rascándole la cara. Abrió los ojos sobresaltado, Argen lo estaba rascando con las uñas.
"¿Qué… qué está haciendo?”
"¿No dijiste que te picaba?”
Argen, orgulloso, añadió "Esto solo lo he hecho contigo, Elliot Brown.”
Claro, ¿y quién más dejaría que le rascaras la cara así?
"Acerca de nuevo tu mejilla. Ajustaré la fuerza para no lastimarte.”
Elliot se estremeció de horror.
"No, en realidad no me picaba. Era una forma de decir que su mirada me incomoda.”
Mi vida es tan ridícula que hasta tengo que explicar esto…
Con una sonrisa cansada, miró de frente a Argen. Pero pronto se quedó sin palabras.
Tan cerca, el rostro del duque parecía aún más hermoso, sereno y puro. Ojos grises brillantes, nariz recta, labios húmedos y rojos… todo armonizaba con una elegancia que atraía sin remedio.
"Por favor, no me mire así~”
Elliot cerró con fuerza los ojos.
Argen sonrió. Estaba claro que sabía el efecto que causaba.
"Elliot Brown.”
Lo llamó suavemente. Luego guardó silencio.
¿Y ahora por qué no dice nada?
Movido por la curiosidad, Elliot abrió un ojo.
Argen seguía allí, observándolo fijamente. Finalmente, en voz muy baja, casi un susurro, dijo:
"Dicen que si alguien te mira así mientras duermes, te sientes bien. ¿Es cierto?”
Elliot, también en un susurro, respondió.
"…No. En absoluto.”
"¿Antes alguien te ha mirado así, mientras dormías?”
Elliot se quedó sin aliento. Sí, lo hubo.
Mucho tiempo atrás, cuando aún era Im Seongsik, un niño…
"Sí.”
"¿Quién?”
El tono de Argen se volvió más afilado. Pero Elliot, sin darle importancia, respondió:
"Mi padre.”
"Ah.”
Capítulo 40
El padre consolaba al pequeño Im Seong-sik, que lloraba diciendo: «Quiero ver a mamá… Extraño mucho a mi mamá…», lo acariciaba, lo tranquilizaba y se quedaba a su lado hasta que se dormía.
Hasta entonces, para Im Seong-sik, su padre era el mejor del mundo. Era un padre que merecía recibir claveles cada Día de los Padres y ser considerado digno de admiración. Al menos, eso era cuando era niño.
"¿No me dijiste que ese padre tuyo te había abandonado?” preguntó Argen en voz baja otra vez.
Elliot, en silencio, asintió mientras se encontraba con aquellos ojos helados, como fragmentos de hielo.
"Debió de ser duro.”
"…Sí.”
La última palabra se escapó como un sonido metálico. La garganta se le cerraba y casi no podía hablar. Pensaba que quizá Argen se burlaría de él, y por eso le avergonzaba admitirlo. Pero Argen no le prestó atención a eso.
"Habría sido mejor que fuese un completo bastardo. Como mi tío, por ejemplo.”
"…”
Entonces Elliot recordó que Argen no tenía más familia que aquel tío, el emperador.
Argen perdió a su padre antes incluso de nacer y a su madre nada más venir al mundo. Creció rodeado de una sangre indiferente y de enemigos que querían matarlo.
Más tarde, los asesinos enviados por ese mismo familiar lo atacaban constantemente. Pasaba las noches sin dormir y los días entre espadas, cuchilladas y destrucción, sobreviviendo como podía.
¿Sería fácil matar solo porque eran enemigos? Desde niño había presenciado respiraciones extinguiéndose frente a sus ojos. ¿De verdad estaba bien?
Probablemente, los únicos que se habían quedado a su lado hasta que conciliara el sueño eran aquellos criados de dormitorio que habían pasado fugazmente por el puesto antes que Elliot. Noches de insomnio y personas tan ligeras como plumas que no dejaban huella.
