Capítulo 61
Adorable.
‘Adorable’ esa palabra normalmente se dice a alguien que te gusta. O a un niño pequeño, o a un animalito. Elliot se quitó las gafas manchadas de lágrimas y huellas, las limpió con el dobladillo de la camisa y pensó.
“Elliot Brown, ¿acabas de escuchar lo que dije?”
"Sí, lo escuché.”
"…¿Y qué opinas?”
"No lo entiendo muy bien.”
"¿Quieres decir que no lo quieres entender?”
En otra ocasión, Elliot mismo le había dicho eso a Argen, que ‘no entiendo’ significaba ‘no quiero entender’. Pero esta vez era distinto.
"De verdad no lo entiendo. Lo siento, pero… ¿podría explicármelo, mi señor?" preguntó Elliot, colocándose de nuevo las gafas.
"Dije que acabas de parecerme adorable.”
"¿Adorable quiere decir…?”
"Sí, lo que estás pensando. Que me parece lindo y agradable que llores por mi culpa.”
Argen habló con toda naturalidad. Y con esa sinceridad tan cruda, la cara de Elliot se tiñó de rojo. Se levantó de golpe y agitó las manos.
"¡Q-qué está diciendo! ¿No es usted más joven que yo? ¿Cómo puede decir que soy lindo? ¡Salga ahora mismo! ¡Estoy enfadado!”
Gritó de puro bochorno. Pero Argen no se inmutó. Al contrario, se acercó más a Elliot y le tendió su mano destrozada.
"Me duele aquí, Elliot Brown.”
Elliot se quedó sin palabras. Recordó el instante en que Argen se lanzó como un vendaval, su espalda frente a él, la mano desnuda deteniendo la espada, y luego rebuscando en la ropa del criminal como si nada, con la carne desgarrada y sangrando.
A los ojos de Elliot volvieron las lágrimas.
"Vaya a la calle Dama. Allí venden esas medicinas que curan con solo comerlas. Cómprelas otra vez.”
Con los ojos empañados, contestó con frialdad. Argen sonrió de lado y bajó la mano. Aquellas palabras, pronunciadas con un rostro a punto de romper en sollozos, no tenían ninguna fuerza.
"Con hierbas del invernadero basta. Soy un Maestro de la Espada.”
"¿Un Maestro de la Espada no es una persona acaso? ¡Ese maldito título…!" exclamó Elliot con rabia, y empujó a Argen hacia su cama "Siéntese un momento. Iré por las hierbas. Las que me enseñó la otra vez. Le diré a Beny que fue orden suya. No se mueva de aquí.
Y salió corriendo sin darle tiempo a detenerlo.
Argen se encontró de repente solo en la habitación de Elliot. Se giró hacia el gato que yacía panza arriba en el suelo.
"Tu dueño es demasiado bueno para su propio bien.”
El gato no respondió. Argen rió suavemente mirando al felino negro.
"Ese maldito Maestro de la Espada…”
Nadie se había referido así a un título tan glorioso. Ni siquiera el Emperador había minimizado nunca su condición. Pero para Elliot Brown, parecía que ser Maestro de la Espada no valía nada. Lo importante era que él estaba herido.
El pensamiento lo alegró de forma sorprendente. Y se inclinó hacia el gato regordete, tendiéndole la mano sana.
"Eres tan bueno como tu amo.”
"Miaaau.”
Camembert olfateó sus dedos y levantó sus ojos redondos hacia Argen. Él sonrió. Pero entonces, el gato abrió la boca y ¡clac!, lo mordió. Argen retiró la mano rápidamente, dejando una fina marca de sangre.
"…Creo que necesitaré más hierbas.”
Decidió no acercarse jamás al gato de Elliot Brown.
***
Al poco rato, Elliot volvió con un montón de hierbas. Al ver la mordida del gato en la mano de Argen, lo regañó de inmediato. ¿Por qué demonios había metido la mano en la boca de Camembert?
"¡Yo no metí nada! Ese gato me atacó primero. Un animal muy insolente".”
"¡Los gatos siempre muerden!" cortó Elliot con severidad, entregándole una cesta de hierbas. "Traje de todo. Algunas son para comer, otras para machacar y aplicar. Incluso traje una piedra para triturarlas.”
Argen escogió unas hojas y se las comió ahí mismo. Luego seleccionó otras y se las dio a Elliot.
"Estas, machácalas y ponlas en la herida.”
Elliot se sentó a triturar las hierbas en el escritorio. Poco le importaba mancharlo; lo único importante era curar a Argen.
"¿No sería mejor ver a un médico?" preguntó con preocupación.
"No es grave. Con hierbas basta.”
Elliot suspiró. Argen lo observó, y sonrió solo. Aquella sonrisa derramaba una luz casi cegadora. Elliot frunció el ceño sin querer.
"¡P-por qué sonríe así!”
"Elliot Brown, ¿sabes que tu manera de hablar conmigo ya no es la de antes?”
"¿Eh?”
Elliot dudó. Tal vez ya no le hablaba con tanta formalidad como antes…
"Lo siento. Corregiré eso.”
"No, me gusta más así. Me gusta verte de verdad.”
"Usted también ha cambiado mucho" dijo Elliot, untando la pasta verde sobre la mano herida. Los dedos de Argen, llenos de callos, se sentían cálidos entre los suyos. "Está… raro.”
"¿Raro?
"Sí… últimamente está demasiado amable.”
Antes ya era atento, pero ahora aún más. Y que le llamara adorable… que dijera que le gustaba su yo más auténtico… eso era demasiado. Elliot mordisqueó sus labios, reprimiendo una sonrisa. Argen volvió a reír.
"Entonces, parece que ambos hemos cambiado.”
La herida empezaba a cerrarse. Elliot lo miraba con asombro, hasta que se dio cuenta de que todavía sostenía su mano. Trató de soltarla, pero Argen le atrapó los dedos.
"¿P-por qué…?”
"Elliot Brown.”
Entretejió sus dedos con los de él, acariciando su dorso con el pulgar. Elliot tragó saliva ruidosamente. Esta vez, nadie rió.
"Desde hace un tiempo, quiero tratarte bien. Solo con verte me sale sonreír, me siento feliz.”
"Mi señor…”
"Creo que me he vuelto…”
Argen lo miró fijo, acariciando lentamente su mano.
"…tu fanático.”
"¿Eh?”
Elliot lo miró raro.
"Sí. Creo que la palabra ‘fan’ es la única que explica esto.”
Elliot se sintió decepcionado. Ni siquiera sabía por qué, pero lo estaba. Retiró la mano.
"¿Eso significa que hasta lamería la suela de mis zapatos?" bromeó para disimular.
"Sí. Ahora mismo podría hacerlo.
"…Un poco excesivo, ¿no?”
"Pero dime, Elliot Brown. ¿Tú sientes lo mismo por Louren Fedette?
¿O fue su imaginación, o los ojos de Argen brillaban de forma peligrosa? Elliot tragó saliva otra vez, esta vez por nerviosismo y miedo.
"¿Con Louren también quieres tratarlo bien, sonreírle, hacerlo feliz? ¿Quieres hacer todo por él, sientes celos así?" preguntó con voz helada.
Elliot se armó de valor.
"Mi señor… ¿puedo preguntarle algo?”
"Estás evadiendo.”
"No, es solo que… si me ve, ¿siente deseos de… de tocarme? ¿De tomar mi mano…?”
Sus ojos bajaron a sus manos entrelazadas. Y luego, poco a poco, a los labios de Argen.
"¿De… de besarme?”
Capítulo 62
Argen se quedó un momento en silencio ante la pregunta de Elliot, pero enseguida recuperó su habitual expresión inexpresiva.
"¿No es obvio?”
¿Qué?
Argen, con la cara impasible, estaba diciendo que quería acariciar, sujetar y besar a Elliot.
"Su expresión y sus palabras… no encajan mucho, ¿no cree?”
"¿Acaso tú no quieres tocarme? Siempre me miras fijamente el pecho.”
"E-eso es porque… ese pecho es uno que admiro…”
"¿Entonces reverencias mi pecho?”
"…2
Con una sola frase, Elliot se convirtió en un pervertido que veneraba el torso de otro hombre. Y para peor, ¡no era mentira! Incapaz de decir nada, se quedó balbuceando, y Argen sonrió.
"Entonces somos fanáticos el uno del otro.”
Argen sacó esa conclusión. Luego empezó a frotar sin propósito alguno la uña del pulgar de Elliot con su propio pulgar, una y otra vez. El gesto tenía algo extrañamente íntimo, tanto que Elliot se sonrojó hasta la punta de las orejas.
"¿No es esto lo que normalmente llaman… amor?" preguntó Elliot, con la cara a punto de estallar.
Pero Argen, sin mostrar sorpresa alguna, simplemente ladeó la cabeza.
"He leído mucho sobre el amor en los libros. Pero esto no es amor.”
"¿Y qué es… el amor, entonces?”
Elliot, en realidad, nunca había tenido una relación.
Pero sabía, al menos, que esto era parecido a lo que la gente llamaba ‘andar en plan de algo’. Y también intuía que lo que sentía por Argen se acercaba bastante a lo que se llamaba amor. Después de que Gennewin le dijera cómo se piensa en alguien que te gusta, lo tuvo aún más claro.
"El amor… es lo que te desgarra el pecho, derrumba el mundo y lo hace reconstruirse. Es lo que te obliga a golpear tu cabeza contra un árbol bajo un aguacero. Eso es amor.”
"…”
¿Este hombre estaba loco?
Elliot lo miró con cara de ‘no entiendo nada’, y Argen sonrió ligeramente.
"¿Quieres que te ame?”
"¿Qué? ¡Yo nunca dije eso!”
Elliot protestó con fuerza. Qué ridículo… ¿Cuándo había pedido yo eso? Pero, de repente, notó un nudo en la garganta que no sabía explicar.
"Elliot Brown.”
"S-sí, ejem, sí.”
Elliot tragó saliva y miró el rostro de Argen de frente.
"Concederé un deseo. Pídeme lo que quieras.”
"…”
Un deseo. Era justo el método de reconciliación que Elliot había leído en la carta de Louren Fedette.
Y en ese momento lo comprendió: Argen decía “fanático”, pero en realidad lo que sentía era atracción, un afecto verdadero. Nadie le había enseñado nunca lo que era el amor, por eso ni siquiera sabía ponerle nombre.
Elliot miró fijamente la palma de Argen. Una palma grande y dura, cubierta de callos y cicatrices, todavía manchada de hierbas machacadas. Al verla, sintió un dolor dulce en el pecho.
Este hombre solo había conocido el amor a través de los libros, pero quizá, solo quizá…
"Mi señor, mi deseo es… " dijo Elliot, revelando lo que había planeado desde que escribió la carta en nombre de Louren.
"Por un día, conviértase en mi ayuda de cámara a la hora de dormir.”
***
El momento sería cuando la mano de Argen sanara por completo. Hasta entonces, Elliot se concentraría en seguir escribiendo las cartas. En realidad, no era tanto que lo hubiera decidido así, sino que su ánimo estaba tan excitado que no podía evitar tomar la pluma una y otra vez.
Carta de Louren Fedet a Argen:
Al resplandor de Lantar, joya y tesoro, el archiduque Argen Teron:
Hoy pasé frente al templo y vi que, junto a mi rostro en el estandarte, estaba erigida una estatua de usted. Antes solía pasar sin fijarme, pero desde que nos escribimos, su imagen me salta más a la vista. Pero esa estatua no hace justicia ni a la mitad de su hermosura. Tal vez porque lleva máscara, pero, sobre todo, los rasgos del rostro están muy mal logrados en comparación con la realidad. Mi buen gusto me dice que es una obra pobre.
Lo mismo ocurre con mi retrato. Aunque lo pintó el mejor artista del imperio, no se compara con mi aspecto real. Pero eso solo demuestra cuán superiores son nuestras apariencias. No pretendo menospreciar a quienes trabajaron tanto.
Le escribiré pronto de nuevo. Últimamente hablo mucho, así que tal vez le cuente incluso qué cené esta noche.
Suyo, como un alondra que canta,
Louren Fedette
Otra carta:
Al archiduque Argen Teron:
Esta noche comí medio pato asado entero. ¡Estaba delicioso! ¿Sabía que la grasa del pato es muy buena para la salud, sobre todo para la piel de las mujeres? Lo escuché una vez de pasada. Claro que usted no lo necesita, ya que su piel es perfecta.
Con el estómago lleno,
Louren Fedette
Argen, tras recibir ambas cartas, se detuvo y preguntó a Henderson.
"Henderson, ¿se ha servido pato asado recientemente a los sirvientes en la cena?”
"No, señor. Los sirvientes comen siempre lo mismo que usted, según sus órdenes.”
"Cierto, yo no he comido pato últimamente.”
Volvió a mirar las cartas. Reflexionó un instante y enseguida tomó papel para responder.
Respuesta de Argen:
A Louren Fedet:
Louren, ¿alguna vez has visto a un sirviente pedirle a su señor que lo atienda? Supongo que no. En este imperio hay muchos nobles que desprecian a los plebeyos, tratándolos peor que animales. Para ellos, su palabra es ley y su humor, el juez. Pero yo creo que tú no eres de esos.
Como opositor a la nobleza imperialista, te informo que he accedido a convertirme en ayuda de cámara de Elliot Brown por un día. Si sospechas por qué pudo pedirme eso, dímelo. Yo, por más que lo pienso, no lo entiendo.
Posdata: ¿sabes quién es Elliot Brown, verdad?
Argen Teron
Cuando Elliot leyó esa carta, se quedó pasmado. La leyó una y otra vez, tratando de calmar la punzada de culpa. Al final comprendió que, en efecto, era una carta sincera dirigida a Louren, pidiéndole opinión como a una conocida en común. No lo estaba tanteando para ver si él era quien escribía las cartas. Qué alivio.
Respuesta de Louren:
Al modelo de todos los nobles, el archiduque Argen Teron:
Claro que sé quién es Elliot Brown. No me tome por un tonto, archiduque, porque me ofende que me lo aclare en un posdata. Aun así, me intriga que haya aceptado ser su ayuda de cámara. Mi familia respeta a la casa imperial, pero es cierto que algunos nobles usan eso como excusa para actuar de forma vergonzosa. Y pienso lo siguiente: Elliot probablemente deseaba que usted experimentara, aunque fuera por un día, estar en su lugar. Eso es lo que deduce mi brillante inteligencia. Tal vez no esté mal hacer lo que él dijo. Espero que mi consejo le sea de ayuda.
El más listo de Lantar,
Louren Fedet
Esa misma noche, Argen fue al dormitorio de Elliot.
"¿Mi señor? Yo estaba a punto de ir a verlo…" dijo Elliot, mirando el reloj. Apenas iban a ser las siete de la tarde.
Pero Argen, vestido de etiqueta, cerró la puerta tras de sí y entró en la habitación. Hoy, su porte era aún más erguido, y su expresión… más suave, casi amable. Decir que Argen estaba ‘amable’ sonaba raro, pero lo estaba.
"¿Le pasó algo bueno?" preguntó Elliot con cautela.
"Mi mano ya sanó.”
Argen le mostró la palma. Había cicatrices nuevas, pero ninguna herida abierta ni dolorosa.
"Así que he venido a atenderte en tu descanso nocturno.”
Entonces levantó la otra mano, en la que traía un camisón de una pieza, un gorro de dormir puntiagudo y una almohada de viaje.
"Póntelo.”
Esto era raro… Yo pedí esto medio en broma, pero ahora… se siente como una catástrofe.
Elliot tomó el ‘kit para dormir’. Curiosamente, el camisón era de un color amarillo pálido.
"Nunca lo he visto usar ropa de dormir de este color.”
"Es mío.”
"Pero la talla es exactamente la mía…”
"Lo usaba cuando tenía quince años. Póntelo.”
"¿No estaba en el frente de batalla a los quince?”
"Solo póntelo.”
Al final, Elliot obedeció. Con el camisón color pollito, el gorro a juego y la almohada en el cuello, parecía un niño pequeño.
Argen lo miró en silencio, los orificios de su nariz se ensanchaban y contraían.
"¿Está conteniendo la risa~?”
"Deja esa forma de hablar. Y no me contuve. Solo es que eres… adorable. Acuéstate.”
"…”
Elliot no supo qué responder. Desde que Argen confesó ser su “fan”, solía mostrarse más directo y sincero. Elliot, resignado, trepó a la cama. Podía sentir los ojos curiosos de Camembert observando todo.
"Entonces, Elliot Brown, comienzo oficialmente a ser tu ayuda de cámara nocturno.”
Argen lo declaró con la solemnidad de quien parte a la guerra.
Capítulo 63
Argen tiró del edredón hasta cubrir a Elliot hasta debajo de la barbilla. Luego fue hacia la mesita de té colocada a un lado de la habitación de Elliot y empezó a preparar té.
"¿De verdad solo tengo que quedarme acostado?”
"Sí. Hoy yo lo haré todo.”
Dijo Argen, echando de golpe todas las hojas de té dentro de la tetera. Elliot decidió simplemente no darle más vueltas. Se recostó en la cama y pensó:
“Pero a partir de las siete es cuando se empieza a preparar el ambiente para dormir, y normalmente el duque llega a las diez u once y entonces es cuando empieza a dormir conmigo… ¿Por qué ha venido desde las siete para acostarme y decirme que duerma? Así, ¿quién podría conciliar el… haaam… sueñ…o…?”
Elliot había olvidado por completo que él era del tipo de persona que, apenas apoyaba la cabeza, se quedaba dormido. Si se acostaba a las siete, podía dormir desde esa hora sin problema.
Mientras Elliot caía suavemente en el sueño en cuanto apoyó la cabeza, Argen terminó de preparar el té. Vertió el agua hirviendo en la tetera, esperó exactamente diez segundos y después la sirvió en las tazas. Era el modo en que se bebía té en el campo de batalla.
Colocó la tetera y las tazas en una bandeja y la llevó hacia Elliot. El miedo a dejar caer la bandeja lo hacía moverse más despacio y con cuidado, casi como si realmente fuera un sirviente de alcoba. Esa sensación le dio incluso un poco de orgullo.
"Mmm… ña…”
¡Pero Elliot estaba dormido!
Argen dejó la bandeja en la mesita de noche y sacudió el cuerpo de Elliot.
"Despierta, Elliot Brown.”
"Mmm… ¿sí?2
"Levántate. Bebe el té.”
Elliot se relamió los labios y se incorporó con los ojos aún a medio abrir, llenos de sueño.
"Toma, es té que ayuda a dormir. Si lo bebes, descansarás mejor.”
Elliot lo miró con recelo.
Me despiertas mientras estaba durmiendo tan bien y me dices esto, ¿en serio?
Pero en silencio sopló y bebió el té.
"¡Puaj! ¡Está muy amargo, señor duque! Ugh…”
"Será porque usé toda una caja de hojas de té. En el campo de batalla, para ser eficientes, lo preparábamos en grandes cantidades y lo bebíamos según lo necesitáramos.”
"¿Acaso esto es un campo de batalla?”
"La vida humana no es más que una guerra constante.”
Argen respondió con seriedad solemne.
Mejor no decir nada… pensó Elliot.
Miró la taza con duda y finalmente la dejó sobre la mesita.
"Está tan fuerte que creo que ya me está haciendo efecto. Entonces… intentaré volver a dormir.”
En realidad, el sabor le había espantado el sueño, pero dijo eso como parte de la convivencia social, una muestra de consideración por el ánimo del otro. Además, sabía que si se acostaba de nuevo podría dormirse enseguida, así que no era del todo mentira.
Elliot volvió a recostarse en la cama. Argen, satisfecho, se llevó la bandeja con las tazas. Luego se acercó a la ventana y abrió de par en par todas las ventanas del cuarto.
Una ráfaga de viento húmedo y fresco del verano entró de golpe en la habitación.
Elliot, que estaba a punto de dormirse, se quedó mirando a Argen junto a la ventana.
¿Qué demonios está haciendo ahora…?
Argen pareció adivinar la expresión de Elliot y respondió antes de que este preguntara.
"Como te gusta el aroma de la naturaleza, abrí las ventanas.”
Se veía muy orgulloso al decirlo. Elliot estaba desconcertado, pero en el fondo esa actitud de Argen le resultaba un poco adorable, así que no pudo evitar sonreír.
"Sí, de verdad es una brisa muy fresca y húmeda, aaahh ¡Aaahhh!”
De pronto Elliot gritó y se metió bajo las sábanas.
"¡Elliot Brown! ¿Qué ocurre?”
"¡Un insecto, un insecto, un insecto enorme, de verdad!”
Lo había visto, un bicho gigantesco que había entrado volando desde la ventana con toda su imponente figura.
La única debilidad de Elliot Imseong-sik Brown eran los insectos. Desde sus días trabajando en empleos de servicio al cliente, le aterraba que le pidieran matar uno, tanto como si le pidieran pagar una deuda. Su compañera de restaurante, Suzy, solía llamarlo “gap moe” (encanto inesperado), pero Elliot nunca entendió qué significaba eso.
De todos modos, los insectos eran repugnantes, con demasiadas patas y la horrible costumbre de volar directo hacia la cara.
"¿Les tienes miedo?" preguntó Argen, desconcertado. "Los insectos son solo otra especie. Más débiles que nosotros, sin malicia alguna. No hay razón para temerles.”
"¡Aaaah! ¡Los odio, los odio, sáquelo, por favor, se lo ruego!”
"…Está bien.”
Argen usó su excelente visión para localizar al insecto. Saltó como el viento para atraparlo, pero el bicho lo percibió y voló directamente hacia la cama de Elliot, metiéndose entre las sábanas.
"¡Elliot Brown! ¡No salgas de la manta!" gritó Argen con urgencia.
Elliot se envolvió aún más y gritaba desde dentro.
"¡Aaah! ¿Por qué? ¿Qué pasa?”
Argen desenvainó su espada.
"Al final, así será. Maldice tu propia suerte por entrar aquí.”
