Capítulo 41
Ante la vehemente negación de Elliot, Argen volvió a reír. De aquella sonrisa parecía irradiar un resplandor tan intenso que le ardieron los ojos, como si hubiera mirado directamente al sol. Argen, sin importarle que Elliot se frotara los ojos, tomó el pañuelo en sus manos y se levantó.
Luego abrió el primer cajón de la mesita de noche y guardó el pañuelo dentro.
"A partir de mañana lo llevaré conmigo.”
Por alguna razón, esas palabras le dieron vergüenza a Elliot, así que fingió estar ocupado abriendo un libro.
"Como quiera… pues, sí, hágalo.”
Al escuchar el murmullo titubeante de Elliot, Argen volvió a reír. Pero esta vez, Elliot ni siquiera fue capaz de mirarlo a la cara.
"Yo también tengo algo que darte.”
Mientras decía aquello, Argen sacó una pequeña caja del mismo cajón en donde había guardado el pañuelo y se la entregó a Elliot.
"En lugar del plantón de manzano.”
Elliot abrió la caja. Dentro había un par de gafas nuevas.
"…Oh.”
"Te las doy porque la montura de las tuyas está desbalanceada y me molestaba verla. No tiene ningún significado especial.”
Argen añadió la explicación con un tono brusco.
Elliot levantó lentamente las gafas. El diseño era parecido al de las suyas actuales, pero estas eran de un armazón de plata más delgado y ligero. A ambos lados, estaban grabadas con gran detalle las iniciales “E. B.” en cursiva.
"Esto es…”
Elliot levantó bruscamente la cabeza y miró a Argen. Este se sobresaltó y cerró de golpe el cajón de la mesita.
"Las mandé hacer con mi propia caligrafía. Pero ya te dije, no significa nada.”
¡Unas gafas personalizadas terminadas en apenas un día en esta época! Elliot podía imaginar sin dificultad lo mucho que Argen debió de presionar y atormentar al maestro artesano para que las fabricara tan rápido. Pobres artesanos…
Pero había algo extraño. Normalmente se habría indignado por ellos y habría insultado a Argen mentalmente, pero en ese momento no quería hacerlo. La lástima fue solo un instante, porque lo único que llenaba su pecho era alegría. Estaba tan emocionado por tener unas gafas hechas especialmente para él que casi le daban ganas de llorar.
"Si hablas con Henderson, podrá ajustar los lentes. De momento no tienen medida…”
"¡Me encantan!”
"…”
"De verdad, gracias. Es, sinceramente, el mejor regalo que he recibido en mi vida.”
Los ojos de Elliot brillaban como los de un niño que recibe un regalo soñado. Ese fulgor era tan deslumbrante que Argen entrecerró los ojos.
Elliot no notó la expresión de Argen. Con rapidez se quitó sus viejas gafas torcidas y se puso las nuevas. Aunque sin aumento no veía bien, le sonrió a Argen con una sonrisa traviesa de oreja a oreja.
"¿Me quedan bien?”
"…Mucho. Te quedan muy bien.”
Argen respondió lentamente.
Elliot, entusiasmado, se empujó las gafas con el dedo y acarició las iniciales grabadas en el lateral de la montura.
E. B.
Elliot Brown.
Era la primera vez, desde que había poseído este cuerpo, que sentía verdadera alegría y orgullo por llevar este nombre.
"Gracias.”
Volvió a dar las gracias. Argen no respondió nada. Pero como que Argen lo ignorara era cosa de todos los días, Elliot no le dio importancia y simplemente frunció la nariz debajo de sus nuevas gafas.
Si en ese momento hubiera prestado un poco más de atención, habría notado que, al igual que él, las puntas de las orejas de Argen se habían teñido de rojo.
***
Después de aquel día, Elliot empezó a usar sus nuevas gafas y se dedicó con entusiasmo a redactar las cartas que Louren debía enviar a Argen.
Carta de Louren:
“Al bondadoso duque Argen Teron:
Le cuento noticias del pobre cuervo. Fue bien atendido y volvió a volar por los cielos. Gracias por su preocupación.
Recibir sus cartas me llena de alegría, pero sería aún mejor si me contara más de usted. Hoy un amigo me regaló un cuadro de un pintor desconocido, dice que pronto será famoso gracias a su mecenazgo. Así que lo acepté: si el artista alcanza la gloria, el cuadro tendrá valor; y si no, al menos reconocí la ilusión de mi amigo. ¿No es sabia mi decisión?.
Con humildad,
Louren Fedette”
Respuesta de Argen:
“Louren Fedette:
Se ve que tu humildad ha muerto. Y los regalos no se reciben con un cálculo tan mezquino.
Debes aprender más de los que te rodean.
Argen Teron.”
Nueva carta de Louren:
“Al misterioso duque Argen Teron:
¿De quién exactamente debería aprender? Su explicación es demasiado corta y no logro entenderla. No es un problema de mi inteligencia, sino de su falta de consideración.
Y ¿qué hay de malo en calcular? Si surge de una buena intención, ese cálculo también es bondadoso. Créame: todos a su alrededor calculan en secreto. Solo que usted no se da cuenta.
Yo soy una persona muy virtuosa, no olvide que soy un fragmento de Dios.
El ángel de blanco, Louren Fedette.”
Al recibir aquella carta, Argen soltó una risa nasal involuntaria. Seguía sin simpatizar demasiado con Louren, pero descubría que el intercambio epistolar era sorprendentemente entretenido.
Las cartas de Louren no eran elegantes, ni aristocráticas, ni refinadas. Eran directas, vanidosas, y dejaban al descubierto un carácter desagradable. Pero justamente por eso resultaban extrañamente atractivas, con un ritmo peculiar. Incluso, en ocasiones, al mostrar sus defectos con tanta franqueza, podían parecer un poco adorables.
¿Adorable?
Argen se burló de sí mismo y apartó la carta. Si se trataba de algo adorable, ese título le correspondía a Elliot Brown…
Al darse cuenta de lo que acababa de pensar, endureció deliberadamente el rostro y tomó la pluma para contestar.
Respuesta de Argen:
“Louren Fedette:
La persona de la que hablo acepta los favores de manera pura, sin ningún cálculo. Tú no podrías hacerlo jamás, ni aunque volvieras a nacer. Ríndete. Ni siquiera lo intentes. Me resulta ofensivo.
Argen Teron.”
Argen sabía que había sonado un poco irritable sin motivo, pero no pudo evitarlo. Todo porque, al pensar en la palabra “adorable”, de inmediato se le había aparecido Elliot Brown en la mente.
Claro que Elliot era simpático en ciertos aspectos… pero de ninguna manera podía llamarlo adorable.
Sin notar la contradicción en su razonamiento, Argen sacó del bolsillo interior el pañuelo que llevaba guardado. Su rostro se relajó poco a poco, como tinta que se expande en el agua. Era un cambio sutil pero innegable.
***
Pasaron algunos días de tranquilidad. Argen y “Louren” (en realidad Elliot) siguieron intercambiando cartas, cada vez más triviales y cotidianas. La más reciente decía así:
Carta de Louren:
“Al héroe de Lantar, duque Argen Teron:
Esta mañana un joven noble, admirador mío, me regaló un collar de joyas. Era muy femenino y ostentoso. ¿Cómo espera que lo use? Claro que nada desentona con mi belleza.
Ahora que lo pienso, nunca lo he visto llevar adornos, salvo la máscara. ¿Puedo preguntarle qué tipo de accesorios suele usar? Tal vez algún día le haga un regalo. Creo que cualquier cosa le quedaría bien. Escríbame su respuesta. Ya sabe de mi fortuna.
Con la caja fuerte a punto de reventar,
Louren Fedette.”
Respuesta de Argen:
“Louren Fedette:
El único adorno que me gusta es la máscara.
Deja ya de escribirme.
Argen Teron.”
Nueva carta de Louren:
“Al apuesto duque enmascarado:
¿Qué tal si le regalo una máscara de las que se usan en bailes de disfraces o en la ópera? Le sentaría de maravilla, porque aunque se cubra con una máscara no puede ocultar su hermoso rostro. Y como siempre lleva ropas tan sobrias, le vendría bien adornarse un poco. ¿Qué opina?
Con buen ojo para los detalles,
Louren Fedette.”
Respuesta de Argen:
“Louren Fedette:
¿Acaso ahora vendes máscaras?
No compraré.
Argen Teron.”
"Menuda forma de hablar… " murmuró Elliot, con una sonrisa amplia en el rostro.
Últimamente, todo le parecía bien. Su trabajo como sirviente de cámara de Argen se había vuelto más sencillo, sentía que estaban más cerca, y escribir las cartas era divertido.
Le gustaba especialmente que Argen tratara con tanta frialdad a Louren, a diferencia de cómo lo trataba a él.
"Esto no me huele bien…”
La sonrisa de Elliot se ensombreció poco a poco con un atisbo de preocupación. No tenía una razón concreta, solo una intuición. Era la misma sensación que todo trabajador de servicios conoce: ‘Hoy no hay clientes, qué suerte”, dices… y en ese mismo instante llega un grupo enorme. Cada uno pide un plato distinto, arman un gran alboroto y, cuando alguno pregunta ‘¿Todavía no está listo?’, decenas de miradas se clavan en el pobre camarero.
La ley del universo.
La calma absoluta nunca dura demasiado.
Capítulo 42
Eliot, como un animalito pequeño que percibe peligro, se estremeció y guardó la carta en el cajón, cerrándolo con llave y asegurándose de tironear del mueble para comprobar que estaba bien cerrado. Aunque la preocupación lo invadía, al dejarlo todo bajo llave se sintió un poco más tranquilo.
Justo entonces, alguien golpeó su puerta con fuerza.
"¡Escritorrrr!”
Eliot giró lentamente la cabeza hacia la puerta, como si el cuello le pesara.
El golpeteo era tan insistente que parecía una turba entera llamando a su habitación.
***
"La salida es por allí, por favor~ " dijo Eliot amablemente, extendiendo los brazos hacia la puerta. Pero Gennewin, echado boca arriba sobre la cama y con los zapatos puestos, ni se movía.
"Déjame descansar un ratito, ¿sí? Quería venir a divertirme a tu cuarto, escritor.”
"¿Desde cuándo somos tan cercanos como para…?”
"¡Ah! ¡Eh, Camembert! ¿Tú también viniste?”
El gato Camembert se subió a la cama, olfateando la cara de Genewin como si inspeccionara un mueble nuevo.
"¡Ugh, qué sensación tan rara! " se quejó él, aunque pronto estalló en risas. Pero en mitad de esa risa, soltó un quejido ahogado.
"¿Qué le pasa?" preguntó Eliot.
"¿Eh? ¿Qué cosa? " repuso Genewin con fingida inocencia. La expresión de ingenuidad era tan impostada que parecía una máscara.
Eliot caminó hacia él y, sin previo aviso, le levantó la camisa a la altura del pecho.
"¿¡Eeeh, escritor, es que eres un pervertido!? " protestó Gennewin, sorprendido, pero con una sonrisa resignada, casi hueca.
El cuerpo del joven estaba cubierto de hematomas y heridas. Eran golpes calculados, siempre en zonas ocultas por la ropa y evitando órganos vitales, como si alguien lo hubiese golpeado con fría precisión.
"¿Ha sido su hermano? "preguntó Eliot con calma.
"Claro, ¿quién más? Ninguna dama se ensañaría así, al menos no de esta forma tan asquerosa.”
Gennewin repuso con un tono burlón, bajándose la camisa.
"¿Por qué? ¿Por qué alguien haría esto…?”
"Jajaja… ¿es que me estás preocupando, escritor?”
Se rió sin fuerza, apenas un ruido áspero de garganta, porque reír le dolía.
"¿Conoces a lady Violet, verdad? La que más se ha carteado contigo últimamente.”
"Sí. Lady Violet Flint.”
"Pues… resulta que me envió una propuesta de matrimonio.”
"¿Qué?”
"Has hecho demasiado bien tu trabajo, escritor. Siempre tan digno del autor de “La flor que brotó en la punta de la espada”.”
Levantó un pulgar con gesto débil y juguetón.
"Pero entonces, ¿por qué su hermano le pega así?”
La furia subió al rostro de Eliot. ¿Cómo podía un hombre destrozar de ese modo a su propio hermano?
Genewin, viendo su expresión, explicó:
"Es por el poder del marqués Flint. ¿Sabías que en el imperio solo hay cuatro Maestros de Espada? Uno es el duque, otro es el marqués de la frontera Flint. Dicen incluso que Violet será la siguiente en alcanzar ese título.
Ah… con razón tenía tanta presencia en las cartas…
Eliot recordó la correspondencia con Violet y se prometió a sí mismo no salirse nunca de su papel con ella.
Genewin continuó.
"Mi hermano teme que, si me convierto en yerno de los Flint, pueda amenazarlo algún día. Por eso me golpeo. ¿Sabes lo que me dijo mientras me pegaba? ‘¿Así que todo este tiempo me has estado engañando para clavarme un cuchillo por la espalda?’. Es perspicaz, lo reconozco. Ni yo esperaba esta propuesta de Violet.
Con esfuerzo, Gennewin se incorporó en la cama. El sudor frío perlaba su frente.
"Así que, por ahora, no puedo acercarme a ninguna mujer. Mi hermano está con los nervios de punta y está investigando a todas las que me rodean. Por eso, escritor…”
Juntó las manos con un clap, aunque se le notó el dolor en el rostro.
"¡Déjame quedarme aquí, por favor!
“Obviamente no… de ninguna manera…”
Eliot se cubrió el rostro con las manos y los lentes, al borde de las lágrimas.
Xx, qué lástima… ¿qué hago ahora…?
***
Si fuera su propia casa, Eliot lo habría aceptado sin pensar. Pero estaba viviendo en la mansión del duque Argen, y esa habitación solo se la habían prestado. Así que explicó que debía pedir permiso, y Genewin, resignado, estuvo de acuerdo.
La respuesta de Argen fue inmediata.
"No.”
Rotunda.
"En mi mansión, cada sirviente ha sido escogido y entrenado con cuidado. Solo pasé por alto a los ayudantes de los criados, pero después de aquel tal Darlin, me volví estricto.”
Su voz se volvió sombría.
"¿Y ahora pretendes alojar aquí, en tu cuarto, a un extraño como Genewin Tulion?”
"Pero la cama es grande y…”
"¿Acaso piensas dormir con él en la misma cama?”
Los ojos de Argen brillaban con una locura inquietante.
Con razón lo llaman “duque loco”…
Eliot sintió su mirada atravesarlo, y apenas logró sostenerla con un gesto torpe de protesta.
"Al fin y al cabo somos hombres, no pasa nada si…”
"¿Y cuando dormiste conmigo, tampoco pasó nada?”
¡¿Por qué lo dice así?!
Parecía insinuar otra cosa. ¡Sí, habían dormido juntos, pero no en ese sentido…!
Eliot quedó boquiabierto.
Argen, dándose cuenta de su turbación, se inclinó un paso más hacia él y sentenció.
"Tu cama es mía. No la compartas con ningún otro hombre.”
Está… está loco…
El duque decía aquello con total naturalidad, como si fuese la escena de un drama romántico.
En resumen, era un “no” categórico. Eliot debía pensar en otra opción.
"Podría quedarse en una posada de lujo" añadió Argen, como si fuera lo más lógico " ¿Para qué te preocupas tú?
"El problema es que…”
Eliot ya lo sabía, en cuanto Genewin se escondiera en una posada, su hermano lo encontraría enseguida y lo arrastraría de vuelta a casa. El único lugar en el imperio donde estaría a salvo era la mansión del duque Argen. Por eso Genewin había trepado esa misma tarde por la abertura junto al portón trasero para colarse dentro.
Pero el hecho de que sufría maltrato debía seguir en secreto. Eliot estaba a punto de inventar otra excusa cuando alguien entró de golpe.
"Excelencia, ha llegado el vizconde Tulion.”
"¿A estas horas?" murmuró Argen con tono cargado de significado, lanzando una mirada a Eliot.
Este se puso rígido de nervios.
"Enseguida iré.”
El mayordomo Henderson salió a toda prisa. Argen se vistió con rapidez: se puso una túnica negra sobre el pijama, ajustó el cinturón, se quitó el gorro y el cojín de cuello, bebió un elixir de tinte y se cubrió con la máscara. Todo tan veloz que Eliot apenas pudo seguirlo con la mirada.
Convertido ya en el perfecto “Duque Teron” de cabellos negros y porte imponente, se volvió hacia él.
"Eliot Brown, ven conmigo.”
¿Yo qué…?
Y sin darse cuenta, ya estaba entrando junto a Argen en la sala de visitas.
Allí lo esperaba un hombre con la misma cabellera roja intensa que Genewin. Llevaba el pelo peinado hacia atrás, aunque algunos mechones rebeldes caían al frente. Sus cejas oscuras eran muy marcadas, y su rostro, aunque no tan atractivo como el de su hermano, resultaba apuesto. Era algo más bajo que Gennewin, pero desprendía una autoridad tan intensa que parecía imposible enfrentársele.
Sin embargo, al sonreír, aquella aura se desvaneció. Con cortesía impecable saludó al duque.
"Hace mucho que no lo veía, su excelencia.”
Eliot no podía creer que ese hombre amable fuese el mismo que había torturado y golpeado a Genewin durante tanto tiempo. De no haberlo leído en la historia original, pensaría que Gennewin lo había inventado.
"Vizconde Tulion, sabrás bien qué significa que vengas a mi mansión a estas horas.”
"Jajaja, qué formalidad. Llámeme Tesius, por favor. Y le pido disculpas por venir tan tarde, pero hay un asunto urgente en mi familia, y necesito su ayuda, duque.”
La sonrisa de Tesius era casi idéntica a la de su hermano. Luego, con ese mismo gesto amable, miró hacia Eliot.
"Pero preferiría no exponer un asunto tan privado de mi familia delante de un sirviente.”
Y añadió con una sonrisa dulzona.
"Tú. Sal un momento. Necesito hablar a solas con el duque. Haz de guardia afuera, ¿quieres?”
"Ah… sí, claro, entendido~ " respondió Eliot, dispuesto a salir.
"No. Quédate.”
La voz de Argen irrumpió con fuerza entre ambos.
Tesius lo miró, sin comprender, pero los ojos del duque no se apartaban de Eliot.
"Quédate aquí. No hay necesidad de salir.”
Capítulo 43
Argen se sentó en el sofá de la sala de recepción. Luego dio unos golpecitos en el asiento a su lado, indicándole a Elliot que se sentara allí. Elliot miró de reojo a Argen y a Tesius alternativamente, y al final se dejó caer tímidamente junto a Argen.
En ese instante, Elliot alcanzó a notar una vena latiendo en la frente de Tesius.
Sigue dando miedo…
Elliot corrigió de inmediato su primera impresión, aquel hombre estaba lejos de ser inofensivo.
"Excelencia, ya le dije que esto es un asunto de mi familia.”
"Si hablas de Genewin Tulion, está aquí.”
"¡Mi lord!”
Ante la sorpresiva revelación de Argen, Elliot no pudo evitar soltar un grito.
"Vaya sirviente tan insolente. En fin, eso hace más fácil las cosas. Justo he venido a llevármelo.”
La mirada de Tesius cambió; ahora sonreía con la astucia y la malicia de una serpiente al acecho o quizá solo fuera la manera en que Elliot lo percibía.
"Resulta que Genewin otra vez ha… forzado a una dama. Todo un problema, ya que exigen que se responsabilice. Necesito hablar con él al respecto.”
"Eso es mentira…”
El murmullo de Elliot se escapó sin querer, dejando un breve silencio en la estancia.
"¿Qué es lo que llamas mentira? Vaya, excelencia, debería educar mejor a su sirviente. ¡Qué impertinente!”
En ese instante, Tesius parecía el mismísimo segador, listo para llevarse a Elliot. Instintivamente, Elliot se escondió tras la silueta de Argen, encogiéndose lo más posible.
De los problemas que uno conoce y los que no, mejor quedarse con los que ya conoce.
"No te metas en mis asuntos. Puedes llevarte a Genewin Tulion. Al fin y al cabo, era un invitado indeseado.”
"¡No, mi lord, no puede!”
Elliot susurró desesperado, aferrándose al brazo de Argen y negando con la cabeza. Pero, dado que solo había tres personas en la sala, por más bajo que hablara o pequeño que hiciera el gesto, todo se escuchaba y se veía con claridad.
Tesius soltó una carcajada.
"¿Y por qué no habría de llevármelo, eh?”
Elliot miró nervioso a ambos hombres, cerró los ojos con fuerza y respondió.
"El señor Genewin nunca sería capaz de forzar a una mujer. Y usted mismo, vizconde, lo sabe. Si aun así miente para llevárselo, ¿cómo podríamos permitirlo?”
Elliot lo sabía mejor que nadie, Genewin y Violet no tenían esa clase de relación. Él mismo había sido el intermediario de sus cartas. Y Violet, poco a poco, había empezado a mostrar interés por Genewin. Su propuesta de matrimonio había nacido de su afecto y de su carácter decidido, no de una obligación.
¿Forzarla? ¿Una boda por responsabilidad? ¡Puras mentiras!
"Jajajaja, qué gracioso. ¿Y tú quién eres para decidir si Genewin vuelve a casa o no? Yo soy su tutor.”
Ante esas palabras, Elliot abrió de golpe los ojos, que ahora brillaban con inusual determinación.
"Un tutor no actúa de esa manera, señor vizconde.”
"¿Ah, no? ¿Y cómo he actuado entonces?”
"¿De verdad tiene que preguntármelo? Usted debería saberlo mejor que nadie.”
Tesius soltó una sonora carcajada. Y de pronto, desenvainó su espada y la lanzó contra Elliot.
¡Shraaak!
"¡Ah!”
De no ser porque Argen lo apartó con rapidez, la cara de Elliot habría quedado marcada de por vida. Aun así, algunos mechones de su flequillo fueron cortados y cayeron suavemente al suelo. Tembloroso, Elliot se tocó la frente, todavía en shock.