"Mi señor " susurró Elliot.
"Duerma. Yo lo cuidaré.”
"No. Hoy eres tú quien debe dormir. Esta noche seré yo tu sirviente de cama.”
"No como sirviente… Simplemente yo lo cuidaré. Elliot Brown, nada más.”
Elliot se quitó las gafas y las dejó sobre la mesilla, volviéndose hacia Argen.
"Puede pensar que soy un amigo… O, si quiere, incluso como familia.”
"…No eres ni mi amigo ni mi familia. Solo un sirviente.”
"Lo sé. Pero… aunque detesto a mi padre, las pocas cosas buenas que me dio siguen dentro de mí. Me dan fuerzas para seguir viviendo.
Decir eso le dio aún más vergüenza que el nudo en la garganta anterior. Bajó la mirada y continuó con esfuerzo.
"Si incluso un padre odiado pudo darme fuerzas para seguir… aunque entre nosotros haya una relación de superior y sirviente… usted no me odia, ¿verdad? Bueno, a veces intenta matarme, pero…”
Argen soltó una risa breve.
"¿Así que quieres darme fuerzas para vivir?”
"Eh… No tan grandioso. Solo…”
"¿Me compadeciste?”
¿Pero qué demonios le pasa a este tío? pensó Elliot, preparando bajo las mantas un disimulado dedo medio.
"No está mal "dijo Argen, sorprendentemente ligero, casi satisfecho. Parecía realmente de buen humor. Elliot bajó lentamente el dedo medio preparado.
"Elliot Brown. ¿Sabías que algunos de tus predecesores intentaron acostarse conmigo?”
"¿Eh? ¿Se, se refiere…?”
"Fingían compadecerme para ganarse mi corazón. Algunos incluso derramaban lágrimas. Era una lástima barata.”
"¡Yo no…!”
"Lo sé.”
Los ojos de Elliot, sin gafas, mostraban un cálido y profundo color castaño. Las pequeñas arrugas de sonrisa y las pestañas, ocultas antes, quedaron captadas en la mirada de Argen.
"Ahora lo entiendo. La compasión no siempre es algo despreciable.”
Había un magnetismo en Argen mientras lo decía, mirando directo a sus ojos. Una fuerza invisible que atrapaba la mirada de Elliot.
"Algunas formas de compasión son nobles y sublimes.”
Luego cerró lentamente los ojos. No añadió nada más, pero Elliot resistió el sueño para observarlo en silencio.
Se quedó quieto hasta que la respiración de Argen se volvió pausada y regular. Curiosamente, con cada exhalación, el resentimiento dentro de Elliot se derretía.
Por fin entendió por qué su padre lo había acompañado hasta dormir. No era solo por su hijo, sino también para sí mismo.
Contemplar a alguien dormir con tanta paz, como si nada malo pudiera ocurrir en el mundo…
"Así se siente mucho mejor… " susurró Elliot, cerrando los ojos y respirando al compás de Argen.
***
A la mañana siguiente, cuando Elliot despertó, Argen ya no estaba. Parecía que había dormido demasiado. Pero en el lugar donde había estado acostado, encontró un sobre.
Medio adormilado, pensó que sería para Louren, pero al abrirlo sus ojos se abrieron de par en par.
«Para Elliot Brown
Espero que tu ánimo haya mejorado.
Prepararé otro regalo en lugar de la plántula durante el día.
Nos vemos esta noche.
Argen Teron»
Más que una carta, era apenas una nota breve. Pero estaba dentro de un sobre y escrita con la elegante caligrafía de Argen.
Las comisuras de los labios de Elliot se elevaron solas, y sus mejillas redondeadas se tiñeron de rojo. Incluso la punta de sus orejas ardía como si recibieran sol directo.
Sus ojos se detuvieron en la última frase: «Nos vemos esta noche.»
No sonaba como algo que se le diría a un criado de dormitorio. Sonaba como algo que se diría a un amigo, un familiar… o incluso a un amante.