Diciendo eso, blandió la espada con gran destreza, saltando como en pleno campo de batalla. Pero el insecto, con sus múltiples alas pequeñas, era ágil y cambiaba de dirección con facilidad. Revoloteó alrededor de la cama y se coló dentro de las sábanas.
Pronto, un grito espantoso resonó desde dentro. Elliot salió disparado, sacudiéndose como si el insecto recorriera su cuerpo, y se aferró a Argen con desesperación.
El cuerpo de Argen se tensó un instante, pero Elliot no lo notó, estaba completamente aterrado, con la sensación de que ya tenía al insecto trepando por dentro de su ropa.
"No puedo dormir en esa cama. ¡De verdad…! Ah, no, no, Camembert…”
En ese momento, Camembert, el gato, se lanzó curioso hacia las sábanas.
Argen abrazó con más firmeza a Elliot con un brazo y trató de tranquilizarlo.
"Ese gato es valiente, sacrificado y leal…”
Pero pronto Camembert salió de entre las sábanas con algo enorme y negro entre los dientes, con docenas de patas retorciéndose.
"¡Camembert, escúpelo! ¡Puaaj, suéltalo!" gritó Elliot, trepando casi encima de Argen, pálido como si fuera a desmayarse.
Argen sostuvo la cintura de Elliot y lo hizo rodear su cadera con las piernas para que no cayera. Con una mano libre se acercó al gato.
Elliot enterró la cara en el hombro de Argen, murmurando. "Ay no… ahora ya no puedo volver a darle besos a Camembert…”
"Gato, suéltalo” ordenó Argen.
Le mostró la mano y dejó escapar un instante de su aura, lo suficiente para intimidar al animal. Camembert, sorprendido, abrió la boca y el insecto cayó en la palma de Argen.
Rápidamente lo arrojó por la ventana y luego, con Elliot aún en brazos, cerró todas las ventanas de la habitación.
"Ya está, Elliot Brown.”
Elliot fue apartando poco a poco la frente de su hombro. Argen pensó que era extraño echar de menos tan pronto el calor y la sensación que se alejaban. En realidad, ya desde que Elliot se le había aferrado por miedo a los insectos le había parecido extraño.
Su ayudante, Luther, también era enorme pero le tenía un pavor terrible a los bichos; en el campo de batalla, cada descanso se untaba savia maloliente para mantenerlos alejados. Varias veces Argen estuvo a punto de bendecirlo con un puñetazo para dejarlo inconsciente.
Pero Elliot, temiendo a los insectos, le parecía adorable, encantador y frágil. Argen lo acomodó mejor en brazos y, con la otra mano, le acarició el cabello.
"El insecto ya salió. Cerré las ventanas. Y pediré a un mago que coloque un círculo protector para que no se acerquen más a tu habitación.”
"N-no hace falta que haga tanto… pero, ¿de verdad eso funciona?”
Elliot lo miraba con el rostro aún pálido pero con los ojos brillantes. Esa imagen le pareció irresistible.
Y entonces Argen hizo algo que normalmente nunca habría hecho.
Chu.
Depositó un beso en la mejilla de Elliot. Fue un impulso repentino, inesperado.
"¿Eh…?”
Elliot lo miró atónito, pero Argen solo veía sus labios.
Unos labios delgados, de tono rosado, que a menudo reían, lloraban, lo alegraban o lo entristecían con sus palabras. Y Argen deseaba besarlos.
"Elliot Brown" dijo en voz baja y calmada. "Ordéname que bese tus labios.”
"¿…Qué?”
"Hoy, soy tu sirviente. Con una sola mirada tuya puedo doblegarme, y con un gesto, recitar juramentos.”
Argen lo miraba intensamente a los ojos.
"Dame la orden de besarte, y obedeceré.”
Capítulo 64
Era como si alguien hubiera vertido lejía en su cabeza. Elliot necesitó mucho tiempo para procesar lo que Argen acababa de decir.
¿Ordenar un beso…? ¿Por qué a mí…? No, ¿por qué a Argen…? ¿Por qué?
Su razón chirriaba torpemente como una máquina vieja y oxidada. Mientras Elliot se debatía así, Argen lo miraba con infinita paciencia. Ahora notaba que en los ojos de Argen se reflejaba un cariño imposible de ocultar y en sus labios flotaba una sonrisa como si lo encontrara adorable.
"El sirviente de alcoba… no hace ese tipo de cosas.”
Elliot logró apenas mover la lengua y articular esas palabras. Pero Argen las recibió con calma, casi con placer.
"Elliot Brown.”
"¿Eh…?”
"Dime solo una palabra. que puedo besarte.”
Las miradas de Argen y Elliot quedaron atrapadas en el aire. Elliot entreabrió los labios, y de su interior brotó una voz apenas audible.
"…Está bien.”
Ante aquel permiso, Argen tiró de su cintura acercándolo aún más hacia sí. Elliot sintió de inmediato la suave presión de los labios de Argen sobre los suyos y un escalofrío le recorrió el cuerpo.
¿Qué estoy haciendo? ¿De verdad estoy besando al protagonista original?
Su cuerpo se tensó bruscamente, y Argen lo notó. Entonces rozó con cuidado el labio inferior de Elliot con la lengua, separando sus labios y entrando con calma en su interior.
La lengua cálida y blanda de Argen se enredó con la suya, cosquilleando su paladar, frotando y recorriendo cada rincón.
"Ah… haa…”
Elliot, que nunca había salido con nadie y, por supuesto, jamás había besado, se sentía como si su alma se escapara. La lengua de Argen, jugueteando dentro de su boca, era dulce, extraña y excitante al mismo tiempo.
Mientras lo besaba, Argen le quitó con cuidado las gafas, empañadas por el calor de su aliento, y las arrojó sobre la cama.
Su lengua frotó la de Elliot, la succionó y pasó por sus dientes. Del interior de Elliot escaparon jadeos ardientes; su vientre se agitaba y comenzaba a arder. Sin saber por qué, pensó que había sido buena idea que Argen le quitara las gafas.
En algún momento, Elliot ya tenía las piernas alrededor de la cintura de Argen, pegándose instintivamente a él, abrazando con desesperación su cuello y hombros.
Argen rió suavemente en medio del beso.
"Mi señor es bastante impaciente.”
Todavía seguía con ese absurdo juego de sirviente. Pero Elliot también lo tenía presente: hoy él era el amo y Argen su siervo obediente. Y eso lo excitaba aún más.
Con valentía, Elliot movió tímidamente la lengua, imitándolo torpemente, rozando la lengua de Argen y lamiendo su paladar. Argen lo encontró enternecedor y correspondió con una sonrisa al beso.
Tras un largo intercambio de labios y lenguas, Argen fue el primero en separarse. Le dio un último beso corto antes de apartarse.
Los labios de Elliot, enrojecidos e hinchados, brillaban húmedos; sus ojos estaban nublados por el calor. Su rostro blanco estaba teñido de rojo, y su cabello algo despeinado lo hacía aún más atractivo.
Argen le besó la frente y le acomodó el cabello.
"Elliot Brown.”
"Uhm… ¿sí?”
"Vamos a dormir.”
Lo levantó en brazos, recogió sus gafas de la cama y lo metió bajo las sábanas.
"Lo siguiente es una canción de cuna.”
¿Qué…?
Elliot, que ya empezaba a malinterpretar, creyendo que “dormir” significaba otra cosa, parpadeó desconcertado.
¿¡Canción de cuna!? ¿Cómo qué canción de cuna?
Miró con rencor hacia abajo, a su cuerpo ya encendido. Pero Argen parecía realmente dispuesto a cumplir con el papel de sirviente hasta que Elliot se durmiera.
Bueno… sí, yo pedí un deseo así…
Pero, ¡entonces ¿para qué me besó!? ¿Para darme un caramelo y luego quitármelo?
Mientras Elliot se agitaba internamente, Argen le acomodó la manta y le dio palmaditas en el pecho.
"Pareces decepcionado, Elliot Brown.”
"…¿Se está burlando de mí?”
"Lo detuve porque parecía que apenas podías respirar. Tenías que calmarte y dormir.”
Y añadió con naturalidad.
"Si quieres besos más largos, deberías entrenar tu capacidad pulmonar.”
"…Me pone de los nervios, gran duque.”
Argen rió suavemente. Su risa era como una lluvia de estrellas ante los ojos de Elliot, lo que lo irritó aún más. Se cubrió hasta la cabeza con la manta, haciendo pucheros. Pero pronto, desde fuera de la manta, empezó a escucharse un canto angelical.
"Junto a la bestia dormida está siempre la madre que nunca aparta la mirada.”
Elliot bajó un poco la manta, encontrándose con la sonrisa de Argen, que le acariciaba el pecho mientras cantaba.
Era una canción de cuna de soldados en el frente de batalla. Aunque era más bien un canto marcial, en la voz baja y serena de Argen se transformaba en una melodía cálida y tierna.
"Aunque yo haya dejado atrás a los que amo, vivirán siempre en mi corazón. Incluso si mi canción aquí termina, mi amor los protegerá eternamente.
Queridos míos, estad a salvo. Dormid bien.
"…”
"¿Acaso estás llorando?”
"…¿Cla–claro que no?”
Su voz tembló, delatándolo. En realidad sí estaba a punto de llorar, conteniendo las lágrimas con todas sus fuerzas.
¿Por qué es tan triste la letra? ¿Y este hombre qué es, un cantante profesional?
Le daban ganas de levantar un cartel con un “10” perfecto, apretar un botón y ponerse de pie para aplaudirle. La canción de Argen era más conmovedora y hermosa que cualquier canción de la televisión.
Encima canta bien… Claro, un protagonista de BL tiene que ser así de perfecto.
Pensó Elliot, sorbiéndose la nariz en secreto.
Entonces Argen anunció con toda naturalidad:
"Ahora te leeré un libro.”
Elliot no pudo evitar reír.
"¿Y si aun así no me duermo?”
"Entonces iré a la cocina a hornear un pastel.”
Era una broma. Elliot sintió en ese instante un profundo cariño por él. Le encantaba ese sentido del humor que solo ellos podían compartir.
Tomó la mano de Argen sobre su pecho.
"Gran duque… léame mientras me toma de la mano. Así creo que podré dormir.”
Era puro pretexto. Podía dormirse sin eso. Pero quiso inventar la excusa.
"De acuerdo.”
Argen ya sabía que aceptaría esas pequeñas artimañas.
Tomó un libro de ensayos escritos por un comerciante plebeyo: frases cortas, simples, pero llenas de ingenio y ligereza sobre la vida. Era uno de los favoritos de Argen, y pensaba que a Elliot también le gustaría.
Comenzó a leer en voz clara y elegante, pasando las páginas una a una.
Ya casi era de noche. Elliot, que por primera vez había besado, había tomado la mano de un hombre, y estaba acurrucado con pijama y gorro de dormir, no pudo resistir más y se quedó dormido, aún aferrado a la mano de Argen.
Argen lo miró y sonrió al ver la palma sudorosa que lo retenía. Lejos de apartarse, cerró el libro con cuidado.
"Ser fan… no está tan mal, después de todo.”
Se tumbó junto a Elliot, observando cada detalle de su rostro tranquilo. Su mirada se detuvo en los labios aún hinchados. Tan adorables, que sintió que podría contemplar a Elliot para siempre sin aburrirse.
"Por primera vez en mi vida… no quiero dormirme, Elliot Brown.”
Era algo que nunca antes le había pasado.
Capítulo 65
*Tok, tok.*
Elliot abrió los ojos al sentir que Camembert le daba golpecitos en la mejilla. Pero frente a él no estaba Camembert, sino Argen. Este se hallaba sentado sobre el cuerpo de Elliot, aunque no pesaba demasiado, quizás porque se sostenía con la fuerza de los muslos.
"¿Te has despertado?”
"Mi señor duque…”
"Aún tienes los labios hinchados.”
Al escuchar eso, Elliot apresuradamente se mordió los labios. Desde la mañana, las dos mejillas le ardían de pura vergüenza.
"Y todo por tu culpa…”
Refunfuñó Elliot, y Argen soltó una risa. Elliot pensó que la situación era como la de una pareja después de pasar la noche juntos. Claro que, en efecto, la habían pasado juntos…
"Elliot Brown, cierra los ojos.”
“…”
Vaya, se ve que lo ha visto en algún sitio.
Elliot juntó los labios como un pequeño pico de ave. Con la expresión más coqueta que pudo poner, cerró los ojos.
Está bien, ven si te atreves.
En realidad, estaba tan feliz que quería soltar una carcajada, pero instintivamente comprendió que debía contenerse. Sintió algo posarse sobre su cuerpo y la sombra oscurecer sus párpados cerrados.
Y en ese instante, una espada fría y dura se clavó de un golpe en el corazón de Elliot.
"¡Kugh!…”
Elliot abrió los ojos que había cerrado. Argen, sentado sobre él, ahora sonreía con un gesto cruel, cargando todo su peso en la espada.
"Elliot Brown, ¿acaso creías que no sabía que conspirabas con Louren Fedette para enviarme cartas falsas?”
"Haah… mi… mi señor duque… cough!”
"Por los recuerdos que tenemos, no cortaré tu cabeza.”
"¡Argh…!
Elliot, atravesado por la espada, no podía moverse. Solo escupía sangre, débilmente, mientras el dolor en el pecho lo consumía. Sentía como si su cuerpo se vaciara de sangre hasta quedar plano. Todo su cuerpo temblaba y la conciencia se le nublaba. Y así, Elliot murió.
"¡Hah!”
¿Morir yo? ¡De eso nada!
Elliot se incorporó de golpe, despertando del sueño. Sobre su pecho, Camembert tostaba panecillos, pero al oír el grito “¡Myeok!”, saltó al suelo.
El cuerpo de Elliot estaba empapado en sudor frío, y pequeños espasmos de miedo recorrían su piel.
La cama junto a la suya estaba vacía. Sobre la mesilla había una nota:
“Elliot Brown,
Ven a la biblioteca cuando despiertes.
Argen Teron”
Argen probablemente no sabía nada aún. Ese sueño solo era un reflejo de los miedos y ansiedades de Elliot. Racionalmente, así era.
Pero Elliot recordaba con viveza el dolor que había sentido en el sueño. Aunque probablemente se debiera al peso de Camembert presionando su pecho, en ese momento había sido Argen quien lo atravesaba con la espada.
"Estoy bien… estoy bien…”
Elliot trató de calmarse a sí mismo. Con el tiempo, la línea entre sueño y realidad se aclaró, y pudo serenarse. Sin embargo, al mirar la nota que Argen le había dejado, aún se reflejaba en sus ojos un rastro de miedo.
***
Después de asearse y vestirse, Elliot entregó su pijama, sombrero y cojín de cuello a Henderson y se dirigió a la biblioteca. De camino, le pareció que la mansión estaba algo agitada. Los sirvientes apenas le dirigían un saludo rápido sin detenerse a conversar, y se apresuraban a seguir su camino.
¿Vendrá alguien? ¿Será Louren?
Al recordar lo que ocurrió la última vez que Louren apareció, ya sentía la piel erizarse.
Elliot llamó a la puerta de la biblioteca.
"Mi lord duque, soy yo.”
Se presentó así, pero enseguida se dio cuenta de que debía haber mencionado su nombre y afiliación, e intentó corregirse. Sin embargo, antes de que hablara más, la puerta se abrió.
"Entra.”
El rostro de Argen mostraba una suave alegría. Todo en él expresaba cuánto se alegraba de verlo. El miedo que Elliot había sentido por la mañana se volvía absurdo: Argen parecía inofensivo.
"¿Has dormido bien? Yo tuve que levantarme temprano para trabajar.”
"Sí… pero, ¿por qué me llamó?”
"Toma esto.
Argen le entregó un libro. Elliot, sin pensarlo mucho, leyó el título:
‘La flor que floreció en la punta de la espada’
Autor: L. Black
Su corazón dio un vuelco. Temiendo que la conmoción lo hiciera soltar el libro, apretó con fuerza con sus dos manos, pálidas. Luego levantó la cabeza fingiendo calma.
"¿Qué… es esto?”
¿También es un sueño? No… ¿muero aquí? ¿Ahora mismo?
Su mente corría como en una autopista, llena de pensamientos a toda velocidad.
Pero Argen lo miraba con extrañeza, notando su palidez, el sudor, el temblor de sus manos y su cuerpo.
"¿No es este tu libro? Luther lo consiguió para mí. Descubrí que habías cambiado de nombre.”
"…”
Estoy acabado. De esta no salgo…
"Para ser sincero, la descripción de la guerra está demasiado embellecida, al punto de resultar casi ridícula. Pero la parte sobre el amor entre los protagonistas… fue lírica y muy hermosa. Tienes talento, Elliot Brown.”
"¿Eh?”
Elliot comprendió. Argen no tenía idea de cómo había arruinado la vida de L. Black. Sus palabras eran las mismas que había dicho hacía cuatro años en aquel baile. Solo estaba compartiendo su opinión. No existía rencor hacia L. Black. Todo había ocurrido como engranajes de una rueda del destino.
Y precisamente por eso Elliot lo sintió cruel. L. Black se suicidó por tu culpa. No… no fue por ti. Pero al menos deberías recordarlo, ¿no? No… él no sabe nada de lo que ocurrió después.
"¿Te sorprendió lo que dije? Es cierto que embellecer la guerra es un error… pero, siendo honesto, me alivia. Significa que no sabes nada de lo que es realmente un campo de batalla.”
Argen tomó la temblorosa mano de Elliot y la levantó. Luego besó suavemente el dorso.
"Y espero que jamás lo sepas, Elliot Brown.”
Ah. Solo por esa frase, Elliot se derritió sin remedio. La ira que hervía dentro de él, la voz de L. Black clamando justicia, se apaciguó al instante.
Estoy perdido. Completamente perdido. Siempre me dejaré arrastrar por una palabra suya, por una sonrisa. Maldita sea.
Las lágrimas asomaron en sus ojos.
"¿Por qué lloras?”
Sorprendido, Argen le levantó suavemente la barbilla. Una lágrima resbaló por la comisura de los ojos de Elliot.
"Solo… porque me gusta.”
Se sintió culpable con L. Black. Porque el hombre que lo llevó a la muerte y quizá llevaría también a Elliot Brown, le gustaba demasiado. Porque esa ternura que a veces mostraba lo abrumaba hasta perder el control. Porque no podía dominar sus sentimientos. Y esa contradicción lo hacía llorar, de desesperanza y felicidad al mismo tiempo.
"Usted dijo que era mi fan, mi lord duque, pero yo… yo lo quiero.”
"…Yo también te quiero.”
"No, lo mío está más cerca del amor. Lo amo… o algo muy parecido a eso.”
Argen abrió mucho los ojos, sorprendido como nunca antes. Elliot, entre lágrimas, se rió suavemente. También le encantaba que fuera tan torpe que tuviera que explicárselo de esa manera.
"Ojalá usted también llegue a amarme. Que no sea solo devoción, sino amor.”
Elliot dijo esto y lanzó el libro sobre el sofá. Luego besó a Argen, que aún estaba paralizado por la sorpresa. Fue un beso leve, suave, lleno de ternura.
Pronto, Argen rodeó la cintura de Elliot con sus brazos, atrapándolo contra sí. Los lentes de Elliot se desprendieron de inmediato.
***
Carta de Louren Fedet a Argen Teron:
Excelentísimo duque Argen Teron,
Mañana partiré hacia mi villa en la costa de Maréchal para unas vacaciones en la playa. Me gustaría invitarlo, pero supongo que estará ocupado, ¿no es así? Yo también estaré muy ocupada durante estas vacaciones. Pienso organizar un pequeño recital de piano y, por supuesto, nadar mucho.
Por eso quizá no le escriba tan seguido. Pero siempre llevaré en mí la gratitud hacia usted, porque es gracias a usted que el Imperio disfruta de paz.
P.D.: Salude de mi parte a Elliot. Seguro él también me extraña mucho.
Atentamente, Louren Fedet.”
Al enterarse de que Louren se iba de vacaciones de verano, Elliot se sintió aliviado. Había estado inquieto por seguir enviándole cartas en nombre de Argen, pero ahora tendría la excusa perfecta para reducir la frecuencia.
Respuesta de Argen:
“A Louren Fedet,
Elliot Brown está bien y a mi lado.
Que disfrutes de tus vacaciones.
Ojalá duren hasta el invierno.
Argen Teron.”
Para Elliot, esa era una respuesta sumamente satisfactoria. Recibió la carta en el Café Sirena, la transcribió y, tras despedirse del dueño Well, salió.
De no haber sido porque Well, justo al despedirlo en la entrada, recordó mencionarlo, Elliot habría vuelto directamente a casa.
"Por cierto, escritor, ¿sabía que pronto será la fiesta de cumpleaños del duque?”
"¿Eh?”
"¿No lo sabía? Siempre se celebra en el Palacio Imperial. Asisten todos los miembros de la familia imperial y los grandes nobles. ¿Usted también irá?”
¿La familia imperial? ¿Entonces irá el Emperador también?
El rostro de Elliot se puso lívido.
Capítulo 66
“¿Cuándo es el banquete de cumpleaños de Su Excelencia el Gran Duque?” preguntó Elliot, y Well pareció realmente sorprendido.
“Como los he visto arrasando juntos por la calle Pentus, pensé que eran íntimos, pero de verdad no lo sabe. Es el próximo mes, señor escritor. Debería preparar un regalo con antelación. Los nobles ya están alborotados. Todos andan diciendo que deben conseguir un obsequio especial para ofrecérselo a Su Excelencia el Gran Duque y así captar su atención.”
Elliot ya había oído antes que Argen pronto cumpliría veintisiete años. Recordaba también haber pensado que era más joven que él, pues el cuerpo original de Elliot tenía veintiocho. Pero no sabía que su cumpleaños fuera ya el mes próximo.
Un banquete de cumpleaños en el Palacio Imperial.
En la obra original, ¿qué sucedía en esa ocasión?
Si recordaba bien, era el episodio en que Argen y Louren bailaban de manera espléndida, atrayendo la atención de todos, y hasta el Emperador comenzaba a mirar a Louren con otros ojos. Luego, tras ese baile, Argen y Louren salían al jardín y allí… hacían aquello.