Argen guardó silencio unos segundos, observando a Tesius. Al fin habló.
"Retiro lo que dije antes. Genewin Tulion permanecerá aquí, por el momento.”
Elliot, aún con el corazón desbocado, lo miró sorprendido. Argen, sin embargo, se fijaba en los mechones que yacían en el suelo. Luego, volvió a alzar la vista hacia Tesius.
"Y además, vizconde Tulion, si no sales de mi casa en este instante, te retaré a un duelo.”
"Vaya, vaya… cada vez me sorprende más.”
Tesius se llevó una mano al pecho y se inclinó levemente.
"¿Qué podría hacer yo contra el héroe de la guerra de Lantar? Me retiraré por hoy.”
No obstante, antes de marcharse, dejó caer una última advertencia.
"Pero, excelencia, no confíe en exceso en un simple pasatiempo pasajero.2
Era una amenaza dirigida claramente a Elliot.
¿Qué dice este malnacido? Cómo enreda las palabras, el cabrón.
Mientras lo veía salir, Elliot fingió una reverencia… y en secreto levantó el dedo medio.
"¿Y ese dedo por qué lo levantas?”
Si hubiera sabido que lo notarían, jamás lo habría hecho. Elliot cerró el puño enseguida y fingió una expresión inocente.
"¿Perdón? No entiendo de qué me habla…”
"Así, con el dedo en medio. También lo has hecho varias veces a mis espaldas.”
¿Lo había visto? Elliot sonrió forzado, encogiéndose de hombros.
"Ah, eso… es solo una señal de que entendí, mi lord~”
Diciendo esto, Elliot volvió a alzar el dedo medio, como si nada.
"Ya veo. Entiendo.”
Argen, serio, le devolvió el gesto con firmeza. Y así, ambos salieron de la sala mostrándose mutuamente el dedo medio, como dos cómplices traviesos.
***
Genewin, al enterarse de que su hermano lo había buscado, se quedó helado. Pero cuando supo que Argen lo había echado, soltó un gran suspiro de alivio. Incluso quiso agradecerle abrazándose a él, aunque Argen lo apartó sin piedad.
"De todas formas, no vas a dormir en la habitación de Elliot Brown.”
Luego llamó a Henderson.
"Prepárale una habitación de invitados. Una tan cómoda que no quiera irse a ningún otro lado.”
"Sí, excelencia. Por aquí, señor Genewin.”
"Pero yo quiero dormir con el escritor~”
Genewin se quejó como un niño, reacio a separarse de Elliot. Pero en cuanto Argen posó la mano sobre la empuñadura de su espada, salió disparado.
Una vez que Genewin y Henderson desaparecieron por el pasillo, Argen y Elliot quedaron frente a frente, en silencio.
"Entonces…”
"Ahora…”
Sus voces se solaparon como en un drama romántico barato. Elliot, incómodo por la atmósfera, carraspeó.
"Ejem… bueno, me retiro a descansar.”
Se dio la vuelta hacia la puerta de su cuarto, justo al lado, cuando Argen lo llamó.
"Elliot Brown.”
"¿…Sí?”
Con un solo paso, Argen se plantó frente a él. Y con una voz grave y sedosa, le susurró.
"¿No olvidas algo?2
"¿O… olvidar?”
En Corea, esa frase siempre precedía a un beso. Entre familiares o amantes, “¿no olvidas algo?” solía significar un beso o un abrazo.
Por supuesto, este mundo no era Corea.
Pero como lo había creado un autor coreano, Elliot no pudo evitar pensarlo.
Aunque sabía que Argen no lo decía en ese sentido, su rostro se tiñó de rojo como una manzana. Agachó la cabeza, intentando ocultar el sonrojo.
"N-no sé a qué se refiere…”
"¿De veras no lo sabes?”
"N-no…”
"Tu turno de trabajo.”
"¡Ah!”
Elliot levantó la cabeza de golpe, con la cara encendida a punto de explotar.
"E-entendido. Lo atenderé con todo esmero.”
Se inclinó torpemente, mientras arriba Argen soltaba una risa divertida.
Maldita sea, qué vergüenza…
Por suerte, aquella noche el turno terminó rápido. Como de costumbre, Argen se durmió en seguida y Elliot quedó libre en menos de media hora.
La verdad es que este trabajo es un chollo.
Reflexionaba mientras se preparaba para dormir.
El turno no superaba nunca una hora. El salario era el doble que el de una jornada normal de 8 horas, seis días a la semana. Incluso como “plus nocturno”, era exagerado. El ambiente de trabajo tampoco era malo. Argen ya no lo miraba con desconfianza; más bien parecía pendiente de él. Además, había recibido unas gafas como incentivo…
Por otro lado, el encargo de escribir cartas de amor iba viento en popa. Argen no mostraba el menor interés romántico en Lauren Fedette, pero respondía, aunque fuera con frases cortas y secas. Eso bastaba para transmitir cierta cercanía. Lauren probablemente no moriría. Y Elliot tampoco.
Elliot se quitó las gafas y pasó los dedos por el marco, disfrutando de la sensación.
Ojalá pudiera seguir trabajando así siempre…
Pero no lo dijo en voz alta. Conocía la ley no escrita del trabajo: el día que dices “hoy estuvo tranquilo”, de repente llegan todos los clientes a la vez.
Antes de apagar la lámpara, comprobó que Camembert estaba durmiendo plácidamente en su casa. Juntos vivirían mucho tiempo, hasta el final de sus vidas. Con el pecho ligeramente encogido de emoción, Elliot apagó la luz y se tendió a descansar.
El recuerdo del hermano de Genewin lo inquietaba, pero prefirió confiar en que todo saldría bien.
Y así se durmió.
Capítulo 44
Qué agotador.
Elliot cayó jadeando en el suelo del pasillo, sentado de cualquier manera.
"Escritor, ¿por qué tienes una resistencia tan de basura? Levántate.”
Genewin era como una muñeca de película de terror, aunque la tiraras, siempre volvía.
Aquella mañana había llamado a la puerta de Elliot pidiéndole que le mostrara la mansión, y desde entonces no habían parado de recorrer cada rincón, incluso aquellos en los que el propio Elliot jamás había estado.
Acompañar a Genewin resultaba mucho más agotador que trabajar en unos grandes almacenes. Era como recorrer un centro comercial desde el primer hasta el sexto piso, entrando en cada tienda, probándose ropa y charlando con los dependientes, todo para complacer a una pareja con energía social inagotable.
Elliot se había desplomado en el pasillo del cuarto piso. Tenía los labios resecos y cuarteados, y todo su cuerpo parecía deshidratado, como un esqueleto andante.
"Agua… agua…”
"¿Agua? ¡Vamos a la cocina del sótano! La sirvienta mofletuda de allí era muy mona. Podríamos pedirle agua y de paso preparar un tentempié.”
"N… no. Tragaré mi saliva, está bien…”
Cada palabra que Elliot pronunciaba, Genewin la devolvía multiplicada por diez. Más que un talento, aquello le parecía una maldición.
"Mira, entremos a ese cuarto también. ¿Sabes? El gran duque ordenó que me trataran con los más altos honores como huésped.”
Dijo Genewin, presumiendo.
Por lo visto, las palabras de Argen la noche anterior, cuando le asignó una habitación de invitados, habían hecho que los sirvientes "con Henderson a la cabeza" le brindaran una atención especial. Contento con ese trato, Genewin había insistido en que Elliot también lo tratara como a un “invitado distinguido”.
"Sí, sí, entendido, estimado cliente.”
Elliot se levantó tambaleándose, apoyándose en la pared. Sentía las piernas flojas, temblando con cada paso. Justo cuando iban a entrar en la habitación, la puerta se abrió con un chirrido.
De allí salió Argen, de cabello negro y con una máscara puesta.
"¡Gran duque! ¡Aquí estaba! Justo había querido saludarlo esta mañana, pero cuando fui a buscarlo ya no estaba y lo lamenté mucho.”
Dijo Genewin, acercándose con familiaridad.
Pero la mirada de Argen no se dirigió a él, sino a Elliot.
"¿Por qué caminas como un ternero recién nacido? ¿Estás enfermo?”
Primero había sido un potrillo, ahora un ternero… parecía que iba a salir todo el zoológico. Elliot apretó los dientes por dentro, enderezándose para aparentar firmeza.
"¿Enfermo yo? Estoy sano y fuerte.”
Sonrió, pero Genewin enseguida lo delató.
"¿Sano y fuerte? ¡Si estabas jadeando desde el primer piso!”
"¿Desde el primer piso? ¿Así que lo arrastraste hasta aquí arriba?”
El ceño de Argen se frunció, molesto.
Sin percatarse, Genewin respondió alegremente:
"Desde el segundo sótano, en realidad. Nuestro escritor quiso enseñarme toda la mansión.”
Guiñó un ojo a Elliot.
Ese maldito cliente… ¡fuiste tú quien pidió el recorrido!
Elliot lo habría arrojado de vuelta al sótano si hubiera tenido fuerzas.
"Entonces lo has arrastrado seis pisos en total.”
La voz de Argen sonó tan gélida como un guardián del infierno. Cruzó los brazos y lo examinó de arriba abajo, como eligiendo dónde golpear. El corazón de Elliot se agitó violentamente, sin saber si era por miedo o por otra cosa.
"Elliot Brown tiene las piernas tan débiles como un cervatillo recién nacido. Arrastrarlo seis pisos… parece que la humanidad de la familia Tulion se extinguió hace mucho.”
Un ataque directo a los ancestros. Aunque parecía que lo estaba defendiendo, Elliot no se sintió nada cómodo.
Pero Genewin, lejos de achicarse, sonrió con coquetería.
"Entonces, escritor, ¿a pesar de ser tan frágil lo hiciste solo porque yo te lo pedí? ¿Me aprecias tanto?”
Elliot iba a protestar, pero Argen lo interrumpió.
"Elliot Brown no te aprecia. Solo es débil de cuerpo y de carácter, y por eso se deja arrastrar.”
"Veo que conoce muy bien los sentimientos del escritor, ¿son muy cercanos ustedes dos?”
"En absoluto. Pero incluso así, estoy seguro de que lo conozco mejor que tú, fanático.”
"Fanático, ¿eh? Suena bien en este contexto. Además, yo ya lo conocía antes de que trabajara aquí.”
De pronto, la tensión entre ambos se hizo palpable, como un duelo de tigre y dragón. Argen lo miraba con fiereza, y Genewin, sonriendo, no retrocedía ni un paso.
"Oigan… ¿podrían callarse los dos un momento?”
Elliot, con una sonrisa beatífica, apoyó una mano en cada uno de sus hombros.
"Quita tu mano.”
"Yo, en cambio, dejaría que me abraces todo lo que quieras, escritor.”
Elliot retiró las manos enseguida, aún sonriendo. Eran insoportables, cada uno a su manera.
Suspirando, tomó a Genewin del brazo y lo colocó a su lado.
"Gran duque, no soy un ternero ni un cervatillo. No soy tan débil.”
Luego miró a Genewin.
"Señor Genewin, lamento decirle que no somos tan cercanos.”
Y añadió.
"Aquí termina el recorrido de la mansión. Yo regresaré a mi habitación, y les ruego a ambos que dejen de pelear.”
Hizo una reverencia cortés y se apresuró a bajar las escaleras, temeroso de que alguien lo detuviera. Cada escalón le hacía temblar las piernas, pero no se detuvo.
No sabía por qué estaban disputándose a su alrededor, pero estaba seguro de que nada bueno saldría de que su nombre quedara en medio.
Era un principio vital de Elliot Imseongsik Brown.
Ya en su cuarto, se sentó a masajearse las piernas doloridas, cuando escuchó un ruido extraño.
"¡Hisss! ¡Hyaaa!”
"¿Q… qué?”
Frente a él, Camembert, su gato negro, erizaba el pelaje y le bufaba con furia.
"Camembert, ¿qué te pasa?”
Elliot se incorporó con preocupación, pero el gato se escondió tras las patas del escritorio, bufando sin cesar.
"¿Será que tengo un olor extraño?”
Pensó en Genewin y en los aromas que podía haber traído consigo. Pero entonces…
¡Paf!
Sintió un golpe fuerte en la nuca. La vista se le tambaleó y un calor punzante se extendió desde la parte posterior de la cabeza.
Cayó al suelo. Entre la visión borrosa alcanzó a ver unas botas negras. Elevó la mirada con dificultad y distinguió una figura cubierta de negro, con solo los ojos visibles. De esa persona emanaba una sensación siniestra.
‘Debo llamar al gran duque…’
Pero Elliot perdió el conocimiento.
El enmascarado cargó con su cuerpo y, sacando un pergamino, lo desgarró. En un instante, él y Elliot desaparecieron como humo.
En la habitación solo quedó el gato negro, temblando tras el escritorio.
***
Cuando Elliot recobró la conciencia ya era de noche. Tenía un saco en la cabeza. Por el olor húmedo a madera podrida y musgo, dedujo que estaba en un establo o cobertizo abandonado en medio del bosque.
Sus manos y pies estaban atados con cuerdas. La nuca le dolía y sufría mareos, lo que dificultaba pensar con claridad. El saco sobre su cabeza lo privaba de la vista, y el ulular de los búhos aumentaba el terror.
“¿Un secuestro…?”
Eso parecía. Pero, ¿quién en su sano juicio secuestraría a un simple sirviente? En este mundo no se le ocurría nadie que lo odiara tanto.
Ni Louren, ni Genewin, ni siquiera Argen "que en la obra original terminaba matándolo" parecían ser culpables.
Pero al calmarse un poco, tres nombres surgieron en su mente:
Darlin. Tesius. El Emperador.
Había muchos sospechosos.
“¿Acaso se me ha ido la cabeza? ¿Por qué pensaba que todo iba bien…?”
Se había relajado demasiado con su vida cómoda.
Dalyn aún seguía prófugo tras incriminarlo falsamente. Tesius, con su doble personalidad, la noche anterior lo había considerado insolente. Y el Emperador, villano oculto en la obra original, era otro posible culpable.
Capítulo 45
Elliot gimió mientras intentaba incorporarse un poco. Probó a hablar con cautela hacia la nada que lo rodeaba.
"Eh… ¿hay alguien por ahí? ¿La persona que me secuestró~? “
Como si estuviera llamando a un cliente para entregarle una bebida, puso todo su empeño en invocar a cualquiera que pudiera estar cerca. Pero el silencio lo envolvía.
Por cómo se propagaba su voz, Elliot calculó que aquel granero debía de tener más o menos el mismo tamaño que su antigua casa. Y por el eco sordo de sus palabras, era muy probable que no tuviera ni una sola ventana.
¿Un almacén construido solo para encerrar gente, o qué…?
Refunfuñando en la oscuridad, un escalofrío repentino lo recorrió. ¿Y si de verdad era un almacén de confinamiento? Eso significaría que el culpable era alguien acostumbrado a “deshacerse” de personas, alguien con poder.
Tesius… o el Emperador.
El corazón de Elliot se aceleró. Tesius apenas aparecía en la obra original, lo que lo hacía impredecible, y el Emperador era famoso por mandar asesinos contra su propio sobrino como pasatiempo. Fuera quien fuera de los dos, su secuestro tenía como propósito acabar con él.
“Debo soltar estas cuerdas antes de que alguien venga.”
Se movió. En novelas y webtoons, siempre había un protagonista que lograba cortar las ataduras frotando las manos atadas contra algo. Sí, se lastimaban un poco, pero mejor eso que morir.
Elliot tanteó la pared con la espalda, buscando alguna astilla saliente.
"¡Ay!”
De pronto, algo se le enganchó. Era un trozo roto de la madera del granero.
Aquí está.
Rápido, colocó sus muñecas contra el filo y empezó a frotar arriba y abajo.
Ras, ras, ras… ras…
Nada. Por más que insistiera, la cuerda no mostraba signos de romperse. Y al pensarlo, recordó que ningún protagonista había usado madera; siempre conseguían vidrio o metal.
Así que Elliot no estaba más que restregándose contra la pared y, de paso, clavándose astillas en las palmas.
¿Por qué me secuestrarían a mí? Tan inútil, tan poca cosa…
Con un suspiro tembloroso, apoyó la cabeza contra la pared, esperando que pasara el dolor punzante. Su respiración formaba una silueta húmeda sobre la tela del saco que le cubría el rostro.
Entonces, se oyó afuera el tintinear metálico de unas cadenas.
Elliot se puso nervioso, dudó qué hacer, y al final se recostó en el suelo fingiendo seguir inconsciente. Poco después, la puerta chirrió al abrirse. Una ráfaga de aire fresco se coló en el granero maloliente.
"¿Todavía no despierta?”
Elliot estuvo a punto de jadear. Esa voz… la había oído ayer.
"Sí, mi lord. Como dijo que no tuviera compasión, lo golpeé fuerte en la cabeza.”
El vizconde Tesius Tulion. Él había sido el que lo secuestró.
¿Por qué? ¿Solo porque ayer le contesté?
Sí, debería haberle dicho a todo que sí. Error suyo. Pero estaba tan enojado con lo que le había hecho a Gennewin, que se atrevió a discutir. Elliot, siempre “Empleado del Mes”, se había rebajado a discutir con un cliente. Si sus ex compañeros o jefes lo supieran, lo tomarían como una mala broma.
"Despiértalo. Si lo golpeas otra vez, se levantará del dolor.”
"Entendido.”
El enmascarado se acercó con la espada enfundada en la mano. Elliot no tuvo más opción que improvisar.
"Aaah~ ¡Qué sueño!”
Fingió desperezarse justo a tiempo.
Tesius y el enmascarado parecieron desconcertados, pero al menos evitó un golpe en la cabeza.
"Ya despertaste. ¿Dormiste bien? " preguntó Tesius con suavidad.
Elliot no se dejó engañar.
"¿S-señor vizconde…? ¿Qué… qué está pasando aquí?”
Como en todo trabajo de servicio al cliente, actuó con la habilidad de un actor. Aunque su cara estaba cubierta por el saco, fingió ojos desorientados, buscó con la mirada y luego alzó la vista hacia Tesius con una expresión de súplica.
"No sé qué hice mal, pero, por favor, cálmese y…”
"¿Hm? Quítenle el saco.”
"Sí, mi lord.”
La tela fue arrancada bruscamente. Apenas la luz de la luna que entraba por la puerta abierta iluminaba el interior, permitiéndole distinguir vagamente las siluetas.
El hombre de cabellos rojos se rio por lo bajo.
"¿Ese rostro… te parece el de mi hermano menor?”
"¿Eh?”
"¿Eh?”
Tanto Elliot como el enmascarado quedaron igual de perplejos.
¿Entonces… ese imbécil enmascarado lo había confundido con Genewin?
"Pero si la habitación era la correcta…”
"Genewin cambió de cuarto anoche.”
El enmascarado palideció y se arrodilló.
"¡Mis disculpas, mi lord! Iré de nuevo y…”
"Este es el sirviente del duque. Si desaparece, ¿quién lo buscará sino Argen Teron? ¿Y pretendes colarte otra vez a llevártelo? ¿Piensas, aunque sea un poco?”
"S-sí… perdón…”
"Ya basta. Te castigaré luego. Por ahora…”
Tesius lo miró fijamente. Tras acariciarse la barbilla un momento, extendió la mano. El enmascarado le entregó la espada sin dudar. El vizconde la desenvainó con calma, apuntando a Elliot.
"Te pido disculpas. Mi gente cometió un error, y tú resultaste herido y secuestrado. Qué injusto para ti, ¿verdad?”
"N-no, en absoluto. De hecho… creo que ni recuerdo bien lo que pasó.”
Elliot sabía que si reconocía al culpable, tenía los días contados. En este mundo, los nobles podían matar plebeyos sin pestañear. Así que la única estrategia era hacerse el tonto.
"Está tan oscuro… no distingo bien su rostro. ¿Podría decirme su nombre?”
Aunque había escuchado claramente al enmascarado llamarlo “mi lord vizconde”, Elliot fingió ignorancia.
Tesius soltó una carcajada.
"Astuto, ¿eh?”
¡No! ¡Bobo, quiero que me creas bobo!
Elliot incluso pensó en babear un poco para dar más el pego. Pero entonces Tesius blandió la espada de repente.
"¡Aaaah!”
¡Slash!
Un chorro de sangre tibia le salpicó la cara. Algo redondo cayó al suelo. Elliot quedó petrificado, con los ojos vacíos, viendo el cuerpo del enmascarado desplomarse… sin cabeza.
"¡Hhhk…!”
Retrocedió arrastrándose, intentando alejarse del cadáver. Su propio aliento resonaba extraño, los oídos le zumbaban.
Un hombre había muerto. Justo delante de él.
"Te asusté, ¿verdad? Pero eres listo, así que sabes lo que significa.”
Tesius dejó caer la espada ensangrentada frente a Elliot. Este tembló de terror.
"Te soltaré y me encargaré del cadáver. Pero si llegas a delatarme… será como si tú lo hubieras matado. ¿Entendido?”
"…”
"Te pregunté si lo entendiste.”
"S-sí… sí, señor… sí…”
Los dientes le castañeteaban. Cerró los ojos con fuerza, evitando mirar el cuerpo.
"Jajaja, qué adorable. Ahora entiendo por qué el duque te protege tanto.”
Entonces, desde la puerta, se escuchó otra voz. Grave, calmada… y muy familiar.
"¿Ah, sí? ¿De veras?”
Elliot abrió los ojos con lentitud.
¿Podía ser…?
Alguien entró al granero.
Y sí, era él.
El protagonista de este mundo, con el ceño fruncido y una expresión aterradora. Argen Teron.
Capítulo 46
Aquel mediodía, después de que Elliot bajara las escaleras tambaleándose como un cachorro recién nacido, Argen lanzó una mirada feroz hacia Genewin.
"¿Qué demonios estás haciendo?”