Elliot respiró hondo, dobló la carta con cuidado y la guardó en el sobre. Luego buscó su chaqueta, la metió en el bolsillo interior del pecho y la guardó como un tesoro.
Ya no quedaba ni una pizca de rencor hacia Argen. Ni siquiera orgullo.
Más tarde, al pasar por el café Siren y leer la respuesta de Argen a Louren, su ánimo alcanzó su punto más alto.
«Para Louren Fedette
No conozco a ningún veterinario.
Ocúpate tú mismo.
Argen Teron»
Era una respuesta sin alma, ni siquiera sabía por qué se había molestado en escribirla.
“La carta que yo recibí es tan distinta… ¿por qué me hace tan feliz…?”
Elliot volvió a sacar del bolsillo la nota de Argen.
Era breve también, pero transmitía algo completamente diferente.
Mientras reía solo y se disponía a guardarla otra vez, notó que tocaba algo abultado debajo. Sacó entonces un pañuelo arrugado y sucio.
Lo observó un instante y decidió. Esta vez lo lavaría, lo plancharía y se lo entregaría a Argen sin falta. Sentía que, ahora, Argen lo aceptaría de buen grado.
***
"Hoy tenemos té de limón, hecho con limones famosos de la región de Kosas. "
Elliot se asomó, casi tímidamente.
"Como vi que lo disfrutó mucho en el café Sirena, pensé en prepararlo yo mismo hoy. "
Otra mirada.
"Tenga cuidado, está caliente~ "
Otra mirada de reojo.
"¿Qué pasa? " preguntó Argen.
"¿Eh?”
"No has dejado de mirarme de soslayo.”
Elliot se sobresaltó, bajando la mirada.
"L-lo siento…”
"No te pedí que te disculparas… " Argen suspiró y movió un dedo.
"Habla.”
"¿Q-qué debo decir, mi señor?”
"Por qué me mirabas así.”
Argen habló como quien ya sabe la respuesta. Sus ojos gris claro se ensombrecieron.
Elliot reconoció esa expresión. Era la misma que a veces ponían los jefes cuando él, como Im Seong-sik, les decía, “Jefe, necesito hablar con usted…” Parecía que Argen temía que Elliot quisiera dejar el trabajo.
Bah, qué más da.
Elliot sacó un pañuelo blanco doblado con cuidado del bolsillo interior. Era el mismo que había lavado a mano, secado al sol, almidonado y planchado con esmero. Un pañuelo fino, de treinta monedas de oro.
"Tome… "
Nunca había regalado nada así. Haber vivido siempre con carencias hacía que esto fuese su primer regalo verdadero. Por eso, las palabras siguientes se le quedaron atragantadas.
Argen, sorprendido, solo miró el pañuelo extendido. Finalmente lo tomó, y el rostro de Elliot ardió por completo.
"¿Es para mí?”
"S-sí…”
Elliot fijó la vista en las puntas de las botas de Argen, moviendo la cabeza arriba y abajo rápidamente. No podía mirarlo a la cara.
Pasó un silencio tibio entre ambos. Argen acarició con el pulgar el bordado en relieve del pañuelo.
"Es un pañuelo con magia.”
"S-sí… ¿Qué?”
Elliot se había convencido de que era un pañuelo corriente, aunque lo compró en una tienda ilegal de magia. En realidad, lo normal habría sido suponer lo contrario.
"Lo compraste sin saber nada… Parece que esa vieja te lo impuso.”
"N-no exactamente…”
"Es un pañuelo para desear la seguridad de quien lo lleva. No tiene magia real de protección, pero sí un pequeño encantamiento de fortuna. Muy popular entre los enamorados.”
"¿E-enam… enamorados…?”
La palabra fue tan impactante que casi vio todo blanco. Elliot se apresuró a cambiar de tema.
"¡M-mi señor! ¡Me lo impusieron! ¡No lo compré por voluntad propia, lo juro!”
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