“Yo también debo asistir.”
Tenía que impedir que eso sucediera. Aunque ahora le costaba creer que Argen y Louren fueran a hacer algo así, uno nunca sabía.
Elliot comenzó a preocuparse sobre qué regalo ofrecerle a Argen. Asistir al banquete no sería difícil, pero encontrar algo que lo complaciera era otro asunto.
Mientras cavilaba, su mirada se posó en cierto lugar. Vaciló un instante y luego se dirigió hacia allí.
***
“Nombre, Elliot Brown. Su verdadero nombre es El Black, pero actualmente usa un seudónimo. En el pasado escribió La flor que floreció en la punta de la espada. Estaba destinado a recibir el título de barón y el Premio de Literatura Imperial de Lantar, pero fue cancelado debido a las duras críticas del Gran Duque.”
“¿Qué? ¡Jajajaja!”
El Emperador, que estaba dando de comer a su loro mientras un subordinado le hablaba, soltó una carcajada.
“¿Ese no fue el que insultó a Argen en el periódico?”
“Sí, Su Majestad, ese mismo.”
El Emperador rió aún más fuerte, mostrando un disfrute que hacía tiempo no manifestaba. El loro, contagiado por la risa, chilló desde la jaula: “¡Jajaja, jajaja!”
“Ese ayuda de cámara… ¿acaso no lo colocaste tú a escondidas? ¿Cómo puede hacer siempre justo lo que me agrada?”
“No es así, Su Majestad. Lo cierto es que actualmente parece estar bastante cercano al Gran Duque. Tal vez no sea alguien que valore la gratitud y el rencor.”
“¿Qué va a saber un plebeyo sobre tales cosas? No es más que un animal que vive al día para comer al día.”
El Emperador volvió a reír, y el loro gritó: “¡Animal! ¡Animal!”.
“Sin embargo, se estima que Elliot Brown posee bastantes bienes. Parece reunirse con frecuencia con Denewin Tulion y Louren Fedette; es probable que reciba su patrocinio.”
“¿Patrocinio?”
Ocasionalmente los nobles ofrecían apoyo a plebeyos, sobre todo a artistas, aunque a veces lo hacían simplemente porque alguien les agradaba, llegando a derrochar sumas considerables.
“Investiga en qué consiste ese patrocinio. Averigua si es como amante masculino o como escritor.”
“¡Escritor, escritor, escri…!”
De pronto, el cuello del loro se quebró.
“Si uno se encariña demasiado, sea persona o bestia, se vuelve molesto y se olvida de su lugar.”
El Emperador arrojó el cuerpo sin vida del loro al fondo de la jaula como si fuera polvo. Luego extendió la mano, y su subordinado se la limpió con un paño humedecido en agua tibia.
“¿Elliot Brown, dices? Interesante.”
La atención del Emperador había cambiado hacia una nueva presa.
***
Elliot buscaba por toda la habitación un escondite adecuado para el regalo. Lo que había comprado eran unos gemelos mágicos: no estaban adornados con piedras preciosas raras, pero contenían un hechizo de protección de un solo uso, lo cual los hacía valiosos.
Cuando intentó regatear diciendo que eran demasiado caros, la anciana dueña de la tienda ilegal de magia le extendió la mano con brusquedad.
“¡Este es un encantamiento muy raro! ¡Vamos, paga ya, paga!”
Aunque afirmaba que era una simple protección temporal, su actitud era la de una auténtica ladrona. Al final, Elliot pagó resignado.
Guardó la cajita con los gemelos dentro del cajón secreto donde escondía las cartas escritas bajo seudónimo. Era triste pensar que en esa habitación tan grande solo podía confiar en un único cajón oculto, pero nada allí le pertenecía realmente.
Tras esconder el regalo, se dirigió a la habitación contigua, donde Argen lo esperaba ya, vestido con un pijama de una sola pieza color azul marino y gorro a juego.
“Buenas noches, Su Excelencia.”
“Me han dicho que saliste hoy. Lástima que no pudiéramos cenar juntos.”
“Pero almorzamos juntos.”
“También me habría gustado compartir la hora del té contigo.”
¿Y ahora qué le pasaba? De repente no paraba de soltar frases románticas…
Elliot enrojeció, y Argen le hizo un gesto con la mano. Cuando Elliot se acercó, él le acomodó con cuidado el cabello revuelto. Con su bello rostro, realizaba con naturalidad gestos que solo haría un amante, aunque aún no era consciente de que aquello era amor.
“Recuéstate, Elliot Brown.”
El tono seguía siendo tan seco y directo como siempre. Elliot suspiró y, resignado, se tumbó en el sofá. Argen se sentó a sus pies y acomodó las piernas de Elliot sobre sus muslos.
Era una rutina que habían adquirido últimamente. Elliot entrenaba tres veces por semana en el campo de prácticas, y solía terminar con dolores musculares. Argen no reducía el entrenamiento, pero le ofreció masajearle los músculos. Elliot aceptó con entusiasmo, y desde entonces mantenían aquella peculiar “rutina de amor y masajes”.
“Hoy no entrenaste, ¿por qué tienes las piernas tan tensas?” preguntó Argen mientras masajeaba suavemente.
“Es que… salí de paseo. Ugh, hasta la cafetería Sirena. Tuve que caminar bastante, y por eso, ay…”
“Debió de ser agotador.”
“Sí… Ah, pero, uh, Su Excelencia, dentro de poco es su cumpleaños, ¿no?”
“¿Te lo dijo Henderson?”
“No, lo escuché de unos clientes en la cafetería.”
“Ya veo.”
“Y sobre el banquete de cumpleaños… ¡Ay, duele!”
“Aguanta.”
Aunque Elliot se retorcía por el dolor, Argen no aflojaba la presión.
“Con esa debilidad, ¿cómo piensas sobrevivir? El mundo exterior es cruel, Elliot Brown.”
“No soy tan débil como cree.”
“Ni siquiera eres consciente de tu fragilidad… eso es aún más lamentable.”
Ahora estaba presionando las plantas de sus pies, y Elliot se abandonó con resignación.
“Elliot Brown.”
“Sí, sí, haga lo que quiera.”
“¿Quieres ser mi acompañante en el banquete de cumpleaños?”
Argen seguía masajeándole los pies sin mirarle a la cara.
¿Y cómo se le ocurría pedir algo así en medio de un masaje de pies?
Fue una invitación súbita, pero Elliot percibió su nerviosismo: sus labios apretados, sus pupilas temblorosas y la nuez de Adán moviéndose más rápido de lo habitual. Argen Teron estaba tenso.
Al darse cuenta de ello, Elliot no pudo contener la risa. Sonrió con calidez.
“Ya estaba esperando que me lo preguntara.”
Argen lo miró embobado, olvidando incluso de seguir masajeando.
***
El tiempo pasó rápido. Argen y Elliot se besaron algunas veces más, Louren regresó de su viaje, Denewin rechazó el compromiso con Lady Violet y consiguió una nueva novia. Y por fin llegó el día del banquete de cumpleaños de Argen.
Desde temprano, las doncellas enviadas por Argen rodeaban a Elliot, vistiéndolo y arreglándolo.
“Elliot, ¡quédate quieto un momento!”
“Hay que peinarlo mejor, y ponerle aceite de camelia.”
“Levante este brazo.”
Elliot, nervioso, obedecía con una sonrisa incómoda, haciendo todo lo que le pedían: bajar los hombros, erguir el pecho, mantener la cabeza quieta, levantar el brazo, calzarse los zapatos.
“Los tonos cálidos le quedan bien.”
“Este es perfecto.”
Las doncellas parecían hadas de los viejos cuentos. Peinaron con destreza su cabello siempre despeinado, le mostraron trajes y accesorios, probando uno tras otro, y aunque todo ocurría muy rápido, Elliot se veía satisfecho con cada reflejo en el espejo.
“Gracias, parecen hacer magia.”
“¡Bah! No me engatusas con esas palabras bonitas.” Una doncella le dio un golpecito en la espalda.
“¿Sabes cuánto lloró Mary por tu culpa?”
“¿Mary lloró? ¿Por qué?”
“Ya lo sabrás, hombre de muchos pecados.”
Otra doncella, recitando casi como poesía, le entregó un traje de terciopelo verde oscuro
“Supongo que preferirá vestirse usted solo. Póngaselo.”
Elliot, confundido pero obediente, se lo puso rápidamente. Apenas salió, las doncellas exclamaron con asombro.
El traje era elegante y sobrio, realzando sus facciones. Sus gafas combinaban perfectamente, dándole un aire de gran literato. Y con el cabello ahora bien arreglado, parecía alguien nacido de sangre noble. En una palabra: parecía un aristócrata.
Pero quien más impactado quedó fue Argen, el protagonista del banquete y confeso fanático de Elliot.
“De verdad… eres hermoso.”
Esa fue su primera exclamación.
Capítulo 67
A los ojos de Elliot, si alguien merecía el elogio de “hermoso”, ese era sin duda Argen.
Argen llevaba un traje de terciopelo del mismo material que Elliot, pero en un tono azul oscuro con reflejos misteriosos que se adecuaba a la perfección a su carácter ―públicamente― serio y sobrio.
Su cabello negro, teñido con pociones, estaba peinado hacia atrás con limpieza, lo que hacía resaltar aún más el puente recto de su nariz bajo la máscara y la elegante línea de sus labios. Incluso la corbata de encaje que llevaba ―el único adorno en su atuendo― parecía la cola de un pavo real, sirviendo como la pincelada final que realzaba su belleza.
"Su Excelencia… está deslumbrantemente hermoso" murmuró Elliot, atónito.
Las doncellas cercanas se sacudieron, reprimiendo la risa. Argen sonrió levemente y extendió la mano.
"Vamos.”
Dios… qué jodidamente guapo está.
“¿Así se sentían las princesas en los cuentos de hadas?”, pensó Elliot. Recordó los incontables relatos que había leído de niño y trató de sofocar la sensación de querer salir volando. Para no sonreír como un tonto, apretó los labios y tomó la mano que Argen le ofrecía.
Había llegado el momento de dirigirse al Palacio Imperial, donde se encontraban reunidos los enemigos de Argen, para celebrar su cumpleaños.
***
El salón de baile del palacio ya estaba repleto de nobles.
El banquete de cumpleaños del Gran Duque Argen Teron era poco menos que un evento de importancia nacional. Cuando él estaba en campaña, el banquete ni siquiera se celebraba, así que la aristocracia mantenía siempre la atención puesta en su paradero. Ese año, por suerte, Argen permanecía en la capital, y por eso la fiesta se llevaba a cabo con normalidad.
"¿Quién será la pareja de Su Excelencia el Gran Duque esta noche?" preguntó la segunda hija del marqués de Ceylon, agitando su abanico con coquetería.
La hija del conde Melos, ocultando la sonrisa tras su abanico, respondió:
"¿No será ese ayudante de cámara del que hablan los rumores?”
"¿Siguen viéndose?”
"Dicen que el Gran Duque no se separa de él.”
"Corre el rumor de que es muy hábil en la cama. Que desde hace tiempo se gana la vida con esas cosas.”
"Yo escuché que trabajaba en los barrios de placer.”
"¡Por Dios! ¿Cómo ha podido Su Excelencia involucrarse con alguien tan vulgar…?”
Las voces femeninas se hacían cada vez más bajas y rápidas, los abanicos se agitaban con nerviosismo, y la charla maliciosa pronto se propagó por todo el salón.
Entonces, la voz potente de un heraldo interrumpió la creciente murmuración.
"¡Su Excelencia el Gran Duque Argen Teron y su acompañante, Elliot Brown!”
El salón quedó en silencio absoluto. Todas las miradas se dirigieron a la puerta abierta.
Lo primero que apareció, como siempre, fue la imponente figura enmascarada de Argen. A su lado, con el brazo enlazado, venía un hombre que al principio caminaba medio paso atrás. Pero en cuanto dio un paso al frente, los nobles se quedaron boquiabiertos.
Esperaban encontrarse con un joven afeminado, frágil y vulgar. En cambio, lo que veían era a un hombre alto, esbelto e intelectualmente atractivo, de porte impecable en un traje de gala refinado, acompañado por unas gafas que le daban un aire aún más distinguido. No había rastro alguno de vulgaridad.
"Ese traje… ¡es de La Grache!”
"Extraordinariamente caballeresco…”
Fueron los hombres quienes primero reconocieron la marca del traje. No pocos de ellos, orgullosos de sus bigotes, habían intentado encargar sus propios trajes allí para la ocasión, solo para ser rechazados por listas de espera que se llenaban con un año de anticipación.
Elliot sintió la presión de tantas miradas clavadas en él y, un poco incómodo, se inclinó hacia Argen para susurrarle.
"¿Qué habrá difundido el emperador para que todos reaccionen así?”
Argen, sin alterar el gesto, le devolvió el susurro
"Conociendo a ese tipo, lo de siempre. Seguramente se sorprendieron porque no entré cargándote en brazos.”
Elliot soltó una risa discreta, y aquella interacción, íntima y elegante, solo aumentó la impresión de cercanía entre ambos.
Fue entonces cuando otro anuncio resonó en el salón:
"¡Sus Majestades el Emperador y la Emperatriz!”
Aunque el protagonista de la noche era Argen, el dueño del palacio seguía siendo el emperador. Todos los nobles dejaron copas y platos y se inclinaron respetuosamente.
El emperador, con su larga cabellera de platino, entró tomado de la mano de la emperatriz y se sentó en el trono que le habían dispuesto.
"Ya estabas aquí, sobrino. Felicidades por tu cumpleaños.”
Con un breve discurso elogió los méritos de Argen. Apenas terminó de hablar, todos los presentes alzaron sus copas.
El emperador bebió como si fuera él el homenajeado, y los aplausos ensordecieron el salón.
Uf… qué dura es también aquí la vida social, pensó Elliot, antes de beber un sorbo en silencio.
"Gran Duque, Elliot" dijo una voz familiar detrás de ellos.
Era Louren, vestido con un uniforme blanco que lo hacía parecer un hada.
"Feliz cumpleaños, Su Excelencia" saludó con corrección. Argen inclinó apenas la cabeza para aceptar el gesto.
Entonces Louren recorrió a Elliot de arriba abajo con descaro.
"Hoy sí que te has arreglado. Me gusta.”
"¿Y qué harás con eso de que te guste?" replicó Elliot.
"De verdad, eres insoportable…" murmuró Louren entre dientes.
Pero Argen, con su buen oído, lo escuchó todo, y en seguida ambos volvieron a su eterna batalla silenciosa. Elliot se interpuso de inmediato entre ellos.
"¡Ejem…! Señor Duque, ¿le apetece bailar?”
En ese momento, la orquesta interpretaba un vals y varias parejas giraban en la pista. Argen le dedicó una sonrisa ligera y extendió la mano. Desde atrás, Louren murmuró.
“¿Sonríe? ¿Está sonriendo?”, pero Elliot lo ignoró.
El problema era que Elliot no sabía bailar.
"Sube a mis pies" ordenó Argen.
"¿Eh? Pero soy pesado…”
"Lo sé. Pero soy más fuerte que tú.”
La respuesta le sonó ofensiva, pero Elliot obedeció.
"¿No le duele?" preguntó mientras pisaba los pies del duque.
"En lo más mínimo.”
Aunque parecía que una vena le saltaba en la frente, Argen comenzó a guiarlo con sorprendente soltura. Sus pasos eran impecables, producto de una formación estricta, pese a los años en el campo de batalla.
Las miradas de los nobles se volvieron aún más severas. Hacer bailar sobre los pies a una doncella inexperta o a una joven torpe podía considerarse un gesto caballeresco, pero hacerlo con un hombre alto y plebeyo era, a sus ojos, una ofensa al buen gusto.
Elliot era objeto de burla, tachado de sirviente vulgar.
Argen lo escuchaba todo. Si pudiera, arrancaría las lenguas de cada uno de esos nobles. Pero, frente a Elliot, contuvo la ira y sonrió, murmurando con dulzura:
"Elliot Brown, ¿no tienes hambre? Dicen que los postres del palacio son muy dulces.”
"¿De verdad? ¡Entonces quiero probarlos!”
Encantado, Elliot bajó de sus pies y se acercó a la mesa de postres. Había tartas, pasteles, galletas, panecillos y pudines, todos delicadamente elaborados. Empezó a llenar su plato, cuando alguien le dio un golpecito en el hombro, haciendo que una galleta cayera al suelo.
"Oh, lo siento" se disculpó un hombre de ojos saltones, sonriendo.
"No pasa nada~ " respondió Elliot, amable.
"¿Cuánto por una noche?" preguntó de repente el hombre.
"¿Perdón? ¿Podría repetirlo?" dijo Elliot, educado, pensando que había oído mal.
El otro sonrió, complacido por su cortesía.
"Tú. ¿Cuánto cobras por dormir conmigo una noche?”
Elliot esbozó una sonrisa serena, y el hombre creyó ver en ella una respuesta afirmativa, llenándose de esperanza y lujuria.
Argen, desde lejos, lo vio todo y avanzó decidido, dispuesto a partirle el cuello al insolente.
Pero fue entonces cuando la voz clara de Elliot resonó en todo el salón:
"¿Me ha dicho, acaso, que quiere acostarse conmigo?”
Los nobles, sorprendidos por aquella frase vulgar en un contexto tan solemne, fruncieron el ceño y lo miraron con atención.
"¿Qué… qué?" balbuceó el hombre, desconcertado.
Era Patsy Kien, primogénito del conde Kien, famoso por su libertinaje y considerado un incordio allá donde iba. Los murmullos corrieron como pólvora.
"¡Y-yo nunca…!”
"Pero si acaba de preguntarme ¿cuánto cobro por una noche? ¿Acaso escuché mal?"dijo Elliot con inocencia.
"¡Claro! ¡Escuchaste mal! ¡Jamás diría algo así!”
"Entiendo. Mil disculpas por la confusión~" contestó Elliot, inclinando la cabeza y regresando tranquilamente a escoger postres.
El incidente quedó reducido a nada en un instante. Elliot había derrotado a Patsy Kien con pasmosa facilidad.
Capítulo 68
En realidad, Elliot no se inmutó al ver a ese tipo. Ese tipo de patanes groseros eran solo una variante más de los innumerables especímenes desagradables con los que ya se había topado, así que estaba más que curtido.
Además, si se trataba de un noble que daba tanta importancia a su honor, era obvio que no estaría preparado para el tipo de respuesta que Elliot solía dar. Para el ‘empleado del mes’ Elliot Imseong-sik Brown, aquel buscapleitos no era más que una minucia. Sin embargo, Argen, que se había acercado junto a él, no parecía dispuesto a dejar pasar el asunto con tanta facilidad. Sus ojos ya estaban teñidos de furia.
Con un movimiento imperceptible, Argen concentró fuerza en el pie y pisó suavemente el de Patsy. Se oyó un crujido: huesos quebrándose y nervios desgarrándose. El sonido quedó ahogado entre la música, y solo Argen y Patsy lo escucharon. Para los demás, apenas pareció que Argen, por accidente, había rozado un poco la punta del zapato de su acompañante.
“¡¡¡Aaaaghhh!!!” Patsy soltó un alarido y se retorció en el suelo. Elliot, que ni siquiera había notado que Argen estaba tras él, se giró sobresaltado y se encontró con su mirada.
Argen, temiendo que Elliot pudiera asustarse de él, se apresuró a justificarse.
“Lo pisé sin querer… y quedó así. Qué débil, incluso más que tú. Una lástima.”
“¡¡¡Mi pie, mi pieeee!!!” Patsy rodaba y gritaba, armando un escándalo. Los nobles alrededor murmuraban, criticándolo: que era vulgar, menos digno que un plebeyo, excesivamente enclenque.
Argen hizo una seña a un sirviente cercano. “Llevad a Patsy Kien con un médico. Si tanto le duele que lo pisen, que lo curen de una vez.”
Un grupo de criados acudió y se lo llevaron. Elliot chasqueó la lengua. “A ese tipo lo llamamos un estafador de auto-lesiones. Seguro que luego intenta sacarle una indemnización al Gran Duque. Qué mala calaña.”
“Exacto. Un verdadero desecho. Lo que ese miserable te haya dicho no tiene ningún valor, así que no te preocupes.”
“¿Eh? ¿Ah, lo oyó? No fue nada.”
Elliot se encogió de hombros y mordió una galletita de su plato.
Pero Argen volvió a estremecerse. ¿Cómo podía decir que no era nada, después de haber sido tratado como un prostituto?
Según lo que había investigado a través de Luther, Elliot era un escritor prometedor, autor de La flor que brotó en la punta de la espada. Pero como el público no aceptó bien su obra, había anunciado su retiro. Quizás en ese momento ya había sufrido lo suficiente como para que ahora un insulto semejante no le afectara.
Argen apretó los labios, sin saber que Luther había ocultado parte de la información para protegerlo, y miró a Elliot con compasión.
“Elliot Brown. ¿Podrías salir un momento a la terraza? Pondré todo en orden y luego te alcanzaré.”
“Sí, claro.” Elliot asintió, se sirvió otro trozo de pastel y salió.
Tan pronto como desapareció, la expresión de Argen se endureció. Su mirada helada recorrió a los nobles. El aura asesina del Espadachín Maestro heló la sangre de varios, que se apresuraron a volverse.
“De ahora en adelante, cuidad cómo miráis a Elliot Brown y qué palabras susurráis sobre él. No importa quién sea: no lo dejaré pasar.”
Los nobles desviaron la vista de inmediato. Durante el último mes, la relación entre Argen y Elliot había sido un tema recurrente de cotilleos entre ellos. Ahora temblaban, preguntándose si el Gran Duque había escuchado alguno de sus comentarios maliciosos.
Tras destrozar el ambiente del salón con su sola mirada, Argen se acercó a Louren.
“Louren Fedette. Necesito hablar contigo.”
“Qué romántico, Su Excelencia.”
“¿Romántico? Basta de tonterías, ven. Fingiremos bailar mientras hablamos.”