"¿A qué se refiere, mi lord? " preguntó Genewin con total desparpajo.
Sonreía con esa cara resbaladiza suya mientras se pasaba la mano por el cabello. Objetivamente era atractivo, de aspecto maduro, pero justo por eso se veía más frívolo y detestable. Argen chasqueó la lengua, corto y seco.
"Tus intentos de fastidiarme delante de Elliot Brown. Te conviene dejarlos.”
Era un consejo generoso, pero Genewin soltó una risita divertida y miró hacia la escalera por donde Elliot había desaparecido.
"¿No le parece encantador el escritor? Cada vez que lo veo, no puedo resistirme a provocarlo.2
Eso mismo le ocurría también a Argen.
Elliot, con esa sonrisa nerviosa dibujada como con lápiz, con esas pupilas temblorosas y ese modo torpe de hablar, resultaba tan ridículo y frágil que daban ganas de hacerlo añicos. Lo curioso era que el propio Elliot no parecía notarlo.
Pero que Genewin sintiera lo mismo que él… eso resultaba extrañamente irritante.
“No lo molestes. ‘A Elliot Brown lo molesto yo y nadie más.’
Quiso añadir lo último, pero le pareció demasiado infantil, así que se tragó las palabras. Sin esperar respuesta, giró sobre sus pasos y bajó por la escalera. Elliot había corrido a su habitación hacía un momento, y Argen pensó en ir a verlo. Lo había visto cojear, y tal vez podría enseñarle algún método para mejorar la circulación sanguínea.
Llamó a la puerta. Pasó un buen rato y Elliot no respondió.
Quizás había ido a otro sitio.
Argen estaba a punto de marcharse cuando un sonido extraño llegó a sus oídos, un maullido lastimero, como de un gato enfermo.
¿Elliot Brown se había marchado sin atender siquiera a su gato?
El lamento era tan desesperado que Argen sintió que, si no entraba en ese instante a cuidar al animal, la culpa lo corroería.
Abrió la puerta y entró despacio en la habitación. Si el gato no se calmaba, siempre podía liberar un poco de aura para intimidarlo.
Pero en cuanto abrió, lo primero que vio fueron huellas de sangre sobre la alfombra. El olor metálico también le golpeó la nariz de repente, aunque un momento antes no estaba allí. En ese instante, sintió como si un ancla enorme le pesara en el corazón.
Un sentimiento muy familiar: miedo.
¿Esa sangre era de Elliot Brown? ¿Dónde estaba? ¿Acaso…?
"¡Elliot Brown!”
Argen gritó hacia la habitación, pero lo único que acudió fue un gato negro que corrió hacia él con un maullido desgarrado.
Su mirada se agudizó. Se arrodilló y rozó con los dedos las huellas en la alfombra. La sangre estaba fresca, todavía tibia. Y había un rastro de energía mágica muy débil, el culpable había usado un pergamino de teletransporte.
Su rostro se endureció.
"Se atreven…”
Salió de la habitación a paso rápido, sin fijarse en el gato negro que escapó por la rendija de la puerta.
"Luther, llama a un mago. Necesitamos un hechizo de rastreo.”
Sabía que preparar todo eso llevaría tiempo, traer al mago, preparar el círculo, activarlo. Solo esperaba que Elliot Brown siguiera vivo hasta entonces. Sin darse cuenta, apretó los puños con tanta fuerza que las uñas se clavaron en la palma.
***
El rastro los condujo al Bosque de Seltus.
Sin esperar a que Luther o el mago lo detuvieran, Argen desgarró un pergamino y se teleportó de inmediato.
El bosque era espeso, lleno de árboles gigantescos, impregnado del olor de la naturaleza. Y en un claro improvisado, donde habían talado algunos troncos, había un granero desvencijado, medio podrido.
La puerta estaba entreabierta, y en el interior se distinguían sombras en movimiento. La espesura impedía que entrara la luz de la luna, así que ni siquiera su aguda visión podía ver los rostros.
No hacía falta. Argen corrió al granero casi tan rápido como un salto en el espacio. Desde dentro llegó una voz conocida:
"Jajaja, qué lindo. Ahora entiendo por qué el duque te protege tanto.”
Era la voz de Tesius Tulion, el maldito vizconde. Y esas palabras iban dirigidas a Elliot.
Argen tuvo que respirar hondo para no derribar la puerta y cortarle el cuello allí mismo. Dio un paso al frente.
"¿De veras? ¿Y lo entiendes bien?”
"¿D… Duque?”
Tessius Tullion lo miró, sobresaltado. Dentro, el aire apestaba a sangre. Argen vio en el suelo el cadáver de un encapuchado, decapitado, y sonrió con frialdad.
"Al menos me ahorraste una cabeza que cortar.”
Desenvainó su espada.
"Es un malentendido, excelencia. Uno de mis hombres secuestró por error a su sirviente y yo mismo iba a castigarlo " dijo Tessius con calma, como si no hubiese hecho nada malo.
Mientras tanto, Elliot estaba arrodillado en el suelo.
El cadáver decapitado lo aterraba, Tesius lo aterraba, y Argen con la espada también lo aterraba. Todo lo que lo rodeaba era pavoroso.
¿Por qué en este mundo la gente mataba tan fácilmente?
Los nobles podían asesinar, calumniar y pisotear a plebeyos y siervos como si nada. Eran todos humanos, de carne, sangre y hueso. ¿Cómo podían…?
Por primera vez desde que había sido transportado a ese mundo, Elliot deseó de verdad volver al suyo. Regresar a donde pertenecía…
¿Pero acaso su mundo era tan distinto?
El rostro se le puso blanco como la cal. El aire se le cortó. Un pitido agudo retumbó en sus oídos. Le hormigueaban manos, pies y labios. La vista se le oscurecía, tornándose azulada.
Entonces, como un aguacero en medio del desierto, una voz lo sacó de allí.
"¡Elliot Brown!”
"D… Duque…”
Argen cubrió la nariz y boca de Elliot con una mano, dejándole apenas un espacio.
"Respira despacio. Inhala corto y exhala largo.”
"Hh… ahh…”
"Mírame a los ojos.”
Elliot obedeció. En medio de la oscuridad, los ojos grisáceos con un destello azul de Argen lo observaban con una comprensión profunda, insondable.
"Respira en mi mano. Lento. No pasa nada.”
Era extraño. Aunque le tapara la boca y la nariz, dentro de ese pequeño hueco en su palma Elliot respiraba mejor que nunca. Poco a poco sus inhalaciones y exhalaciones se fueron equilibrando.
El temblor, sin embargo, no se detuvo. Y al final Elliot perdió el conocimiento.
Argen lo sostuvo entre sus brazos y murmuró.
"Será mejor que bajes la espada, vizconde Tullion.”
Había tirado la suya al suelo al lanzarse por Elliot. Y Tessius aprovechó: recogió sigilosamente su arma y trató de acercarse por la espalda.
"Vaya, vaya… los maestros de espada no son humanos, ¿verdad? Hasta parece que tienen ojos en la nuca. Qué injusto.2
“Injusto” no es la palabra adecuada.
Argen se incorporó con Elliot en brazos, y giró hacia Tesius con una mirada carente de emociones.
"Me da igual que seas vizconde o marqués. Si quiero, te mato. Y después borrar tu existencia es lo más fácil del mundo.”
"Lo sé, excelencia.”
"Pero no quiero que Elliot Brown vea más sangre. Así que hoy te dejo vivir.”
Tessius inclinó la cabeza teatralmente.
"Le agradezco su misericordia infinita.”
"No me agradezcas tan pronto. Solo te perdono hoy. No olvides que aún no estás absuelto. Pronto me rogarás que te mate.”
Lo dijo sin pestañear. Y Tesius, lejos de intimidarse, sonrió aspirando el olor de la sangre.
"Entonces devuélvame a mi hermano. Soportaré cualquier castigo.”
Sus ojos rebosaban deseo. Argen lo notó y bufó con asco.
"Diciéndolo así, me dan ganas de llevarme a Genewin Tullion conmigo.”
"Excelencia…”
El rostro de Tessius se tensó.
"Genewin no es de su agrado, ¿verdad?”
"Cierto. Pero con tu cara repugnante delante, ¿crees que me importa mi gusto?”
Genewin era, en cierto modo, un pobre desgraciado. Tener a semejante sujeto como hermano mayor…
Entonces Argen comprendió por qué Elliot lo trataba con amabilidad. Elliot lo había percibido, aunque fuera de forma instintiva: la sombra de un hombre digno de compasión. Y por eso, igual que hacía con él, también con Genewin mostraba bondad.
Ese pensamiento lo molestó de nuevo.
No era momento para celos ni divagaciones. Rasgó otro pergamino de teletransporte y desapareció con Elliot en brazos.
Capítulo 47
Tesius, que se había quedado con el cadáver, se echó a reír a carcajadas mientras se apartaba el cabello de un lado de la frente. Con voz húmeda murmuró.
"La cosa se complicó, Genewin.”
Echó un vistazo al interior del granero, escupió sobre el cadáver y luego chasqueó los dedos para prenderle fuego. Después volvió a chasquearlos y desapareció de allí.
Esa misma noche, en el borde del bosque de Seltus, estalló un gran incendio que arrasó árboles y mató a muchos animales. Entre las llamas, la existencia del enmascarado muerto quedó enterrada sin que nadie se enterara.
***
En el sueño, se vio a sí mismo, es decir, a Im Seong-sik.
Im Seong-sik dormía boca abajo en la cama. Tenía el teléfono en la mano, pero por mucho que sonara no daba señales de despertarse.
No puede ser, yo nunca duermo así…
Él solía quedarse dormido con el teléfono en la mano, siempre en vibración máxima, para no perderse ninguna alarma ni llamadas del trabajo. Era de sueño ligero y se despertaba rápido, pero debido al cansancio extremo había adquirido esa costumbre.
Pero ahora, Im Seong-sik dormía como si estuviera muerto. No, en verdad, como si estuviera muerto.
De pronto Elliot, incluso en sueños, sintió un escalofrío que le caló hasta los huesos.
Está muerto. Eso fue lo que pasó después de que yo llegara a este mundo. Morí.
Un momento después, la puerta del cuarto se abrió y entraron los paramédicos. Revisaron con cuidado el cuerpo y lo colocaron en la camilla. Aun entonces, el teléfono no se desprendía de la mano de Im Seong-sik.
La escena cambió. Ahora estaban en un restaurante familiar antes de abrir, con los gerentes y compañeros de trabajo reunidos en el salón. El ambiente era sombrío.
"Dicen que fue por exceso de trabajo. ¿Qué vamos a hacer con Seong-sik…?
Exceso de trabajo…
Elliot repitió la frase con la mente en blanco.
"Dicen que no tiene familia. La policía está buscando algún pariente…”
"Si no, la municipalidad se encargará. Pero, ¿no estaba vivo su padre?" preguntó el gerente con el ceño fruncido.
"¿Y de qué sirve que esté vivo? Parece que le dejó todas las deudas y se largó. De verdad, qué clase de persona hace eso.”
Soo-ji habló entre sollozos.
Pero en los recuerdos de Elliot ‘es decir, de Im Seong-sik’, él nunca había contado nada sobre su familia. Siempre escuchaba a los demás, nunca hablaba de sí mismo. Entonces, ¿cómo lo sabían?
"Al menos ya no tendremos que ver a los cobradores venir todos los días, pidiendo pan de cortesía y armando ambiente de mafiosos.”
"Oye, ¿cómo puedes hablar así? Ahora mismo Seong-sik… Seong-sik…”
Ante las palabras del compañero que nunca lo había apreciado, Elliot asintió. Claro, los cobradores hablaron. Yo pensé que lo había manejado sin que nadie lo supiera, pero todos estaban al tanto.
Elliot observó con expresión vacía cómo Soo-ji rompía a llorar. Incluso en los ojos de uno de los gerentes, que siempre lo había tratado con cariño, se acumulaban lágrimas.
Agradecía que lloraran por él. Sin embargo, el final de su vida no le parecía tan triste. Le sorprendía un poco, pero también sentía que simplemente había llegado lo inevitable.
Porque Elliot, o más bien Im Seong-sik, en el fondo lo sabía: tarde o temprano moriría de tanto trabajar. Estaba corriendo hacia la muerte con todas sus fuerzas.
Aun así, ¿qué podía hacer? No podía dejar el trabajo. Necesitaba dinero. Solo hacía lo que podía en el momento. Y no lo lamentaba.
Aunque, ser tratado como un muerto sin parientes y acabar convertido en un simple trámite burocrático… eso sí que era demasiado.
Elliot sonrió con amargura.
***
La escena volvió a cambiar. Ahora era la casa en la que Elliot había despertado la primera vez que se reencarnó. Frente al escritorio, estaba sentado Elliot Brown… no, el verdadero Elliot Black.
Con manos temblorosas bebía alcohol. El temblor era incontrolable. Elliot recordaba bien lo difícil que fue para él, al reencarnarse, sufrir esos temblores durante una semana. Solo verlo ahora le daba escalofríos.
"¿Miaaau?”
Camembert, el gato, se subió a su regazo y frotó la cabeza contra su vientre. Elliot quedó más impactado que cuando se enteró de que había muerto por exceso de trabajo.
¡Camembert… tú… eras tan cariñoso!
Justo entonces, Elliot Black sollozó con voz ebria.
"Lo siento, Camembert. Perdóname. De verdad lo siento. Te dejo atrás.”
En el escritorio había un frasco vacío de pastillas y un pequeño papel que decía: Cuida de Camembert, por favor.
Todo aquello eran cosas que Elliot había visto la primera vez que llegó a este mundo. En aquel momento pensó que el nombre del gato era lindo, y sin más recogió el papel junto con toda la basura del escritorio. Si hubiera sabido que eran vestigios de la muerte de Elliot Black, no lo habría hecho.
De repente, Elliot Black comenzó a convulsionar, con un sonido burbujeante en la garganta, y cayó al suelo. Camembert lloraba desesperado, frotándose contra su rostro. La escena terminó ahí.
Elliot contempló esa visión con dolor. Aunque la oscuridad lo envolvía, seguía viendo una y otra vez la última imagen de Elliot Black. Se quitó las gafas y se enjugó las lágrimas con la manga, pero estas no paraban de brotar hasta que acabó cubriéndose la cara con el brazo.
En ese momento, una voz familiar resonó como si flotara en el aire.
"…lliot.”
¿Quién? Elliot alzó la cabeza, sorbiendo la nariz.
"Elli…”
"¿…Duque?”
"Por favor… mírame… abre…”
Era como una radio con interferencias, la voz acercándose poco a poco. Elliot lo comprendió de inmediato, estaba a punto de despertar.
"¡Duque! ¡Estoy aquí! ¡Por favor, despiérteme!”
“…”
"¡Duque Argen Teron!”
“…”
"¡Eh! ¡Argen, maldito pesadooo!”
¡Flash! Elliot abrió los ojos. Y en ese mismo instante se dio cuenta, realmente había gritado esas últimas palabras en voz alta al despertar.
Frente a su cama estaban Argen, Genewin, Henderson y la señora Megan, todos con los ojos como platos mirándolo. Genewin no pudo contenerse y estalló en carcajadas, Henderson frunció el ceño y la señora Megan se tapó la boca para reprimir una sonrisa.
Argen, en cambio, lo miraba con el rostro inexpresivo, lo cual resultaba aún más aterrador.
"Elliot Brown.”
"Sí, sí… o sea… no es que quisiera insultarlo, mi señor…”
"¿Estás bien?”
"¿Eh?”
"Pregunté si estás bien.”
"Sí, estoy…”
Elliot se detuvo a mitad de la respuesta. De golpe le volvió a la mente la escena antes de desmayarse. Su mirada se ensombreció, y Argen captó enseguida ese cambio.
"Que todos salgan.”
"Ay, pero yo quiero quedarme con el escritor. ¡Hace tres días que no hablamos, cierto?" protestó Genewin.
"Fuera.”
La voz de Argen, calmada y firme, no admitía réplica.
"Volveremos después, señor Genewin" intervino Henderson, llevándoselo afuera. La señora Megan también se retiró tras inclinarse ante Argen.
Una vez solos, Argen se sentó junto a la cama y sacó un pañuelo de su pecho. Era el que Elliot le había regalado.
"Toma.”
"¿Eh?”
"Estabas llorando. Desde antes de recuperar la conciencia.”
Elliot lo tomó y se secó las lágrimas, aunque sentía como si no fueran sus propias manos las que lo hacían. Todo le resultaba difuso.
¿Cómo pude olvidarlo? Aquel horror…
Había visto a alguien morir justo delante de él. Un instante antes hablaban, un instante después ya estaban muertos. La sangre, la respiración cortada, la luz apagándose en los ojos… Im Seong-sik había muerto. Elliot Black había muerto.
Entonces, ¿qué era él ahora? ¿Estaba realmente vivo?
Su mente se llenó de pensamientos enredados.
"No pienses en nada.”
"¿Perdón?”
"Al final, todos mueren de una forma u otra. Lo único que cambia es cómo.”
Argen hablaba pensando en el enmascarado muerto, pero para Elliot esas palabras evocaban todas las muertes que había visto… incluida la suya propia.
"No podrás superarlo de inmediato. Pero… terminarás aceptándolo.”
"Tu también…”
¿Tú también pasaste por eso, Argen?
Elliot volvió la mirada hacia él, con ojos enfocados otra vez.
"Así que no pienses en nada. ¿Entendido?2
"…Mi señor.”
"¿Qué?”
"A veces… me gusta usted.”
"¿Qué…?”
"Voy a dormir un poco más.”
"¿Qué, qué, cómo…?”
Argen balbuceó desconcertado, pero Elliot cerró los ojos con calma. Era como haber lanzado una bomba en el corazón del duque, pero por primera vez desde hacía mucho, Elliot sentía paz en su interior.
Capítulo 48
Elliot, que había dejado palabras confusas a Argen antes de dormir, no había abierto los ojos en tres días. Dormía tranquila y profundamente, como si estuviera recuperando todo el sueño que había perdido.
Argen presionó al médico, pero este solo dijo que Elliot simplemente estaba liberando toda la tensión y el cansancio acumulados.
Durante esos tres días, Argen no había dormido ni un solo instante. Mientras trabajaba o comía, sentía una ansiedad que le secaba la sangre. Sin sirvientes para vigilarlo, saltarse el sueño era inevitable, y sus nervios estaban mucho más tensos de lo habitual.
Por ello, en la mansión del duque se respiraba una tensión palpable. Todos sabían cuán cruel podía volverse Argen cuando estaba tan sensible.
Los sirvientes comenzaron a dudar de los rumores que habían circulado tiempo atrás"que Argen y Elliot estaban saliendo". Y no era para menos, ya que Argen había pasado los tres días enteros junto a la habitación de Elliot. Nunca antes un duque había mostrado semejante interés por alguien.
Mientras tanto, Argen no dormía y se quedaba al lado de Elliot recordando sus últimas palabras.
“A veces me gusta usted, mi señor.”
¿Le gustaba? ¿Y solo “a veces”?
Argen no podía dejar de pensar en esa frase. No sabía por qué se aferraba tanto a ella, pero la voz de Elliot se le repetía constantemente, obligándolo a pensar en ello.
Así que ese día también, se sentó junto a la cama de Elliot, vigilándolo.
"Elliot Brown, despierta.”
No hubo respuesta.
"Tu gato está en la cocina. Al principio nadie lo reconoció, porque se cubrió de harina y se volvió gris.”
Camembert había salido corriendo por la puerta cuando Elliot fue secuestrado. El gato negro recorrió toda la mansión hasta llegar a la cocina, atraído por los aromas de la comida. Para calmar su susto, se comió todo un plato de caldo de carne que estaba destinado al cocinero, quien por suerte era amigo de Elliot y reconoció al gato, ahora gris por la harina.
Así, Camembert pasó los días comiendo y recibiendo cariño en la cocina, hasta que Elliot se recuperara.
Argen contaba esta historia con la esperanza de que Elliot despertara pronto, pero él seguía dormido… durante cuatro, cinco, seis días.
Argen no había dormido ni un instante en seis días, y recibió la nueva semana en el peor estado posible.
Finalmente, el séptimo día, Elliot abrió los ojos.
"Elliot Brown, ¿recuperaste la conciencia?”
"Mmm… sí.”
Parecía débil y sin energía. Aunque Argen había aplicado magia para ayudarlo, no era tan eficaz como comer directamente.
"¿Estás bien?”
"Sí, creo que sí. ¿Cuántas horas he dormido?
Elliot giraba hombros y cuello mientras hablaba. Realmente parecía estar bien, incluso más descansado que Argen, quien tenía ojeras profundas.
"Hoy se cumple una semana.”
"¿Una… semana?”
"¿Tu cuerpo está bien?
Argen quería preguntar algo más importante, antes de dormir tanto tiempo, Elliot parecía muy inestable. Sus síntomas se asemejaban a los de soldados con trauma post-guerra, y sus ojos mostraban que algo dentro de él se había quebrado completamente. Argen temía que Elliot eligiera no despertar nunca más. Los recuerdos terribles pueden apagar la voluntad de vivir, y no todos los que parecen alegres pueden superar eso de inmediato.
"Sí, estoy bien. Esta vez, de verdad.”
Elliot miró a Argen directamente. En sus ojos ya no había miedo. Poco a poco, la chispa de la voluntad de vivir se encendía de nuevo. Su rostro estaba más firme, sin sonrisas, pero mostraba tranquilidad.
"Bien, pareces estar bien.”
Argen sonrió débilmente, y esas fueron sus últimas palabras de ese día. Tras confirmar que Elliot estaba bien, se recostó sobre la cama.
"Mi señor…?”
"…este también es terco.”
Elliot bajó temblando de la cama y acomodó a Argen sobre ella.
"Ah… recién despertando y ya me espera trabajo duro.”
***
Diez horas después, Argen despertó y llevó a Elliot al campo de entrenamiento. Elliot, confundido, miraba alrededor mientras Argen decía:
"Hoy comenzará tu entrenamiento físico.”
