Gaiden 2: Aquellos días de verano

 Pasar todo el día en el hospital hacía que el verano no se sintiera del todo real. No es que no hiciera calor, pero el ambiente era tan seco que se perdía la sensación.


Por culpa de Kwon Doyul, que se quejaba enseguida de que se sentía mal cuando encendíamos el aire acondicionado, la habitación siempre estaba cargada y bochornosa. Tenía pequeñas gotas de sudor en el puente de la nariz, pero al ver su rostro reseco y las sábanas ásperas del hospital, un escalofrío me recorría la nuca y el calor sofocante se disipaba.


—Tengo calor.

“¿Quieres que ponga el aire acondicionado?”

—No me gusta el aire frío.

“¿Y el ventilador?”

—Me marea.

“¿Te traigo agua fría?”

—Me duelen los dientes.


Sin sudar una sola gota, Doyul se quejaba con voz molesta como si realmente tuviera calor. Quizá un poco avergonzado después de decir todo eso, tomó el abanico que estaba sobre la mesita baja junto a la cama y lo agitó lentamente. Unos mechones caídos sobre su frente se movían suavemente con aquella brisa débil.


“Dámelo.”


Acercando la silla, tomé el abanico de sus manos. Probé a abanicar en modo fuerte, medio y suave, y tras su aprobación lo dejé en un punto intermedio entre medio y suave, moviendo la muñeca. Con los brazos tan delgados que parecían a punto de romperse, incluso agitar el abanico un par de veces debía de ser agotador, porque masajeó su muñeca con una mueca de dolor.


“¿Está fresco?”

—Más o menos.


A pesar de su voz indiferente, Doyul cerró suavemente los ojos y disfrutó de la brisa que yo creaba. Su expresión se relajaba, y una ligera sonrisa se asomaba en sus labios, como si le resultara bastante agradable.


La luz del sol caía sobre su rostro pálido y níveo, y hasta podía ver el fino vello de su piel. Las marcas de la almohada en sus cejas y mejillas, aplastadas por pasar tanto tiempo acostado, resultaban adorables. Al mirarlo más de cerca, vi que tenía un poco de sudor en el puente de la nariz y los labios curvados en una mueca contenida, así que no pude resistirme y lo besé.


Presioné mis labios contra los suyos resecos, luego los succioné un poco, haciendo un pequeño sonido, y Doyul abrió mucho los ojos, fulminándome con la mirada.


—Ah, te dije que no hicieras esto.

“¿Qué?”

—Con tanta gente entrando y saliendo de aquí, de verdad…

“Las cortinas están todas cerradas.”

—Aun así.

“¿O es que simplemente no quieres?”

—¿No quiero qué?

“Esto, conmigo.”


Le di golpecitos en los labios con los dedos mientras hablaba, y Doyul enseguida se sonrojó, apretando los labios en silencio.


—Yo… yo… hoy ni siquiera me lavé el pelo.

“¿Y eso qué? No es la primera vez.”

—Tampoco me lavé la cara.

“Te la lavé hace un rato.”

—¿Eso era lavarme la cara? Solo me pasaste un trapo.

“¿Sabes lo minucioso que soy al limpiar? No tienes ni idea.”


Hace unas dos horas, cuando Doyul se despertó y me recibió, lo senté un poco inclinado y le limpié el rostro con una toalla suave empapada en agua tibia.


Al principio lo hacía sin mucha idea, frotando a lo loco, y lo único que conseguía era dejarle la cara roja sin limpiarle bien. Pero ahora ya era todo un profesional. A veces lo limpiaba de la cabeza a los pies, así que no quedaba ni un solo pelo de su cuerpo que no hubiera tocado con mis manos.


Con esa cara perfectamente limpia que yo mismo había dejado así, y que ahora ponía cara de fastidio, me parecía tan adorable que sin querer volví a besarle la mejilla. Doyul presionó su mejilla con el dorso de su mano seca, y luego, bajando un poco la cabeza, frunció los labios hacia afuera.


—Tengo calor.

“Ah, perdón.”


Volví a mover el abanico que había dejado un momento. Doyul me observaba fijamente entre los pliegues que se agitaban, y entonces habló:


—Quiero ducharme.

“¿Te traigo una toalla?”


Cuando interrumpí el movimiento del abanico y me levanté para ir por ella, me sujetó la muñeca y negó con la cabeza.


—Báñame tú.


En sus negros y brillantes ojos se leía claramente lo que quería decir. Doyul me estaba seduciendo de una manera que rara vez veo.



Como su voz o su rostro, el cuerpo desnudo de Kwon Doyul era hermoso. Las líneas angulosas de sus huesos sobresalían, pero se movían con una suavidad que contrastaba con ellas. Las uñas de manos y pies, recortadas prolijamente por mí, se recogían tímidamente; su piel, cubierta de un leve vello erizado, era tan translúcida que se le marcaban las venas.