Argen le tendió la mano con cortesía. Louren la aceptó con elegancia y comenzaron a danzar. La música, que se había detenido, volvió a sonar.
“¿Qué asunto requiere tanto, que incluso me saque a bailar?”
“Elliot Brown está en la terraza. Distrae su atención unos momentos, sin que lo note.”
“¿Y por qué debería hacerlo?”
Louren respondió con descaro, y Argen dudó un instante antes de decir.
“…Si aceptas, te concederé un deseo.”
“¿Un… deseo?” Louren arqueó una ceja, desconcertado. Entonces recordó. ah, claro, aquello había aparecido en una de las cartas.
“Ah, ese deseo. Está bien. ¿Qué tipo de deseo me concederá?”
“Eso es asunto tuyo.”
“Hmm, de acuerdo.”
Llegaron a un acuerdo y siguieron bailando hasta el final de la pieza.
Los dos rostros más famosos del Imperio danzaban juntos; el público se apartaba para contemplarlos. El espacio vacío que se formó en el centro del salón, la atención de todos, su impecable destreza… todo parecía el escenario perfecto para los protagonistas.
Pero apenas terminó la música, Argen empujó a Louren en dirección a la terraza y él mismo abandonó el salón en silencio.
Se dirigió al Plas Room, un salón del palacio imperial que llevaba el nombre de la célebre médica Silvia Plas. Allí siempre había médicos de la corte de guardia. Y allí mismo estaba Patsy, tendido y con el pie vendado.
“¡Quiero que me curen con pócimas mágicas, ahora mismo!” Patsy berreaba a los médicos. Su pie estaba grotescamente hinchado, y el meñique ya se había puesto de un tono azul negruzco.
Los médicos lo miraban con repugnancia. Exigir magia a un médico de la corte era un insulto a su arte.
“Salgan todos.” Ordenó Argen. Al reconocer al Gran Duque, los médicos lo saludaron respetuosamente y se retiraron sin demora, agradecidos de no tener que seguir soportando a Patsy.
“¡Eh, adónde van! ¡Regresen!”
Argen desenvainó la espada.
“Los médicos de aquí son todos hombres que poseen al menos el título de conde. Tú, que no tienes ni un mísero título, no tienes derecho a hablarles así.”
“¿P-por qué sacas esa espada…?”
“Porque hay algo que debo arreglar sin que Elliot Brown lo sepa.”
Unos segundos después, el Plas Room se llenó con los gritos desgarradores de un hombre.
Ese mismo día, Patsy Kien quedó convertido en eunuco.
***
Mientras tanto, Elliot seguía tranquilamente en la terraza, saboreando pastel, ignorante del destino de la familia Kien.
Argen se preocupaba por él, pero la verdad es que Elliot no le daba mayor importancia. Que un desconocido se le acercara con insinuaciones sexuales… bueno, ya había pasado cosas parecidas en su vida anterior, en la empresa. Absurdo, sí, pero nada nuevo.
En ese momento, alguien abrió la puerta de la terraza. Elliot, creyendo que era Argen, se giró con una sonrisa… y se quedó de piedra.
“Su… Su Majestad el Emperador…!”
Elliot sintió que casi se desmayaba.
¿¡Qué demonios hacía aquí ese tipo…!?
“Elliot Brown, por fin te conozco.”
El Emperador entró y alguien cerró la puerta tras él. Elliot se puso de pie de un salto, nervioso, sin saber qué hacer.
El Emperador, en lugar de prestarle atención, se acercó al balcón, cerró los ojos y respiró hondo:
“Es una buena noche. ¿No lo crees?”
“Sí… sí, así es…” Elliot, sin saber cómo dirigirse a él, improvisó un tono arcaico como en los dramas históricos.
El Emperador estalló en carcajadas.
“Eres realmente divertido.”
“E-el honor es mío, Majestad~”
“Jajaja, incluso resultas adorable. Ahora entiendo por qué mi sobrino no se despega de ti.”
Eso sonaba bien, ¿verdad? pensó Elliot, inclinándose en un ángulo de noventa grados.
En la obra original, el Emperador era un villano, sí, pero en comparación con Argen era apenas como un chicle pegado en la acera. Argen podía acabar con él con solo un gesto. Sí, era cruel y egoísta, pero en la novela ni siquiera era tan relevante.
Eso sí, físicamente, el parecido con Argen era asombroso. Aunque Argen era más musculoso, más joven, más firme, mucho más guapo… aun así, el Emperador era un hombre maduro terriblemente apuesto.
Por eso Elliot bajó la guardia.
“Pero qué lástima. Tengo la intención de casar a Argen con Louren.”
“¿Qué…?”
Elliot quedó congelado, aún inclinado. Apenas podía procesar lo que acababa de oír, cuando la voz del Emperador volvió a golpearlo:
“Por tu culpa, la reputación de Argen ha caído por los suelos. Como su tío, no puedo quedarme de brazos cruzados. Así que debo restaurar su honor, aunque sea comprometiéndolo con la ‘pieza de Dios’.”
“Y-yo… el Gran Duque y yo no somos… nada.”
Elliot apenas logró articular, pero el Emperador lo ignoró.
“No lo creo, Elliot Brown. ¿Acaso no intercambias constantemente cartas afectuosas con él?”
“¿Eh? ¿De qué…?”
El Emperador sonrió con malicia venenosa.
“¿Acaso Argen sabe que eres tú quien escribe las cartas de Louren Fedette en su lugar?”
Ese fue un golpe letal. Elliot casi dejó de respirar.
Capítulo 69
“¿C-cómo que cartas escritas por encargo? Jajaja, n-no entiendo a qué se refiere Su Majestad… de veras no lo sé…”
Elliot, sudando a chorros, balbuceaba visiblemente nervioso.
“Hablas de una manera muy particular.”
El Emperador, sonriendo como si observara a un animalito curioso, tomó una galleta del plato de Elliot. La partió con los dedos y arrojó las migas por encima de la barandilla. Se escuchó enseguida el aleteo de las aves que acudieron a picotear.
“Yo sé muchísimas cosas.”
Con el mismo semblante amable, el Emperador levantó un trozo más grande de galleta y se lo tendió a Elliot. Éste lo recibió con ambas manos, sin comprender nada.
“Sé que fuiste El Black, y que hace cuatro años ibas a recibir un título de barón y un premio literario.”
“Sí… s-sí, Su Majestad…”
Elliot ya había sospechado que si el Emperador había descubierto lo de las cartas falsas, entonces también sabría aquello. Aun así, no pudo evitar que un escalofrío le recorriera los brazos.
“Cómete la galleta.”
“Sí, Su Majestad…”
Elliot obedeció, masticando lentamente.
El Emperador era apuesto y parecía afable, pero Elliot sabía gracias a la obra original que escondía colmillos venenosos tras esa sonrisa. Era desconfiado, había llenado el imperio de espías y sentía un profundo complejo de inferioridad hacia Argen.
¿Por qué entonces se había acercado a Elliot para decirle todo esto? Si el Emperador desenfundaba su espada allí mismo, Elliot ni siquiera tendría oportunidad de huir.
“Elliot Brown, ¿has pensado en ponerte bajo mis órdenes?”
“¿Eh… s-su Majestad?”
“Me agradas mucho. Por eso quiero hacerte una propuesta.”
El Emperador sacudió con elegancia las migas que le quedaban en la palma.
“Te nombro escritor fantasma de mi autobiografía.”
“¿…Perdón?”
Elliot parpadeó, atónito. Aquello era más absurdo que pedirle que luchará cuerpo a cuerpo con Argen.
¿Una autobiografía? ¿Yo? ¿Así, de repente?
“C-con todo respeto, Su Majestad…”
“Deja ya ese tono tan ridículo.”
El Emperador empezaba a impacientarse. Elliot, temiendo que le cortaran la cabeza allí mismo, se inclinó todavía más.
“Perdone, pero… escribir su autobiografía me resultaría demasiado difícil.”
“¿Difícil? ¿Acaso no sería la mayor gloria de tu vida, siendo un simple plebeyo, escribir la autobiografía del Emperador?”
Los ojos del Emperador brillaban como los de una serpiente. Observaba satisfecho a Elliot, inclinado hasta el suelo. Su mirada era tan intensa que Elliot podía sentirla aunque mantuviera los ojos clavados en el piso. Tragó saliva.
Un error de palabras aquí significaba la muerte.
“Por supuesto que sería un honor, pero temo que mis pobres capacidades no estén a la altura y que lo decepcione, Su Majestad. Quizá otro escritor fantasma…”
El Emperador soltó un suspiro irritable.
“¿Cómo puede ser que incluso un plebeyo sea tan necio?”
Avanzó un paso. El brillo de sus zapatos dorados entró en el campo de visión de Elliot. Los golpeó un par de veces contra el suelo y, con voz solemne y autoritaria, declaró:
“Si yo te digo que lo hagas, lo harás. No tienes derecho a replicar ni posibilidad de escapar. Desde el momento en que pronunció mi orden, ya eres mi escritor fantasma. ¿Entendido?”
La atmósfera se congeló.
“En unos días te convocaré al palacio imperial. Prepárate.”
El Emperador se marchó tras dejar esas palabras. Elliot siguió inclinado durante largo rato, con la mirada fija en el suelo, incapaz de moverse.
De pronto, irrumpió Louren, casi corriendo.
“¡Elliot! ¡El Emperador se ha ido, ya puede levantarse! ¿De qué hablaron? ¿Qué le dijo?”
Al parecer lo habían tenido retenido fuera de la terraza, y por eso había estado esperando ansioso. Elliot enderezó lentamente la espalda y contestó:
“El Emperador sabe lo nuestro.”
“¿Lo nuestro? ¿Qué hay entre tú y yo…?”
Louren frunció el ceño, pensando, y de repente se tapó la boca con la mano.
“¿Acaso…?”
“Sí. Sabe lo de las cartas. Debió investigarlo.”
“¡¿Y si se lo cuenta al Gran Duque?!”
“No. No lo hará. Lo necesita como carta de chantaje contra mí.”
Elliot habló con frialdad, aunque sus piernas temblaban. Su instinto de supervivencia mantenía su mente lúcida. El Emperador no había mencionado las cartas por casualidad: era una amenaza velada. Si Elliot se negaba a escribir la autobiografía, revelaría todo a Argen. Incluso el tema del matrimonio de Louren y Argen podía haber sido otra forma de presión.
“Lo importante no es que el Emperador lo sepa. Lo importante es que el Gran Duque no lo sepa.”
“Sí… el carácter del Gran Duque es complicado. Por eso yo tampoco le he dicho nada.”
Louren asintió y se sentó junto a Elliot.
“Por cierto, Elliot… ¿de verdad sales con el Gran Duque?”
“¿Qué? ¡No, claro que no!”
“Pues los rumores son fuertes. Aprovecha y sal con él de verdad.”
Lo decía con toda naturalidad, como si no le importaran los chismes.
“¿Eh? ¡P-pero y las cartas? ¿Y tu gran plan?”
“Ah, eso ya casi está resuelto. Solo falta la última carta, y listo.”
Louren sonrió con picardía y, al ver la cara confundida de Elliot, se inclinó para susurrarle:
“La verdad es que el Gran Duque…”
En ese momento, la puerta de la terraza se abrió de golpe.
“Apártate de él, Louren Fedette.”
Era Argen. Se sentó entre ambos con el ceño fruncido.
Vaya, qué puntería… justo cuando iba a escuchar lo más jugoso. Elliot lo fulminó con la mirada.
“¿Por qué me miras así? ¿Te molesta que interrumpiera tu momento con Louren?” preguntó Argen sin descanso. Elliot reprimió una carcajada y negó con la cabeza.
“Solo charlábamos.”
Argen volvió la vista hacia Louren, que cerró los ojos con fuerza.
“¿Por qué frunces el rostro al verme? Qué descortés.”
“¿Tendrá polvo en los ojos, señor Louren?” preguntaron al mismo tiempo Elliot y Argen.
“¡Era un guiño! Gran Duque, usted y yo teníamos un trato.” dijo Louren, irritado.
“¿Un trato?” Elliot preguntó, intrigado. Pero Argen, de repente, se levantó, tomó el plato de postres de Elliot y dijo:
“Traeré más galletas. Fedette, acompáñeme.”
Y salió disparado como un rayo. Louren se levantó sonriente.
“Elliot, pronto te dejaré escribir la última carta. Espera un poco.”
Los dos se fueron, dejando a Elliot solo otra vez. Atónito, se levantó para seguirlos. ¿De qué demonios querían hablar sin mí?
Pero al abrir la puerta, lo que vio fue a Argen y Louren de pie, hablando en voz baja, muy juntos.
“Después de bailar así, se ven perfectos juntos, ¿no creen?” comentó en voz alta una joven dama que estaba cerca, como si quisiera que Elliot lo oyera. Las demás asintieron, agitando sus abanicos, como si Elliot fuera el intruso en la historia de amor de los otros dos.
¿Bailaron juntos? ¿Y a mí me mandaron esperar en la terraza?
Elliot sintió una punzada amarga. La verdad era que Argen y Louren formaban una pareja deslumbrante. Argen, alto, fuerte y apuesto incluso tras la máscara, y Louren, con ese aire etéreo de hada… juntos parecían sacados de un cuadro.
Louren terminó de susurrarle algo a Argen, que asintió. El rostro de Louren se iluminó en una sonrisa radiante, y Elliot sintió que le hería la vista.
¿Será que la historia original está imponiéndose? ¿Mientras yo me distraía con dulces, el poder de la trama está forzando las cosas?
Argen se inclinó hacia Louren y le susurró algo. Tras vacilar un momento, Louren asintió, y Argen le dedicó una sonrisa tan hermosa que a Elliot se le desplomó el corazón.
Instintivamente, dio media vuelta y cerró la puerta. No soportaba seguir mirando a los dos juntos.
Capítulo 70
¿Qué motivo podría tener Argen para sonreírle a Louren? Incluso con Elliot había tardado mucho en mostrarle una sonrisa.
Elliot, recostado contra la baranda de la terraza, se puso a reflexionar.
La primera hipótesis era esta: que Louren le había contado un chiste realmente bueno a Argen. Tal vez, en ese momento, el sentido del humor de Louren había brillado de manera excepcional.
O la segunda hipótesis, que Louren le hubiera dicho a Argen que tenía algo entre los dientes y le pidiera que dijera “ah”.
Y, por último, la tercera hipótesis…
Que simplemente Argen había sonreído al mirar a Louren.
Elliot hundió la cara entre sus manos, pero enseguida se las quitó porque el puente de sus gafas se le clavaba dolorosamente en la nariz. Sacó los lentes, ahora manchados con huellas dactilares, y al ver los cristales sucios pensó que eran un fiel reflejo de cómo se sentía por dentro.
Claro que Argen podía sonreírle a Louren.
Sentirse celoso por eso y perder el tiempo formulando hipótesis lo hacía sentirse aún más mezquino.
Sosteniendo las gafas en una mano, apoyó los brazos en la baranda y lanzó un suspiro tan hondo que parecía que el suelo se abría bajo sus pies.
"¿Te resulta difícil?”
La voz de Argen llegó de repente desde atrás. Elliot se sobresaltó y enderezó la postura. Louren ya no estaba; Argen estaba solo en la terraza.
"Al fin, solo los dos " dijo mientras se acercaba y lo rodeaba con los brazos por detrás.
"¡Y si alguien nos ve…!”
Elliot forcejeó, susurrando en protesta, pero Argen lo apretó aún más fuerte.
"Que vean, no importa.”
Argen inclinó la cabeza hasta apoyar la frente en el hombro de Elliot. El calor que Elliot sintió en la nuca era más intenso de lo normal.
"¿Está cansado, Su Excelencia?" preguntó Elliot.
"Sí, estoy cansado.”
Aquella confesión lo conmovió de inmediato. Nunca antes había oído a Argen admitir algo así. Seguramente estar junto al Emperador lo había puesto especialmente tenso.
"Estoy cansado… porque no puedo estar pegado a ti todo el tiempo.”
"Ah…" Elliot lo fulminó con la mirada mientras volvía a ponerse las gafas. "¿Dónde aprendió a decir esas cosas?”
"En los libros.”
"Claro, seguro que sí.”
Elliot resopló, apartando a Argen de su hombro. Argen sonrió suavemente y se enderezó.
"Elliot Brown, ¿y mi regalo de cumpleaños?”
Lo preguntó con un tono juguetón. Por supuesto, Elliot lo tenía preparado: unos gemelos y… una carta. Sus orejas empezaron a ponerse rojas.
"Sí tengo, pero si se lo doy voy a salir corriendo.”
"¿Y por qué habrías de huir? Si corres, yo te atraparé.”
El rostro de Argen se endureció de golpe, como si de verdad fuera a sacar una red de caza de debajo de la ropa. Su mirada era la de un depredador acechando a su presa.
"No, no de esa forma… Sino que me daría demasiada vergüenza quedarme aquí delante. Así que mejor después…”
"Dámelo ahora.”
"No quiero.”
"Te lo pido.”
"No es necesario que me lo pida así…”
"Por favor.”
"D-de verdad no es para tanto…”
Elliot sintió que su resistencia flaqueaba. ¿Cómo podía un hombre tan rígido decir “por favor” con tanta facilidad, y además mirarlo con unos ojos tan suplicantes tras aquella máscara?
"¡Ay, qué más da!”
Sacó de su pecho una pequeña caja y un sobre.
"Aquí tiene.”
Argen los tomó enseguida.
"Entonces yo voy un momento al baño…”
"Siéntate.”
"…Sí.”
Argen lo sentó en una silla y se acomodó a su lado. Primero abrió la cajita: dentro había un par de gemelos incrustados con obsidiana, protegidos con un hechizo de defensa de un solo uso. El brillo negro y pulido de la piedra recordaba al color de su cabello teñido.
"Una magia de protección desechable. Me será útil.”
"Sí, sí.”
"Y este es… la carta de felicitación.”
Elliot quiso pedirle que la leyera más tarde, a solas, pero Argen ya estaba rompiendo el sobre antes de que él pudiera abrir la boca.
Sus ojos recorrieron la hoja.
“A Su Excelencia el Gran Duque Argen Theron:
Feliz cumpleaños, mi señor. Gracias por haber nacido.
Y gracias por estar siempre a mi lado, sobre todo por haber corrido a salvarme cuando casi muero en el circo.
Si lo pienso, he recibido demasiado de usted. No ha pasado tanto tiempo desde que nos conocimos, pero desde entonces siempre ha estado junto a mí. Y esa certeza me reconforta de una manera que ni yo mismo entiendo.
Creo que cuando uno sufre puede desaparecer o rendirse. Y si la persona que es abandonada o dejada atrás resulto ser yo, lo comprendo. Puede que parezca un tonto por pensarlo así. Pero con usted… tengo la corazonada de que siempre seguirá a mi lado. Que no desaparecerá, que no se rendirá, que aunque yo lo rechace seguirá ahí, con su pijama y su cojín de cuello. Y eso me da una fuerza que usted no imagina. Porque usted es así, yo no seré un tonto.
Ya se habrá dado cuenta, pero esta no es solo una carta de felicitación: también es una carta de amor. Mi primera carta de amor.
Lo quiero. Por favor, quiérame usted también.
Con cariño, Elliot Brown”
Era la primera carta escrita con la verdadera letra de Elliot. Hasta entonces siempre había imitado la caligrafía de Louren en las cartas que le enviaba a Argen. Tal vez por eso, mientras él la leía en silencio, Elliot sentía unas ganas enormes de esconderse o huir.
Pero a medida que la mirada de Argen avanzaba, la expresión bajo la máscara se iluminaba cada vez más, y la comisura de sus labios se curvaba sin que él mismo lo notara. Viendo aquello, Elliot cambió de opinión.
Menos mal que no había escapado. De lo contrario, nunca habría visto ese rostro.
"Mi señor…" dijo de pronto.
"¿Sí?”
"¿Podría quitarse la máscara un momento?”
Argen se la quitó sin dudar. Su rostro brillaba en la noche como si tuviera luz propia. Elliot vio en él una alegría mucho más clara y plena que la sonrisa que alguna vez le había dirigido a Louren.
Se sintió un tonto por haber pensado lo contrario. Tomó a Argen por el cuello de la ropa.
"Béseme.”
"Pides mucho, que te quiera, que te bese…”
Sin embargo, acercó sus labios a los de Elliot y lo besó suavemente. Al apartarse un instante, murmuró:
"Entonces te lo concederé todo.”
Lo atrajo de la cintura y lo besó de nuevo. Sus bocas se abrieron, las lenguas se entrelazaron, los alientos se mezclaron. Sin preocuparse por las miradas ni por huir a ningún sitio, se entregaron al contacto de sus labios. Para Argen, aquello también era el mejor regalo de cumpleaños.
***
Cuando salieron de la terraza, ambos se veían impecables, como si nada hubiera pasado. Nadie habría imaginado que tras las cortinas se habían besado apasionadamente. A menos, claro, que alguien notara que los labios de Elliot estaban un poco más hinchados que antes.
Estaban a punto de abandonar el salón de baile cuando apareció un invitado no deseado.
"Feliz cumpleaños, Su Excelencia el Gran Duque.”
"…Vizconde heredero Tulion.”
Era Tesius Tulion. Al verlo, el rostro de Elliot se ensombreció al instante. Argen se interpuso para protegerlo.
"Creí que estarías ocupado con los asuntos de tu casa.”
"¿Y quién cree que me tiene tan ocupado? Claro que debía venir" contestó Tesius con una sonrisa.
Desde aquel secuestro fallido, había sufrido todo tipo de desgracias: su principal negocio de comercio marítimo se había hundido, y la prensa había difundido múltiples rumores escandalosos sobre él, algunos ciertos y otros falsos, pero todos dañinos.
Gracias a eso, la fortuna de la familia Tulion estaba en crisis y su propia reputación por los suelos. Incluso los ancianos de la casa lo presionaban sin descanso.
Para la gente, todo aquello era simple mala suerte. Pero Tesius sabía bien la verdad: aquella calamidad tenía un solo responsable.