"¿…Perdón? ¿Puede repetirlo?”
"Te entrenaré físicamente.”
"¿Otra vez…?”
"Entrenamiento físico.”
Argen señaló el campo de entrenamiento.
"Correrás diez vueltas ahora. ¡Empieza!”
Luego agitó un trozo de carne seca de la región de Berken.
"Si completas el entrenamiento, tu gato recibirá carne seca de Berken ilimitada.”
"Tengo dinero… puedo alimentar a mi gato yo mismo.”
"Además, te asignaré al mejor veterinario del imperio como médico personal.”
"¿Solo diez vueltas, verdad?”
Aunque Elliot era distante con su gato, ya lo amaba profundamente. Cuando Camembert regresó sano y robusto de la cocina, Elliot lloró de felicidad. Recordaba la lealtad del gato durante su secuestro y se sentía conmovido.
Pensando en la recompensa, Elliot comenzó a correr. Diez vueltas no eran nada; después de todo, había servido en el ejército.
Pero olvidó algo, su cuerpo no era el de Im Seong-sik, sino el de Elliot Brown.
"Huff… ah… huff…Brown
Tras dos vueltas, todos sus músculos comenzaron a gritar. En la tercera, su muslo derecho se tensó y tropezó.
"¡Elliot Brown!”
Sorprendentemente, Argen corrió hacia él de inmediato. Su rostro inexpresivo mostraba preocupación, y aunque alguien pudiera burlarse, parecía triste.
"¿Te lastimaste?”
"No… solo tropecé… pero creo que se me acalambró el muslo…”
Elliot pensaba que Argen le regañaría para que se levantara, pero en vez de eso, se arrodilló y comenzó a masajear su muslo izquierdo.
"¿Aquí…? No.”
"Eh, sí… ¿ahora?
Argen masajeó ambos muslos, aplicando fuerza sobre los músculos tensos y relajándolos repetidamente. La presión de sus manos era tan agradable que Elliot no pudo evitar quedarse paralizado.
"Listo.”
Argen retiró lentamente sus manos. Elliot asintió con la cabeza, tratando de ocultar su rostro enrojecido.
"G-gracias.”
"Aquí.”
Argen le entregó la carne seca que había colocado en el suelo.
"Hoy has conocido tus límites. Esto es tu recompensa.”
Elliot la aceptó, algo incómodo. Hasta hacía un momento todo estaba bien… ¿entrenamiento o crianza? Esto parecía lo segundo.
"Levántate.”
Elliot se incorporó tambaleante y caminó un poco; su muslo ya no dolía.
"¡Puedo caminar!”
"Bien.”
Argen, con expresión nostálgica, continuó:
"Hoy aprendiste cuán débil eres. Tienes un largo camino por delante, pero me encargaré de fortalecerte.”
"…Sí?”
"Elliot Brown, no te rindas.”
Argen levantó el puño hacia Elliot, que caminaba como una jirafa recién nacida, sintiendo una gran ansiedad indescriptible y un temblor recorrer su cuerpo.
***
Tras una semana sin despertar, Elliot estaba extremadamente débil. Su cuerpo, ya frágil, se fatigaba fácilmente con poco ejercicio. Comenzó a quedarse dormido mientras cuidaba a Argen.
Ese día, el libro era de poesía. Cuando las palabras de Elliot se desvanecían y su cabeza giraba, Argen sonrió y lo acostó suavemente en la cama, pensando en dejarlo dormir solo una hora antes de devolverlo a su habitación.
Pero de repente, Elliot frunció el ceño y se agitó, como si no pudiera respirar, sosteniendo su cuello. No se arañaba ni estrangulaba, pero su postura parecía evitar que algo lo atacara: probablemente un cuchillo.
Argen sostuvo los hombros de Elliot, que luchaba por respirar:
"¡Elliot Brown, despierta!”
"Ugh…”
"¡Elliot!”
Argen lo levantó a medias; sus párpados se abrieron lentamente y sus ojos castaños se encontraron con los de Argen. Pronto, lágrimas comenzaron a formarse. Temblando, Elliot se inclinó hacia él.
"¡Por favor, señor! ¡No me mate!”
"…¿Qué?”
Capítulo 49
“Por favor, sálveme, salve…”
El cuerpo de Elliot temblaba con un estremecimiento evidente, cubierto de sudor frío, y sus ojos vagaban sin enfoque.
“Elliot Brown. ¿Qué soñaste?”
Argen le sostuvo suavemente el hombro. Elliot, con la mirada perdida, respondió dócilmente:
“El hermano de Lord Denewin… Tesius, venía hacia mí con una espada, pero en el momento en que la blandió, se convirtió en usted, mi señor duque. Usted… usted trataba de clavarme la espada en el corazón…”
“Jamás clavaré mi espada en tu corazón. Nunca.”
Argen lo tranquilizó primero. Su gran mano acariciaba una y otra vez la espalda de Elliot.
Parecía que Elliot ya estaba mejor, pero fue solo una ilusión de Argen. Elliot no se había fortalecido; simplemente llevaba una máscara, una coraza, que lo protegía.
“Elliot Brown, tal vez no lo sepas… pero yo te aprecio bastante.”
“…”
“…Eres un excelente sirviente de alcoba, después de todo.”
Argen añadió con torpeza. Pero en su duermevela, Elliot fue más tajante que de costumbre.
“No le creo. Usted clavará su espada en mi corazón, y le cortará las manos, los pies y la lengua a el señor Louren…”
“¿Qué?”
Argen soltó una risa ligera, incrédula.
“Vaya pesadilla horrenda has tenido, Elliot Brown.”
Luego lo volvió a recostar en la cama, y con la mano le cubrió los ojos a modo de visera. Los párpados de Elliot se cerraron instintivamente.
“Te lo juro por mi honor y por mi corazón, mi espada jamás te dañará. No haré nada que te asuste. Si no puedes confiar en mí, confía en el nombre y en el título del Duque Teron. Aunque solo sea apariencia, sigo siendo miembro de la familia imperial de este imperio.”
“¿Incluso… aunque yo no fuera su sirviente de alcoba?”
Era una pregunta sin sentido, murmurada ya con voz apagada, casi rendido al sueño.
Aun así, Argen respondió en voz baja.
“Quienquiera que seas, lo que seas.”
Elliot ya no reaccionó. Parecía completamente dormido. Pero cuando Argen retiró su mano, su expresión era más serena que antes.
Argen lo contempló un instante.
Él había presenciado su primera muerte en el campo de batalla a los trece años.
Sabía desde niño que sus padres habían muerto, y por eso reflexionaba más que sus compañeros sobre la vida y la muerte. Era precoz en ese sentido. Pero en el instante en que vio morir a alguien delante suyo, comprendió que hasta entonces solo había entendido la muerte con la mente.
¿Se podía llamar comprensión a eso?
La muerte era brutal, los ojos en blanco del cadáver, la carne destrozada, las vísceras expuestas, la sangre brotando como catarata, mezclada con saliva, lágrimas y excremento, un hedor insoportable. Más tarde supo que se llamaba olor cadavérico.
Pero lo peor era que, aunque siguiera viendo morir a decenas, a cientos, jamás lograba insensibilizarse del todo.
Cada vez que degollaba a un enemigo, sufría. Dolía. Los demás decían acostumbrarse, pero él siempre volvía mentalmente a aquel instante, con trece años, frente a la primera muerte.
Por eso podía entender a Elliot. Elliot estaba viviendo precisamente ese horror en carne propia.
“No sueñes más, Elliot Brown. Tus sueños podrían herirte.”
Argen lo alzó en brazos. Pensó que sería mejor para su descanso llevarlo a su propia habitación. Caminaba procurando no aspirar demasiado de cerca el aroma corporal característico de Elliot, que le llegaba bajo el mentón.
***
“¡Miaaauu!”
Elliot despertó al sentir un maullido insistente y las pequeñas patitas blandas golpeándole la cara. Su memoria se detenía en la velada de poesía de la noche anterior.
“¿He venido por mi cuenta? Ah… qué memoria…”
Sacudió su cabello revuelto de forma desaliñada. Camembert, el gato negro que le pisaba el pecho, bufaba cada vez que Elliot se movía.
“¡Miau!”
“¿Tienes hambre, gordito? Ya voy.”
Apenas terminó de hablar, Camembert saltó ágilmente de la cama. Elliot se levantó y le sirvió comida junto con un poco de cecina de Birken.
“Un menú de pescado al vapor con topping de carne seca, señor. ¡Que aproveche~!”
“Ñaang…”
El gato devoraba con entusiasmo, y Elliot sonreía complacido al mirarlo.
Volvió a dejarse caer sobre la cama. No recordaba bien cómo había acabado ahí, pero seguramente se habría quedado dormido y luego venido solo, tras dejar a Argen descansar.
“Definitivamente me estoy debilitando… Me quedé dormido.”
Murmuró. Pensó en tomarse en serio los entrenamientos físicos de Argen, cuando alguien llamó a la puerta.
“¡Escritor!”
La voz de Genewin sonaba alegre desde fuera.
Elliot abrió, y Genewin entró corriendo emocionado.
“¡Escritor! ¿Sabes lo preocupado que estuve? ¡Te extrañé tanto!”
“Sí, sí, cliente. Gracias por preocuparte~”
“Hasta tu manera rara de hablar me hacía falta. El duque Teron te protegió tanto que solo pude venir a verte una vez en toda la semana.”
“¿Eh? ¿De qué hablas…?”
“¿No te lo dijo el duque? Te cuidó personalmente todos los días.”
No. Nadie le había dicho nada. Elliot parpadeó desconcertado, imaginando a Argen cuidándolo, poniéndole compresas en la frente, secando su sudor, tomándole la mano y rezando entre lágrimas, irradiando luz como un ángel vestido de blanco…
No, ¿qué tonterías pienso? Solo estaba dormido. ¿Por qué iba a cuidarme así?
Elliot se reprendió por dejarse llevar en su imaginación. Quizás Genewin exageraba, y en realidad nadie sabía si Argen, viéndolo dormir, lo cuidaba… o lo maldecía.
Y aun así…
Elliot sonrió en secreto. No le desagradaba la idea de que Argen hubiera estado a su lado todo ese tiempo.
Sí, no es que me guste… solo que no está mal. Eso es todo…
Se dijo a sí mismo. Pero no podía negar esa ligera emoción, esa felicidad sutil que le vibraba por dentro.
Mientras Camembert comía, él le acariciaba suavemente el pelaje, tarareando una tonada, e ignorando por completo las voces de Genewin, que lo llamaba insistentemente.
“¡Escritor! ¿Me escuchas? ¡Escritor!”
***
Carta de Louren Fedette al Duque Argen Teron
“Estimado duque,
Realmente hace un calor sofocante este verano. Espero que tenga cuidado de no sufrir un golpe de calor.
Hace poco, uno de mis caballos casi se desplomó del mareo por el calor, y estuvo a punto de accidentarse. Pero todo salió bien, tanto para mí como para el animal.
Sin embargo, me enteré de que en su casa también ocurrió un incidente, mi ferviente admirador Elliot Brown ha estado postrado más de una semana. No sé qué le habrá pasado, pero espero que no sea nada grave.
Hace mucho tiempo, mi tía abuela también cayó muy enferma. Pasó casi medio año sin poder moverse debido a una fractura en la columna. Yo mismo la cuidé durante ese tiempo en su casa. Gracias a la bendición del dios Lante, logró levantarse y sigue aún saludable.
Estoy seguro de que Elliot Brown también se recuperará más rápido si alguien lo cuida. ¿Quiere que le recomiende comidas y medicinas para la salud? En fin, no es que me importe demasiado lo que le ocurra a un simple plebeyo…
Atentamente,
Louren Fedette”
Elliot suspiró profundamente al terminar de escribir la carta. Durante la redacción había sentido la necesidad de contener la respiración varias veces.
Era la primera vez que mencionaba directamente a “Elliot Brown” en una carta. Hasta entonces había procurado apartar ese nombre, temiendo que Argen sospechara, y siempre escribía sobre asuntos distintos, mezclando información trivial que Louren le daba en la cafetería Sirena.
Así lograba cartas de la extensión justa: ni demasiado largas, ni demasiado impersonales. Siempre mantenía esa medida exacta.
Pero, al escuchar que Argen lo había cuidado durante una semana, Elliot sintió curiosidad. ¿Qué decía Argen de él ante los demás? ¿Lo trataba como a un don nadie, o le concedía un poco de importancia, como parecía hacer cuando estaban juntos?
Decidió arriesgarse. Y aunque ese riesgo lo llevara por un mal camino, no se arrepentiría.
De algún modo, en sueños le había parecido escuchar a Argen decir:
“Mi espada jamás te dañará. No haré nada que te asuste.”
Elliot selló la carta y se dirigió a la cafetería Sirena.
Y dos días después, recibió una pronta respuesta de Argen:
“Louren Fedette:
Veámonos.
Argen Teron.”
Capítulo 50
Al ver la carta de Argen, Elliot estuvo a punto de perder el conocimiento.
¿Reunirse? ¿Por qué quería reunirse?
Repasó mentalmente el contenido de la carta que había escrito como Louren. En ninguna parte había mencionado un encuentro. Ni siquiera había insinuado que deseara uno. Entonces, esto…
Un sudor frío le recorrió la espalda. Le vino a la mente el final de la obra original.
Elliot había dejado de ser el escritor fantasma para cambiar ese destino, pero al final volvió a convertirse en uno. Así como acabó enredado con todos los personajes principales de la historia…
¿Significaba entonces que, aunque el camino cambiara de forma, la dirección seguía siendo la misma?
Un sentimiento abrumador de impotencia lo invadió de golpe. Elliot dobló la carta de Argen y la guardó en el sobre. Seguramente Louren también había visto esa carta. En ese caso, pronto tendría noticias suyas…
“¡Elliot Brooown!”
Las cortinas del Café Sirena se abrieron de golpe. Desde la distancia, la cabellera color agua de Louren destellaba como un resplandor azul al correr hacia él.
Aunque veía a Argen a diario, Louren tenía una belleza distinta, de otro calibre. Como siempre, resultaba deslumbrante. Elliot se frotó los ojos varias veces y fingió saludar con naturalidad.
“Buenos días, cliente.”
“¡Lo logramos!”
Louren estaba exaltado. Sus mejillas alargadas se habían teñido de rojo, y en sus ojos brillaban satisfacción y orgullo.
“Elliot Brown, te otorgaré una recompensa.”
“No hace fal―”
“De ahora en adelante, te llamaré simplemente Elliot.”
“…¿Perdón?”
“Sí, te llamaré solo por tu nombre, de manera cercana. Vamos, puedes llorar si quieres.”
Louren levantó la barbilla con una sonrisa arrogante.
Nuestro cliente… ¿cómo es que puede ser siempre tan consistente?
Elliot sintió que su preocupación se aliviaba un poco. Tal como estaba ahora, Louren no haría como en la obra original, quedándose callado con un aire angelical y sometiéndose dócilmente a Argen. Su primer encuentro con él ya había sido distinto, y el tono de las cartas también lo había sido. Era natural que las cosas no se desarrollaran igual.
Sí, no debo preocuparme antes de tiempo. Lo único que puedo hacer es seguir actuando en el presente.
Elliot deslizó la carta que tenía frente a él hacia Louren.
“Aquí la tiene, cliente. Llévela y preséntesela al duque.”
“¿Por qué no te conmueves? Deberías llorar.”
“Ya lloré en mi corazón~ Por favor acepte la carta, cliente~”
Al escuchar su tono ceremonial, Louren frunció los labios. Elliot sonrió levemente. La verdad, era algo adorable.
***
Llegó el día en que Argen y Louren debían encontrarse.
Argen, como de costumbre, tiñó su cabello con un brebaje para volverlo negro y se vistió con un traje oscuro. En lugar de portar su espada habitual, tomó un bastón-espada de empuñadura plateada, imponente y elegante. Finalmente, se cubrió con una máscara.
Convertido así en el duque Argen Teron que mostraba al público, salió de su mansión escoltado por los saludos reverentes de sus sirvientes. Se dirigía a encontrarse con Louren Fedette.
Mientras tanto, Elliot se había cubierto la cabeza con un pañuelo grande, y encorvado, caminaba sigilosamente tras él. Era un disfraz pésimo comparado con el del duque, pero al menos mantenía la distancia y se movía con cautela, lo cual tenía mérito.
No subestimaba a un maestro espadachín de nivel supremo. Sabía que si lo seguía de cerca, lo descubriría de inmediato. Así que esperó y salió bastante más tarde que el carruaje de Argen. De todos modos, en cuanto este apareciera en la calle Pentus, atraería toda la atención, y Elliot solo debía dirigirse hacia donde oyera el murmullo de la multitud.
Al bajar de un carruaje público, Elliot empezó a buscar con sospechosa minuciosidad por la calle Pentus, hasta que vio un grupo de gente agolpada a lo lejos. Eran idénticos a fanáticos esperando ver pasar a un ídolo. Elliot corrió hacia allí.
Y, en efecto, lo que contemplaban era a Argen y a Louren. Ambos se disponían a entrar en una pequeña galería de exposición. El enmascarado Argen ofreció el brazo con formalidad, y Louren lo tomó con naturalidad.
Desde el fondo, Elliot sintió un pinchazo en el pecho.
“¿Pero qué…?”
Era ridículo. Intentaba convencerse de que él era el único que conocía el verdadero rostro de Argen tras la máscara. Pero de pronto se preguntó: ¿por qué necesitaba convencerse de eso?
“Qué dicha para la vista.”
“En serio. Que las bendiciones del Imperio Lantar caminen juntas así…”
Unas mujeres delante de él cuchicheaban, tapándose la boca con las manos. Elliot, fastidiado, apartó la mirada. Pero sus oídos seguían atentos.
“Ah… ¿no sería maravilloso que se casaran?”
“Pero entonces, ¿quién heredaría el linaje? ¡Su belleza debería preservarse por siempre!”
“¿Y para qué sirve la descendencia? Yo igual moriré en esta generación. Con verlos juntos ya me basta.”
Las dos mujeres iniciaron una profunda discusión sobre la herencia y la posteridad. Elliot, algo hastiado, se apartó en silencio y se dirigió hacia la parte trasera de la galería.
El edificio tenía varias pequeñas ventanas en arco. Elliot se escondió entre los arbustos y se asomó.
Dentro, Argen y Louren recorrían la sala vacía, observando los cuadros y conversando con seriedad. Eran tan apuestos los dos que parecían parte de una pintura magistral.
“Ustedes mismos son la obra…”
Elliot se sonó la nariz y apretó más fuerte el nudo de su pañuelo.
Mientras tanto, Argen y Louren charlaban en medio de la calma.
“Me alegré mucho de que Su Excelencia quisiera verme.”
Louren habló mientras fingía observar un retrato.
“Te cité porque tenía algo que preguntar.”
“¿De qué se trata?” preguntó Louren con una sonrisa encantadora. Pero Argen, indiferente a su expresión radiante, continuó.
“Necesito un tónico que refuerce la energía. Mi invernadero ya tiene casi todas las hierbas comunes, pero busco algo nuevo. Si me dices los nombres, podremos terminar aquí mismo esta reunión.”
“¿Un tónico?”
Louren se mostró extrañado, pero enseguida recordó. Creía haber escrito algo sobre medicinas en la última carta.
“Ah, se refiere al remedio que fortaleció a mi tía abuela.”
“Exacto.”
Argen asintió con seriedad, mirándolo desde arriba.
‘Guapo, sí que es guapo… qué rabia.’ pensó Louren, aunque enseguida ocultó el pensamiento y respondió con naturalidad:
“En realidad, mi tía abuela más que tomar medicinas, lo que hizo fue reposar. Se quedaba acostada y mandaba a las doncellas de aquí para allá. Así fue que sus huesos sanaron rápido, y ya está.”
“…¿Entonces la medicina?”
“Tomaba lo que el médico recetaba, pero no sé los nombres. Podría preguntarle, si lo desea.”
“Eso no coincide con lo que escribiste en la carta.”
Louren sonrió con desparpajo.
“Lo escribí así porque pensé que me contestaría con una carta más larga. Y en parte funcionó. Después de todo, me está viendo aquí en persona.”
“Louren Fedette. No te conviene que me hagas enojar.”
“¿Por qué? ¿Acaso piensa desenvainar su espada aquí, donde no hay nadie?”
“¿Y por qué no habría de hacerlo?”
Dicho esto, Argen desenvainó su espada. Louren lo miraba sin pestañear. Valentía no le faltaba.
Pero en vez de apuntarle a Louren, Argen lanzó la espada hacia atrás, sin mirar. El filo se clavó con precisión en el marco de una ventana entreabierta.
“¡Ay!”
Se oyó un grito ahogado desde afuera. Argen, sin apartar la vista de Louren, dijo:
“Nos siguen desde hace rato.”
Giró la cabeza con calma hacia atrás.
“Debe de ser un asesino torp…”
No terminó la frase.
“¿Eso es un asesino? Sí que se ve torpe.”
Louren se rió mirando hacia la ventana.
Y allí, forcejeando torpemente con un pañuelo mal atado en la cabeza, estaba Elliot.
“Qué persona más ridícu-”
“¡Elliot Brown!”
Argen lo llamó con desesperación, y salió corriendo por la puerta trasera del edificio.
“¿Qué… qué pasa?”
Louren no entendía por qué reaccionaba de manera tan exagerada, y lo siguió intrigado.
Argen sujetaba a Elliot por los hombros.
“¿Te hice daño?”
“¿Ah? N-no, solo me asusté…”
“Si querías venir, debiste decirlo. Te habría cargado como un fardo sin problema alguno. ¿Por qué viniste a escondidas?”
“Justo por eso, porque me llama fardo… mejor vine por mi cuenta.”
Aunque Elliot parecía ileso, Argen actuaba como un padre sobreprotector. Lo revisaba con la mirada, asegurándose de que estuviera bien.