Entrábamos en el pequeño baño anexo a la habitación doble del hospital y, de vez en cuando, hacíamos travesuras. Aunque él se acercaba a pasos agigantados al final de su vida, varias veces más rápido que los demás, su día a día se arrastraba con la lentitud de un caracol. Por eso, que Doyul mostrara abiertamente su deseo era algo raro.


Al principio de su hospitalización, solía seducirme con bastante frecuencia, pero luego descubrí que era porque temía que me fuera. Desde entonces, a veces evitaba sus insinuaciones a propósito.


“¿Quieres que te lave el pelo primero?”

—Sí.


Solo se quitó la parte de arriba, se sentó en cuclillas y asintió dócilmente, inclinando el cuerpo hacia adelante. Mientras abría la ducha y ajustaba la temperatura del agua, observé la espalda de Doyul, donde las curvas se marcaban como si alguien hubiera presionado arcilla con las manos. Con las manos sobre las rodillas, inmóvil, esperando por mí, parecía un niño pequeño.


“¿Estás bien?”

—Que hace calor, no la calientes.

“No. Te puedes resfriar.”


Revolví su cabello con las manos y lo empapé de agua. Doyul, algo molesto por el agua caliente, refunfuñó, encogió los hombros y apretó las rodillas con más fuerza. Antes, habría insistido en lavarse el pelo él mismo, pero ahora parecía dar por hecho que lo hiciera yo.


Sin mí, no podía lavarse el pelo ni la cara. Doyul… estás perdido.


—…¿Cerraste la puerta con llave?


Mientras terminaba de enjuagar el champú y le ponía un poco de acondicionador para masajearle suavemente el cabello, él aspiró por la nariz y susurró. Eché un vistazo hacia abajo y vi que movía los dedos de los pies con nerviosismo.


Huesos duros que se rozaban hasta doler. Un cuerpo que, incluso sobre mis rodillas, resultaba ligero. Una piel tan delicada que bastaba apretar un poco para que se amoratara, y una fragilidad que lo dejaba exhausto y postrado tras una breve excitación… y aun así, todavía podía arder.


Gemidos contenidos a la fuerza y un aliento húmedo que se derramaba junto a mi oído. Su cuerpo se encendía y enrojecía con facilidad, como si quemara el combustible que había mantenido oculto.


Abrí el grifo con un hilo de agua y lavé suavemente su cabello. Luego, alzando su barbilla de la que caían gotas, junté mis labios con los suyos. Sus largas pestañas temblorosas rozaron mi mejilla antes de que su aliento cálido me quemara la boca.


—Tócame.


Más, mucho más.


Kwon Doyul, con urgencia, tomó mi mano y la llevó a su cuerpo. Cuando tú me tocas, siento que estoy aquí. Solo después de que me tocas, sé que estoy aquí.


Atrapé esa voz empapada de humedad con mi propia respiración y recorrí con mis manos la piel que había cuidado antes. Doyul, temblando levemente, se dejó caer contra mí como una flor cuyo tallo se ha roto.


Sigue en mis brazos.





Abaniqueé lentamente a Kwon Doyul, cuya mejilla estaba sonrojada por el calor. Él, con cara de puro enfado, miró al vacío y luego me dio un golpe en el pecho. No dolió en absoluto, pero aun así hice “ay, ay” mientras me frotaba la zona.


—¿Quieres morir?

“Fue mi culpa.”

—¿Estás loco, en serio?

“No volverá a pasar.”

—Sí, claro.

“…Mmm, lo sabes bien.”

—Hijo de puta.


Los ojos de Doyul se dirigieron hacia mí. Quería mirarme con odio, pero el brillo húmedo y rojizo en el contorno de sus ojos solo lo hacía ver más bonito. Alargué el cuello y besé la comisura de su ojo, y entonces él me agarró la nariz y me la retorció. Esta vez sí dolió.


“¡Ah!2

—¡Te dije que te doliera, ¿por qué?!

“¿Quieres que lo haga otra vez?”


Me froté la nariz, que me ardía con un dolor punzante, y la saqué hacia él. Entonces frunció el rostro y me pellizcó la mejilla. Eso apenas dolió.


—Si me muero, no será por la enfermedad, sino por tu culpa. ¿Lo sabes?

“Eso jamás pasará.”

—¡Hace un momento pensé que me moría!

“¿De gusto?”


Ah, ahí me pasé un poco. Hasta soné como un viejo. Me presioné con los dedos la boca para que no se me escapara una sonrisa.


“¿Puedo decirte la verdad?”

—…¿Qué?