Argen Teron.
"Veo que sigue disfrutando de la compañía de su asistente" dijo con sorna, mirando detrás de Argen. Sus ojos estaban inyectados de sangre y su voz rezumaba veneno.
"Será mejor que retires esa mirada inmunda" le advirtió Argen con frialdad.
"Oh, eso me hiere, Su Excelencia. Después de todo, soy el heredero de la Casa Tulion, ¿y me llama mirada inmunda? Qué cruel.”
Tesius sonrió de forma burlona.
"Aun con las dificultades de mi familia, me he tomado la molestia de preparar un obsequio para Su Excelencia. Espero que sea de su agrado. Con su permiso, me retiro.”
Se despidió según las normas y se alejó con una sonrisa forzada.
"Elliot Brown, no le prestes atención" dijo Argen en seguida, girándose hacia él.
Pero Elliot no temblaba. Observaba con calma la dirección por donde se había marchado Tesius. Su rostro era grave, pero no aterrorizado.
"Mi señor…" murmuró.
"Dime.”
"El vizconde Tulion… se ha dirigido al Emperador.”
Quizá Elliot no temblaba porque había algo más grande y más terrible que el miedo, algo que ahora se cernía sobre ellos.
Capítulo 71
¿Teseo y el Emperador juntos?
Elliot miraba a ambos con ojos llenos de inquietud, cuando de pronto una mano grande cubrió su vista.
"No mires. Ni siquiera les prestes atención.
"Pero…
"Elliot Brown. Con un solo dedo puedo derrotarlos. Soy más fuerte de lo que imaginas. Y yo voy a protegerte.
Argen, desde luego, era fuerte. Pero Elliot no lo era. Ni física ni socialmente: en comparación con ellos, era demasiado débil. Y no podía pasar el resto de su vida pegado a Argen.
Aun así, lo que sí le gustaba eran los ojos de Argen tras la máscara: lo miraban de frente, como si realmente creyera que podría protegerlo incluso contra todo el mundo. Esa adorable ilusión.
"Si de verdad te incomoda, volvamos. A casa.
Elliot asintió, y Argen lo tomó de la mano con firmeza, atrayéndolo hacia sí. Se escucharon murmullos de sorpresa a su alrededor.
Pero sin hacer caso a las reacciones, Argen y Elliot abandonaron el salón de baile y regresaron a su hogar.
En el carruaje de vuelta, Elliot quiso preguntarle qué había hablado con Louren, pero al final no se atrevió a sacar el tema.
Al día siguiente, Elliot se encontró con Louren en el café Siren. El joven estaba radiante, tarareaba sin cesar, y su cabello azul brillaba cada vez que movía la cabeza.
"Elliot, ya no necesitas escribir cartas al Gran Duque.
Lo dijo sacando pecho como un niño orgulloso de sus logros.
"Le pedí un deseo al Gran Duque.
"¿Un… deseo?
Louren, demasiado emocionado, no se dio cuenta de que Elliot se atragantaba con el café. Con expresión dichosa, continuó:
"De ahora en adelante, si alguien se atreve a escribir su nombre en una revista de chismes, el Gran Duque demandará a la editorial. Tal como yo deseaba.
"¿Eso fue… su deseo?
"¡Por supuesto! Eso significa que en las encuestas sobre el hombre más popular del Imperio, él ya nunca podrá ser mencionado. Solo yo ocuparé el primer lugar para siempre.
Este hombre, pensó Elliot, sí que era constante.
"Es realmente asombroso, cliente. Entonces, ¿ya abandonó la idea de convertir al Gran Duque en esclavo de su corazón, sometido a sus pies?
Elliot lo miró atónito. Louren respondió con una sonrisa maliciosa.
"El Gran Duque ya es prácticamente mi esclavo.
Dicho eso, se levantó.
"La última carta puedes escribirla como quieras. Al fin y al cabo, siempre fue así. Estoy ocupado, así que me voy.
Y desapareció del café a toda prisa.
Elliot quedó solo, mirando el café frío frente a él.
“¿Que ya es mi esclavo? ¿Qué quiso decir con eso?”
Aunque aquella instrucción sobre la “última carta” sonaba casi como un despido, no le importó demasiado. Quizá porque había visto a Argen y Louren juntos la noche anterior, demasiado cercanos; o porque aún le rondaba la pesadilla en la que Argen lo asesinaba. En cualquier caso, cada vez le incomodaba más seguir escribiendo cartas en nombre de Louren.
Se obligó a beber con calma el café amargo.
“No, pero… ¿qué significa exactamente eso de que ya es su esclavo?”
Esa pregunta giraba en su mente sin parar, como un perro que muerde su propia cola. La repetía una y otra vez mientras terminaba de un trago el café helado y salía del café Siren.
Caminaba con las manos en los bolsillos, como un artista atormentado, arrastrando en la garganta el amargo regusto del café, cuando alguien lo jaló bruscamente hacia un callejón oscuro.
"Elliot Brown.
Un hombre enmascarado de negro.
"¿Gran Duque…?
Elliot, sorprendido solo un instante, le agarró el brazo con alivio. Pero bajo la ropa negra palpó un brazo duro, huesudo, sin un ápice de carne. Sobresaltado, retiró la mano.
"¿Quién… quién es usted?
Ese no era Argen. Lo observó bien: alto y de buena complexión, pero más delgado que él.
El enmascarado, desconcertado por aquella bienvenida inesperada, respondió tras un momento de silencio:
"Su Majestad el Emperador lo espera. Venga.
"¿Eh…?
"Será mejor que vengas por tu propio pie, antes de que te arrastre.
La voz áspera y desconocida le recordó a Elliot la vez que los hombres de Teseo lo habían secuestrado. Retrocedió temblando, como si pudiera volver a oler la madera podrida del establo.
"Yo… yo…
"Basta. ¿Acaso el joven Brown no está asustado?
De entre las sombras apareció el propio Emperador. El enmascarado se arrodilló al instante, tocando el suelo con la frente. Elliot, astuto, hizo lo mismo.
"¿Has pensado en mi propuesta de escribir mi autobiografía?
"V-vuestra Majestad… ya le comenté que ese tipo de trabajo…
"Si aceptas, tendrás riquezas y gloria. Un título, tierras, todo lo que desees. Podría nombrarte caballero aquí mismo.
Elliot pensó que era extraño que el Emperador lo llamara “Lord Brown” una y otra vez. Estaba claro: había cambiado de estrategia. Primero promesas, luego…
"Pero si rechazas mi orden… en este mismo callejón se acabará tu futuro.
El enmascarado levantó apenas la espada para dejarlo claro. Elliot, acostumbrado ya a esa táctica gracias a Argen, ni se inmutó. El Emperador, impresionado, lo miraba pensando: “Tiene agallas y orgullo… cada vez me interesa más.”
La verdad era que el orgullo de Elliot era más frágil que papel de arroz, pero en ese momento parecía valiente y obstinado.
"Lord Brown, sé que ya has sufrido un secuestro antes. ¿No es cierto?
"S… sí.
"Y también estuviste a punto de morir atravesado por una espada.
Elliot se quedó helado. El Emperador hablaba del espectáculo circense en que casi lo apuñalan… y él recordó cómo había sospechado de Argen en aquel entonces.
"A diferencia del vizconde Tullion, yo no doy advertencias vacías. Si digo que mato, mato.
El rostro de Elliot palideció.
El Emperador lo observaba con creciente interés, hasta que de repente la expresión de Elliot cambió: sonrió dulcemente, arqueó las cejas y dijo con voz empalagosa:
"Su Majestad, lo siento muchísimo, pero… ¿me concedería un poco de tiempo para pensarlo~?
El ceño del Emperador se arrugó. Sí, recordaba que era un tipo extraño, con esa forma absurda de hablar.
"La respuesta a un Emperador debe ser breve y respetuosa. Qué frívolo eres "lo reprendió el enmascarado.
Elliot se inclinó enseguida.
"Sí, sí, perdón, perdón.
El enmascarado, desanimado, guardó la espada.
"Bien. Te concederé una semana. Pero más te vale darme una respuesta que me satisfaga.
"¡Claro que sí! Su Majestad es muy generoso. Muchas gracias, que tenga un excelente día~
"…Sí. Tú también… que tengas un buen día.
Elliot se retiró del callejón caminando hacia atrás, inclinándose como en un drama histórico. Escuchó la risa del Emperador a sus espaldas antes de salir a la calle iluminada.
Y en cuanto lo hizo, se desplomó en el suelo.
"Haah…
El miedo helado lo invadió por completo. Toda la energía con la que había fingido serenidad desapareció. Una oscura premonición no dejaba de acosarlo.
Capítulo 72
Al regresar a la mansión, Elliot fue directo a su habitación. Se sentó en el escritorio y sacó un papel de carta.
No podía desobedecer la orden del Emperador. Desobedecer significaba la muerte inmediata. Ni siquiera Argen podría salvarlo entonces.
Así que, en realidad, Elliot no tenía otra opción. Pedir más tiempo solo servía para aplazar el resultado un poco.
Pero ese tiempo ganado no había sido inútil. Durante esa semana Elliot pudo hablar con Argen, trazar un plan, prepararse, e incluso poner en orden el asunto de las cartas que escribía en nombre de Louren.
"Primero, terminemos esta carta "murmuró.
Debía empezar por lo que podía hacer en ese momento. Así, comenzó a redactar lo que sería su última carta como Louren. Y ya que sería la última, pensaba escribirla con un tono ligero, banal, sin importancia.
Aunque, en realidad, también deseaba averiguar "a través de la respuesta de Argen" aquella “petición” que Louren nunca había llegado a contarle.
«Al generoso Gran Duque Argen Teron:
Hace apenas unos días empecé a escribirle para pedir disculpas y expresar mi gratitud. Ahora, puedo concluir mis cartas con un sincero agradecimiento. Gracias. Me alegra que desee concederme mi deseo».
Elliot había escrito hasta allí cuando alguien golpeó la puerta con urgencia. En toda la mansión solo Gennewin solía golpear de esa manera, y como además tenía la costumbre de entrar sin esperar, Elliot escondió rápidamente la carta en un cajón.
"¡Señor escritor! "como esperaba, Gennewin entró de golpe. Pero su expresión no era normal.
"¿Escuchó? Mi hermano piensa regresar a la finca familiar con nuestra familia. Dice que permanecerá fuera de la capital hasta que todo se resuelva.
La noticia, en sí, debería haber sido motivo de celebración. Pero Gennewin parecía más serio y desesperado que nunca. Su rostro era el de un niño perdido, igual que cuando Elliot lo había visto por primera vez en el invernadero.
"¿Y por qué esa cara entonces? "preguntó Elliot.
"Mi hermano está en el salón, hablando ahora mismo con el Gran Duque. Quiere llevarme con él. Esta vez trajo también a mi padre y a mi madre.
Gennewin caminaba de un lado a otro en la habitación, visiblemente inquieto. Camembert, escondido en un rincón, seguía sus movimientos con la mirada. Elliot lo observó en silencio.
Él también conocía esa sensación. Ayer, en el banquete, había visto al Emperador salir a hablar con Theseus, y su corazón se le había desplomado en el pecho. Esa punzada fría en la nuca, esa ansiedad que poco a poco devora el cuerpo… Elliot la conocía demasiado bien.
"Cliente… no, señor Gennewin.
Se acercó y tomó sus manos con firmeza.
"Tranquilícese. El Gran Duque no lo dejará marchar. Y si usted insiste en irse, entonces yo diré que me voy con usted. En ese caso, seguro que no lo permitirá.
Lo dijo con tono ligero, como una broma. Pero Gennewin pareció reconfortarse.
"¿De verdad? Escritor, ¡entonces prométame que se aferrará a mí, que no me soltará!
"Lo haré, se lo prometo "respondió Elliot sonriendo.
En ese momento otra persona llamó a la puerta: era Mary, la doncella. Informó que Su Excelencia el Gran Duque los llamaba a ambos, y se marchó apresurada. Elliot la miró preocupado mientras se alejaba, pero Gennewin soltó un suspiro.
"Señor escritor, usted tiene demasiados pecados "murmuró enigmáticamente, antes de pedirle que lo sujetara más fuerte del brazo. Elliot se lo llevó casi como escoltado hasta el salón.
Allí estaban, tal como temía: el marqués de Tulion, su esposa, Theseus… y Argen.
"Su Excelencia. Padre. Madre. Hermano "saludó Gennewin con toda corrección. Elliot lo imitó con una inclinación.
Al verlos llegar, Argen frunció el ceño cuando notó que Elliot iba del brazo de Gennewin.
"Elliot Brown, ven aquí "ordenó.
Pero Gennewin lo apretó con fuerza para retenerlo, y Elliot solo pudo sacudir la cabeza en un gesto desesperado.
La marquesa, observando la escena, fue la primera en hablar:
"Dicen que nuestro Gennewin le ha causado muchas molestias. Le ruego nos perdone, Su Excelencia.
El marqués asintió rígido. Theseus, siempre rápido para medir el ambiente, permanecía en silencio.
"Ahora debemos llevarlo de regreso "continuó el marqués, sin mirar a su hijo. La vergüenza y el desprecio eran tan evidentes que Elliot sintió un nudo en el estómago. Miró de reojo a Gennewin, que permanecía impasible, como si estuviera acostumbrado.
"Ese chico incluso se ha atrevido a incomodar a la pareja de Su Excelencia… No puedo levantar la cabeza de la vergüenza "añadió la marquesa, mirando de soslayo los brazos entrelazados de Gennewin y Elliot, con lágrimas en los ojos.
El agarre de Gennewin perdió fuerza. En ese instante Elliot se vio reflejado en él. Esa actitud de ceder, de bajar la cabeza, de dejar que otros decidieran por uno… igual que él mismo, incapaz de decir nada cuando veía a Argen sonreír con Louren; igual que él, sonriendo falsamente frente al Emperador.
Y entonces, sin poder evitarlo, habló:
"Yo…
Apretó con más fuerza el brazo de Gennewin.
"¿Puedo decir algo?
"Habla, Elliot Brown "dijo Argen en lugar de los marqueses.
Elliot no dudó:
"Señor y señora Tulion, Gennewin está en esta casa porque yo se lo pedí al Gran Duque. No fue él quien insistió.
Su experiencia como trabajador en un café infantil emergió de golpe: no estaba defendiendo a un niño, sino enfrentándose a los padres.
"Nuestro Gennewin está en un estado de ansiedad muy grave. Aislado en su casa, sin comunicación con su familia. No tiene con quién hablar. Es un muchacho muy, muy solo.
Los Tulion y hasta Argen lo miraron extrañados, como si estuvieran frente a un ser de otro planeta. Theseus, en cambio, se esforzaba por contener la risa.
Elliot lo ignoró y volvió hacia Gennewin:
"Señor Gennewin, si su familia va a la finca… ¿por qué no quiere ir con ellos?
"Porque… es un asunto de familia "respondió evasivo.
El ambiente se tensó aún más.
"Gennewin, tú también eres de la familia "dijo la marquesa, nerviosa, mirando a Argen.
El joven no pudo contestar. Sus orejas estaban rojas, y su cuerpo temblaba de incomodidad.
Elliot insistió:
"Hace un momento habló de “su familia” como si no se incluyera. Díganme, ¿de verdad lo han tratado alguna vez como familia? ¿De verdad pueden asegurarlo?
"Ahora que lo mencionas… en los eventos familiares, Gennewin Tulion siempre estaba ausente "intervino Argen, apoyando sus palabras.
"Eso es porque siempre causaba problemas "interrumpió Theseus, ahora desatado". Y, además, ni siquiera comparte nuestra sangre.
Ha cometido muchos errores: mujeres, apuestas, derroches… Siempre hemos tenido que cubrir sus faltas. Nosotros tres hemos sido tan abnegados que casi nadie sabe que es adoptado.
Chasqueó la lengua.
"De hecho, muchos de los rumores recientes que dicen ser culpa mía… eran en realidad de Gennewin. Yo callé hasta el final para protegerlo.
Mentiras descaradas. Elliot, el único que conocía la verdad, rechinó los dientes.
"Todavía es un muchacho que necesita educación. Devuélvanoslo, Gran Duque "Thesiusinclinó la cabeza. La marquesa lloraba discretamente en su pañuelo; el marqués suspiró con resignación.
Pero Argen no respondió a ellos. Miró a Elliot.
"¿Y tú qué opinas, Elliot Brown?
El encuentro de sus miradas desató una oleada de ira en Elliot. Quiso golpearlo, como si aquella pregunta removiera viejas heridas: ¿Qué opinaba? ¿Por qué había reído con Louren? ¿De qué habían hablado?
Pero este no era momento de su rencor. Era momento de Gennewin. Y, al mismo tiempo, de enfrentarse a sí mismo.
Por primera vez en su vida, Elliot tomó una decisión: no callaría más.
Por Gennewin, despreciado por su familia.
Por sí mismo, que había vivido agachando la cabeza.
Elliot Brown, el escritor que siempre sonreía y cedía, decidió convertirse, por una vez en su vida, en un auténtico problema.
Capítulo 73
“Si miras al abismo, el abismo también te mira.”
Es decir, si te enfrentas a un problemón, el problemón también se te viene encima.
Elliot, que había tratado con más problemáticos que nadie, por supuesto conocía los distintos tipos que existían. Sabía cuál era la manera más eficaz de sacar a alguien de quicio y también que, dependiendo de la persona, había actitudes humanas que resultaban insoportables.
Lo cual significaba que, si se lo proponía, él mismo podía convertirse fácilmente en un problemón andante.
Muy bien. Es hora de mostrar la grandeza del doctor experto en fastidiar: Elliot Brown.
Elliot apartó el brazo de Genewiny dio un paso adelante.
"Si quieren llevarse a Lord Genowyn, tendrán que derrotar al Gran Duque primero.
Primera regla del problemón: hacer exigencias absurdas.
Ignorando la expresión de desconcierto de Argen, Elliot se plantó como un portero de palacio, con las manos en la cintura.
"Si logra cortar aunque sea un solo cabello del Gran Duque, entonces le entregaré a Lord Genowyn.
"¡Hablas sin sentido! ¿Acaso crees que eres alguien? Eres un simple sirviente.
El marqués de Tulion frunció el ceño.
"Sí, sí, soy un sirviente. Pero también soy el protector de Lord Genowyn. ¿Y usted qué es, mi señor? Usted será marqués de este imperio, pero con Lord Genewinapenas se trata, ni siquiera es cercano a él como yo lo soy. Por lo tanto, tampoco tiene derecho a reclamarlo.
Segunda regla del problemón: usar lógica absurda y sofismas con toda seguridad.
"En resumen: peleé con el Gran Duque y gane. Si no, no se lo lleva. No se lo lleva.
Tercera regla del problemón: insistir hasta el absurdo.
"¡Argh!
"Gran Duque, ¿va a permitir esa insolencia de un simple sirviente?
Mientras el marqués y su esposa hervían de rabia, Tessius sonreía con aire desdeñoso.
Pero Elliot captó enseguida que Tessius estaba calculando seriamente si podía derrotar a Argen en una pelea. Ese tipo está loco.
"Si me reta, aceptaré.
Pero el verdadero loco estaba a su lado. Argen ya había llevado la mano a la empuñadura de su espada.
Inmejorable. Con Argen Teron, autoridad suprema de lo problemático, sosteniéndose firme, el matrimonio Tulion tendría que desenvainar y vencer a un maestro espadachín para llevarse a Genowyn.
"¿De verdad tiene que ser con espadas? "preguntó Tessius.
"¡Tessius!
"¿De veras piensas enfrentarte al Gran Duque?
El marqués y la marquesa se giraron, horrorizados, hacia su hijo. Parecían no poder creer que aquel hijo suyo, siempre tan correcto, dijera algo tan temerario.
"Bromeaba. Pero aun así debemos llevarnos a Genowyn, ¿no es cierto?
"Aun así…
"Si lo dejamos aquí, nunca sabremos qué más problemas pueda causar. Marcharnos a Tulion era para silenciar los rumores, pero si dejamos la raíz del problema en la capital, ¿de qué servirá nuestra retirada?
Las palabras de Tessius hicieron vacilar al matrimonio. Elliot no podía quedarse atrás.
"Y por eso Lord Genewinlo detesta tanto, joven marqués.
Aquello hizo reaccionar con sensibilidad a Tessius por primera vez.
"¿Qué has dicho?
No bastaba con un problemón ordinario contra Tessius. Había que encontrar su punto débil, y su obsesión enfermiza por Genewinera justamente eso.
Así que Elliot desplegó la cuarta regla del problemón: el ataque personal.
"Lord Genewinodia que usted sea más bajo que él, odia su sonrisa fingida, odia hasta su voz y su forma de respirar.
"Oiga, escritor… yo nunca dije eso…
Genowyn, incómodo, le pinchó por la espalda.
"¿Qué importa ocultarlo ahora, Lord Genowyn? Dígalo claro: que odia a su hermano más que a nadie en el mundo.
Al oírlo, el matrimonio Tulion bufó por la nariz, con un aire de “bah, como si nuestro Tessius fuera alguien a quien pudiera odiarse, ¡es obvio que le tendría celos!”.
Pero Tessius no lo tomó así. En su interior, la rabia empezaba a hervir. Elliot lo notó enseguida.
"Genewinno me odia. Solo le intimido un poco. En su mundo, no existe nadie más que yo.
"¿De veras? Yo también existo. El Gran Duque también existe. Y tiene un montón de amigas.
"…Pero yo soy quien ocupa el lugar más importante. En su vida, yo soy…
"Eso será en su cabeza, porque yo nunca oí a Lord Genewinmencionar a su hermano. Yo pensé que usted para él no era nada. Cuando alguien odia demasiado, a veces borra al otro de su existencia.
Elliot parpadeó inocente mientras mentía. En realidad, Genewincasi todos los días le hablaba pestes de Tessius.
La marquesa ya se recostaba en el sofá, con la mano en la frente. El marqués estaba rojo de ira, pero parecía no atreverse a hablar contra Elliot, ahora que era conocido como amante del Gran Duque.