Louren observaba atentamente esa escena. No era tonto, como Argen podía creer. Bastó verlos juntos para entenderlo.
‘Ajá… está claro. Él, Argen… está enamorado de Elliot.’
Capítulo 51
Los tres se trasladaron al interior del pabellón de la exposición. Incluso en ese breve trayecto hasta sentarse a la mesa, Argen comprobó varias veces que Elliot no estuviera realmente herido, y Elliot, con gesto exasperado, exclamó.
"¡De verdad, de verdad estoy completamente bien, mi señor duque!”
Mientras tanto, Louren los observaba con una mirada cargada de significado.
En la sala había lujosas mesas preparadas para que los asistentes pudieran descansar y tomar el té mientras contemplaban las obras de arte. Al tratarse de un salón dirigido a nobles, la ostentación y el derroche eran indescriptibles.
Elliot ignoró la mirada maternal de Argen y se sentó en la blanca mesa adornada con oro y joyas.
Con que robe una pieza, ni cuenta se darían…
Mientras pensaba aquello maravillado, Argen siguió la dirección de su mirada y preguntó.
"¿Te gusta esta mesa?”
"¿Eh? No, para nada.”
"Pondré una igual en tu habitación.”
"¿Qué? ¿De repente? ¿Por qué?”
"…Simplemente me apetece. ¿Y qué?”
"No, no… se lo agradezco, pero no hace falta.”
Elliot, sudando a mares, agitó la mano en negación. Incluso Argen, que había preguntado sin pensarlo demasiado, se mostró algo desconcertado ante el “¿por qué?”. Sin embargo, con tozudez infantil, cruzó los brazos y remató.
"Lo tendrás esta misma semana.”
“Vaya par de desquiciados" comentó Louren riendo. “Que compren mesas o sillas no me importa en absoluto. Por cierto, Elliot, ¿por qué nos seguiste?
Se llevó un dedo al mentón y lo golpeó suavemente.
"¿Acaso desconfías de alguien?”
Los ojos de Louren brillaban como los de un lince. Elliot, temblando, negó con la cabeza.
"¡En absoluto! Pienso que alguien es, de hecho, la persona más confiable de este mundo, número uno en la lista de confianza absoluta.”
"Hmm, seguro que ese “alguien” lo agradece. Entonces, ¿por qué viniste en realidad?”
"…”
Elliot se quedó sin palabras. La verdad era solo una, había seguido a Argen y a Louren por miedo a que terminaran juntos, tal como en la obra original. Pero no podía decir algo así frente a ellos. Movió los ojos buscando una excusa y, al fin, soltó.
"¡Porque quería ver a Louren!”
"¿Eh?”
"¿Qué?”
Louren era nada menos que un fragmento de dios, prácticamente un ídolo en el Imperio Lantar. Aquella razón parecía suficiente para colar como excusa. Sin embargo, contra lo esperado, Louren frunció el ceño y Argen mostró un rostro de conmoción y traición.
“¿Un triángulo amoroso…?" murmuró Louren en voz baja. Pero decir algo tan bajo justo delante hacía imposible no escucharlo.
Elliot iba a preguntar qué significaba aquello cuando Argen descruzó los brazos y lo fulminó con la mirada. La intensidad invisible de esa mirada le pinchaba como agujas.
"¿Por qué quieres ver a Louren Fedette? ¿Acaso eres su fanático?”
"…Así es. Y ya que estamos, permítame aclarar que “fanático” significa un devoto seguidor~”
Al oírlo, Louren asintió comprensivo.
"Ah, como con la suela del zapato.”
"Eso… olvídelo, por favor, señor Louren." Elliot sonrió incómodo.
Pero Argen no perdió ocasión de intervenir.
"Yo también lo recuerdo cada vez que miro mis zapatos, Elliot Brown, el fan que hasta lamería las suelas de Louren Fedette.
¿Por qué tuvo que mencionar aquel asunto de las suelas y condenarme a esta desgracia…? Elliot se lamentaba en silencio.
“Parece que a Elliot le avergüenza, dejemos el tema y vayamos a otro sitio. Como es plebeyo, seguro le gustará que lo llevemos a lugares frecuentados por nobles" propuso Louren.
"Buena idea. De acuerdo." Argen asintió.
Entonces levantó el dedo medio hacia Louren.
"¿Qué significa eso?" preguntó este.
Con aire orgulloso, Argen respondió.
"Es una expresión que me enseñó Elliot Brown. Significa “entendido”.
"Ya veo. Entendido.”
Y Louren, imitándolo, le devolvió el gesto con el dedo medio.
Voy a enloquecer…
Elliot los miraba y, sonriendo resignado, les devolvió a cada uno un “fuck you” con ambas manos.
"Si ya entendieron, ¿podemos salir de una vez?
***
Argen y Louren eligieron como primera parada una de las casas de moda preferidas por los nobles.
"¡Dios mío! Bienvenidos, luz de Lantar, duque Teron, y venerado fragmento de dios, señor Fedette. Su visita conjunta a La Grâche será recordada como día de fiesta" exclamó la dueña, la célebre diseñadora Celine.
A diferencia de los relucientes vestidos que colgaban en su taller, ella vestía un sencillo atuendo grisáceo. Bajo sus ojos se extendían profundas ojeras y su cabello estaba algo desordenado.
Sí que debe estar ocupada… pensó Elliot. Seguramente había maldecido en silencio al recibir la noticia de la visita y había salido a toda prisa a atenderlos.
“¿Y ese joven tan apuesto de detrás? ¡Qué rostro tan inteligente! Me encanta. ¿Es un nuevo amigo suyo? ¡Con esa simple camisa parece brillar!”
Celine sacó una cinta métrica de su bolsillo y se acercó a Elliot con entusiasmo, feliz de haber descubierto a un nuevo cliente.
"Sí, Elliot es nuestro amigo. Pienso encargarle unos cinco o seis trajes, por favor elija lo que mejor le quede" dijo Louren.
Pero Argen golpeó el suelo con su bastón y corrigió:
"No. Yo pagaré. Anótele diez conjuntos a mi cuenta.”
"Yo… ya tengo ropa. Camisas como esta, y… tres pantalones…" intentó protestar Elliot, tímidamente.
Pero aquello no hizo más que activar a Celine, ya de por sí sensible.
"¿Sólo tres pantalones…? ¡Esto es una emergencia! Extienda los brazos, señor Elliot, debo tomarle las medidas de inmediato.”
Moviendo la cinta métrica como si se tratara de un asunto de vida o muerte, lo rodeó. Elliot, resignado, no tuvo más remedio que dejar que midiera cada rincón de su cuerpo.
Después, Argen y Louren lo llevaron también a otra sastrería, a una joyería, a una perfumería, a restaurantes, cafés y hasta a una tienda de pociones mágicas.
Al final, Elliot estaba exhausto, jadeando mientras lo arrastraban de un lado a otro. Argen y Louren parecían inagotables; pese a tantas compras, discutían animados adónde llevarlo después.
"¿Qué tal una tienda de dulces? Elliot parece de los que disfrutan lo azucarado.”
"Le saldrán caries.”
¿Son sus padres o qué?
Elliot, con cara amarga, bebió de un trago la poción de fresa revitalizante que Argen le había comprado. Y como por arte de magia "literalmente" se sintió mejor.
“¿Entonces una librería? Le serviría incluso para escribir cartas.”
"Buena idea.”
Elliot, al verlos tan compenetrados, no pudo evitar sentirse incómodo. Había decidido seguirlos para impedir que se acercaran demasiado como en la historia original, pero ahora parecían casi inseparables.
Miró con fastidio el broche lleno de joyas que colgaba de su pecho. Sí, todo eso era riqueza, pero ¿de qué servía la riqueza si perdía la vida?
“Bien, entonces vayamos a la librería más grande de Pentus”
"Pero, Louren Fedette, ¿por qué mencionaste lo de las cartas?”
"¿Eh?”
…Maldición.
La mandíbula de Elliot casi se desencajó. Mientras balbuceaba, Louren contestó con naturalidad.
"Porque últimamente nos hemos escrito muchas cartas. Fue lo primero que me vino a la mente.”
"…¿De veras?”
"Además, ¿para qué más escribiría Elliot Brown, si ya no redacta novelas?”
"Cierto.”
Argen asintió, satisfecho, sin seguir indagando. Elliot suspiró de alivio; el corazón aún le latía con fuerza, pero forzó una sonrisa animada y se interpuso entre ambos.
"¡Vamos a la librería! ¡Quiero ir ya!”
Los condujo a cualquier dirección al azar, pero entonces vieron a Luther correr hacia ellos con el cabello negro ondeando. Hasta entonces se había mantenido atrás, escoltándolos, pero algo debía haber ocurrido.
"¡Mi señor duque! Traigo noticias urgentes.”
Le susurró algo al oído a Argen, cuyo rostro no mostró cambio alguno.
"Tendrán que ir ustedes dos a la librería. Me ha surgido un asunto urgente.”
Y encargó a Elliot.
"Compra todos los libros que desees a mi nombre.”
"…Muchas gracias.”
Tras escuchar su respuesta, Argen hizo un altivo gesto de cabeza a Louren y se marchó con Luther.
"Qué imbécil engreído…" murmuró Louren, criticando en voz baja. Elliot no pudo estar más de acuerdo y asintió con solemnidad.
Capítulo 52
“Luther.”
Argen, sentado en la carreta, llamó a Luther, que estaba frente a él.
“Lo que dijiste la última vez sobre investigar a Elliot Brown… puedes hacerlo.”
“Sí, entendido.”
Argen miró por la ventana de la carreta, hacia Elliot y Louren que se iban alejando. La vez anterior, Louren había asegurado no saber nada más que el nombre Elliot Brown. Sin embargo, hoy parecía conocer que Elliot había escrito novelas y que ya no lo hacía. Era muy probable que hubiera algún tipo de vínculo entre ellos. Y eso irritaba a Argen.
Mientras Argen observaba en silencio hacia afuera, Luther le preguntó.
“Pero, su excelencia, ese tal Darlin ya está muerto. ¿Tiene sentido ir a ver un cadáver?”
Argen respondió.
“Mucho. Tiene todo el sentido.”
Darlin no solo había insultado a Elliot, sino que además era un espía del emperador que lo incriminó falsamente. Quizás había sido usado y descartado por el emperador, pero aun así, Argen no tenía la más mínima intención de perdonarlo.
Cuando llegaron al destino, Argen se paró frente al cadáver de Darlin. El hombre tenía una flecha clavada en medio de la frente y sus ojos aún estaban abiertos, con el cuerpo ya en avanzado estado de descomposición.
“Por el nivel de putrefacción, parece haber muerto hace unas semanas”, dijo Luther a su lado.
“Lástima.”
Argen desenvainó su espada y continuó.
“Una sola flecha en la frente. Mi tío fue demasiado piadoso con este embaucador, lo mandó al otro mundo de un solo golpe.”
Y de un tajo limpio, Argen decapitó a Darlin. Ni una gota de sangre saltó.
“Lleva esta cabeza y arrójala frente a la entrada del palacio imperial. Que Su Majestad el Emperador sepa al instante que fui yo.”
“¡Pero, excelencia…!”
“Seguramente quiso expulsar a Elliot Brown para poner en su lugar a un sirviente propio de la alcoba. Y también para averiguar qué relación tenía conmigo. El emperador ya sabe que no trato a Elliot como a cualquier otro sirviente.”
Argen volvió a hundir la espada en la frente del cadáver, justo en el lugar donde la flecha del escuadrón secreto imperial, los Dan de Rojo y Blanco, lo había alcanzado.
“Lo único que queda es la advertencia, si vuelve a tocar a Elliot Brown, este sobrino suyo tampoco se quedará de brazos cruzados.”
Luther dudó un instante, y luego se atrevió a preguntar.
“Disculpe, su excelencia… pero, ¿puedo preguntar por qué aprecia tanto a Elliot Brown? Da la impresión de que no es solo porque le ayuda a dormir mejor…”
“Ese es el único motivo.”
Argen respondió con frialdad. Luther asintió en silencio y comenzó a recoger la cabeza de Dalin. Pero Argen permaneció allí, inmóvil, sumido en sus pensamientos.
No era cierto.
Sabía que lo cuidaba también por otras razones.
No sabía cómo nombrar esos sentimientos, pero sí que le gustaba Elliot Brown.
Argen repasó lo que había vivido con él.
Al principio lo sospechaba, pero poco a poco empezó a compadecerse de su fragilidad. Le hacía gracia ver cómo Elliot se esforzaba de mil maneras por ganarse su confianza.
Después empezó a parecerle adorable, a darle consuelo. Y sentía celos cuando Elliot se mostraba cercano con otros.
Quería matar a cualquiera que lo lastimara.
“Ya veo…”
Argen asintió para sí. Elliot lo había enfrentado con emociones que jamás había sentido en su vida, todas ellas apuntando a una sola conclusión: ‘Lo único que quiero es tratar bien a Elliot Brown.’
Si hubiera tenido experiencia en el amor, habría reconocido que aquello se parecía mucho. Pero como nunca la había tenido, lo único que supo concluir fue que simplemente deseaba hacerle bien.
Y comprendió que no había tiempo que perder.
“Para tratarlo bien, debo estar con él las 24 horas del día.”
Con esa determinación, se ajustó con firmeza la máscara en el rostro.
“Luther. Iré de inmediato con Elliot Brown.”
“¿Eh? A-ah… entendido. Entonces lo veré en la mansión.”
Argen desató uno de los caballos de la carreta y galopó hacia la residencia.
Deseaba llegar pronto junto a Elliot, quedarse a su lado, colmarlo de manjares y atenciones.
+
Elliot estaba sentado en su cama, con las manos sosteniendo el rostro, mirando con agotamiento la montaña de regalos apilada en un rincón.
Lo que habían comprado ese día había llegado ya a su habitación, llevado por los criados de cada tienda.
Excepto la ropa hecha a medida y los zapatos artesanales que tardarían más, allí había capas lujosas, perfumes, joyas, objetos mágicos, libros… todo dentro de cajas brillantes y enormes, adornadas con lazos y hasta piedras preciosas. Incluso había comida para Camembert, eso sí que era perfecto.
Ante tal avalancha de obsequios, Elliot no pudo evitar sospechar de segundas intenciones.
Pero, en el fondo…
“Es la primera vez que tengo tantas cosas…”
Nunca había salido de un cuartucho de una sola habitación en toda su vida. Ni cuando vivía con su madre, ni cuando quedó solo con su padre, ni cuando fue abandonado, jamás había tenido más espacio que eso.
Cuando se vive en un sitio pequeño, también se tienen pocas pertenencias. No se compra nada innecesario porque no hay dónde guardarlo, y el deseo se apaga. Al final uno piensa: “De todos modos no me servirá.”
Por eso, aunque dudaba, se sentía sinceramente feliz. Era como aquellos niños de las películas extranjeras que abrían regalos bajo un árbol de Navidad, gritando de alegría. Él siempre había envidiado esa escena.
En realidad, lo único que quería era dar las gracias. Ya lo había hecho con Louren antes de separarse; ahora pensaba hacerlo también con Argen esa misma noche.
Después de todo, no podía dejar que Louren muriera, ni tampoco deseaba que Argen destruyera todo a su alrededor y acabara solo. Ahora quería impedir el final de la historia no solo por él y Camembert, sino también por Argen y Louren.
Ding ding
El reloj marcó la hora exacta.
Las siete de la tarde, hora de ir al dormitorio del duque y preparar el ambiente para su sueño.
Elliot masajeó sus piernas doloridas de tanto caminar y estiró la espalda rígida. Antes de salir, volvió a mirar los regalos, y esta vez, una sonrisa genuina se dibujó en sus labios.
+
Estaba acomodando la cama y colocando unas bolsitas aromáticas junto a la ventana cuando Argen entró en la habitación. Elliot se sobresaltó al girar la cabeza. El duque traía en la mano un ramillete de flores silvestres. Probablemente las había recogido del invernadero.
“¿Por qué vino tan temprano?”
“Terminé los asuntos antes. Además, toma esto.”
Argen le extendió el tosco ramo.
“¿Acaso… voy a tener que beber otra vez hierbas medicinales, excelencia?” La sonrisa de Elliot tembló un poco, pero para su alivio, Argen negó con la cabeza.
“No son hierbas, son solo flores silvestres.”
“¿Y por qué me da flores, de repente?”
“Son flores sin mucho aroma. Tú detestas los olores fuertes.”
Elliot parpadeó, boquiabierto. ¿Lo había oído bien? O sea… ¿simplemente le daba flores que creía que le gustarían?
“¿Compraste los libros?” preguntó Argen mientras se quitaba el abrigo. Bajo él, la camisa delineaba su pecho, y Elliot respondió como un loro, embobado:
“Sí. Los compré.”
Argen empezó a desabotonarse.
“¿Qué libros?”
“Unos libros que compré.”
“¿Qué?”
“¿Eh? ¿Qué… sí?”
Chrup. Elliot se humedeció los labios y alzó la vista hacia el rostro de Argen.
El tinte ya se había desvanecido y su cabello había vuelto al platino, con una belleza tan pura que parecía un arcángel.
Ese pecho… ese rostro…
Instintivamente, Elliot miró su propio torso plano y sin gracia, y se pasó una mano varias veces por encima. Tal vez debía empezar a hacer ejercicios de pecho. Quizás, si entrenaba como Argen decía… podría tener un cuerpo así.
“Elliot Brown, estás distraído.”
Argen lo reprendió. Tras dudar un instante, agregó con fingida calma.
“¿Acaso no te gustan las flores silvestres?”
“¡No, de ningún modo, excelencia!”
Elliot fingió aspirar el ramo.
“Mmm~ el hecho de que no huelan a nada es fantástico, mi señor.”
“No suena como un cumplido.”
Argen dijo eso mientras terminaba de quitarse la camisa. Siempre solía cambiarse en otra habitación, así que Elliot no pudo evitar quedarse atónito. Se preparó para observar con toda admiración y curiosidad científica aquel cuerpo de modelo.
Es como cuando uno busca fotos de fisicoculturistas para motivarse a entrenar. Es lo mismo, nada raro.
Se ajustó las gafas para mirar mejor.
Pero el torso de Argen no era del todo lo que esperaba. Sí, estaba fornido y poderoso, pero… tenía demasiadas cicatrices.
“Su excelencia, su cuerpo…”
La expresión de Elliot se ensombreció al instante. Esas marcas no eran leves, todas hablaban de heridas graves, sufridas en una lucha desesperada por sobrevivir.
“Ah, lo olvidaba. Normalmente no me quito la ropa delante de otros.” Argen giró para volver a ponerse la camisa. Y Elliot pudo ver una cicatriz enorme, diagonal y rojiza, cruzándole toda la espalda.
Demasiado… demasiado triste…
La empatía de Elliot volvió a desbordarse, dirigida hacia Argen.
Justo como él lo había planeado.
Capítulo 53
“Mostré un aspecto vergonzoso.”
Argen hablaba mientras se ponía la camisa con lentitud.
¿Vergonzoso? ¿Cuánto tiempo habría sufrido este hombre para llegar a llamar así a su propio cuerpo? Elliot se mordió los labios. Podría haberle dicho de inmediato que no era cierto. Pero Elliot Im Seong-sik Brown tenía casi veinte años de experiencia como amigo, colega, superior, subalterno y consejero.
Las personas, cuando escuchan palabras que no aceptan en su interior, por buenas que sean, simplemente las dejan entrar por un oído y salir por el otro; la situación no mejora en absoluto.
En esos casos, Im Seong-sik solía reemplazar las palabras con un abrazo o una palmada en el hombro. Y sorprendentemente, eso funcionaba bastante bien.
Elliot dio unos pasos hacia Argen.
“No es vergonzoso, mi señor duque. Voy a abrazarlo un momento… pero no saque la espada, solo aguante un poco.”
Desde atrás, Elliot rodeó con los brazos a Argen. Su cuerpo era tan grande que no cabía entero en un solo abrazo, pero Elliot deseaba que al menos el calor y el afecto se transmitieran bien, así que lo apretó con fuerza.
“¿De verdad no es vergonzoso?”
“No. Es imponente. Y además me alegra… me alegra que esté vivo a pesar de tantas heridas.”
Sintió que la espalda de Argen se ponía rígida. Elliot, creyendo que era el momento justo, se apartó.
“Espera. Abrázame otra vez.”
“¿Eh? Sí…”
Elliot volvió a abrazarlo. Pasó un breve silencio, hasta que Elliot, con cautela, preguntó.
“¿Por qué me pidió que lo abrazara otra vez?”
“…Es que mi espalda tenía frío.”
“Ah, ya veo.”
Cuando Elliot respondió lánguidamente, Argen se apresuró a añadir.
“La verdad… no era frío, sino vacío.”
“Ah…”
“Me siento vacío cuando no estás.”
“¡Dios santo…!”
Si esas palabras hubieran salido de cualquier otra persona, Elliot habría creído sin duda que se trataba de una confesión. Pero como Argen solía torcer incluso las frases más simples, aceptarlas al pie de la letra solo le traería problemas a Elliot. Él estaba convencido de eso.
Quizá porque la reacción de Elliot no fue la esperada, Argen frunció un poco el ceño, aunque pronto volvió a mostrar un semblante sombrío y triste.
Aquella noche Elliot le leyó poemas con toda su sinceridad, le cantó una canción de cuna que no sabía entonar, y le dio palmaditas sobre las mantas… no sin antes, mientras las acomodaba, aprovechar para rozar disimuladamente sus músculos pectorales.
Argen intentó mantenerse despierto con los ojos muy abiertos, pero al final, vencido por las caricias de Elliot, terminó tomando el tren hacia el país de los sueños.
+
Pero a partir de entonces ocurrieron cosas que incluso para Elliot, con toda su empatía y compasión, resultaban extrañas, ¡Argen parecía volverse cada día más desdichado!