Junté las manos sobre mis muslos y bajé un poco la cabeza mientras hablaba, y Doyul me miró con desconfianza.


“Quiero hacerlo otra vez.”

—¡Maldito loco!

“Ah… ¿Qué voy a hacer contigo, Kwon Doyul? Si cada día te pones más bonito, al final el que va a morir soy yo.”

—Deja de decir estupideces.

“De verdad, todos los días, todo el día, quiero hacerlo.”


Me dejé caer sobre sus piernas y hablé en tono quejumbroso, pero, para mi sorpresa, Kwon Doyul no me interrumpió ni hizo comentarios sarcásticos. Solo giró un poco el rostro y, con expresión seria, evitó mirarme a los ojos.


—…Lamento mucho esto.

“¿Qué cosa?”

—Estar enfermo los 365 días del año y no poder complacerte.

“Pero, en cambio, eres bonito los 365 días.”

—Yo tampoco es que…


Doyul apretó los labios y me miró de reojo. El brillo húmedo en sus ojos no era como antes. Tenía ganas de lamerle todo el globo ocular, tragarme sus lágrimas y luego, con la lengua aún impregnada de ese sabor salado, devorarle los labios. Sentía un cosquilleo en el bajo vientre y un hormigueo en la parte interna de los muslos.


“¿Tampoco es que qué?”

—Nada.

“Dímelo.”

—Voy a dormir. Quítate.


Doyul me empujó con los labios fruncidos y se cubrió con la manta hasta la coronilla. Sí, seguro que estaba cansado. Me había pasado un poco porque estaba demasiado encantador. Aunque, en mi opinión, me había ajustado bastante a su estado de ánimo. No estaba agotado, estaba avergonzado.


—Tae-woong, ¿todavía me quieres? ¿Mm?


Al recordar cómo me lo había susurrado con voz tan dulce, sentí otra vez un peso en la entrepierna y un cosquilleo en la espalda baja. Sacudí la cabeza para alejar esos pensamientos y arreglé la manta desordenada. Acaricié suavemente su cabeza y le di un beso.


“Kwon Doyul, ¿y si hoy me voy ya?”

—…Haz lo que quieras.

“Bueno, duerme bien. Si te aburres, llámame, ¿vale?”


A propósito, revolví con fuerza su cabello, y él agitó las piernas como diciendo que dejara de decir tonterías y me largara. Haciendo ruido con la silla, me levanté, abrí lentamente la puerta de la habitación y la cerré. Esperé un momento, luego volví sigilosamente hasta su cama y me acuclillé a su lado.


Doyul estuvo un buen rato inmóvil, moviendo solo los pies, hasta que bajó la manta muy lentamente. Yo, sentando a los pies de la cama para que no me viera de inmediato, observé cómo asomaba medio rostro y fruncía la nariz, y entonces saqué la cabeza.


“Sorpresa.”

—¿No te fuiste?


Doyul, sorprendido, se escondió de nuevo bajo la manta.


“Es que escuché una voz que decía: No te vayas, no te vayas.”

—¡No dije eso!

“Yo lo escuché.”

—¡Que no!

“¿Entonces me voy?”


Me levanté y me sacudí el pantalón. Kwon Doyul apartó de golpe la manta, me fulminó con la mirada y me dio una patada en la cintura.


—¡Siéntate!

“Está bien.”


Encogí los hombros y volví a sentarme en la misma silla de antes. Doyul me miró con esos ojos rasgados durante un buen rato antes de gruñir con descontento.


—Idiota sin orgullo. ¿Te sientas solo porque te lo digo?

“Tengo orgullo.”

—¿Y aun recibiendo este trato quieres salir conmigo?

“Sí.”

—Terco de mierda.

“Entonces deja de ponerte más bonito. Así podría dejar de quererte.”

—¿Y cómo se supone que puedo ponerme más feo aquí?


Agitó las mangas holgadas, torciendo los labios. Yo ya sabía lo que iba a decir, pero me limité a sonreír sin responder.


Si es que hasta respirando eres bonito, ¿qué quieres que haga?

Si se lo dijera, Doyul respiraría un poco más fuerte, mirándome fijamente, y entonces yo no podría resistirme y me lanzaría sobre él. Así que, por hoy, me contuve.


Miré por la ventana oscura y la abrí un poco. Aunque ya era de noche, el aire seguía caliente. Esperé lo suficiente para que la punta de su nariz captara el aroma del verano y la volví a cerrar.


“Mañana hará más calor.”

—Es verano.


Doyul se incorporó para mirar por la ventana. Su mirada era tan obstinada como si pudiera extraer el calor del verano del color del cielo nocturno. Observó un par de estrellas que titilaban débilmente y murmuró en voz baja:


—Quiero que veamos la nevada juntos.


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