Y Tessius… Tessius solo veía a Genowyn.
"Genowyn, ¿huyes porque quieres que sea yo quien te atrape? ¿Por qué no sales de detrás de ese tipo vulgar y vienes con tu hermano?
Su tono era pegajoso y dulzón. Elliot miró a Genowyn: el chico temblaba, murmurando algo para sí mientras clavaba la vista en el suelo.
Bien, es el momento de un golpe final.
Elliot se volvió hacia Tessius.
"Qué raro, joven marqués. Con Genewinse muestra tan cariñoso… ¿Por qué será que él lo odia tanto?
"Exacto, bien dicho. "La marquesa se incorporó bruscamente". Siempre nos preocupó que Genewinfuera tan ingrato con un hermano tan bueno como Tessius.
Pero Argen la ignoró por completo y solo miraba a Elliot, así que la marquesa volvió a dejarse caer en el sofá.
"Genowyn, ya tienes edad para dejar las rabietas. Ven aquí de una vez. "El marqués suspiró, con un rostro avejentado de golpe.
"Eso, Lord Genowyn. Por lo que veo, su hermano lo quiere de verdad. "Elliot fingió ponerse del lado de los padres.
Y entonces Genewinhabló, apenas audible:
"Mi hermano es…
"¿Perdón? ¿Podría repetirlo?
"Mi hermano es… siempre ha sido así. Me arrebata la libertad, me manipula, me aísla… y luego finge ser un hermano cálido y amable.
Sus labios estaban amoratados, su voz temblaba. La habitación quedó en silencio.
"Lo odio. El escritor tiene razón. Para mí, mi hermano no es nada.
"Jajaja, hermanito querido, si estás enfadado, dilo. ¿Cómo que no soy nada para ti?
Tessius se acercó con una sonrisa forzada, pero Genewinretrocedió.
"¡Usted no me ama! ¡Y yo tampoco lo amo! ¡Para mí no significa nada! Desde pequeño ha sido así. Usted nunca podrá ser nada para mí.
Y aquello, estaba claro, Tessius se lo había buscado.
Elliot percibió que la paciencia de Tessius estaba a punto de romperse, así que lanzó el golpe definitivo. Se acercó a Genewiny lo abrazó por los hombros.
"Shhh… está bien, Lord Genowyn.
Le dio unas palmaditas en la espalda y susurró:
"Apóyese en mí.
Entonces.
Shiiing. Sonó el acero de una espada al desenvainarse.
¡Por fin! Tessius muestra su verdadera cara, pensó Elliot, mirando expectante…
Pero no era Tessius. El joven marqués lo miraba con ojos ausentes.
El que blandía la espada era Argen.
¿Y tú ahora qué?
"Apártate de Elliot Brown, GenewinTulion.
"Gran Duque, quédese quieto "replicó Elliot con frialdad.
¡Tch! Con Louren sí ríe y cuchichea, pero ahora se pone celoso de un abrazo estratégico. ¡Qué insoportable!
Mientras fulminaba con la mirada a Argen, Genewinmurmuraba apoyado en su hombro:
"Sí… es cierto. Mi hermano no es nada… para mí.
Elliot le echó otra mirada a Argen, como diciendo “cállate de una vez”, y estrechó más a Genowyn.
En ese instante, Tessius gritó con furia:
"¡Suéltalo!
Todos en la sala lo miraron, sorprendidos, salvo Elliot, que pestañeó con dulzura.
"Solo lo estaba consolando…
"¡Quita tus sucias manos de él! Genewines mío.
Alzó las manos, y en sus palmas estallaron llamas.
"¿Tessius…?
"¡Tessius! ¿Qué significa esto?
El matrimonio Tulion gritó horrorizado. Argen dio un salto al frente de Elliot con la espada desenvainada.
"¿Un mago…? "Genewinmurmuró, atónito.
Y Elliot, que tampoco lo sabía, se quedó con la boca abierta.
¿Cómo? ¿Un mago? Entonces… estoy bien jodido, ¿no?
De haber sabido que lanzaba magia, no me habría pasado tanto de listo.
El sudor frío volvió a recorrerle la espalda. Una espalda en la que, últimamente, nunca se secaba el sudor.
Capítulo 74
Tesio Tullion. Él había nacido mago. Desde muy temprano comprendió que lo era, y además que poseía un talento nada común.
Que el heredero de la casa marquesal de Tullion naciera con la rara sangre de mago ―tan escasa incluso en el Imperio― era un acontecimiento extraordinario. Pero jamás reveló aquel secreto.
Instintivamente pensó que la magia era su arma oculta. Y mientras más la mantuviera en secreto, más fácil parecía conseguir lo que deseaba. Así, cada vez que lograba un éxito, la gente lo alababa con mayor fervor.
Lo único que en su vida no pudo obtener fue el corazón de Denewin.
Por más que intentara dejar solo su nombre en el mundo de Denewin, este siempre se le escapaba. Aunque empleara la magia por él, aunque moviera influencias y tejiera intrigas, jamás lograba ganarse su afecto. Denewin siempre buscaba afuera.
Y aquel andar fuera de casa había terminado en esto:
Con mujeres pasajeras podía tolerarlo, incluso sin verles el rostro. Pero que ese arrogante y vulgar criado, Elliot Brown, fuese el que abrazara a Denewin… aquello encendió en Tesio un deseo de matar. Y esa intención homicida lo llevó a desatar su arma secreta.
"¡Te dije que lo soltaras!
Le lanzó fuego a Elliot. Todo su cuerpo ardía, como si hubiera perdido la razón. Nada ni nadie alrededor entraba en su visión; solo existían Denewin y Elliot, aferrados el uno al otro.
Por eso, cuando Argen cortó la bola de fuego con su espada frente a Elliot, Tesio quedó atónito. Apenas entonces se dio cuenta de que había alguien más en la sala, y que ese alguien había detenido su ataque.
"Recobra la razón, Tesio Tullion. ¿Acaso piensas desatar un frenesí aquí? "la voz de Argen fue gélida.
No parecía sorprendido por el hecho de que Tesio fuera mago. Simplemente se erguía delante de Elliot, protegiéndolo con la espada, los ojos afilados fijos en él.
Tesio estaba prácticamente al borde de un estallido mágico, un estado peligrosísimo. Argen fue el único en percatarse de inmediato. Por eso se mantuvo aún más sereno, para calmarlo. Azuzar a Tesio en ese estado sería peligroso para todos.
Elliot no conocía bien a los magos ni sabía qué era un “frenesí”, pero entendió lo esencial por la actitud de Argen. Soltó a Denewin y dio unos pasos hacia atrás, encogiéndose tras la espalda de Argen como un polluelo buscando refugio. Con un poco de suerte, pensó, Argen lo protegería.
Esa retirada, por fortuna, bastó para que Tesio se serenara. El fuego en sus manos se disipó y un silencio pesado llenó la sala.
"T-Tesio, ¿desde cuándo dominas la magia?" preguntó el marqués Tullion, tan pálido que parecía a punto de desmayarse sobre su taza de té.
La marquesa, rígida como una estatua de hielo, no apartaba los ojos de su hijo.
Que su primogénito fuera mago era en sí asombroso, pero todo mago debía registrarse en el Imperio desde la infancia. En otras palabras, su preciado hijo resultaba ser un mago ilegal.
"No hace mucho, padre" respondió Tesio, esforzándose en templar la voz.
"Los magos no se “crean” con el tiempo. Se nace siéndolo. Otra mentira más, Tesio Tullion" corrigió Argen con frialdad. Y tenía razón. La magia no se adquiría con entrenamiento; simplemente se nacía con ella, lo que hacía aún más raros y valiosos a los magos.
"Pero… él pasó todas las pruebas de manifestación mágica de niño…" balbuceó la marquesa, atónita.
Fue entonces cuando Denewin intervino con voz seca:
"En aquel entonces mi hermano me extrajo sangre.”
Recordó la escena de cuando recién había sido adoptado: Tesio lo ató y le sacó sangre con una jeringa. Desde entonces, Denewin desarrolló un pavor terrible a las agujas.
"Ah, ah, ah… qué memoria la tuya, Denewin. ¿Aún recuerdas eso? Tu hermano está encantado de que lo conserves en mente" rió Tesio, con una sonrisa viscosa y afectuosa.
A Elliot le recorrió la piel un escalofrío. No solo él: también Denewin y los marqueses se estremecieron, horrorizados, al verlo. Los padres lo miraban como si estuvieran viendo a un desconocido, y Denewin mostraba un gesto de puro asco.
Solo Argen mantenía el rostro impasible, aunque en su mirada se notaba un leve rechazo. Ya conocía, al parecer, la enfermiza obsesión de Tesio.
“No puedo dejar que Denewin se lo lleve… no así.”
Elliot se mordió la lengua, tratando de mantenerse firme. Se colocó frente a Denewin, apenas más pequeño que él, pero dispuesto a servir al menos de obstáculo.
"¿Eres realmente el Tesio que conocemos?" preguntó el marqués, como hablando al aire. Pero Tesio ya no prestaba atención a sus padres.
"Ven, Denewin. Si necesitas un abrazo cálido, aquí estoy yo" murmuró, avanzando unos pasos hacia él.
Afortunadamente para Elliot y Denewin, Argen se interpuso, alzando su espada y apuntando directo al cuello de Tesio.
"¡Su Excelencia el Gran Duque!" gritaron los marqueses al unísono.
Pero el cuerpo de Tesio se volvió difuso, y en un parpadeo apareció justo frente a Elliot.
Argen, veloz, giró la espada y casi le atravesó la espalda. De no haber usado otra vez la teletransportación, Tesio habría caído empalado. La hoja se detuvo a un pelo del rostro de Elliot, que tembló y buscó los ojos de Argen. Este retiró el arma y se inclinó hacia él.
"¿Estás bien…?" empezó a decir, pero un grito de Denewin lo interrumpió.
"¡Aaah!”
Todos voltearon. Tesio estaba tras Denewin, abrazándolo por el cuello con un brazo, mientras en la otra mano encendía llamas.
"Padre, madre. Nos veremos en la mansión de los dominios.”
Sus ojos brillaban de una mezcla de plenitud enfermiza y locura.
Si lo dejaban así, sin duda se llevaría a Denewin lejos, a un lugar inalcanzable. Nadie podría detener a un mago.
Elliot, desesperado, se quitó un zapato, listo para lanzárselo a la cabeza, recordando sus viejas destrezas de mesero arrojando toallas con precisión. Pero antes de hacerlo, escuchó la voz helada de Denewin:
"Antes de ir contigo… prefiero morir.”
Sacó de su ropa un puñal adornado con joyas.
"¿Qué? ¡Jajaja! Denewin, nunca serías capaz de quitarte la vida.”
"¿Ah, no? Pues lo intentaré.”
El puñal cayó al suelo, y sin titubear, Denewin lo clavó contra su propio cuello.
"¡No!" gritó Elliot, justo cuando Argen cubría sus ojos con la mano.
"Tranquilo. No ha muerto" susurró Argen, calmándolo. Retiró la mano poco a poco.
Ante ellos, Tesio bloqueaba la hoja con el dorso de su mano, sangrando, mientras Denewin, con el rostro crispado de náusea, lo empujaba con fuerza.
Herido, Tesio se dejó apartar fácilmente.
"Cada vez que haces esto, hermano… me aterras. Me conviertes en un loco, en alguien violento, y solo me entran ganas de morir. Te lo ruego… déjame en paz.”
"Denewin… ¿cómo puedes decirme eso, cuando yo te amo tan…?
"Hermano, te odio. Me resultas repulsivo.”
"¡Denewin!
Aquello parecía un grotesco drama de incesto. Elliot se quedó boquiabierto, presenciando el enfrentamiento cargado de una pasión enfermiza.
Entonces, un golpe seco: la marquesa se había desmayado, incapaz de soportar más. El marqués, atónito, no atinaba ni a socorrerla, mirando a Tesio como un pez fuera del agua.
"¿Sabes qué me dijo el escritor apenas oyó hablar de ti? Que eras un verdadero estorbo. Y tiene razón. Eres molesto, agotador… nada más que eso" dijo Denewin con voz firme.
Luego volvió la vista hacia Elliot.
"Gracias, escritor. Gracias por ponerte siempre de mi lado, por protegerme, por abrazarme antes… de verdad, gracias.”
Sus ojos se llenaron de lágrimas. Elliot, al ver su rostro a punto de quebrarse, mordió sus labios para no llorar también.
"Tenías razón: él no es nada. Y gracias a ti… he reunido valor.”
Denewin encaró de nuevo a Tesio, mirándolo de frente, sin apartar los ojos de aquel ser que ya no era más que un estorbo, un loco y un viejo punto débil.
"Todo lo que me hiciste… lo denunciaré al periódico.”
Y en ese instante, el protegido de Elliot se sostenía sobre sus propios pies.
Capítulo 75
Después de eso, todo se resolvió rápidamente.
Argen, sin dudar, dejó inconsciente a Theseus, que permanecía embobado mirando a Denewin, y luego llamó a Luer para que escoltara a Denewin hasta la sede del periódico. Después, casi arrojó a Thesius desmayado y a los marqueses dentro de un carruaje y los mandó de regreso.
Todo el drama de celos y el secuestro, que había tenido a todos con el corazón en un puño, perdió sentido cuando Argen resolvió la situación con una eficacia pasmosa. Luego, llevó al aún aturdido Elliot, que seguía en shock, hasta la biblioteca.
Lo sentó en el sofá y comenzó a frotarle las manos sin descanso.
"Elliot Brown, ¿vuelves en ti?”
Con la delicadeza de quien sostiene una porcelana a punto de romperse, Argen presionaba con firmeza las manos de Elliot, tan débiles y enfermizas que daban compasión.
Los dedos de Elliot estaban helados, demasiado delgados, con uñas que recordaban a almendras decorando un pastel. Argen, por un instante, pensó que si se llevaba esos dedos a la boca sabrían dulces… y enseguida sacudió la cabeza. El que debía recuperar la cordura era él mismo.
"Ya estoy en mí" dijo en voz baja.
Elliot lo miró extrañado ante esa declaración. Cerró y abrió la mano varias veces, luego tiró de Argen hasta hacerlo sentar a su lado.
"¿Denewin estará bien?”
"Luter es el caballero más fuerte después de mí. No te preocupes.”
Entonces, Argen lo miró con un dejo de confesión y dijo:
"Haber apuntado mi espada contra ti hace un momento… es una falta imperdonable como devoto. Pensé que el vizconde Tullion quería hacerte daño y no valoré la situación. Fue un error grave. Lo siento de veras, Elliot Brown.”
"No pasa nada. Me asusté un poco, pero… entiendo lo que quiso hacer, mi señor.
Elliot apretó las manos de Argen. El calor de las de él fue trasladándose poco a poco a las frías de Elliot.
"Además, tengo algo que decirle.”
Elliot pensó un instante cómo empezar. ¿Cómo hablar de manera que expresara sus sentimientos sin inquietar demasiado a Argen?
"Mientras no sea que quieres renunciar a tu trabajo, todo está bien" respondió Argen, frunciendo los ojos de manera tan graciosa que Elliot no pudo evitar sonreír.
"No, no es eso… En realidad, la última vez que fui al Café Sirena me encontré con el Emperador.”
"¿Qué?”
El rostro de Argen se volvió serio al instante, su voz se aceleró.
"¿Tu cuerpo está bien? ¿No te hizo daño ni usó magia contra ti…?”
"Estoy bien. Escuche primero, por favor.”
Elliot apretó más fuerte la mano de Argen. Aquel gesto, tan débil en comparación con la fuerza del duque, solo hizo que su expresión se ensombreciera más. Aun así, Elliot no lo soltó y confesó lo que llevaba tiempo guardando:
"El Emperador quiere que escriba su autobiografía. Parece que descubrió que soy el autor de Flor de la Espada.”
"¿Su autobiografía?”
El rostro de Argen se torció. No parecía comprender aquella orden imperial, y era natural, pues Elliot tampoco la entendía.
(Incluso con esa cara arruinada por la rabia, sigue siendo guapo…) pensó Elliot, sin que se le notara.
"Dijo que mientras acepte escribirla, no me tocará. Me amenazó un poco, pero nada más.”
"¿Amenazas? ¿Qué clase de amenazas?”
La sangre se le fue del rostro a Argen. Él más que nadie conocía la crueldad del Emperador. Había sufrido sus abusos durante más de una década.
"No puedes ir al Palacio Imperial" dijo con urgencia "Allí dentro, el Emperador hace lo que quiere. Afuera a veces se contiene, pero en su propio territorio… no hay límites. Créeme, Elliot Brown. Recházalo y aléjate de la capital por un tiempo. Entonces"
"¿Cómo dice? ¿Alejarme de la capital?" preguntó Elliot, atónito.
Quiso preguntar: ¿Y usted? ¿Se quedará aquí con Louren? Pero la mirada desesperada de Argen lo obligó a callar.
"Podrías ir al Castillo Teron. Incluso con Denewin si quieres. Mandaré a Luter contigo. Es un lugar frío, pero seguro y alejado del ojo del Emperador.”
Argen hablaba con ansiedad, como si ya estuvieran siendo perseguidos. Recordaba demasiado bien los días en que había visto morir a tantas personas y bestias bajo las manos del Emperador, los cuellos quebrándose, la sangre, y su impotencia al bajar la cabeza y soportarlo en silencio.
Solo imaginar a Elliot en las garras de ese monstruo lo hacía sentir que el mundo se le venía abajo.
Entonces Elliot lo abrazó con fuerza.
"Está bien. Iré. Me mudaré al Castillo Teron.”
No le reprochó por enviarlo solo ni le preguntó cómo dormiría por las noches sin él. En el rostro de Argen leyó algo más fuerte que cualquier justificación: miedo. Comprendió que la única persona capaz de doblegar al todopoderoso duque era el Emperador.
Ese mismo miedo lo había visto en Denewin cuando habló de su hermano.
Porque el miedo no siempre es temblar, también puede ser saber que uno no vencerá, bajar los ojos y aceptarlo sin remedio.
Así, aunque Argen nunca lo admitiera, tenía miedo del Emperador.
Elliot lo tranquilizó como solía hacerlo al dormir, dándole suaves palmadas en la espalda.
Está bien, está bien. Lo que temes no sucederá.
Y decidió abrazarlo en lugar de cuestionarlo. En ese momento, era Elliot quien debía volverse más fuerte.
***
En los días siguientes, un reportaje sobre Denewin Tullion arrasó en todo el Imperio, revelando que ThesiusTullion era un mago ilegal. Aunque no se mencionó su enfermiza obsesión por Denewin, su reputación quedó destruida, imposible de restaurar.
La mansión del Gran Duque también se llenó de agitación, pero por otra razón, se había anunciado que el adorado Elliot Brown partiría junto con Denewin hacia el Castillo Teron.
"¡Elliot! ¡Elliot, eres lo peor! " lloraba Mary, golpeándole el pecho con sus puños.
"¡Esto es traición! ¿Cómo puedes irte así al Castillo Teron? ¿Qué será de nuestros almuerzos?" gritaba Benny entre lágrimas.
"En mis tiempos también me trasladaban con frecuencia" dijo Henderson, ajustándose sus gafas de pinza "Pero siempre encontraba trabajo útil dondequiera que iba. Espero lo mismo de usted, joven Elliot.”
Todos, entre lágrimas y consejos, le regalaron guantes, abrigos y provisiones para soportar el frío del norte. Elliot, conmovido por el cariño del personal, terminó llorando también.
En su vida anterior, como Im Sung-sik, siempre había huido de un trabajo a otro perseguido por los acreedores de su padre. Entonces solo pensaba: Qué suerte si al menos no me odian por dejar todo atrás. Pero quizás, incluso entonces, sus compañeros habían sentido algo parecido a lo que ahora le mostraban.
Tras despedirse de ellos, Elliot se sentó a terminar una última carta encargada. La anterior la había roto, escrita con demasiada prisa por descubrir el deseo de Louren.
Esta vez escribió:
Al Gran Duque Argen Teron
Saludos, mi señor. Qué alegría poder escribirle otra carta en esta temporada de verdes plenos.
No sé si el obsequio que le entregué en su banquete de cumpleaños fue de su agrado. Pensé que una nueva máscara adornada con gemas sería mejor que la que usaba, y espero que la disfrute.
Desde que me dijo que cumpliría un deseo mío, me he sentido muy feliz. Quizás porque sé que es un hombre que no rompe sus promesas.
Aunque sus respuestas hayan sido breves y frías, recibirlas siempre fue un placer. Gracias a usted, escribir cartas se volvió más divertido para mí. No sé si fue igual para usted.
De ahora en adelante, cada vez que vea al cuervo negro, cada vez que visite a la gran tía, o cuando escuche las historias de Gruñón y Don Elegante, pensaré en usted. Recordaré este verano en que intercambiamos cartas.
Con aplausos al partir, Louren Fedet.
Elliot la repasó de principio a fin, la guardó en un sobre, lo selló y lo dejó en el cajón bajo llave. Mañana, de camino a su salida, la dejaría en el Café Sirena. Con eso, todo acabaría: él partiría hacia Teron, y el asunto de las cartas quedaría enterrado en el pasado.
Con un sentimiento agridulce, empezó a ordenar el escritorio… hasta que alguien abrió la puerta de golpe.
¿Ya ni toca antes de entrar este condenado?
"Denewin, al menos deberías llamar…”
"¡Escritor! ¿Qué hiciste?”
"¿Eh? ¿De qué…?”
¿Acaso lo había visto esconder la carta? Elliot, nervioso, movió la mano hacia el cajón, pero Denewin se adelantó con alarma.
"¡Ha venido alguien del Palacio! ¡Dicen que han venido a buscarte!”
…¿Qué?
Capítulo 76
“¿Cuál es su nombre?”
“Deil.”
“Ah, con que es el señor Deil.”
Elliot sonrió con calma y preguntó:
“¿Podría explicarme de qué se trata todo esto?”
Poco antes, Elliot había bajado a la sala de recepción porque le dijeron que el jefe de los sirvientes del palacio imperial había ido a verlo. Argen estaba en el campo de entrenamiento con los caballeros, así que tardaría un poco en llegar.