Al día siguiente, Argen sangró por la nariz. Cuando Elliot lo encontró, estaba en el pasillo, sujetándose la nariz con el pañuelo que Elliot mismo le había regalado, empapado de sangre.
Elliot corrió alarmado, y Argen, recostando disimuladamente su hombro sobre él, dijo.
“He perdido demasiada sangre, me siento mareado.”
Elliot tropezó y cayó, y Argen, sosteniendo aún el pañuelo manchado, lo levantó en brazos y corrió hacia el médico.
El médico, el barón Chester, declaró que Elliot estaba perfectamente y pasó a examinar a Argen.
“Esto no es un simple sangrado por cansancio, parece más bien un golpe…”
Pero cuando Argen le lanzó una mirada asesina, el pobre médico se atragantó con un hipo y se retractó.
“Viendo bien, sí… seguramente es por fatiga. Necesita, hip, una siesta, hip.”
Cuando Elliot volvió a mirar a Argen, este ya tenía el pañuelo oscurecido bajo la nariz. Elliot lo llevó al dormitorio y le contó una historia de su infancia para que pudiera conciliar la siesta. Como era de esperar, Argen se quedó dormido de inmediato.
Al día siguiente por la noche, Argen estaba abatido. Preguntado por qué, dijo que era el aniversario de la muerte de su madre. Depositó con cuidado, sobre la mesa de noche, el pañuelo ya limpio que Elliot le había regalado, y murmuró.
“El nombre de mi madre era Salvia Teron. Me contaron que lo tomaron de la flor de salvia. Por eso esa flor es especial para mí. Quisiera ir al invernadero a verla, pero no tengo valor.”
“¿Salvia? ¿Así se llamaba su madre?”
Elliot recordó aquella vez en que estuvo mirando la flor de salvia ante Argen durante varios minutos. De pronto se alarmó y lo agarró del brazo.
“¿Por qué no me lo dijo entonces? Cuando yo la llamaba ‘sarubia’… debió ser doloroso escucharlo.”
“Pero era un recuerdo tuyo con tu padre. Mis problemas son míos, no tienes que preocuparte.”
Y con gesto melancólico, se quitó el gorro de dormir. Aunque el cabello estaba aplastado, caía como hebras de perlas, acentuando su belleza trágica.
“Vamos, mi señor duque.”
Elliot se levantó con solemnidad.
Así, ambos bajaron al invernadero en plena medianoche. Allí se sentaron en la mesa de té contemplando largo rato las flores de salvia. Hablaron del jardinero Bennie, de su hija, y naturalmente salió el tema de Dallin.
“Darlin apareció muerto en el bosque, así que no hay de qué preocuparse.”
“¿Qué? ¿Muerto?” Los ojos de Elliot casi se salieron de las órbitas.
“Parece que le gustaba la hija del jardinero, pero en realidad estaba aquí bajo órdenes del emperador, vigilarme y, de paso, sacarte de en medio.”
“Vaya… el emperador…”
“Seguro fue el emperador quien lo mandó matar.”
Elliot dejó escapar un ruido raro, y Argen, divertido por su reacción sincera, esbozó una sonrisa.
“El emperador siempre hace diferentes intentos. Esta vez trató de librarse de ti de una manera suave, para no levantar mis sospechas. No sabemos qué hará la próxima.”
Argen lo miró con seriedad.
“Por eso, Elliot Brown, quédate a mi lado por un tiempo.”
“¿Acaso… por eso ha estado actuando como si fuera tan desdichado? ¿Para que me quedara cerca?”
“En parte, sí.”
Y sin darle tiempo a pensar, añadió.
“Lo importante es que estés pegado a mí.”
“¿Pegado…?”
“Pegado.”
Elliot, asustado, asintió. No había imaginado que la situación fuera tan peligrosa.
“Promételo.”
Argen extendió su dedo meñique. Elliot lo miró confundido, y Argen movió el dedo con insistencia.
“…Está bien, lo prometo. Me quedaré pegado a su lado, mi señor duque.”
Argen, satisfecho con aquel gesto, permaneció un rato enlazado en el meñique de Elliot. Y este, aguardando a que lo soltara, también se sintió secretamente complacido.
El invernadero estaba impregnado del perfume de las flores de salvia bajo el aire nocturno. Pero ni Argen ni Elliot reparaban en él: lo único en lo que se concentraban era en la sensación de sus dedos entrelazados.
***
“Argen arrasó con el distrito comercial de Pentus junto con el Fragmento Divino… todo por un vulgar sirviente de alcoba.”
El emperador Illius jugueteaba con el fleco de una cortina mientras hablaba. Detrás de él, de rodillas, un miembro de la Guardia Escarlata inclinaba la cabeza aún más.
“Sí, majestad. Incluso corrió el rumor de que eran amantes.”
“Qué situación tan… entretenida.”
Aunque sus palabras sonaban divertidas, en su rostro no había ni rastro de sonrisa. Delante de él había una caja abierta con la cabeza de Darlin.
“Pobres de mis súbditos, tendrán trabajo extra.”
Con un ademán, hizo salir al guardia. Poco después, entró la jefa de las doncellas.
“Me mandó llamar, majestad.”
“Llévate esa caja. Me resulta repugnante a la vista.”
“Sí, majestad.”
La mujer entró con calma, cerró la tapa sin inmutarse y alzó la caja. En ese momento, el emperador la llamó.
“Señora de llaves.”
“Sí, majestad.”
“Dicen que mi sobrino se ha enredado con un simple sirviente. ¿Qué opinas?”
“Si el sirviente fuera hijo de un noble, no pasaría de una aventura de una noche. Pero si es plebeyo, entonces sería una unión pecaminosa que enfurecería al dios Lante.”
Ella, criada como dama de una casa marquesal, era de sangre azul entre la más azul. Los nobles del partido imperial creían que nobles y plebeyos eran especies distintas, como humanos y cerdos, y detestaban mezclarse incluso en palabras.
“Vaya… y el compañero de Argen es un plebeyo. ¿Qué haremos entonces?”
Illius, jugueteando con el fleco dorado de la cortina, sonrió con fingida diversión.
“Hagamos que todos lo sepan, que mi sobrino, bendecido por Lante, se revuelca con un plebeyo peor que una bestia.”
Capítulo 54
“Jefa de doncellas, ¿es cierto que tu sobrino mayor anda pasando por dificultades últimamente?”
El emperador lo sabía todo. Era un hombre obsesionado con el título de rey sabio, y para alcanzar ese objetivo había desplegado cientos de agentes de la Orden Escarlata y miles de espías bajo ellos por todo el imperio. Nadie podía escapar de los ojos y oídos del emperador.
La jefa de doncellas lo sabía bien, así que inclinó la cabeza con humildad.
“Sol del gran Lantar, lamento decir que así es. Parece que el peso del vizcondado de Tulion aún resulta demasiado para mi sobrino.”
Desde hacía una semana la casa Tulion vivía sobre un hielo quebradizo. Sus naves mercantes principal fuente de ingresos del linaje habían sido destruidas de golpe por una tormenta, y con ellas el equivalente a un año entero de ganancias se había desvanecido.
Y apenas el otro día, un antiguo criado había denunciado en los periódicos que, cuatro años atrás, a la edad de cinco, había sido brutalmente golpeado y echado por Tesio Tulion, quedando con una discapacidad permanente. La noticia había despertado la indignación de los plebeyos.
“Con tanto alboroto dentro y fuera de la casa, debes de estar preocupada.”
El emperador sonrió con benevolencia.
“¿Qué te parece si yo les echo una mano?”
Era una proposición con el sabor de un susurro demoníaco.
***
“¿Qué tal si cambias de dormitorio?”
Argen y Elliot estaban comiendo juntos en el comedor. Aquella, en realidad, había sido una sugerencia de Argen.
Elliot solía almorzar en el jardín con Beny o Rachel, y cenar en la cocina, ya fuera solo o con otros cocineros. Prefería esos sitios más tranquilos al comedor de sirvientes.
Pero esta vez estaba sentado en el comedor exclusivo de Argen, reservado solo para nobles. Nunca antes Elliot había visto una mesa tan larga y ancha, a pesar de haber trabajado en varios restaurantes, incluso en cadenas familiares.
El fastuoso mobiliario estaba decorado con flores, cintas, encajes y candelabros que ocupaban casi toda la superficie. Los platos se servían de uno en uno, al estilo de un menú por cursos.
Así que… esto es lo que llaman fine dining, ¿no?
Se equivocaba de término, pero no de concepto. Elliot Imseong-sik Brown estaba conmovido, mientras permaneciera junto a Argen, podría disfrutar siempre de ese silencio elegante y de comidas exquisitas. Cada bocado le hacía estremecerse de placer.
Claro que todo eso estaba bien cuando se trataba de comer. Compartir dormitorio, en cambio, le parecía demasiado.
“El dormitorio… no sé.”
Elliot frunció las cejas con una sonrisa incómoda. Usó su táctica de oro, rechazar suavemente, con la voz entrecortada y una sonrisa, para no herir al otro.
“¿Qué tiene de malo el dormitorio?”
Por supuesto, Argen no era de los que cedían a esas tretas.
“Es que… quedaría raro, ¿no cree?”
“¿Raro en qué sentido?”
¿Qué es este asesino de signos de interrogación?
Con un gesto oculto bajo la mesa ‘un dedo medio’ Elliot le explicó amablemente.
“Verá, dos hombres adultos compartiendo habitación sin estar casados… da pie a habladurías. Y más aún cuando ya hubo rumores sobre nosotros.”
“Los rumores se acallan diciendo que no son ciertos. No importa. Desde hoy te mudas a mi cuarto.”
Claro, tú eres el todopoderoso del imperio, inmune a los chismes. Qué suerte la tuya, imbécil.
“Puedes traer también a ese gato gordo. Haré que le den dos comidas de calidad al día.”
“Perdone, ¿cómo dijo? ¿Gato gordo? Mi Camembert no es gordo.”
“Está bien… digamos ese gato ‘rellenito’.”
“No está rellenito, ¡solo es el pelaje!”
“¿En verano también le crece el pelaje?”
“Es que Camembert es un caso especial.”
Elliot, cegado de amor de amo por su gato, se encendió. Argen rio suavemente. Elliot sintió que frente a él estallaban fuegos artificiales, fue un instante deslumbrante. Y Argen lo supo captar.
“Les diré a los sirvientes que es porque mi insomnio empeoró. Si quieres, puedes usar la habitación contigua, que está conectada con la mía. No te causaré ninguna incomodidad.”
Hablaba con la seriedad de alguien que llevaba mucho tiempo meditándolo, y era cierto. Elliot sintió la sinceridad en sus palabras.
“Entonces… me mudaré al cuarto de al lado, si a usted le parece bien.”
“Gracias por aceptar.”
Argen volvió a sonreír. Cada día lo hacía con más facilidad, pero su belleza solo crecía, obligando a Elliot a apartar la vista con disimulo.
¿No existirán gafas de sol en este mundo…?
***
La mudanza no resultó complicada. Lo que más le ocupó fue guardar aparte sus cartas escondidas y ayudar a Camembert a adaptarse.
Por suerte, nadie descubrió las cartas, y el gato, aunque al principio se puso tenso por los nuevos olores, se tranquilizó enseguida al reconocer una estructura similar de la habitación.
Elliot, en cambio, no podía calmar los latidos de su corazón.
Al otro lado de una simple puerta, estaba Argen. Solo pensarlo hacía temblar su pecho como si un oso bailara dentro de él.
Alguien golpeó la puerta.
“Escritor.”
Era Genewin, huésped en la mansión del Gran Duque Teron. Sin esperar respuesta, entró y echó un vistazo a la habitación.
“Bueno, mejor que la anterior. Se nota que el duque lo aprecia de veras.”
El rostro de Elliot se encendió un poco, y fingió calor abanicándose el cuello de la camisa.
“Dígame, escritor, ¿usted y el duque… realmente son pareja?”
“¡Cof, cof! ¡No, claro que no! ¡Quién dice esas tonterías, cómo se le ocurre…!”
“Tranquilícese.”
Genewin sirvió agua en un vaso y se lo puso en la mano después de sentarlo en el sofá, con un gesto fluido y natural.
¿Será que ha tenido mucha experiencia en el amor? pensó Elliot. Quizás él podría darle una visión objetiva de lo suyo con Argen.
Y entonces lanzó la pregunta, fingiendo hablar de un “amigo”.
“Oh, ¿consejo sentimental? Ese es mi fuerte. Suéltelo todo.”
“¡No es consejo sentimental! Mi amigo… dice que sí lo quiere, pero no de esa manera. ¿Me escucha bien, cliente?”
“Cada vez suena más aterrador lo que dice, aunque lo diga amablemente, escritor.”
Elliot lo fulminó con la mirada. Genewin se rindió riendo.
“Vale, vale. O sea que tu amigo insiste en que no lo quiere así, pero cada vez que lo ve el corazón le late, se desvive por empatizar, quiere consolarlo… ¿así de golpe?”
“No tanto. Solo… un poquito le late, un poquito le da lástima, un poquito quiero consolarlo.”
Genewin asintió con aire serio, conteniendo la risa.
“Ajá, un poquito.”
“Exacto. Y además, el otro no lo ve de esa manera. Igual que mi amigo, claro.”
“Escritor, ¿se da cuenta de que está siendo contradictorio?”
Le pasó un brazo por los hombros.
“Me parece que nunca estuviste enamorado y por eso confunde tus emociones. También estás en negación.”
“No soy yo, es mi amigo.”
“Claro, tu amigo.”
Genewin siguió con tono didáctico.
“Es posible que no sea amor romántico. A veces uno siente igual por un gato. Pero ¿sabes cuál es la condición para que esto sea ‘consejo sentimental’ de verdad?”
“¿Cuál sería, profesor?”
Elliot, ya inmerso en el papel, lo llamó “profesor”. Las palabras de Genewin eran convincentes.
“Que haya imaginado besarlo, tomarle la mano, o compartir el cuerpo.”
“¡Yo…!”
Elliot se quedó sin habla. Quizá no había llegado a tanto, pero… sí había acariciado con deseo las venas del dorso de la mano de Argen, o fantaseado con su pecho más de una vez.
“El amor tiene muchas formas. Tal vez tu amigo no lo sienta así. Solo él lo sabe.”
Genewin le dio unas palmadas en el hombro y se levantó.
“Vamos afuera. Para cuando volvamos, la mudanza ya estará hecha. No le quites el trabajo a los criados.”
Elliot lo siguió en silencio, con la mente hecha un torbellino.
Capítulo 55
Genewin llevó a Elliot al Parque Ortel. Ese parque era un lugar al que acudían principalmente los nobles para hacer picnics o excursiones, y como los plebeyos no podían entrar libremente, era la primera vez que Elliot ponía un pie allí.
En el amplio césped verde crecían todo tipo de árboles frutales y flores. Cada vez que soplaba el viento, las hojas se rozaban suavemente, creando una música natural refrescante. Una pequeña orquesta, traída por los nobles, interpretaba melodías acordes al día soleado. El sonido del agua de las fuentes se mezclaba con el canto de los pájaros que llegaba de distintos rincones, componiendo una armonía perfecta. Damas con vestidos de colores reían a carcajadas, mientras que al otro lado se veían caballeros paseando tranquilamente a caballo.
"Esto es el paraíso…" murmuró Elliot.
Malditos nobles… Qué envidia.
Aunque ya había pasado un tiempo desde que reencarnó, Elliot nunca había tenido la oportunidad de visitar un lugar así. Por supuesto, Argen jamás se habría tomado la molestia de llevar a su sirviente de alcoba a un sitio semejante; solo solían encontrarse de noche.
Elliot miraba el Parque Ortel como si quisiera grabar cada rincón de aquel paraíso en sus ojos. De hecho, incluso cuando todavía era Im Seongsik, nunca había ido a un lugar parecido. La gente solía hablar de ir al río Han a hacer picnics de día o de noche, pero él, salvo cuando hacía repartos, jamás había tenido tiempo para disfrutarlo.
"Siéntate aquí, escritor. Espera un momento, iré a conseguir algo de comer.”
Genewin guiñó un ojo con frescura y caminó con seguridad hacia el grupo de damas. Parecía que iba a mendigar, pero lo hacía con tal aplomo que resultaba casi elegante.
Elliot, sentado bajo la sombra de un árbol, lo observaba hablar con las damas, sonreírles con los ojos y volver con una cesta en las manos. Al final, Genewin les entregó unas flores recién cortadas a las jóvenes que le habían prestado la cesta, provocando risas y abanicos que se agitaban coquetamente.
De regreso, Genewin corría alegre como un cachorro que vuelve con su dueño, nada que ver con la actitud seductora de antes. Elliot lo encontró incluso un poco adorable.
"Mira, escritor. Hoy la cosecha es abundante.”
Sin duda, no era la primera vez que mendigaba. Dentro de la cesta había una botella de vino blanco recién sacada de la bodega, dos copas, pan, jamón y queso.
"Con esto hasta podrías montar un hogar" comentó Elliot.
Genewin estalló en carcajadas y replicó:
"¿Y si lo montamos juntos?”
"Señor cliente, esas palabras son muy fuertes~”
"Jajaja, solo bromeaba.”
Con destreza, Genewin descorchó la botella, sirvió el vino y preparó pan con jamón y queso, acercándolo a la boca de Elliot.
"Abra la boca, escritor.”
"¡Yo puedo comer so…!”
Aprovechando que Elliot abrió la boca para hablar, Genewin le metió el pan. Ante la mirada de reproche, él solo se encogió de hombros con gesto satisfecho.
"Nuestro escritor sufre bastante por mi culpa, así que al menos debo hacer esto por ti.”
"Entonces, dame a mí también.”
Una voz inesperada los sobresaltó desde atrás. Ambos se giraron y quedaron petrificados.
"¿G-gran… gran duque?”
"¿Vuestra Excelencia?”
Argen, de cabello negro y máscara en el rostro, estaba allí, de pie como un árbol. Su presencia se confundía tanto con la sombra que nadie podía decir desde cuándo los observaba.
"Dame pan a mí también, GenewinTulion.”
Y, bajo la máscara que le cubría hasta la nariz, abrió levemente la boca. Elliot lo miró con los ojos desorbitados. Qué descaro tan inaudito.
Como realmente parecía esperar a que lo alimentaran, Genewin, con cara de disgusto, arrancó un trozo de pan y se lo metió casi de mala gana. Solo entonces Argen cerró la boca y masticó.
Luego, como si fuera lo más natural, se sentó al lado de Elliot.
"¿Pero… desde cuándo está aquí? ¿Y por qué?" preguntó Elliot, atónito.
Argen, con un tono gélido, replicó como si la pregunta lo ofendiera:
"¿Acaso interrumpo?”
"Pues sí, un poco. Estábamos pasándola bien, el escritor y yo." refunfuñó Genewin juguetón, volviendo a su sitio.
Con Elliot entre los dos, pronto los nobles del parque empezaron a mirarlos. O mejor dicho, desde que Argen apareció, comenzaron a lanzar miradas hostiles hacia Elliot. Susurraban entre sí, y el murmullo se extendía como el zumbido de un enjambre. En sus ojos brillaba un desprecio que lo hacía sentir como un insecto.
"Señor… gran duque…" dijo Elliot con nerviosismo.
"Elliot Brown, ¿qué te parece si nos vamos? Aquí hay demasiada gente, resulta incómodo. Mi cuerpo se resiente con tantos sentidos alerta.”
Argen se llevó una mano a la máscara, fingiendo debilidad.
"¿Le duele algo?
"No parece estar enfermo…" murmuró Genewin por lo bajo, aunque Elliot no lo oyó.
"Levantémonos.”
No habían pasado ni cinco minutos desde que se sentaron. Genewin, apurado, se bebió de un trago su copa de vino.
"Escritor, bébelo rápido también.”
Elliot, desconcertado, hizo lo mismo. Genewin tomó las copas vacías y corrió hacia las damas para devolver la cesta, recibiendo esta vez miradas muy distintas de las anteriores.
Mientras Elliot lo observaba con preocupación, Argen lo rodeó de repente por la cintura.
"¡Eh!”
"Vamos.”
Y, sin más, lo cargó al hombro y echó a correr a toda prisa.
Como si fuera un muñeco, Elliot fue llevado en volandas. No era la primera vez que lo trataban así, y aunque ya no se sorprendía, seguía resultándole muy incómodo.
"¡Señor, gran duque, ¿qué…?!”
"Primero debemos despistar a ese mujeriego. Luego hablaré.”
Elliot, girando la cabeza, vio a lo lejos a Genewin, que se había quedado atrás, saltando y gritando algo. La escena le pareció tan absurda que casi estalló de risa.
"Pfff…”
Apretando los labios para contenerla, enterró el rostro en la espalda de Argen. Este se estremeció levemente, pero al ir tan rápido, Elliot no lo notó.
Finalmente, llegaron a un callejón desierto. Argen lo bajó, y Elliot, pálido, se frotaba el pecho tratando de calmar las náuseas.
"El emperador ha difundido un rumor.”
"¿Qué? ¿De repente?”
Argen, con gesto de disgusto, asintió.
"Los nobles del parque decían que yo estoy abusando de ti, un sirviente plebeyo, que te tomo y me divierto contigo.”
"¿Quéee?" Elliot palideció como un papel en blanco. ¿Argen abusando de… mi? ¿Me usa para divertirse?
"Seguramente el emperador oyó hablar de cuando paseabas conmigo y con Louren Fedette por la calle Pentus. Lo había previsto hasta cierto punto, pero ha salido más sucio de lo que esperaba.”
"¿Previsto…?”
Elliot sintió que iba a vomitar. No entendía del todo lo que Argen decía, y sin embargo lo comprendía demasiado bien.
"De ahora en adelante, el emperador será cruel contigo. Pero cuanto más se concentre en ti, más fácil me resultará protegerte. Es mejor que todo se concentre en un solo punto, en lugar de dispersarse.”
"No… no lo entiendo. ¿Quiere decir que me pone como escudo para protegerme?”