Elliot pensó a la ligera que solo debía entretener unos cinco minutos hasta que Argen apareciera. Pero, antes de poder siquiera saludar, el jefe de sirvientes lo declaró asunto urgente y lo empujó directamente dentro de un carruaje.
Y para colmo, Deil nunca respondía a sus preguntas. Aquello olía demasiado sospechoso. Elliot incluso consideró saltar del carruaje en movimiento, pero el estruendo de los cascos lo hizo desistir de inmediato.
“Ah, ya veo que no puede explicarlo. Lo entiendo, lo entiendo. Es un encargo de Su Majestad el Emperador, no tiene otra opción~.”
“……”
“Muy serio y callado, ¿verdad?”
¡Serio ni que nada! Desde el primer momento, Deil ‘ese tal jefe de sirvientes imperiales’ lo miraba por encima del hombro con desprecio. Cada vez que sus miradas se cruzaban, torcía la cara como si hubiera visto un insecto.
Oiga, que yo tampoco lo soporto a usted.
Elliot quiso decírselo, pero en su lugar se puso la misma coraza inexpresiva que había usado en sus breves días como dependiente de tienda. El que necesitaba información allí era él.
“¿Acaso me llevan directo a la cárcel~?” preguntó con amabilidad.
Deil frunció el ceño como si le costara contenerse.
“……No.”
“Entonces, ¿voy a ser recibido por Su Majestad el Emperador?”
“Exacto.”
¿Tan difícil es dar una respuesta larga?
Era incluso peor que Argen al principio. Elliot se burló de él por dentro, pero temiendo que se le escapara en el rostro, se limitó a sonreír más ampliamente.
El carruaje llegó por fin al palacio. Como Deil bajó sin siquiera invitarlo a descender, Elliot tuvo que saltar con apuro para alcanzarlo. El paso de Deil era sorprendentemente rápido, pero al menos los guardias no lo detuvieron: parecía que ya tenían la orden de dejarlo pasar.
Deil entró en la sala de audiencias. Parecía enfurecido de tener que salir a buscar personalmente a un simple plebeyo y, peor aún, amante de un noble, para traerlo hasta el Emperador.
“Espere aquí.”
Se marchó tan brusco que casi dijo “¡Espera ya!”. Elliot suspiró y se dejó caer en un sofá.
El palacio imperial era deslumbrante. Mármol, oro, piedras preciosas, flores frescas y obras de arte adornaban cada rincón. Caballeros con armaduras plateadas se alineaban como cuadros vivientes en pasillos y puertas.
Si el actual Emperador no hubiera asesinado al anterior príncipe heredero, aquel palacio habría sido el hogar de Argen. Elliot, que nunca había sido muy codicioso, se enfureció al pensar que Argen se había visto obligado a renunciar a todo eso.
Su resentimiento hacia el Emperador no dejaba de crecer. El pobre hombre lleno de celos e inseguridad había matado por poder, y aun después de obtenerlo seguía temblando de envidia ante Argen.
“Has venido, lord Brown.”
Justo entonces, el despreciable Emperador entró. Vestía como una verdadera imagen imperial: manto carmesí con piel de marta, corona dorada imponente sobre la cabeza y un cetro con un enorme joyel en la mano.
La ropa hace al hombre: parecía mucho más majestuoso y solemne que aquel día en el callejón. Incluso un poco más atractivo.
“Este humilde servidor vuelve a inclinarse ante Su Majestad.”
Con voz fría y sin adornos, Elliot se inclinó. Sin rodeos, preguntó:
“¿Con qué propósito me ha llamado, Majestad?”
“¿Deil no te lo dijo?”
“No, Su Majestad. El señor Deil no me informó de nada.”
“Mmm… Deil. ¿No te ordené que se lo explicaras? El lord Brown está a punto de recibir título de barón.”
El Emperador reprendió a Deil. Este solo bajó la cabeza en silencio.
Incluso ese regaño se sintió como si fuera dirigido contra Elliot, que se inclinó aún más.
“Yo me disculpo en su lugar. Deil es un aristócrata de hueso colorado, ya sabes. Ja, ja, como casi todos.”
El propio Emperador "el mayor representante del orgullo nobiliario" lo dijo con una sonrisa benévola.
“He oído rumores extraños, lord Brown. Que planeas marcharte a la región de Teron.”
“Ah, sí, así es.”
“¿Y no tienes nada que decirme al respecto?”
El tono era afable, pero Elliot percibió un enfado oculto. Inspiró hondo y soltó, tembloroso pero preparado:
“Majestad, yo deseaba de todo corazón aceptar el honor de escribir su autobiografía, pero por ciertas circunstancias inevitables debo trasladarme a Teron.”
El rostro del Emperador se endureció. En serio, al ponerse serio se parecía un poco a Argen, y el parecido lo hacía aún más intimidante.
“¿Circunstancias inevitables? ¿Cuáles?”
Claro que la verdadera razón era escapar del asesino que había matado al padre de Argen y que intentaba matarlo también a él. Pero no podía decir eso.
Elliot bajó la cabeza profundamente.
“En realidad, Majestad… soy un escritor retirado.”
Ya tenía preparada la historia. Si algo sabía todo trabajador eventual, era inventarse excusas creíbles. Elliot "Im Seong-sik Brown" era un maestro de la narración.
“Durante cuatro años apenas escribí cartas por encargo. Perdí la capacidad de escribir libros de verdad. Tan abrumado por la frustración, rompí mi pluma y me empleé como sirviente en la mansión del Gran Duque. Y entonces, cuando Su Majestad me pidió que escribiera su autobiografía, sentí que caía por un precipicio.”
Se agarró el pecho con expresión dolida.
“¡No soy capaz! ¡No soy digno de escribir la vida de Su Majestad!”
“Vaya…”
El Emperador frunció el ceño, conmovido por la actuación. Deil, detrás, se preguntaba incrédulo si el Emperador realmente se había tragado semejante historia.
“Entonces pedí consejo al Gran Duque. Le supliqué poder retirarme un tiempo para entrenar mi espíritu antes de atreverme a escribir. Y fue él quien me sugirió viajar a Teron para perfeccionar allí mi pluma.”
“No sabía que había tal motivo.”
“Es una vergüenza para mí, Majestad.”
Elliot bajó los hombros como un actor tras su escena dramática. El Emperador asintió pensativo.
“Bien. Entonces dejaremos lo de la autobiografía para cuando regreses de Teron.”
“¿Eh?”
Deil soltó un graznido ahogado como un pato estrangulado. Elliot mismo casi reacciona igual, pero logró mantener la compostura y se inclinó.
“Su Majestad es demasiado generoso.”
“Pero, ¿y ahora qué hago? Había preparado un obsequio para ti, pensando que aceptarías el encargo.”
“Oh, no hace falta―”
“De todos modos terminarás haciéndolo, así que no importa dártelo ahora. Deil, entrégaselo.”
“Sí, Majestad.”
Ignorando por completo la opinión de Elliot, Deil le dio una caja alargada y elegante de madera negra. Era claramente de gran valor.
“Acéptala.”
La orden era casi un mandato. Elliot, incómodo, la tomó y la abrió. Dentro había una estilizada pluma estilográfica de azul brillante.
“¡Uff…!”
Jamás había visto algo tan hermoso. Cuando era Im Seong-sik nunca tuvo una pluma propia, y como Elliot solo había usado baratas. De pronto se sintió como un gran escritor lleno de ambición.
“Practica con ella, y al volver escribe mi autobiografía.”
El Emperador le sonrió con una calidez que, de no conocer su verdadera cara, habría conmovido a Elliot hasta las lágrimas. Él siempre había sido débil ante la bondad ajena.
Así que aceptó la pluma, aunque a regañadientes.
“Bien, puedes irte.”
“¿Eh?”
“¿Qué pasa?”
“¿Yo? Ah, no, digo, ¿de verdad ya puedo marcharme así nomás?”
“Sí, vete.”
¿Ya está? Elliot lo miró perplejo, pero el Emperador ya salía de la sala. Deil señaló la ventana.
“El carruaje.”
“¿En serio puedo irme así, señor Deil?”
“……Váyase. Por favor.”
Así terminó, de la forma más insípida, la excursión de Elliot al palacio imperial.
Capítulo 77
Al regresar al ducado, Elliot se dirigió de inmediato a la biblioteca. Estaba seguro de que Argen debía de estar preocupado por él. Pero no había nadie allí.
"Señor mayordomo, ¿sabe acaso dónde se encuentra Su Excelencia el Gran Duque?" preguntó Elliot al encontrarse en el pasillo con Henderson.
El mayordomo lo miró con incredulidad.
"¿Cómo es que está aquí?
"¿Eh?”
"Su Excelencia partió de inmediato hacia el Palacio Imperial diciendo que iba a buscarlo personalmente. ¿No se encontraron?
¿Argen fue al palacio?
El rostro de Elliot se ensombreció.
No se habrá cruzado con el Emperador, ¿verdad? Apenas se entere de que no estoy allí, saldrá enseguida…
…¿o no?
***
Lamentablemente, Argen llevaba ya más de una hora esperando al Emperador en la sala de audiencias. Al menos había sabido que Elliot había regresado a la mansión, lo que le dio un respiro, pero el mayordomo mayor insistió en que, estando allí, debía esperar al Emperador.
Casi dos horas después, el Emperador finalmente apareció. Llevaba aún el uniforme ceremonial, brillante y regio, como si viniera directamente de sus deberes de Estado.
Si Elliot Brown hubiera visto semejante escena, se habría intimidado de inmediato, pensó Argen. Y no se equivocaba.
"Mi querido sobrino" dijo el Emperador con fingida calidez "¿Qué milagro te trae por el palacio?”
"He venido a preguntar por la salud de Vuestra Majestad. Perdone no haber enviado un mensaje previo y presentarme con tanta prisa.”
"No esperaba semejante consideración de tu parte. Estoy conmovido.
El Emperador sonrió benignamente y luego, con tono lánguido, preguntó.
"¿No será que viniste porque sabes que he matado a Elliot Brown?”
"¿…Qué?”
Los labios de Argen se pusieron blancos de golpe, y toda la sangre subió a su rostro hasta enrojecerlo. Tras la máscara, sus ojos se agrandaron, rígidos de horror. El Emperador, al ver esa reacción, soltó una sonora carcajada.
"¡Jajajaja! Era una broma, solo una broma. Qué ingenuo eres, Argen.”
Rió largo rato, como si de verdad lo divirtiera.
"Elliot Brown ha vuelto a casa. Me mintió de forma tan descarada que por un momento consideré matarlo por insolente…" dijo, y con un gesto ordenó que el mayordomo trajera un documento sobre un cojín de seda negra.
Argen lo tomó y al leerlo, su rostro se endureció.
"He pensado en un plan mucho mejor. Si firmas este contrato mágico, dejaré en paz a Elliot Brown.”
Un contrato mágico: un documento que, al firmarse, ataba el alma o la vida del firmante al acreedor de forma absoluta. En la parte superior estaba escrito con claridad. Contrato de Propuesta de Matrimonio.
"Es un contrato en el que prometes pedir en matrimonio a Louren Fedet. La vida de Elliot Brown depende de ello.”
"Mientras Elliot Brown permanezca a mi lado, jamás podrá arrebatarle la vida" gruñó Argen.
La intención asesina que emanó de él fue tan fuerte que los caballeros presentes llevaron la mano a sus espadas. Sin embargo, el Emperador permaneció imperturbable.
"¿De verdad crees eso? Inténtalo, te reto.”
Con otro ademán, el mayordomo recogió el contrato.
"Imagino que sabes que nuestro mayordomo es también un mago" añadió el Emperador, señalando a Deil, que estaba a su lado.
Argen lo sabía, podía sentir la energía mágica en él.
"Pues bien, ese mismo mago entregó hace poco un obsequio a Elliot Brown.”
El corazón de Argen dio un vuelco. El Emperador se relamió de gusto al ver su reacción.
"Una pequeña baratija encantada. Resulta ser una bomba mágica con temporizador. Muy poderosa.”
"¡Vuestra Majestad…!" Argen rechinó los dientes.
La hostilidad era tan evidente que cualquiera podía percibirla. Los caballeros desenvainaron sus espadas.
"Entonces, dime Argen: ¿firmarás este contrato?" preguntó el Emperador con una sonrisa.
Por un momento, Argen contempló seriamente asesinarlo allí mismo. Sus dedos se crisparon, deseando desenvainar su espada. Pero si lo que decía era cierto, la muerte del Emperador significaría también la de Elliot en la mansión. Como siempre, se vio forzado a bajar los ojos.
"…Firmaré.”
"Excelente. Muérdete el pulgar y usa tu sangre.”
El Emperador sonrió satisfecho.
***
Cuando Elliot supo que Argen había regresado, corrió a la biblioteca. Pero allí no estaba: debía haber subido directamente a su habitación.
"Nos cruzamos "murmuró, pero con una sonrisa. Decidió esperar en la biblioteca.
Mientras lo hacía, empezó a curiosear. Vio estantes repletos de volúmenes densos y complejos. No era raro que Argen llevara cada noche un libro distinto a su habitación. Luego, su mirada cayó sobre el escritorio, abarrotado de papeles y libros. Encima había varias cartas.
"¿Eh…?2
Eran las cartas que Elliot mismo había enviado, bajo el nombre de Louren Fedet.
¿Por qué las estaba releyendo todas…?
En ese instante, la puerta se abrió. Elliot dio un salto, alejándose del escritorio. Argen entró, y al verlo, corrió de inmediato hacia él, examinando su cuerpo de arriba abajo con urgencia.
"¿Estás bien?”
"¿Eh? Ah… sí, sí, estoy bien, de verdad.”
Pero Argen no parecía convencido. Para demostrarlo, Elliot hizo unas sentadillas.
"¡Mire! Hasta puedo hacer esto.”
"Las rodillas te entran demasiado hacia dentro… No, espera, no es momento para eso, Elliot Brown.”
Recobrando el sentido, Argen lo sujetó por los hombros.
"¿Acaso recibiste algún obsequio del Emperador hoy?”
"Sí, una pluma estilográfica.”
Elliot sacó la caja de su bolsillo, pero Argen se la arrebató enseguida.
"¿Por qué…?”
"Está encantada con magia explosiva. Debemos destruirla.”
"¡¿Qué?!”
Elliot levantó las manos en señal de rendición.
"No la toqué, lo juro. Está intacta.”
Argen revisó meticulosamente sus manos y, al no hallar nada, sonrió aliviado. Ver la curva suave de sus labios bajo la máscara hizo que Elliot sintiera un cosquilleo extraño en el pecho.
¿De verdad me está gustando esto… en este momento?
"Ya me parecía raro que el Emperador me dejara ir tan fácil" dijo Elliot. "En fin, si desechamos la pluma, todo irá bien. Podré regresar sano y salvo al territorio Teron.”
El propio Elliot, quien había estado a punto de ser víctima, terminó consolando a Argen. El duque acarició su cabello y asintió.
"Tienes razón. Todo estará bien.”
Sonaba más como si intentara convencerse a sí mismo.
Elliot lo abrazó con fuerza, y Argen lo estrechó a su vez, apoyando la frente en su hombro. Elliot, al sentirlo casi como un niño pidiendo consuelo, lo acarició en la espalda.
"Yo mismo te compraré cien plumas nuevas.”
"Con una basta" rió Elliot.
Pero entonces su mirada volvió hacia el escritorio, hacia aquellas cartas.
Argen lo soltó poco a poco, y Elliot lo miró con duda.
"Su Excelencia… ¿esas cartas del escritorio…?”
De repente, Argen se movió para cubrir el escritorio con su cuerpo. Creía hacerlo disimuladamente, pero Elliot lo notó enseguida.
"¿Las viste?”
"No, no llegué a leer nada, solo…”
"Son cartas de trabajo, de otros nobles.”
¿Por qué me miente…?
Argen recogió torpemente las cartas y las escondió bajo unos libros. Su torpeza era incluso graciosa… pero Elliot no pudo sonreír. Argen nunca había mentido de forma tan evidente.
Lo estaba ocultando. Quizá porque había estado leyendo una y otra vez las cartas de Louren. Tal vez porque no quería que Elliot lo supiera… o porque se sentía reacio a dejar atrás esa correspondencia.
Un malestar profundo se apoderó de Elliot.
"Será mejor que descanses. Para viajar al territorio Teron necesitarás fuerzas.2
Ahora esas palabras sonaban como un “vete de una vez”. Elliot apretó los labios y salió de la biblioteca.
"Qué rabia…" murmuró.
Pero lo peor llegó esa misma tarde. El periódico vespertino anunció un escándalo que sacudió al imperio entero:
[¡Última hora! ¡El Gran Duque Argen Teron propone matrimonio a la ‘Pieza de Dios’, Louren Fedet!]
Capítulo 78
¿Una propuesta de matrimonio? ¿Argen a Louren? ¿Por qué? ¿Cuándo? ¿Dónde, qué…?
Elliot, atónito, siguió en su mente las seis preguntas básicas de manera mecánica antes de dejar el periódico a un lado. Denewin, que había traído el periódico, observaba su reacción con cautela.
"Escritor, ¿no iba todo bien entre usted y el Gran Duque? Si hasta vino a pedirme consejos de amor aquella vez…”
Elliot no respondió.
Él también lo creía. Incluso había llegado a pensar seriamente en casarse con Argen. El rostro y las palabras que Argen le mostraba eran, sin duda, las de un hombre enamorado, y Elliot no era ningún tonto.
Argen todavía pensaba que solo era un simple fan obsesionado con él, pero… ¿qué persona se limita a ser solo un “fan” después de dormir juntos y de haberse besado? Si su compañera Suji de los tiempos de Im Seongsik lo hubiera sabido, seguro se habría golpeado el suelo a gritos.
De todos modos, Elliot estaba convencido de los sentimientos de Argen hacia él. Y también creía que Argen sabía que él lo quería.
Entonces, ¿por qué había salido esa noticia?¿Por qué justo el mismo día en que lo había sorprendido leyendo con fervor la carta de Louren, apareció un artículo diciendo que le había propuesto matrimonio?
"Tal vez… cambió de sentimientos.”
Denewin lanzó la hipótesis sin medir sus palabras.
"Mire al Gran Duque, incluso con máscara es guapísimo y, aun así, jamás ha tenido un escándalo. Todas las columnas de chismes eran mías, ¿no? Yo pensaba que él era incapaz de amar a nadie.”
"… ¿Y?”
"¡Y entonces! Probó estar con usted, se dejó llevar por esas emociones ardientes y… pues, tal vez… como yo… se le abrió el apetito en otras direcciones… no sé…”
La voz de Denewin se fue apagando, porque los ojos de Elliot ardían en llamas de furia. Al instante, cerró la boca y, con disimulo, recogió el periódico de la tarde y salió de puntillas del cuarto.
Elliot no creía que Argen se hubiera convertido en un mujeriego como Denewin. Que la propuesta hubiera ocurrido tras reunirse con el Emperador y que apareciera en los periódicos al día siguiente solo podía significar que había intervención imperial. Además, Elliot recordaba perfectamente que el Emperador le había confesado en persona que pensaba casar a Argen con Louren.
Y aun así, eso no mejoraba lo que sentía. Lo que no dejaba de atormentarle era la imagen de Argen leyendo con tanto esmero la carta de Louren, o el recuerdo de la fiesta de cumpleaños: la forma en que había conversado con ella, la manera en que le sonrió.
¿Así que… era su prometido?
De golpe, Elliot se levantó resoplando. Camembert, sorprendido, lo escuchó gruñir a su lado, pero Elliot no necesitaba excusas esta vez.
"Camembert, dicen que el Gran Duque podría casarse.”
Sin más, abrió la puerta hacia el cuarto contiguo: la habitación de Argen. Todavía no había regresado.
“¿Leyendo el artículo junto a tu futuro esposo, quizás?”
Elliot, con los ojos llameantes, se acercó a la cama. Con rabia, sacudió las sábanas y hasta aporreó la almohada del lugar donde Argen dormía.
Pero como no llegaba, cruzó los brazos y miró con rencor el reloj.
7:05.
Cinco minutos. Nada menos que 300 segundos. La idea de que Argen hubiera pasado esos 300 segundos leyendo el artículo junto a Louren lo hacía hervir.
Resoplando, abrió un poco la ventana, soltó las cortinas, masculló maldiciones y, mientras tanto, puso a hervir agua para preparar té de lavanda. El aroma floral llenó la habitación con la brisa veraniega.
7:10.
¿Todavía nada? ¿Diez minutos tarde? ¡Seguro ya hasta celebraron la boda!
Temblando de rabia, Elliot removía el té con una cuchara de plata, sin darse cuenta de que, pese a su furia, su cuerpo seguía cumpliendo tareas domésticas con diligencia.
“Dios, me hierve la sangre… Cuando llegue, le haré probar mi puño de fuego, yo, Elliot Im Seongsik Brown…”
"Elliot Brown.”
La voz, que debía haber sonado diez minutos antes, por fin lo llamó. Elliot se giró bruscamente.
"¿Por qué llega tan tar…!”
"Perdón. Me retrasé, tenía que hablar con Louren Fedetten.”
"Hola, Elliot. Ya llegué.”
A su lado, junto al enmascarado Argen, estaba Louren. Elliot se quedó inmóvil, mirando a ambos, que se veían tan bien juntos que dolía.
"¿P…por qué… ustedes dos, juntos en la habitación…?”
"Le dije que no viniera, pero insistió en seguirme" respondió Argen, molesto.
Louren, en cambio, sonrió fresca y saludó con la mano.
"Solo vine a saludar a Elliot. ¿No es un honor?”
"Es una molestia.”
"Le preguntaba a Elliot, no a usted.”
"Lo que yo diga es lo que Elliot Brown piensa.”
La discusión entre ellos sonaba, para los oídos de Elliot, como una charla cómplice de pareja.