Elliot estaba lívido. Argen lo notó y se apresuró a responder.
"Aunque no te hubiera expuesto, ya habías llamado la atención del emperador. No sabemos cómo se acercará a ti. Así que…”
Lo que decía tenía lógica; era coherente con lo que ya había mencionado antes, que el emperador podría usar a Elliot para ponerlo en peligro, por lo que debía permanecer a su lado.
Pero la idea de “protegerlo” concentrando en él todos los ataques era terriblemente egoísta. Significaba no verlo como un igual, sino como un objeto prescindible, sin considerar en lo más mínimo sus sentimientos.
"Señor gran duque…”
"Es solo estrategia, táctica. Quizás te sientas mal por un momento, pero"
"Un momento.”
Elliot se cubrió la cara con las manos. Argen, preocupado, iba a preguntar si le dolía algo cuando, de pronto, Elliot se inclinó hacia adelante.
"¡Uuuaagh!”
"…”
"¡Uuugh! ¡Bleegh! ¡Ueeggh!”
"E-Elliot Brown, ¿e-estás… estás bien?”
Elliot vomitaba a los pies de Argen de manera descomunal, salpicando incluso sus botas, pantalón y capa.
"Haa… sí, un poco mejor… uueeghh…”
Y así, el espectáculo de vómitos de Elliot se prolongó durante un buen rato.
Capítulo 56
Elliot, con el rostro claramente demacrado por el vómito, se limpió la comisura de los labios. Usó un pañuelo que en algún momento le había regalado una compañera, y en ese instante, las cejas de Argen se crisparon. Recordó que, no hacía mucho, en el mercado de Pentus, Argen mismo le había comprado un pañuelo nuevo. Pero todo eso, según él, había sido con intención.
Elliot soltó una risa seca. Argen quiso decir algo, pero se detuvo para observar la expresión de Elliot, como si intentara descifrar su significado. Aunque no hacía falta, pues Elliot habló enseguida.
"Antes que nada, disculpe por haber vomitado a sus pies, mi señor. Incluso he manchado su ropa.”
Su voz sonaba áspera, como papel de lija. Aunque mantenía un tono cortés, se percibía la espina que no podía ocultar.
"Pero sabe, lo que no entiendo… es lo que usted dice.”
"Si me dices qué parte no entiendes, te lo explicaré de nuevo.”
"Cuando digo que ‘no entiendo’, en realidad significa que… no quiero entenderlo.”
Elliot dobló el pañuelo varias veces y lo guardó en su bolsillo. Con el rostro pálido, clavó la mirada en Argen.
"Yo pensé que usted… me apreciaba, que por eso me regaló aquel pañuelo. Pensé que quería estar conmigo, que yo…”
Quizás, incluso, que pudiera llegar a gustarle. No necesariamente al punto de querer besos o caricias, como decía Genewin, pero sí al menos un interés humano, una cercanía.
"La verdad es que, si yo simplemente dejara este trabajo de sirviente, el emperador no tendría motivo para acercarse a mí, ¿verdad?”
"¿Qué?”
Elliot estuvo a punto de decir que lo dejaría. Pero la expresión de Argen lo detuvo, estaba tan sorprendido, como si jamás hubiera considerado esa posibilidad. Ante esa mirada, Elliot guardó silencio. Luego se dio media vuelta y salió corriendo. En ese momento, lo único que quería era no estar junto a Argen.
Sus pies golpeaban el suelo sin rumbo, levantaban aire y volvían a caer, mientras su estómago se agitaba como si alguien lo hubiese revuelto con violencia. Corrió hasta que, al borde del camino, volvió a vomitar.
El malestar era tan fuerte que hasta lágrimas se le escaparon. Sacó del bolsillo el pañuelo nuevo, el que Argen le había regalado. Con él se secó algunas lágrimas, pero enseguida lo arrugó y lo arrojó al suelo, donde quedó manchado de bilis y saliva.
Al final, eso era todo. Solo unos días un poco felices, solo una persona que le había gustado un poco. Nada más. Realmente no era nada.
***
Frente a la puerta de su habitación, Elliot tuvo una revelación amarga.
“Ah, cierto, cambié de cuarto.”
La sincronía era ridícula. Caminó pesadamente hasta su nueva habitación en el tercer piso. Cada paso se le hacía más pesado, como si se hundiera en un pantano. Había regresado furioso a casa, pero dormir justo al lado del cuarto de Argen, unidos por una simple puerta, le resultaba incómodo.
“Si alguien tiene que evitar al otro, que sea él. ¿Por qué tengo yo que incomodarme?”
Frunciendo los labios, le lanzó una mirada dura a la puerta de Argen antes de abrir la suya. Dentro, la habitación estaba recién arreglada, y Camembert dormía sobre la cama, hecho un ovillo como una hogaza de pan.
Elliot se acercó despacio y hundió la nariz en su lomo. El pelaje y el olor característico del animal le hicieron cosquillas y le aliviaron un poco el ánimo. Fue entonces cuando…
Toc, toc.
Se oyó un golpe suave en la puerta que conectaba con la habitación de Argen.
"¿Ya entraste, Elliot Brown?”
“……”
No tenía el más mínimo deseo de contestar.
Elliot se incorporó, preparado para correr a darle una patada en la espinilla si Argen se atrevía a entrar sin permiso.
"Si te has sentido herido, lo lamento.”
La voz de Argen se filtró clara a través de la puerta. Pero, extrañamente, a diferencia de aquella vez en que sus disculpas habían llegado hasta su corazón, esta segunda vez no le causaban nada.
“Supongo que ya me acostumbré…”
Elliot sonrió con amargura. Ya no bastaban unas palabras de disculpa para moverle el ánimo.
"El emperador… es un hombre vil. Se especializa en enviar espías y hacer maquinaciones en las sombras.”
"……”
"Enfrentarlo de frente resulta, en cierto modo, más fácil de manejar. Yo a ti…”
Argen no terminó la frase. No se sabía si no podía o si simplemente no quiso. En su lugar, dijo:
"Duerme bien. Hoy… no hace falta que trabajes.”
Y con eso, su voz se apagó.
Elliot volvió a recostarse junto a Camembert. Cerró los ojos al borde de la cama.
En su vida anterior, como Sung-sik, ya había faltado al trabajo de repente cuando los acreedores o prestamistas lo perseguían. Y, normalmente, eso era señal de que pronto dejaría ese empleo. Su fama de trabajador constante siempre se quebraba justo antes del final.
Allá había acreedores. Aquí, un emperador.
“Donde sea que esté, mi vida siempre es igual…”
Aunque no fueran sus propios problemas, de alguna manera siempre terminaban arrastrándolo y sacudiendo su mundo. Cerró los ojos. Quería dormir un sueño profundo.
***
Pero si bien un día sin trabajar podía pasarse por alto, ausentarse continuamente era impensable en ese mundo también. Elliot pensó seriamente en renunciar. Pero había demasiados motivos que se lo impedían: tendría que mudarse de nuevo, lo que estresaría a Camembert; aunque renunciara, seguiría viéndose envuelto con Argen por lo de las cartas de amor; y encima, Jenewyn estaba alojada en la misma mansión.
Demasiadas razones para no abandonar.
Así que decidió limitarse a las tareas mínimas: arreglar la cama, preparar té para dormir, manejar la luz, las cortinas, las ventanas y leer en voz alta.
Estaba golpeando con rabia la almohada para mullirla cuando alguien entró de pronto. Era Argen, que al verlo respiró aliviado.
Vestía un camisón azul, pero esa vez no llevaba ni el gorro de dormir ni la almohada de cuello.
“¿Qué le pasa ahora…?” pensó Elliot con fastidio. Aunque, sin esos accesorios, se veía dos veces más apuesto. Tal vez por ser de tono frío, hasta el color de la tela resaltaba su atractivo.
"Acuéstese." dijo Elliot secamente.
Argen pareció notar el tono duro de Elliot, pues lo miró incómodo antes de tenderse en la cama.
"Elliot Brown, sobre lo de anoche"
"Le leeré un libro.”
"Espera…”
"El 28 de marzo llovió con furia. Una tormenta como la cólera de Dios, capaz de arrasar con todo ser vivo e inerte.”
"Elliot Brown.”
"Judy tuvo que asegurarse de cerrar bien la casa. A pesar de ser primavera, aquella lluvia era violenta. Ella apresuró a las ovejas dentro del establo.”
"…Un momento.”
"Su perro fiel, Buttercup, se empapó bajo la tormenta mientras reunía al rebaño con energía. El verdadero espíritu de un perro pastor se hacía notar.”
"Elliot…”
"Duerma, duerma, rápido duerma. No diga tonterías y duerma de una vez.”
Elliot lo susurró con la misma voz baja y calmada con la que leía. Si Argen lo hubiese escuchado, quizá habría encontrado un motivo para responder, pero lamentablemente ya estaba profundamente dormido.
Szzz…
El sonido de su respiración, suave como la de un niño, llenó la habitación.
Elliot se levantó en silencio. Argen había confesado que la noche anterior no pudo dormir porque él no había estado presente. Una vigilia completa, y por eso ahora caía tan rápido en el sueño.
Argen lo necesitaba.
Elliot lo miró con un rostro lleno de sentimientos encontrados. Verlo dormir sin gorro, sin almohada, sin antifaz era ridículo, enternecedor y molesto a la vez.
"Este pesado… este fastidio…" murmuró.
Szzz…
Elliot lo observó un momento y luego le pellizcó suavemente la nariz.
"…Koff.”
Con las vías respiratorias bloqueadas, Argen abrió la boca y tosió un poco. Elliot no se detuvo: le apretó las mejillas, le volteó los labios húmedos, hasta le arrancó un pelo de la ceja. Argen fruncía un poco el ceño, pero no despertaba.
"Lo odio tanto, mi señor." susurró Elliot en su oído "De verdad me saca de quicio.”
En realidad, estaba enojado consigo mismo. Porque, pese a todo, no podía simplemente alejarse de él.
Las razones que había enumerado para no renunciar eran superables. Pero el hecho de que Argen lo necesitara… esa pequeña y a la vez inmensa verdad le provocaba un orgullo y una compasión que lo irritaban profundamente.
Tras lanzarle una última mirada fulminante, Elliot cruzó la puerta hacia su habitación.
Apenas se fue, el sonido acompasado de la respiración cesó. En la quietud, el brazo de Argen se movió. Se cubrió los ojos con la mano y suspiró largo.
"¿Que le doy fastidio…?" murmuró lentamente, como saboreando cada palabra.
Capítulo 57
Al día siguiente, Elliot fue a buscar a Henderson.
"¿Vacaciones…?" repitió Henderson, mirándolo por encima de sus gafas de montura redonda. Elliot asintió con la cara más inocente que pudo poner.
"Sí, no me siento del todo bien. ¿No podría darme una semana…? O al menos cinco días.” Los ojos de Elliot estaban húmedos y parecían sinceros. Henderson lo observó un instante y negó con la cabeza, casi con pesar.
"Hoy en día los jóvenes pronuncian la palabra “vacaciones” con tanta facilidad… En mi época, Elliot, el descansar era algo impensable.”
"Señor mayordomo… Se lo ruego.” Elliot juntó las manos en súplica.
"Sabrá que la autorización final debe darla Su Excelencia el Gran Duque. Usted es ahora insustituible, el único capaz de hacer dormir al Gran Duque.”
"Entonces, ¿si él lo permite, está hecho?”
"Así es. Por cierto, ahora mismo se encuentra en la biblioteca.”
Con aire de “si te atreves, inténtalo”, Henderson le indicó incluso la ubicación de Argen. Elliot se inclinó con respeto y se encaminó hacia allí.
El motivo por el que quería vacaciones no era nada extraordinario. Simplemente necesitaba estar lejos de Argen un tiempo. No quería verle la cara, temía que, al verla, se le pasara el enfado demasiado rápido… o, por el contrario, que la rabia creciera aún más. Ni él mismo sabía bien qué sentía. Sus emociones le resultaban nuevas y desconcertantes.
“Es terriblemente contradictorio…” Se reprendió a sí mismo mientras tocaba la puerta de la biblioteca.
"¿Señor Duque, se encuentra dentro?" preguntó con una voz más apagada de lo normal. No había terminado de hablar cuando una voz apresurada respondió desde dentro.
"¿Elliot Brown? Entra.”
Elliot abrió con cautela y, apenas puso un pie dentro, olvidó su enojo y dejó escapar una exclamación.
"¡Cuántos libros…!”
"Si hay alguno que te guste, puedes tomarlo y leerlo cuando quieras.”
"No, no hace falta tanto.” Elliot frunció el ceño de inmediato. Argen solo asintió en silencio.
"¿Y qué te trae aquí?”
"El señor Henderson me dijo que estaba aquí. Tengo algo que pedirle.”
"No.”
"Vacaciones… ¿Perdón?”
"¿Qué?”
"¿Por qué responde “no” antes siquiera de escucharme?” Elliot lo encaró molesto. Argen, incómodo, apartó la mirada un instante y luego volvió a fijarse en él.
Con la camisa blanca desabrochada hasta el pecho, trabajando en un atuendo relajado, Argen se veía increíblemente atractivo. Aquella mirada lánguida que le dirigió hizo que Elliot sintiera a la vez ganas de darle un golpe y de lanzarse a sus brazos.
No caigas. Ese maldito siempre usa su belleza como un arma… qué fastidio.
Claro que Argen jamás había intentado seducirlo; simplemente había nacido guapo. Pero a los ojos de Elliot, parecía un recurso calculado.
"¿No ibas a decirme que renunciabas?" preguntó Argen, con un matiz de enojo.
"No, solo quería saber si podía tomarme unas vacaciones.”
La respuesta firme de Elliot hizo que Argen, curiosamente, se suavizara.
"Ah… vacaciones. Está bien, puedes tomarte un día.”
"Solicito una semana.”
"Tres días.”
"Una semana.”
"…Cinco días. Más no puedo permitir. Y no puedes irte lejos: deberás descansar aquí, en la mansión. La situación de que debas permanecer a mi lado no ha cambiado.”
Cinco días, lo que él podía resistir sin dormir, asegurando que seguiría protegiendo a Elliot. Aquello hizo que se sintiera un poco conmovido.
“Quizás… mejor no descanso.”
Su viejo instinto servil comenzaba a aflorar, cuando Argen lo cortó de raíz.
"Estoy de acuerdo en que descanses. Lo necesitas.”
"…Gracias.”
Elliot inclinó la cabeza y salió de la biblioteca. Había conseguido cinco días de vacaciones, pero no se sentía tan libre ni tan feliz como había esperado.
+
Aunque consiguió ese descanso, otra tarea seguía pendiente. Cerró la puerta de su cuarto a plena luz del día y se sentó a escribir una carta:
«Al Gran Duque Argen Teron:
Hoy me he enterado de que unos amigos míos han discutido, y estoy preocupado. Como Fragmento de Dios, a veces me toca mediar en los conflictos de mis amistades, y no es nada fácil.
Permítame contarle lo sucedido. Llamaré “Gruñón” a uno y “Elegante” al otro (son apodos que describen bien sus características).
Gruñón es de los que no se inmutan al ver un insecto; Elegante, en cambio, les tiene un pánico terrible.
Pues bien, a Gruñón debió darle pena, y dijo que se encargaría de todos los insectos por su amigo. Pero, para ello, le untó en la cara una loción que los atraía. ¡Y pronto todo tipo de bichos se lanzaron sobre el rostro de Elegante! Incluso cucarachas y ciempiés. Se imagina, ¿verdad?
Elegante se desmayó, con la cara cubierta de insectos. Gruñón los arrancó todos y los quemó, y cuando su amigo despertó, le dijo con altanería. “No hace falta que me des las gracias”.
¿Qué opina usted de esta historia? Yo quiero ponerme del lado de Elegante. Si un insecto se me pegara a la cara, me moriría del horror. En su lugar, habría roto la amistad con Gruñón. Me gustaría conocer su opinión, Gran Duque.
P.D: Como héroe y Luz de Lantar, sospecho que tal vez usted no tema a los insectos. Pero, por favor, imagine la situación con aquello que más le asuste o deteste.
Con respeto,
Louren Fedette»
Dos días después, récord de rapidez, llegó la respuesta de Argen.
«A Louren Fedette:
También yo me pondría del lado de Elegante. Detesto a los que, como Gruñón, son egoístas y carecen de consideración. Quizás Gruñón no haya pronunciado exactamente esas palabras, pero si Elegante lo sintió así, concuerdo en que lo hirió.
Sin embargo, me opondría a que rompan su amistad. Las relaciones humanas no se cortan tan fácil ni tan limpio; siempre quedan nudos sueltos.
Si tu papel es mediar, hazlo de verdad. No incites a que se distancien. Confío en ti, Louren Fedette.
P.D.: Yo también odio los insectos.
Argen Teron»
Era la carta más larga que Elliot había recibido de él. La releyó varias veces. En realidad, “Gruñón” lo había escrito pensando en Argen. ¿Se habría dado cuenta?
Y esa frase…
“Confío en ti, Louren Fedette.”
Elliot mordisqueó sus labios. Sabía que Argen y Louren se habían acercado últimamente, pero no hasta el punto de recibir palabras tan afectuosas.
Tomó la pluma para contestar.
«Al Gran Duque Argen Teron:
Habla como si supiera exactamente quiénes son Gruñón y Elegante. En realidad son amigos de un amigo mío, muy lejos de aquí. ¿Cómo puede estar tan seguro de lo que ocurrió? Yo solo le transmito lo que me contaron, y me aseguran que Gruñón sí dijo esas palabras. No es bueno hacer suposiciones, señor Duque.
Con severidad, Louren Fedette»
Aunque sabía que Argen jamás había dicho nada parecido, necesitaba ese elemento inventado para justificar su “historia”. Elliot sabía desde su vida pasada que, si escondes una mentira entre verdades, esta resulta más convincente.
Pero aquella carta le pareció una excusa floja. La rompió. Mejor actuar con descaro que con debilidad. Redactó otra.
«Al Gran Duque Argen Teron:
Gruñón y Elegante ya se reconciliaron ayer. Parece que mi mediación no hará falta. Aun así, le agradezco el consejo.
Gruñón se arrodilló y pidió perdón de corazón, prometiendo además cumplir cualquier deseo que Elegante pidiera. Me pareció una forma curiosa de disculparse.
En lo personal, si alguien me exigiera algo así, preferiría soltar una carcajada y marcharme. Después de todo, soy un Fragmento de Dios y debo guardar mi dignidad.
Louren Fedette»
***
Si Argen había identificado a “Gruñón” y “Elegante” como ellos dos, pronto vendría con aquella forma de disculparse. Elliot apretó los labios. Si Argen le ofrecía cumplir un deseo, él tenía uno en mente.
Capítulo 58
Después de intercambiar algunas cartas, el tiempo pasó rápidamente y llegó el último día de las vacaciones. Elliot decidió reservar un rato para sí mismo.
Le preguntó a Mary si conocía algún lugar adonde pudiera ir, y ella, que justamente tenía el día libre, le propuso salir juntos. Elliot aceptó sin mayor objeción. Así fue como dejó a Argen, que llevaba cuatro noches en vela, y salió con una mujer ajena.
El lugar al que Mary lo llevó fue una feria. No era un parque de atracciones como los que había en Corea, con enormes montañas rusas, pero sí contaba con algunos juegos grandes que funcionaban con magia.
Además, de los puestos de comida se escapaban olores deliciosos, y había juegos y espectáculos por todas partes: tiro con arco de juguete, tiro al blanco con pistolas de juguete, carpas de circo, paseos a caballo…
"Esto sí que es un lugar de verdad"dijo Elliot mientras mordía una manzana caramelizada con chocolate, observando a un grupo de niños que corría cerca.
Mary sonrió al verlo. Ese día no llevaba su uniforme de doncella, sino un bonito vestido amarillo con un gorro de encaje blanco que le hacía juego.
"Como Bezons es la capital, aquí se celebran estos eventos más seguido que en otras ciudades. Por eso me gusta trabajar en Bezons" dijo Mary, jugueteando con uno de sus bucles dorados. Se la veía muy contenta. Y no era de extrañar: si Elliot estaba tan entusiasmado, con más razón una muchacha mucho más joven que él lo estaría.
"Vamos a subirnos a todo lo que haya, Mary" dijo Elliot, sonriendo mientras le extendía la mano. Mary, algo cohibida, la tomó. El primer juego que eligieron fue un carrusel movido por magia.
Pero en el instante en que entrelazaron las manos, un árbol cercano crujió y se partió en dos. La gente se volvió sorprendida.
Allí, con una máscara de tigre de feria sobre la cabeza, estaba un hombre alto y corpulento que sostenía medio tronco arrancado de raíz. Del corte se desprendían virutas de madera que flotaban en el aire.
La multitud, creyendo que se trataba de un espectáculo circense, aplaudió y vitoreó. Pero el hombre enmascarado depositó con cuidado el tronco a un lado y se dirigió con pasos apresurados hacia el carrusel.
***
“Elliot Brown, ¿cómo puedes decir que estás de descanso y venir a divertirte con una mujer? Realmente vil y despreciable”.
El hombre con la máscara de tigre rechinaba los dientes mientras clavaba sus ojos en Elliot, que reía sobre el carrusel. Su altura y su robusta complexión emanaban un aura intimidante, tanto que todos los presentes fijaban la vista en él.
Él, sin embargo, no parecía darse cuenta de la atención que atraía y no apartaba la mirada de Elliot.
"¡Uaaah, el tigre da miedo!" lloró un niño, sensible a la presión que emanaba del enmascarado. Su llanto fue tan fuerte que Elliot, desde el carrusel, se volvió a mirar.
"Niño, no llores"dijo el tigre, dándose la vuelta apresuradamente y entregándole algo.
"Toma esto y márchate.”
Era una moneda de oro. El niño abrió los ojos como platos, y la madre, asustada, casi se desmayó.