Una hermosa pareja. Pronto esposos. Caminando bajo un arco adornado con hojas verdes y flores blancas, intercambiando anillos, sellando su amor con un beso…
Elliot, que en su vida pasada había trabajado un tiempo como ayudante en un salón de bodas, no pudo evitar imaginar la escena con Argen y Louren. Y esa imagen, que les quedaba tan bien, lo llenó de una amarga desesperación.
Apretó los puños. Como siempre que se enfadaba, las comisuras de sus labios se alzaron en una sonrisa forzada.
"Lo siento, pero estoy en horario de trabajo. Louren, gracias por pasar a saludar. Gran Duque, ¿quiere ponerse el pijama? Empezamos en cuanto regrese~”
"…Está bien.”
"Elliot, no trabaje demasiado. De todos modos, pronto se irá a la tierra de Teron, ¿no? Bueno, me voy. Adiós.”
Louren salió del cuarto junto a Argen. Este, antes de irse, lanzó una mirada a Elliot, pero él fingió estar ocupado preparando más té.
En cuanto se fueron, Elliot dejó caer la tetera.
"Parecen un par de tortolitos…”
Con solo estar juntos, parecían irradiar dulzura. Elliot ya no sabía si era su imaginación o si realmente había algo especial entre ellos.
"Al diablo, mejor pregunto directamente.”
Era preferible enfrentar la verdad que seguir torturándose con dudas.
¿Y si de verdad se casaban? Elliot ni quería pensarlo. Pero si lo supiera con anticipación, podría marcharse a Terron y buscar de nuevo un propósito para su vida.
‘Aunque se casen… ¿con qué derecho podría yo oponerme?…’
En realidad, él y Argen ni siquiera eran oficialmente pareja. Sí, se habían besado y compartido cama, pero Elliot no era un adolescente ingenuo, sino un hombre adulto que venía de la Corea contemporánea, alguien que había hecho el servicio militar. Hoy en día, hasta había aplicaciones para conseguir pareja de una noche con unas cuantas conversaciones.
Por eso la gente se declaraba oficialmente “desde hoy estamos juntos” y se ponían anillos de pareja.
Elliot había esperado que Argen se diera cuenta por sí mismo de sus sentimientos. Pero el tiempo nunca había estado de su lado.
Con los hombros caídos, salió del cuarto y bajó al primer piso.
Allí, junto a la puerta principal, vio a Louren despidiéndose, con Argen a su lado. Detrás de ellos estaban Henderson, la señora Megan y varias doncellas alineadas, esperando a que terminaran los saludos.
Elliot se colocó al final de la fila, en silencio.
Louren, antes de marcharse, tocó suavemente el brazo de Argen.
"Entonces, envíe mañana mismo la carta de propuesta al palacio imperial.”
"Así lo haré.”
"¿Y se lo dirá a Elliot?”
"Sí. Hoy mismo.”
Al escuchar eso, la mente de Elliot quedó en blanco.
Así que era cierto. Se casarían. Tan de repente. Sin decirle nada a él.
Claro, ¿qué esperaba? ¿Una explicación? Él no era más que alguien a quien se le podía dar un aviso de último momento.
Algo dentro de Elliot murió en ese instante. Y, con ello, regresaron todas esas voces del pasado:
“Haz lo que te digan, sin protestar.”
“Tú no, que salga el encargado.”
“¡Tú quién te crees para darme órdenes!”
“Seongsik, no puede ser tan egoísta, piense en los demás.”
“Arrodíllate y pide perdón.”
Todas aquellas frases que había escuchado trabajando en servicios temporales tenían el mismo trasfondo: “No eres alguien importante.”
El tuteo condescendiente, la violencia verbal, las exigencias irracionales, la falta de respeto. Todo quería decir lo mismo: “Tú no importas.”
Elliot se dio la vuelta y subió lentamente al tercer piso. Entró en la habitación de Argen, se sentó en el sofá y esperó obedientemente a que su superior llegara.
Al poco rato, Argen entró a paso rápido.
"¿Has esperado mucho, Elliot Brown?" le sonrió.
Pero Elliot no le devolvió la sonrisa.
"Tengo algo que decirle, mi señor.”
Se puso de pie, con las manos juntas a la altura del abdomen. Tras una profunda respiración, habló en voz baja:
"No iré a la tierra de Teron.”
Capítulo 79
“¿Qué significa eso?”
Argen alzó una ceja. Parecía no comprender lo que acababa de oír.
Elliot podía entenderlo: ni siquiera él mismo aceptaba con facilidad sus propios cambios de ánimo. Pero una vez pronunciadas, sus palabras se convirtieron en un muro firme en su corazón.
“Le he dicho que no quiero ir al territorio de Teron.”
“Te advertí que sería peligroso si no vas.”
“¿No cree que eso es solo su opinión, Gran Duque?”
“……¿Y ese tono de repente? ¿Estás enojado conmigo?”
¿Enojado?
Claro que estaba enojado, maldita sea. ¿Cómo no iba a estarlo, si el hombre con quien estaba enredado aparecía de repente, en secreto, diciendo que se iba a casar? ¿Y además planeaba mandarlo lejos, al campo, justo después de casarse?
Elliot quería gritarlo en ese mismo instante. Pero sabía que esa conversación terminaría en pelea, y al final sería él quien tendría que cargar con las consecuencias. Así que sonrió, como si atendiera a un cliente difícil, con los músculos faciales moviéndose solos.
“No estoy enojado, Su Excelencia. Discúlpeme, pero pensándolo bien, también creo que Camembert, tendría problemas viajando tan lejos. Además, si quiero asistir a su boda, ¿no sería mejor que me quede en la capital?”
“……Conque era eso.”
Argen soltó un suspiro. Se quitó la máscara y lo miró de frente. Un ataque directo de belleza celestial que casi lo tambaleó. Pero Elliot se reafirmó: no volvería a sucumbir ante esa cara bendecida por los dioses. No cuando tanto rencor lo dominaba.
“Iba a decírtelo. Ven, siéntate.”
Argen se sentó en la cama y dio palmaditas a su lado. Elliot permaneció de pie junto al sofá, con una sonrisa impecablemente cortés.
“Estoy bien aquí. ¿Cómo podría un simple sirviente de alcoba sentarse al lado del Gran Duque? Me quedaré en mi sitio, Su Excelencia~”
Entonces Argen se levantó y lo rodeó con los brazos. Elliot quedó rígido, como un hombre de hojalata sin corazón.
“Suélteme, Su Excelencia~”
“Hice un contrato con el Emperador.”
Argen lo abrazó más fuerte al confesarlo.
“Me ordenó proponer matrimonio a Louren Fedet. Así que decidí limitarme a enviar la propuesta escrita.”
“¿Sólo… la propuesta?”
“Sí. El contrato no dice que deba casarme, solo que debo proponerlo.”
Mientras hablaba, apartó los rizos castaños de Elliot hacia atrás, descubriendo su frente blanca y redonda. Sonrió, y sus labios "templados pero un poco ásperos" descendieron suavemente sobre aquella piel.
“Lo siento. No pude explicarte antes. Louren Fedetten vio el artículo y montó un escándalo, así que tuve que aclararle el contenido del contrato primero.”
Elliot quería recriminarle, decirle que aún sentía un vacío y que parte de su confianza se había roto. Pero antes de poder hablar, los labios de Argen rozaron sus párpados.
“Elliot Brown, tú…”
Besó sus pestañas, primero hacia abajo, luego hacia arriba.
“Hmm…”
“Hasta tus pestañas parecen hechas para mí.”
“……Yo solo nací así. Mis pestañas son eso, pestañas.”
Elliot refunfuñó para desviar la tensión. Argen rió suavemente y ahora besó la punta de su nariz.
“Tu nariz tiene la forma que más me gusta.”
“……Deje de fastidiarme, Su Excelencia.”
“Curioso, pese a tu buen carácter, siempre te irritas con facilidad. Incluso juras mucho, ¿lo sabías?”
“¿Y por eso le propuso matrimonio a Louren?”
“Jamás me dejo ganar.”
El beso se deslizó al borde de sus labios, tentador. Estaba a punto de reclamar los labios enteros cuando Elliot lo apartó bruscamente.
“De todas formas, pienso lo mismo. Haya hecho o no un contrato, no iré a Teron. Me quedaré aquí y observaré con mis propios ojos si Su Excelencia se casa o no con Louren.”
“Elliot Brown…”
“Entiendo su situación.”
Su voz sonaba tranquila, firme. Ya no tenía la mano en el vientre como solía hacer nerviosamente. Ahora sus ojos miraban sin titubeo a Argen, y su expresión mostraba la resolución de alguien que ha tomado una decisión.
“Pero al menos una vez, entienda también la mía. No sé por qué me siento así, pero ya no quiero ser alguien que pueda ser apartado sin más. No quiero eso… Simplemente no lo acepto.”
Dicho esto, se dirigió a la cama, levantó las sábanas y murmuró:
“Cámbiese de ropa, Su Excelencia. Le prepararé la cama.”
Aun con un nudo en la garganta, Elliot mantenía la profesionalidad de su labor de sirviente de alcoba. Argen lo observó un instante, y luego avanzó. De repente, se arrodilló sobre una rodilla y tomó la mano de Elliot.
“¿Qué… qué hace?”
Elliot intentó apartarse, pero la fuerza de Argen lo superaba. Y entonces el Gran Duque hincó también la otra rodilla.
“¡Su Excelencia!”
Argen lo miró desde abajo, como si venerara a un dios.
“Fui un necio.”
“Por favor, levántese primero…”
“¿Acaso no es natural que el culpable se arrodille y pida perdón?”
“Pero eso de arrodillarse…”
“Si cometí un error, me disculpo. Ese es mi principio.”
Elliot quedó aturdido, y terminó arrodillándose también.
“¿Y tú por qué te arrodillas?”
“Se me salió solo… Pero levántese usted primero.”
En su mundo, los de su clase eran los únicos que debían arrodillarse. No alguien como Argen. ¿Alguien como Argen…? ¿Qué significaba siquiera “alguien como Argen”?
“Tú no me hiciste nada malo. Has sido paciente y tolerante conmigo desde el inicio. Incluso cuando te juzgué y te acorralé, siempre me perdonaste. Y ahora, si de nuevo el error fue mío, ¿no soy yo quien debe arrodillarse?”
“……Sí.”
Elliot asintió, y Argen sonrió.
“Entonces levántate, Elliot Brown. Escucha mi disculpa.”
Elliot se puso de pie lentamente. Argen llevó la mano de Elliot hasta su propia frente, como en un acto sagrado. Tan solemne que parecía un arcángel en un vitral.
“Lo juro. Tras enviar la propuesta a Louren Fedet, en un mes la romperé. Y durante ese mes, mientras tú estés en Teron, reuniré un ejército.”
“¿Un ejército?”
“Sí. Me prepararé a fondo… para derrocar al Emperador.”
“¿Está hablando de… rebelión?”
Elliot casi se atragantó del susto. Argen presionó los labios contra el dorso de su mano.
“No sabes cuánto quise matarlo antes. Y entonces comprendí, siempre quise matarlo, pero me contuve.”
Por fin brillaba aquella faceta del Argen sanguinario de la obra original. Elliot ni siquiera pudo responder, balbuceando torpemente, mientras Argen volvía a apoyar la frente contra su mano.
“Si se trata de mí, puedo soportarlo. Incluso la historia de mis padres, a quienes nunca conocí, puedo soportarla. Pero no permitiré que el Emperador te me arrebate.”
“Yo… yo estaré bien, Su Excelencia. No necesita matarlo"”
“Elliot Brown. El Emperador jamás suelta una presa hasta que se aburre de ella.”
Y cuando se aburre, la devora.
Argen no dijo esas últimas palabras, pero su rostro dejaba clara la crueldad del desenlace.
Elliot lo miró, un hombre aferrado a su mano como a un salvavidas, besando su piel como un devoto ante un dios.
“Entonces respóndame solo una cosa, Su Excelencia.”
“Lo que quieras.”
“¿Me ama?”
Argen se quedó inmóvil, sorprendido, parpadeando como si masticara la pregunta.
“No me refiero a devoción ni fanatismo. Hablo de amor.”
Elliot lanzó una roca gigantesca al corazón de Argen.
“¿Me ama?”
La onda lo sacudió entero.
“El amor… sí, eres adorable, pero eso es distinto a…”
“Su Excelencia. Amar no es solo desgarrar el corazón y derrumbar el mundo para volver a alzarlo.”
Elliot se arrodilló sobre una rodilla y lo miró a los ojos.
“Cuando le digo que lo amo, siento que la alegría me desborda el pecho… eso también es amor, en mi opinión.”
Y lo besó.
Alégrese. Por favor, alégrese.
Dígame que me ama.
Y Argen se sintió feliz. Su pecho se hinchó. Era como beber miel dulce. ¿Esto también era amor? Entonces yo…
Cuando abrió la boca para hablar, un dolor atroz le oprimió el corazón. El aire se le escapó, la vista se tiñó de negro.
Antes de perder la conciencia, lo último que vio fue a Elliot, envuelto en un resplandor rojo que cubría todo su cuerpo.
Capítulo 80
“¡Mi lord! ¡Mi lord!”
Elliot sacudía a Argen desesperadamente, pero él no mostraba señales de volver en sí. Su rostro tenía un tono plomizo con un matiz azulado, y sus labios estaban casi blancos. En resumen… parecía un cadáver.
Con dedos temblorosos, Elliot llevó la mano bajo la nariz de Argen. Un soplo débil rozó apenas su piel antes de desvanecerse. Por lo menos seguía vivo. Con ese mínimo alivio, Elliot abrió de golpe la puerta de la habitación y gritó:
“¡El Gran Duque se ha desmayado! ¡Alguien, ayúdennos!”
***
“Es una magia muy poderosa. La medicina no servirá para curarlo.”
El barón Chester, médico de cabecera, habló con voz frustrada, inclinando la cabeza como si hubiera perdido toda su dignidad profesional.
“Llamaré a un mago de la Casa Teron.” dijo Henderson, que salió apresuradamente de la habitación.
La señora Megan, con semblante sereno pero manos temblorosas, empapaba un paño en agua caliente y limpiaba una y otra vez la frente, los labios y el cuello de Argen. Pero su temblor no hacía sino agravar la pesadumbre de la escena.
Elliot, sentado justo al lado, sujetaba con fuerza una de las manos de Argen, los ojos cerrados mientras rezaba en silencio:
Despierta. Levántate. ¿Qué te pasa? ¿Por qué estás así? Decías que eras el más fuerte de este mundo… Por favor, abre los ojos.
Su pecho ardía como si naufragios enteros se estrellaran dentro de él. Sentía que el corazón se le había caído hasta el estómago y que un tinte negro lo cubría todo por dentro. Conocía bien esa sensación.
La había sentido cuando su padre lo abandonó.
Y ahora se repetía.
Por favor, mi lord… no me deje también usted.
De pronto, un mago apareció de golpe, como si hubiera llegado por teletransportación, pálido y jadeante, acompañado por Henderson. Apenas vio a Argen, el mago se sobresaltó.
“Esto es magia negra. Un hechizo muy retorcido… no sé qué condiciones lo activaron, pero es una de las formas más dolorosas de asesinato: el corazón empieza a pudrirse poco a poco.”
La atmósfera de la habitación se volvió aún más opresiva. Todos, con rostros pálidos, empezaron a interrogarlo:
“¿Se puede curar?”
“Por favor, salve al Gran Duque.”
“¿Hay alguna esperanza?”
Pero el semblante del mago solo mostraba oscuridad.
“Al ser magia, se necesita un antídoto mágico. Y para este tipo de hechizos, cuya estructura es tan complicada, solo funcionará el antídoto creado por el propio lanzador…”
“¿El Emperador…?” murmuró Elliot. Todos se estremecieron al escucharlo, pues habían pensado lo mismo, pero ninguno se había atrevido a pronunciarlo.
“Iré al Palacio Imperial. Le suplicaré que me dé el antídoto.” dijo Elliot, poniéndose de pie.
“¡Es muy peligroso, joven Elliot!” Henderson se plantó frente a él con firmeza. “Su Majestad no entregará el antídoto.” añadió la señora Megan, con voz segura.
“Debemos buscar otro camino. Si todo termina en vano, todavía sería soportable… pero tú también podrías morir.” Henderson remató sus palabras, lo que encendió a Elliot.
“¿Qué quiere decir con que yo también? ¡El Gran Duque aún vive! ¡No va a morir! Tenemos que intentarlo, lo que sea… ¡no podemos dejarlo así!”
Las lágrimas se desbordaron. Elliot volvió a aferrarse a la mano gélida de Argen.
En ese instante, una voz conocida rompió el sollozo de Elliot desde la entrada.
“Vamos. Yo te llevaré.”
Era Luther, el secretario de Argen. Su rostro también estaba desencajado al ver a su señor.
“¡Señor secretario!” Henderson lo llamó como reprochándolo, pero Luther no se inmutó.
“Salvaré al Gran Duque. Elliot Brown, ven conmigo. Vamos al Palacio.”
“Sí.”
Antes de que pudieran detenerlo otra vez, Elliot corrió hacia Luther.
“Vamos.” dijo él con frialdad, lanzándole una mirada helada antes de salir de la habitación. Elliot lo siguió de inmediato.
***
En el establo, Luer preguntó si Elliot sabía montar. Al escuchar un “no”, lo subió delante suyo en un solo caballo. A un ritmo mucho más veloz que cualquier carruaje, llegaron al Palacio Imperial ya entrada la noche.
Los guardias quisieron detenerlos, pero al mostrar Luer la insignia del Gran Duque, los dejaron pasar. Sin embargo, ver al Emperador no sería tan sencillo.
“Su Majestad ya se ha retirado a descansar.” informó Dale, el mayordomo mayor, inclinándose ante Luer y sin dirigir ni una sola mirada a Elliot.
“Es un asunto de vida o muerte. Por favor, transmítale que el Gran Duque se encuentra grave.” rogó Luther.
“¿Y para qué buscan al Emperador si el Gran Duque está grave? Vuelvan por donde vinieron.” respondió Dale con frialdad, dejando claro que el Emperador no salvaría a Argen.
“Señor mayordomo, no quiero tener que desenvainar aquí mismo.” gruñó Luther con amenaza, pero Dale permaneció imperturbable.
“Retírense, vizconde Bellatross.”
Fue entonces cuando Elliot aprovechó un descuido y corrió hacia la cámara del Emperador.
“¡Majestad!”
“¡Atrapen a ese mocoso!”
Pero ya estaba frente al Emperador. Éste, lejos de dormir, bebía vino cómodamente en un sofá, acompañado de una bailarina vestida de forma provocativa.
“Majestad, el Gran Duque ha sido atacado con magia y ha caído inconsciente.” suplicó Elliot, arrodillándose. Las lágrimas caían a gotas en el suelo.
“Usted ya lo sabe, ¡se lo ruego, entréguenos el antídoto―”
“¿Mm? Lo escucho por primera vez. Además, no soy mago, ¿cómo podría ayudar yo?” dijo el Emperador con sorna, bebiendo otro sorbo.
Luther entró tras Elliot y se arrodilló también.
“Si enviara a un mago imperial, podría haber una posibilidad. Se lo ruego, Majestad. Salve a su único sobrino de sangre.”
El secretario golpeaba la frente contra el suelo con tanta fuerza que empezó a sangrar.
“Basta ya. Si mi cámara huele a sangre, ¿cómo quieres que duerma?” dijo el Emperador con desagrado, y Luther se detuvo.
Elliot, dudando si debía imitarlo, acabó postrándose otra vez y rogó:
“Majestad, si nos da el antídoto o nos presta a un mago imperial… ¡yo escribiré su autobiografía! No iré a la Casa Teron, me quedaré aquí. Pero por favor…”
“Jajaja, qué divertido. Elliot Brown, ¿acaso crees que vales tanto como para negociar conmigo?” rió el Emperador, entregando su copa a la bailarina, que también soltó una risotada clara y burlona.
“Tu papel ya terminó. No tengo el más mínimo interés en ti. Así que márchense los dos, me arruinan la bebida.”
Enseguida varios caballeros se abalanzaron, arrastrando a Elliot y Luther hasta arrojarlos fuera de la cámara, cuya puerta se cerró con firmeza.
“Llévese a su criado y márchese, vizconde Bellatross.” añadió Dale, clavando el último clavo.
Luther se levantó rechinando los dientes. Elliot, en cambio, quedó aturdido en el suelo, repitiendo en su cabeza las palabras del Emperador:
“Tu papel ya terminó.”
¿Entonces la caída de Argen estaba ligada a él? ¿Qué había hecho tras volver del Palacio y estar con Argen?
“...La pluma estilográfica.” murmuró como si estuviera poseído.
Tenía que recuperarla. Esa pluma podría estar maldita. Y si era magia ilegal…
“¡La Gran Calle Mágica, secretario! ¡Debemos pasar por la mansión y luego ir allí!” exclamó Elliot, tirando de Luther. Éste, comprendiendo que había encontrado una pista, asintió y partieron a toda prisa.
A lo lejos, el mayordomo Dale los observaba marchar con una sonrisa enigmática.
***
Elliot recogió la caja de la pluma en la biblioteca. Luer decidió quedarse a vigilar a Argen, temiendo un posible intento de asesinato, y en su lugar entregó a Elliot dos pergaminos de teletransportación.
En un abrir y cerrar de ojos, Elliot llegó a la Gran Calle Mágica.
De noche, el lugar era aún más bullicioso y deslumbrante que de día: luces brillantes como de feria y un gentío animado llenaban las calles. Parecía un festival… de no ser porque todos estaban allí buscando magia y aura ilegales.
Pero Elliot no se detuvo en nada de eso. Corrió directo a la tienda de magia que Argen frecuentaba.
“¡Abuela! ¡Abuela!” gritó al entrar, con lágrimas cayéndole otra vez al pensar en Argen tendido como un cadáver.
“¿Eh? El joven de la otra vez, ¿no es así?” La anciana lo reconoció de inmediato, aunque frunció el ceño.
“¿Qué demonios has hecho?” dijo, tapándose la nariz como si Elliot apestara horriblemente.
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