"¡Ay, señor, no hacía falta que nos diese eso!" dijo ella, arrodillándose. Al ver el oro, creyó que era un noble. El niño volvió a llorar más fuerte, y los demás, temiendo represalias, se postraron en el suelo.
En un instante, todos en la zona del carrusel estaban inclinados ante el hombre con la máscara de tigre. Incluido Elliot.
"No puede ser… ¿Su Excelencia?" dijo Elliot al bajar del carrusel. Reconoció la complexión impecable y la máscara, y se acercó sin titubeos.
"¿Qué hace usted aquí?”
"¿Q-qui… quién eres?" contestó la voz desde dentro de la máscara, con torpeza.
"Vamos… venga conmigo" dijo Elliot, agarrándole del brazo y llevándolo hacia un rincón apartado. Mary los siguió, curiosa.
"Elliot, ¿quién es este señor? ¿Lo conoces?”
"Aléjate un poco.”
"Uy, pero esa voz… ¡me es muy familiar!" comentó Mary.
‘Porque es la voz del jefe’, pensó Elliot con una sonrisa nerviosa.
Al llegar tras una carpa poco concurrida, Elliot se esforzó en quitarle la máscara. Entonces apareció la cabellera platinada y el rostro impecable de Argen.
"¡S-su Excelencia el duque!" exclamó Mary, cayendo de rodillas.
"No armes escándalo" ordenó Argen, fastidiado. Elliot la ayudó a levantarse.
"Eso mismo, Mary. Si alguien descubre que el duque está aquí, sería un desastre.”
"Suelta su brazo, Elliot Brown. La doncella se incomoda.”
Mary, en realidad, no parecía incómoda, pero Argen insistió. Elliot la soltó al instante.
"Lo siento, Mary.”
"No, en absoluto…" alcanzó a decir ella, antes de que Argen se acercara con paso firme.
"Elliot Brown, ¿así es como pasas tus vacaciones?”
"Pues claro. Pero usted, señor, ¿cómo se presenta aquí sin teñirse el pelo ni llevar máscara?" dijo Elliot, preocupado, volviendo a encasquetarle la máscara de tigre.
"Era urgente.”
"¿Qué era tan urgente?”
"…La feria… podría… acabar…" murmuró, casi inaudible.
Elliot se inclinó para oír mejor, pero Mary lo detuvo.
"¡Elliot, no tan cerca! ¡Es una falta de respeto! El señor dijo que temía que la feria terminara pronto.”
"Yo no he dicho…”
"¿Es su primera vez en una feria, señor?”
"…Sí.
El rostro de Elliot se tiñó de compasión. Argen prosiguió rápido.
"Conoces mi infancia. Nunca tuve quien me llevara. Pasé mi niñez en el frente, sin poder visitar lugares así.”
"Ah… ugh…" Elliot levantó la cabeza al cielo, como para contener las lágrimas.
"Cuando otros niños iban de la mano de sus padres, yo cerraba los ojos y abría los oídos. Incluso antes de convertirme en Maestro de Espada, tenía sentidos agudos. Si escuchaba con atención, oía música y risas. Fingía que era yo quien reía.”
Todos comprendieron que las lágrimas de Elliot no eran por polvo en los ojos. Incluso Mary tenía los párpados húmedos.
"Señor… yo quería pasar el día solo con Elliot, pero… ¿por qué no se une a nosotros?" dijo Mary con decisión.
"Lo siento, pero hoy pienso quedarme con Elliot yo solo" respondió Argen.
"Pero… ¡hoy es mi cita con él!”
"¿Cita? ¿Mary, esto era una cita?" preguntó Elliot, con los ojos brillosos.
Los dos lo miraron en silencio. Había algo extraño en esa mirada húmeda que hizo a Elliot dar un paso atrás, incómodo.
"Soy un duque. Tú debes ceder" dijo Argen.
"Pero hoy no es el duque, sino un Señor. Y yo no voy a ceder a Elliot" replicó Mary, osada.
Argen la observó incrédulo. ¿Qué tenían las personas que se juntaban con Elliot? Nadie jamás le había hablado así. Estuvo a punto de contestar con desprecio, pero decidió callar: algo en la situación le hacía sentir que perdería.
"Por favor, no discutan. Si quieren, disfruten ustedes dos de la feria. Yo iré a por algo de comer…”
"¡No! ¡Vamos los tres!" exclamó Mary.
"Sí, iremos juntos "dijo Argen también.
Ambos interrumpieron a Elliot de inmediato. Si querían estar con él, tendrían que compartirlo.
"Está bien. Entonces probemos algún juego. Señor, elija usted primero" dijo Elliot, palmoteando con entusiasmo.
Lo que ni Mary ni Argen sabían era que Elliot Brown había trabajado en un centro de juegos infantiles. Y estaba decidido a ofrecerles el mejor día de sus vidas.
Ya que dicen que al enemigo se le da más pan, hoy te daré la mejor diversión de tu vida, Argen, maldito.
Capítulo 59
El inicio fue con una atracción llamada “Buque de la Armada”. En Corea se le dice “Viking”, pero aquí parecía que la llamaban de ese modo. Elliot llevó a Argen y a Mary al asiento más extremo.
"Cuando el barco suba, tienen que levantar bien alto las manos. ¿Entendido, chicos~?”
"Tu tono me molesta.”
"Sí, Elliot. Hablas como si fuéramos bebés.”
Los dos mocosos se quejaron. Elliot soltó una carcajada y los ignoró, esperando a que comenzara la atracción. Pronto, el empleado tiró de la palanca cargada con magia telequinética. El buque empezó a elevarse poco a poco, de un lado a otro.
"Elliot Brown. Creo que esta máquina es peligrosa. Voy a bajar… ugh.”
Argen se llevó la mano al pecho a mitad de la frase. La repentina caída le hizo sentir que el corazón se le desplomaba. A su lado, Mary no paraba de gritar.
Para Elliot, endurecido por las tormentas de la vida real, aquella atracción no era nada. Con calma, comentó.
"Controlen la respiración. Cuando subamos y bajemos, manos arriba y griten con todas sus fuerzas~
"Elliot Brown, en realidad no vine a montar en atracciones. Vine a hablar contigo… huff.”
"¡Kyaaaaah! ¡Elliot, esto es demasiado! ¡Me muero de miedooo!”
Mary se aferró con todas sus fuerzas al Elliot que estaba en el medio. Él la rodeó instintivamente por los hombros.
"Así, así. Ya casi pasa, Mary. Lo estás haciendo muy bien.”
Argen la fulminó con la mirada, pero tuvo que volver a concentrarse, el buque volvía a subir.
"¡Y ahora otra bajada! ¡Griten, adiós al estrés~!”
Por mucho que Elliot animara con amabilidad, para los otros dos era inútil.
"¡Huff…!”
"¡Kyaaaaa!”
Así terminó el paseo en el Buque de la Armada. Al bajar, Argen y Mary caminaban tambaleantes, sin fuerzas, sin palabras. El rostro de Mary estaba pálido, y Argen, bajo su máscara de tigre, parecía haber perdido el alma. Sólo Elliot, detrás de ellos, se mantenía fresco y lleno de energía.
"Ya montamos algo aterrador, ahora vamos a algo tranquilo, ¿sí, chicos~?”
"Yo… preferiría saltarme una ronda.”
"Yo también… Elliot, tienes más valor de lo que parece.”
"Esta vez sí que es tranquilo y divertido, lo prometo.”
La siguiente atracción fue la “Taza giratoria”.
"Elliot Brown, empiezo a pensar que estás poseído por un demonio.”
Argen se aferraba a la pared de la taza que daba vueltas.
"Yo… yo creo que está bien. Aunque siento que voy a… ugh… vomitar…”
Mary se tapaba la boca. Algo estuvo a punto de salir disparado de ella.
"Vaya, bajemos la velocidad.”
Elliot giró suavemente el timón central, y la taza empezó a girar lentamente, como un vals tranquilo, mientras las demás seguían dando vueltas a toda velocidad.
"¿Mejor, chicos?”
"Sí, un poco.”
"S… sí. Pero creo que necesito ir al baño después.”
Elliot miró con compasión a la pobre Mary. En realidad quería fastidiar a Argen, pero ella había acabado sufriendo también. Decidió que esa noche le escribiría una carta de disculpa.
…Un momento. ¿Desde cuándo me he acostumbrado tanto a comunicarme con cartas?
Estaba claro que aquel juego de “cartas románticas” con Argen lo había acostumbrado demasiado.
Elliot se estremeció y giró de golpe el timón, haciendo que la taza volviera a girar como loca.
"¡Kyaah, Elliot!”
Mary se abrazó de golpe a él. Argen, sentado al otro lado, no se quedó atrás y también lo agarró del hombro. Elliot gritaba “¡Waaah!” mientras giraba la taza como un conductor loco.
"Esa taza parece estar pasándoselo bien.”
Los demás pasajeros empezaron a competir con ellos, picados por la escena.
***
Los tres decidieron descansar un poco. Elliot estaba fresco como una rosa, pero los otros dos lo fulminaban con la mirada. Compraron algo de comer y se sentaron en un banco. Mary eligió un largo pan con azúcar, Elliot una manzana caramelizada, y Argen se negó rotundamente a comer, usando la máscara de tigre como excusa. Aun así, Elliot le dio una bolsa de gomitas para que al menos masticara algo.
"Ha sido aterrador, pero también divertido, Elliot.”
Mary hablaba con alegría, ya sin la voz desgarrada de antes.
"Yo no tuve miedo. Pero tampoco me divertí. No pienso volver a subir a eso. Así que esto es un parque de diversiones… menos mal que nunca vine.”
Era la frase más larga que había dicho en todo el día. Elliot aguantó la risa y mordió con fuerza su manzana acaramelada. El crujido ácido del fruto y la dulzura del caramelo le levantaron el ánimo.
Con eso, consideró su pequeña venganza cumplida. Además, había descubierto algo gracioso: que el gran Maestro Espadachín Argen, temido en el campo de batalla, no podía con las atracciones de feria.
"Cuando terminemos de comer, ¿vamos al circo?”
"¡Sí! ¡Me encanta el circo! ¿Sabes que hay un perrito con cinco ojos, Elliot?”
"¿De verdad? Entonces tenemos que verlo.”
Seguro que era un perro con ojos falsos pegados, pero Elliot sonrió y siguió la broma.
"Elliot Brown. Tienes algo en la boca.”
De repente, una mano grande y cálida le limpió la comisura de los labios.
“…”
Un silencio incómodo se extendió. Elliot y Mary miraron a Argen, con su máscara de tigre.
"¿Qué pasa?2
Él preguntó como si no entendiera. Elliot no respondió; Mary, incómoda, contestó a regañadientes.
"Es que… fue más tierno de lo que esperábamos.”
Eso pareció sonrojar a Argen. La máscara se movió ligeramente y él replicó con rapidez.
"No fue ternura. Fue limpieza. No podía soportar lo sucio que estaba con caramelo.”
Mary rió.
"Señor duque… digo, señor, tiene un lado adorable.”
Pero enseguida se puso seria:
"Aun así, no voy a rendirme.”
Vaya, pensó Elliot. Mary era más valiente de lo que parecía, casi descarada.
Argen, sin embargo, no mostró interés. Se limitó a mirar la bolsa de gomitas que Elliot le había dado, para luego guardarla en silencio en el bolsillo del pantalón.
"Le dije que se las comiera…”
Elliot lo miró de reojo, pero no insistió. Recogió la basura y llevó a Mary a lavarse las manos en la fuente del parque.
Después, los tres entraron en la carpa del circo, que ya estaba bastante llena, aunque todavía quedaban asientos libres.
El espectáculo iba avanzado: un hombre lanzaba fuego mientras unos niños contorsionistas recibían aplausos.
Para Elliot, hombre moderno venido de Corea, aquello parecía maltrato infantil, y se sintió incómodo. Mary, en cambio, aplaudía con los ojos brillantes. Argen observaba en silencio con los brazos cruzados.
"¡Y ahora, el momento más esperado! ¡Nuestro maestro cuchillero, capaz de luchar con los ojos vendados!”
Los aplausos y vítores llenaron la carpa. Un hombre flaco, con un paño negro cubriéndole los ojos, salió a escena y comenzó a hacer trucos con cuchillos.
Elliot, contagiado por el entusiasmo del público, gritaba “¡Guau!” y aplaudía. Cuando el cuchillero lanzó el arma al aire y trató de atraparla sin mirar, Elliot incluso se agarró de la mano de Mary y chilló con ella.
"Eso no es nada, Elliot Brown.”
Argen murmuró con desdén, pero Elliot no le prestó atención: estaba absorto en el espectáculo.
Entonces, el presentador del circo miró entre el público.
"Ahora necesitamos a un voluntario. Pondremos una manzana en su cabeza y nuestro maestro lanzará el cuchillo.”
El director paseó la mirada por la multitud, generando suspenso.
"¡Oh! ¡Ese público con la máscara de tigre!”
Todas las miradas fueron hacia Argen.
"…¡Y el caballero de gafas a su lado!”
Elliot miró a su costado y luego alrededor, nervioso.
¿Eh? No puede ser… ¿se refieren a mí?
Capítulo 60
“¡Sí! ¡Usted! ¡Salga ya, por favor!”
El director del circo lo animaba, y el público le acompañaba con un aplauso ensordecedor. Elliot pensó que normalmente en los espectáculos de magia aquel papel lo hacía una mujer guapa, y que si se trataba de belleza, nadie superaba a Argen. Pero en ese momento Argen llevaba puesta una máscara de tigre, así que decidió no darle más vueltas.
Cuando Elliot se levantó del asiento con vacilación, un “¡Ooooh!” brotó de la multitud. Era el entusiasmo propio de un público que no se echa atrás (o mejor dicho, que en esta ocasión no podía echarse atrás). Y en ese escenario, al que no le importaba ni un comino la tensión de los demás, Argen le agarró la muñeca.
“No vayas. Es peligroso.”
“Yo tampoco quiero ir, pero… si no salgo ahora, ¿no parecerá que soy un cobarde, jefe…?”
Elliot fue apartando con esfuerzo los dedos de Argen, uno a uno, hasta soltarse y caminar torpemente hacia adelante.
El director del circo desplegó su teatralidad hasta que el bullicio de aplausos y vítores menguó, y entonces colocó a Elliot delante de una enorme diana. Acto seguido, depositó sobre su redonda coronilla una manzana diminuta.
“¿Van a usar una manzana tan pequeña?” preguntó Elliot con voz temblorosa.
“Es para demostrar lo bueno que es nuestro lanzador de cuchillos. No tiene nada de qué preocuparse. ¿Su nombre?”
“E–Elliot Brown.”
“Señor Brown, hoy vivirá la experiencia más grande del mundo.”
El director, con su bigote caricaturesco, le guiñó un ojo.
Está bien, parece todo un profesional. Ese bigote sí que es de director de circo. No pasará nada. Seguro que ha hecho este número mil veces. Elliot intentó pensar en positivo, aun temblando como una hoja.
Él no lo percibía, pero junto al director, su figura era mucho más alta. Era delgado, de piel muy blanca y de un atractivo llamativo, y su expresión asustada despertaba cierto instinto posesivo en los espectadores. La manzana, ridículamente pequeña sobre su cabeza, no hacía más que incrementar la preocupación general.
El lanzador de cuchillos empezó a lucirse: hacía girar los cuchillos, los lanzaba en alto y los atrapaba, los pasaba entre sus piernas para recogerlos después con gracia. El público enloquecía con cada acrobacia.
Elliot también lo había disfrutado hacía un rato… pero ahora que era él el blanco, solo podía pensar: ¡Basta de espectáculo y lanza ya el cuchillo para terminar esto!
Con lágrimas invisibles, Elliot se preguntó si así se sentirían los condenados en la Corea feudal, esperando al verdugo con el cuello expuesto.
Y entonces, como había deseado, el lanzador adoptó una postura seria. Lo miró fijamente, mientras hacía girar el cuchillo con rapidez entre sus manos.
Pero había algo extraño en sus ojos. No eran como antes. Parecían brillar con diversión… como el depredador que por fin tiene a su presa.
“Uhm… uhm, un momento, espere…”
Elliot alzó los brazos en señal de alto. La manzana cayó de su cabeza al suelo en ese mismo instante. Y justo entonces el cuchillo voló.
El filo apuntaba directo a su rostro.
Enfrentado a un terror absoluto, Elliot abrió bien los ojos y contempló cómo el acero se acercaba.
Voy a morir.
Ese pensamiento lo invadió todo. Sintió que la sangre se le helaba en un segundo. El cuello le punzaba, le dolía la nuca. Estoy muerto. Aquí mismo voy a morir. Y aun así, sus piernas no respondían.
Fue entonces cuando apareció algo negro y enorme frente a él, como surgido de la nada. Era el hombre con la máscara de tigre. Con precisión, atrapó el cuchillo que surcaba el aire.
“¡Uaaaaah!”
El público rugió de emoción. Creían que era parte del espectáculo.
El enmascarado del tigre, con el filo en la mano, lanzó el cuchillo de vuelta. el mango golpeó de lleno la cara del lanzador. El impacto fue tan fuerte que este se desmayó en el acto.
El público se desató todavía más, gritando que jamás habían visto un número tan asombroso.
El director, sudando a mares, trató de calmar el alboroto, pero enseguida fue arrastrado por el enmascarado del tigre fuera del escenario. Y aunque ambos desaparecieron, los vítores no cesaron.
Elliot, entre mirar al director arrastrado y al lanzador inconsciente, corrió tras el enmascarado.
Cuando lo alcanzó, el director del circo estaba de rodillas en una esquina de la carpa, suplicando piedad.
“¡No sé nada, se lo juro, señor Tigre! ¡Austin, el lanzador de cuchillos, lleva siete años en nuestra troupe! ¡Un espía del Emperador, dice…! ¡No, él no tiene esa capacidad! ¡Es solo un artista de circo, nada más!”
“Eso ya se verá.” respondió fríamente Argen desde dentro de la máscara. Luego, al notar la llegada de Elliot, lo observó de arriba abajo y asintió levemente.
“Será mejor que regreses a casa por hoy.”
“Sí… yo también lo creo. ¡Ah, Mary!”
Elliot salió corriendo de nuevo al escenario, donde los vítores aún resonaban, y regresó con la doncella de la mano. Argen los observó con atención mientras volvía junto a ellos.
“Esperad aquí.” dijo a Elliot y Mary, antes de salir otra vez a escena. Cogió al inconsciente lanzador por el cuello y lo arrastró hasta la parte trasera. Allí, con destreza, comenzó a desnudarlo.
“¿Q-Qué está haciendo?” preguntó Elliot horrorizado.
“Revisar si esconde más armas.”
Aparte de un cuchillo sujeto al muslo con una liga, no había nada. Elliot, incapaz de soportar la visión del cuerpo desnudo, le puso los pantalones apresuradamente.
Pero algo no encajaba, el hombre no tenía heridas graves, aún así su ropa estaba empapada en sangre.
“Qué raro… ¿de dónde ha salido tanta sangre?”
En ese instante, Elliot vio cómo Argen escondía con prisa una mano tras su espalda.
“Señor… déjeme ver esa mano.”
Argen, descarado, le tendió la otra.
“No esa. La otra. Rápido.”
Elliot lo miró severo. Tras un momento, Argen cedió y mostró la mano herida.
“¡Dios mío! ¡Esto hay que curarlo ahora mismo, señor…!”
Mary lanzó un grito, horrorizada.
El cuchillo que había atrapado había destrozado la palma de Argen: la piel colgaba desgarrada, había cortes profundos, e incluso un dedo tenía un trozo de carne desprendido. La sangre manaba sin cesar.
Elliot, al ver semejante desastre, guardó silencio. Argen, incómodo, retiró la mano otra vez.
“Volvamos.”
Se cargó al lanzador inconsciente al hombro como un saco y se marcharon. Así terminó su salida al parque de diversiones: con un intento de asesinato, sangre y silencio. Vaya vacaciones.
***
En la carreta de regreso a la mansión ducal, Elliot siguió sin hablar. Se limitaba a mirar por la ventana, respondiendo apenas con monosílabos a las preguntas de Mary.
Al llegar, Elliot desapareció directo hacia su cuarto. Argen entregó al prisionero a Luther, y entonces por fin se quitó la máscara.
“Doncella Mary… ¿no te parece que Elliot está enfadado?”
“Sí, parece que sí, jefe…”
“Puedes dejar de llamarme así.”
“Sí, Jefe… entonces, me retiro. Descanse.”
Mary, aún afectada por la frialdad de Elliot, se fue trastabillando a las dependencias del servicio.
Argen dudó si entrar de inmediato en la habitación de Elliot, pero presentía que solo empeoraría las cosas. Así que se dirigió a su propio dormitorio.
No debería enfadarse tanto. Estas heridas se curan con unas cuantas hierbas del invernadero; ni siquiera hace falta un brebaje mágico. En el campo de batalla he sufrido mucho peor.
Mientras pensaba así, escuchó un ruido extraño.
“Snif… snif… hic…”
Argen siguió el sonido, abrió la puerta que conectaba con otra estancia y entró. Era la habitación de Elliot. El joven estaba boca abajo en la cama, ahogando sus sollozos.
“Elliot Brown.” llamó Argen en voz baja.
Elliot, aunque lloraba, ya sabía que él estaba allí. Levantó la cabeza sin sobresaltarse. Sus ojos, enrojecidos como los de un conejo, brillaban con lágrimas. Las mejillas empapadas, los labios mordidos e hinchados de un rojo intenso.
“¿Qué quiere?”
“No tienes que llorar. Has visto mi cuerpo. Estas heridas no son nada.”
“¿Cómo que no son nada? ¡Había… había tanta sangre… y fue por mi culpa…!”
Elliot volvió a hundir la cara en las sábanas. Argen sonrió apenas.
“Elliot Brown.”
“No me hable. Váyase, por favor.”
“Ahora mismo me resultas adorable.” dijo Argen. Y el tiempo de Elliot se detuvo.
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